Orgullo Mestizo LAS CARTAS #7
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LAS CARTAS #7

Él aceptó el trato. Entonces Itzel le confesó llorando por lo que pasó en esa casa y como el oidor la sometió mientras estuvo en la Ciudad de México.

Al terminar de escucharla, Santiago no hizo más que abrazarla y con besos tratar de borrar los tormentos que vivió su amada guerrera y así le llamó desde ese momento.

—Guerrera mía, mi guerrera maya, no llores más, de ahora en adelante te cuidaré y nunca permitiré que nadie, escúchame bien, nadie te vuelva a poner una mano encima. No debí dejar que te fueras y por ello me siento culpable —comenzó a enojarse consigo mismo.

—¡Sh! Calla, no digas eso —le puso los dedos en su boca sosegándolo con amor.

—Fue mi decisión, Santiago, y lo sabes, no podemos cambiar lo que pasó, al contrario, debemos de estar orgullosos de haber contribuido para el levantamiento insurgente.

—Te prometo que te haré olvidarlo.

Canek se encontraba con Pamawari en la cama de su habitación.

Acababa de amanecer y su hija Refugio ya demandaba la teta.

Los cacareos constantes del gallo en el corral se confundían con el llanto de la recién nacida.

La nana tocó la puerta para llevar atole de tamarindo recién hecho a Pamawari, porque la ayudaría a producir más leche.

Aún no amanecía y el frío de noviembre se hacía cada vez más gélido.

La nana de la niña le acercó una taza a Pamawari.

—Gracias, Vicenta, eres muy amable —le agradecía mientras se acomodaba en la cama con dificultad, en tanto que Vicenta le arreglaba las almohadas para que estuviese más cómoda.

—A su merced, señora.

—Dime Pamawari, por favor —le dijo con dulzura y una sonrisa.

—Con gusto, Pamawari, usted perdone. Señor, hay un informante en la puerta, trae noticias desde Valladolid y se disculpa con usted por la hora, pero dijo que es importante.

—Hágalo pasar a mi despacho, si es tan amable, y dígale que en un momento estoy con él —replicó Canek.

—Con su permiso.

Canek se puso los botines y su bata encima del pijama de dormir, con la premura de no hacer esperar aquel hombre.

—Señor, buen día tenga usted —saludó el hombre nervioso con un sombrero de paja en las manos, ropas de manta roídas por el uso, un morral, sarape, guaraches, y se notaba que venía alterado.

—Sí, dígame, ¿qué sucede?

—Vengo a traerle una mala noticia, patrón —el hombre parado como estatua comenzaba su relato con mucho temor.

—En el camino de regreso de Valladolid a Guadalajara, emboscaron a su informante Aurelio, y le robaron las cartas dirigidas a usted de parte del señor Mariano Abasolo y otra carta de la señora Elisa Márquez.

—¿Cuál fue el destino de Aurelio? Dígame.

—Está muerto, señor. Los gachupines lo desnudaron —el hombre comenzó a sollozar, porque la impresión que tuvo minutos antes no dejó ocultar sus sentimientos.

—Le ataron los pies a uno de los caballos, pusieron su cuerpo bocabajo, lo arrastraron por el camino y lo dejaron a la puerta de la casa, muerto, patrón, destrozado.

—¿De cuál casa? Dígame.

—De la casa de usted, patrón.

Canek se llevó las manos al rostro por la impresión.

Sabía que era un aviso por parte de los realistas.

Aún no sabía quiénes habían sido. De lo que sí estaba seguro era de que vendrían por él, tarde o temprano.

Mandó asustado unos días a Pamawari con la niña Refugio, acompañadas de la nana Vicenta, a casa de Itzel.

Escribió otras cartas a Elisa y Abasolo para informar sobre lo ocurrido.

Elisa le pidió protección para él y para sus amigas, pero Abasolo nunca contestó.

Canek decidió formar parte del pelotón de Hidalgo, se acercaban a Nueva Galicia por invitación del Amo Torres, después de su estadía en Valladolid.

Hidalgo no tenía intención de repetir la masacre ocurrida en Guanajuato, así que decidió separarse de él.

Allende, en varias ocasiones, desde San Miguel el Grande y Guanajuato, le había escrito a Hidalgo manifestándole su desacuerdo con su presencia en Valladolid y Nueva Galicia.

Creía que sus tropas solo ocasionarían más disturbios y caos, le preocupaba que su gente no tuviese la preparación adecuada para luchar contra las tropas realistas.

Pero Hidalgo creía lo contrario, muchas personas se le unían de rancherías y poblados a su paso durante el viaje, con la ilusión de defender a la Virgen Guadalupana.

Así que cuantas más personas juntaran los ejércitos de él y el de Allende, sería más grande que del comandante Félix María Calleja, tendrían mayores posibilidades de vencerlos a pesar de la inexperiencia de la gente que luchaba con palos, piedras, machetes y cuanto encontraban a su paso.

Las verdaderas intenciones de Hidalgo al llegar a Guadalajara, más que por la invitación del Amo Torres, era recaudar todo el dinero posible, encarcelar o eliminar al mayor número de españoles e invertirle dinero al periódico “El Despertador Americano”, órgano de difusión que ayudaría a llegar a muchas personas convenciéndolas del proyecto libertario y de hacer cada vez más grande su ejército.