Orgullo Mestizo LAS CARTAS #5
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LAS CARTAS #5

—Sí, sí claro, hágame el favor de retirarse de mi casa, la gente que menosprecia y se burla de las personas enfermas y con menos oportunidades, porque no tienen otro recurso más que pedir ayuda y son víctimas del gobierno y sus saqueos, no es bienvenida en mi casa, así que, por favor, retírese ahora, si es tan amable, Conchita la acompañará a la puerta —Gertrudis alzó el brazo invitándola a salir con una mirada fuerte y desafiante.

—Y si alguna de ustedes se ha ofendido con lo que acabo de pedirle a la señora, puede acompañarla e irse a su casa.

La señora no dijo ni media palabra, indignada y molesta, salió apresurada de la casa. Elisa y Mariano se sorprendieron con la gran determinación de aquella mujer y se convencieron de que podría ser una gran aliada para la causa, no solo por ser la esposa de un militar.

PAMAWARI SE DESPERTÓ TEMPRANO con el sonido de la gran ciudad.

Escuchaba a lo lejos los gritos del sereno o de los vendedores ambulantes: ¿Hay sebooo?

, tierra para masetaaas, chiles, o la música de algún grupo de indígenas que pasaba pidiendo limosna con el sonido de un tambor, una flauta y una trompeta, tocando alguna melodía que le era conocida.

Canek tardó un poco más en despertar. Ella lo veía mientras dormía y sentía que su pecho iba a explotar de tanto amor.

Sentía como su bebé comenzaba a moverse dentro del vientre.

A veces se estiraba y observaba cómo en ciertas zonas de su abdomen se formaban pequeños bultos con movimientos bruscos, una sensación muy extraña y al mismo tiempo emocionante.

Se dispusieron ambos a alistarse para comenzar el día.

Pamawari, como siempre, acudía a la botica, y Canek a su despacho para atender los casos jurídicos pendientes.

Desayunaron y se despidieron con un beso y un hasta luego como era costumbre.

Pamawari llegó a la botica, Itzel ya se encontraba atendiendo a un viejito mulato que necesitaba un remedio urgente para una diarrea muy severa.

Se le había agravado debido a que el anciano antes acudió a un merolico ambulante, quien le había vendido pulque blanco, recomendándole baños de asiento en aguas termales, que, lejos de ayudarlo con su mal, había agravado y retrasado su recuperación.

Revisaba una de las libretas de recetas heredadas por don Ignacio y Jesusita, buscando la dosis perfecta que debía agregar de cada extracto de plantas curativas, que iba sacando de unos cajoncitos guardados en un mueble de la pared del fondo.

Bajaba unos frascos de porcelana y otros de vidrio con líquidos de colores.

Pesaba, mezclaba y machacaba los ingredientes en un mortero para luego colar el extracto en un pequeño frasco de vidrio con alcohol y aceite.

—Tenga, don Bartolomé, con esto usted se sentirá mejor, debe tomarlo en cada comida, una cucharada hasta que el malestar y los dolores de tripa desaparezcan. Y ya no ande comprando a hechiceros o merolicos en las calles, es peligroso.

—Gracias, niña, ¿cuánto le debo?

—No es nada, don, vaya a descansar por lo menos este día, sé que debe vender sus flores, pero tenga, le doy estos reales para que se ayude, pero hoy váyase a reposar.

—Gracias, mi niña, que Dios se lo pague y la bendiga siempre —el anciano se santiguó tres veces con los reales en la mano y se marchó contento caminando despacio, encorvado con su canasto de flores en la espalda.

Pamawari se colocó el mandil, que utilizaba para proteger su ropa de los minerales y drogas que pudieran manchar o corroer sus ropas.

—Itzel, no debiste recomendar a ese pobre hombre no volver con los merolicos, es un anciano y tiene sus viejas creencias, siempre va a acudir a ellos y lo sabes, ya tiene sus ideas arraigadas. Si vino a la botica es porque no tuvo más opción de lo mal que se sentía.

—Querida, si quise hacer caridad es por esa razón que lo atendí, para que no regrese con esos estafadores de nuevo y muera.

De repente, entró un hombre indígena de mal aspecto, se veía que tenía días sin dormir y sus ropas estaban sucias y desgastadas. Traía un machete en la mano derecha, se acercó a Pamawari y la sujetó por la cintura con el brazo izquierdo y con el otro brazo le puso el machete en el cuello.

—¡Tú! Cierra la puerta y tráncala para que nadie entre o la mato —amenazó el hombre a la joven.

—Tranquilo señor, tranquilo, pero no le haga nada, que está embarazada.

—¡Cállate, pinchi vieja! Y obedece.

—Señor, por favor, no me haga daño —se le salían las lágrimas a Pamawari del terror.

—Dame todos los reales que tengas en la caja, apúrate o le entierro el puto cuchillo.

Itzel le dio lo que tenía, pero como había comenzado el día no había juntado tantos reales como el señor creía.

Se le hizo extraño que las asaltaran tan temprano, por lo que dedujo que era un asaltante de poca monta y sin experiencia, quizá se vio con la desesperación de robar en ese momento.

Trató de hablar con él y de hacerlo entrar en razón.

—¿Qué más necesita, señor? Esto es lo que tenemos, no ha entrado casi dinero porque es temprano y no ha habido gente, pero se puede llevar lo que hay o necesite.

—¡Chingada madre, que te calles, te digo!

Tengo que pensar —el asaltante giraba sosteniendo a Pamawari de un lado a otro, observando las ventanas a cierta distancia como cerciorándose de que nadie del exterior se acercara.

Ellas imploraban a Dios que así fuera, que nadie llegase en ese momento, ya que estaba tan alterado el hombre que podría cometer cualquier locura.

—Métanse atrás. Tú, átala con esa cuerda. Ahora yo te ataré a ti.

Pamawari e Itzel trataban de mantener la calma, pero no dejaban de llorar.

El hombre revisaba los atados de ambas; amarradas y acostadas bocabajo en el piso, creían que el hombre se iría, pero no fue así, se quedó sentado en una silla.

Hacía un gesto de satisfacción de verlas vulnerables, tiradas e indefensas.

—Señor, ya le hemos dado lo que ha pedido, por favor, ya váyase antes de que llegue alguien, lo descubra y lo lleven al calabozo —le suplicaba Pamawari con gesto de angustia.

—¿Te sientes bien? —le preguntaba Itzel al escuchar su voz distinta y débil.

—Sí, estoy bien.

—Si no se callan las mataré a ambas.

—¿Qué desea de nosotras? ¿No ve que hay una mujer grávida? Tenga piedad de nosotras, por su merced.

—Ricachonas de mierda, sobre todo tú, india, eres una deshorna para tu raza, comportándote, hablando y vistiendo ropas de gachupina y ahora hasta haciendo trabajo de hombres.

Deberías de estar con los tuyos, apoyando a la causa, no viviendo a costa de tu propio pueblo y actuando como ellos que nos han saqueado y nos han dejado en la miseria, con hambre.

—No, señor, se equivoca, yo tuve la oportunidad de salir adelante, bendito Dios, pero no me culpe por eso, llámele suerte si quiere, pero quienes me ayudaron a salir adelante fueron hijos de españoles también, que me recogieron al quedar huérfana, al igual que a ella.

Dieron su vida por nosotras y nos regalaron sus conocimientos por amor y gracias a ellos tenemos estudios y este negocio, así que no todos son malvados, nada de lo que tenemos nos lo han regalado, nosotras nos hemos esforzado mucho.

Dígame, ¿ellos qué necesidad tenían de socorrernos?

—Itzel, llorando, le explicaba con impotencia, sabía que se trataba de una persona resentida con la vida y el gobierno, quizá creía que era en vano lo que ella decía.

—Y a mí me libertaron las personas que nos ayudaron, yo era esclava, ahora soy una mujer libre gracias a ellos que compraron mi libertad —le explicaba Pamawari con un dolor fuerte en el vientre.

—Mentira, ustedes son igual de aprovechadas que ellos y sacan ventaja de nuestra debilidad, pero eso se terminó, ha llegado un libertador que nos ha dicho que robarles a ustedes Dios lo perdona y que nos pertenece todo lo que ustedes tienen y todo lo que nos han robado.

—¿Un hombre de apellido Hidalgo? —preguntó Itzel.

—Sí, ese. Y les va a quitar lo que tienen para dárselo a los pobres, ya no habrá más miseria y los gachupines tendrán que largarse por donde vivieron.

Itzel comenzó a recitar, en voz baja, el salmo 23 de la Biblia:

“El Señor es mi pastor, nada me faltará. En verdes praderas me hace descansar, a las aguas me conduce, me da nuevas fuerzas y me lleva por caminos rectos, haciendo honor a su nombre. Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo, tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos”.

De repente, el hombre la interrumpió callándola nuevamente:

—Mírate ahora, rezas sus plegarias, seguro ya olvidaste tu dialecto, el de tus ancestros, pero a su Dios español no lo olvidas, ese Dios que nos ha hecho la guerra y nos ha sometido ante ellos trayéndonos el mal.

Tal vez nunca has pasado hambre, ni frío, como lo hemos pasado yo y los míos, que debemos salir día a día a vender lo poco que tenemos.

Encima esos gachupines nos regatean y echan a patadas de sus lujosas y grandes casas con asco en sus rostros, pero, eso sí, con el rosario en mano.

—¿Cómo se llama, señor? —preguntó Pamawari desconcertada.

—Xicoténcatl, pero me bautizaron a la fuerza y ahora soy Felipe.

—Bueno, Xicoténcatl, primero, no nos conoces y no sabes por lo que hemos tenido que pasar también. Quiero decirte que nosotras estamos del lado de la causa, estamos ayudando al cura y a los Guadalupes, entendemos tu pesar, ¿has escuchado sobre ellos? —temerosa miró la reacción del hombre.

—Sí —el asaltante se desconcertó al escuchar las palabras de la mujer encinta.

Xicoténcatl comenzó a relajarse.