Orgullo Mestizo LAS CARTAS #4
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LAS CARTAS #4

EN LA NUEVA GALICIA, se había ganado una batalla contra los realistas a cargo de José Antonio “El Amo” Torres.

Un hombre que fue muy criticado por su inexperiencia militar, pero que demostró ser un buen líder.

Luchó, el 4 de noviembre, contra Tomás Ignacio Villaseñor, a quien venció y terminó perdonándole la vida.

La gente a su cargo había peleado con uñas y dientes pese a su escaso o nulo equipamiento militar.

Llegaban las noticias por medio de periódicos sobre los primeros ataques de las fuerzas insurgentes, primero en el cerro de Las Cruces, cerca de Toluca, el 30 de octubre, donde murieron muchos rebeldes a pesar de que su ejército era mayor que el realista.

La otra batalla fue en un pueblo de la capital del país, Alulco, el 7 de noviembre.

El temor por parte de los gachupines era que Hidalgo y sus tropas volvieran a cometer otra masacre como la ocurrida en la Alhóndiga.

Algunos españoles decidieron huir del país, mientras otros se aferraban al poder.

Las tropas realistas derrotaron a las tropas de Allende en Alulco.

Santiago recibía noticias secretas colocadas entre las obras de arte.

Se enteró que los rebeldes habían asediado el pueblo sin éxito alguno, que las tropas comandadas por Allende e Hidalgo habían decidido separarse debido a conflictos de intereses.

Hidalgo pretendía evitar otra masacre, así que decidió viajar rumbo a Valladolid.

Los hombres de Allende permanecerían en Guanajuato, para fortalecer a Zacatecas y San Luis Potosí.

Santiago se sentía impotente por no poder estar combatiendo a un lado de los rebeldes.

Elisa y Mariano se encontraban en casa de Gertrudis Bocanegra y de su esposo Pedro Advíndula de la Vega, en una tertulia en Valladolid.

Gertrudis provenía de padres españoles comerciantes.

Era una mujer con carácter fuerte pero muy amorosa con su esposo y sus cuatro hijos.

Su esposo era un militar de la provincia de Valladolid y conocía algunas de las tácticas de Agustín de Iturbide, dragón de la reina, por medio de conocidos informantes que colaboraban con él.

Entre los asistentes, se encontraban varios soldados que se habían pasado del lado de los Guadalupes, un movimiento que apoyaba la insurgencia, se había autonombrado de esa forma por el estandarte que Hidalgo había llevado consigo de la Virgen de Guadalupe, en el primer levantamiento de septiembre.

—Querida Gertrudis, quiero agradecerle que hoy me haya invitado y también por la recomendación para reunirme con Hidalgo y Aldama hace dos días.

Fue, a mi parecer, un verdadero triunfo el que Hidalgo y Aldama pacificaran a la gente para entrar en santa paz a la ciudad —Elisa, emocionada, le dio un sorbo a la copa de jerez que sostenía en la mano.

—El gusto es mío, querida Elisa, el cura Hidalgo es una persona muy gentil y, como dice usted, es una persona muy cabal, mire, hasta me prestó unos libros de unos escritores franceses, ahora me acuerdo de los nombres, oh verás, ya, se llaman Rousseau y Voltaire.

Según lo que me contó, sus ideas llevaron a Francia a la revolución, solo que están en francés y debo confesar que yo solo sé hablar español y purépecha —Gertrudis sonrió pícara.

—Sí, los he leído, gracias a mi amigo Pedro Canek que es abogado y me los prestó también. Son maravillosos, yo le puedo ayudar a traducirlos hasta donde yo pueda y le enseño un poco sobre el idioma si usted gusta.

—¿Eso haría por mí? Muchas gracias, amiga mía, es usted un encanto.

—Con gusto, Gertrudis.

—Elisa, ahora, con los contactos que usted tiene en Nueva Galicia y con el apoyo del Amo Torres, quien derrotó a los realistas básicamente a pedradas, los Guadalupes podrán entrar a la ciudad para fortificar las alianzas con Guadalajara, San Luis Potosí, Zacatecas y también con Guanajuato.

Como también consumar en Guadalajara el periódico “El Despertador Americano”, a cargo de Francisco Severo Maldonado, que tan entusiasmados nos tiene con la loable finalidad de informar a la población del movimiento y sumar fuerzas.

—Sí, es un honor para el periódico, para Clara y para mí, ayudar al cura con la causa, y también a Severo Maldonado, claro está. Créame, estarán muy satisfechos con nuestras colaboraciones.

—No lo dudo, querida, sé que eres una mujer muy activa y casada con el movimiento, así como tu marido.

Y por eso es que mi esposo quiere pedir ayuda a Mariano, para transportar municiones de contrabando a Nueva Galicia, ya que el grupo está por afinar los detalles de una nueva confrontación con los gachupines.

De hecho, Pedro y mi hijo están dispuestos a luchar en esa batalla, aunque, a decir verdad, no estoy muy convencida de que sea buena idea.

Quiero confesarle, querida, que tengo miedo, miedo por sus vidas, por las nuestras, por nuestro futuro —Gertrudis se acercó a Elisa y le susurró al oído esas últimas palabras.

—La entiendo, Gertrudis, todos aquí tenemos miedo.

Pero qué podemos hacer, los gachupines no nos han dejado otra opción.

Talamantes, Azcárate y Primo de Verdad, querían, junto con el virrey Iturrigaray, hacer las cosas más sencillas, sin sangre, que los españoles nos dieran los mismos privilegios para gobernar con las otras castas, pero no quisieron.

Así que no nos han dejado otra opción que luchar por lo que nos pertenece y por nuestros ideales.

—Bien dicho, querida, porque, ¿qué país les vamos a dejar a nuestros hijos?

, como bien dices. Como sabes, mi padre es español y me duele en el alma que no me comprenda, que no comprenda a su hija criolla.

Si vieras el trabajo que me ha costado que acepte a mi marido por ser cubano y además moreno, lo desprecia, desprecia a mi nana y a mis amigos.

Él es amoroso con mis hijos, pero es español y también me duele que mi marido y mi hijo se vayan a luchar a sus espaldas contra los mismos españoles, contra los compatriotas de mi padre, de su abuelo.

Nos estamos dividiendo como sociedad y eso me duele en el alma.

Llegó Mariano e interrumpió a las dos amigas:

—Me permite a mi mujer un momento, señora Gertrudis.

—Adelante, Mariano.

Mariano alejó a Elisa de los ahí presentes. Le comentó en voz baja en un rincón del salón:

—Mujer, se está comentando acerca de una matanza secreta aquí en Valladolid, en el cerro de la Batea.

—¿Cómo dices?, ¿en manos de quiénes, los españoles acaso? —Elisa le preguntó muy preocupada.

—No, fueron las tropas de Hidalgo que degollaron a 80 españoles, según las malas lenguas. Se los llevaron en dos grupos de 40 hombres, haciéndoles creer que los trasladarían a Guanajuato.

—Por Dios, Mariano, eso es muy grave —Elisa, angustiada, se llevó la mano a la boca.

—Las guerras son así. Hidalgo debe demostrar que tiene el control y que el reconocimiento a nuestra autonomía no se debe tomar a la ligera, además de eliminar a cuanto español esté en su contra, y así lo va a seguir haciendo.

Cada vez se suman más Guadalupes a la causa y eso es un punto a nuestro favor.

Llegan de todas partes del país y de cualquier ranchería.

Si los gachupines ya no quieren sufrir más asaltos, violaciones y muertes, deben aceptar las condiciones de los conjurados.

—Te doy toda la razón, deben rendirse rápido, porque de lo contrario el país quedará sumido en la miseria, devastado.

Pero no me parece lo más correcto que esté haciendo matanzas en contra de los gachupines.

Que los deporte o encarcele, pero que no los mate, ¿qué ironía, no lo crees así, querido?

Nosotros nos respaldamos con la virgen que ellos mismos nos trajeron, la Virgen de Guadalupe, y ellos están con la Virgen del Carmen, a fin y al cabo cuando esto termine seguiremos unidos a ellos, nos guste o no, y a ver qué rezos o qué virgen es la más poderosa.

—Pero libres al fin.

Unas mujeres conocidas de Gertrudis hacían comentarios despectivos sobre las personas más vulnerables, la gente humilde:

—Es tan incómodo ir a la catedral hoy en día, en su interior no hay más que suciedad y malos olores.

Se encuentra uno con cada lépero, andrajoso y sucio pidiendo limosna en las puertas del templo.

Ciegos, paralíticos de todas las edades y sexos, indígenas que abundan, dan ganas de no volver jamás; además, con ese tono de voz lastimoso y doliente que pareciera una actuación de cualquier obra de teatro.

La mujer flemática lo comentaba mientras se acomodaba y se subía sus guantes largos, haciendo una mueca maliciosa en su rostro.

Las demás mujeres reían acerca de su desagrado sobre las personas en desgracia.

Gertrudis escuchó esos comentarios tan hirientes, mientras pasaba cerca de ellas con unos bocadillos para ofrecer a los asistentes.

—Querida, me detiene la charola de favor —se dirigió a una de las mujeres—.

Por qué mejor no nos hablas, querida, sobre el sermón del sacerdote o sobre la hermosura y el estilo de la catedral, por ejemplo, que es renacentista y barroca, la cual ha sufrido en algunas ocasiones varios incendios, creo que serían más interesantes esos comentarios que criticar a los caídos en desgracia, ¿no lo cree usted?

La dama se sonrojó por el comentario de la anfitriona, en tanto que Gertrudis continuó sin interrupción:

—Por lo que tengo entendido, usted es hija de madre indígena y padre español, ¿o me equivoco?

—En efecto, señora Bocanegra, mi padre es un gran empresario de la zona del Bajío y su fortuna la ha hecho gracias a…

Gertrudis no dejó que continuara: