Orgullo Mestizo LAS CARTAS #3
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LAS CARTAS #3

—Elisa, comprende que estamos en peligro, está en riesgo la cosecha del cafetalero como en el resto del Bajío, no son tiempos buenos.

Los insurgentes en San Miguel el Grande han asaltado y destrozado cuanto ven a su paso, esto se ha salido de control y ahora parece ser que también Celaya es presa de la insurgencia.

Tenemos que pensar cabalmente y buscar las mejores estrategias.

—Pero ¿qué te sorprende, marido? Ambos sabíamos que esto iba a suceder tarde o temprano, nosotros somos parte y no hay vuelta atrás, que no se te olvide. Es más, debemos acoger al cura, ahora que está aquí en Valladolid, dándole alojamiento a él y a sus tropas.

—¿Pero te has vuelto loca, mujer? Traerá consigo a su legión de bandidos y violadores, ha hecho que los delincuentes salgan de las cárceles para sumarse a las tropas, los ha sacado de allí.

Verás, se ha solicitado que regresen 200 hombres que habían ido a apoyar a las tropas realistas en Querétaro, se está buscando la forma de reclutar a más personas para luchar contra los insurgentes.

—Pero Mariano, mira que…

—Permíteme terminar, mujer. A nosotros nos pidieron los realistas que apoyásemos con nuestros peones y criados para ser reclutados y defender la ciudad, eso incluye que se estén fabricando armas y uniformes para que estén listos lo antes posible y no podemos negarnos, porque si lo hacemos sabrán de qué lado estamos.

Se le mira al ejército de Hidalgo como violento y sin escrúpulos.

Comprende la gravedad del asunto, mujer.

—¿Y de qué lado estamos, Mariano? Entiendo tu preocupación, pero ahora no podemos ponernos del lado de los realistas, nuestro deber es apoyar la causa y es sabido, como en la lucha por la independencia de Estados Unidos o la Revolución francesa, que la libertad tiene un costo y tenemos que combatir por nuestra autonomía cueste lo que cueste, si lo que queremos es la libertad debemos unirnos.

Ahora que lo mencionas, la mayoría a los que llamas delincuentes, son personas a las que se les ha encarcelado con injusticia, y lo sabes.

Hablaré con mi amiga Gertrudis, para ver si ella y su marido están dispuestos a dar alojamiento a Hidalgo, Aldama y Abasolo.

—¿Gertrudis, Gertrudis Bocanegra?

—Sí, Mariano, ella, la misma que viste y calza.

LOS NEOGALLEGOS ERAN MUY FERVIENTES de las festividades religiosas, no escatimaban en adornar sus templos, las calles aledañas y sus casas con moños de colores, flores, plantas en el piso, guirnaldas, incienso, entraban a los templos de rodillas como la tradición indígena para pedir algún milagro.

Rezaban la salve, cantaban y, fuera de los templos, danzaban.

El 12 de octubre se festejaba en Guadalajara a la Virgen de Zapopan, en una peregrinación por distintos templos de la ciudad durante los meses de mayo a octubre, llamada la romería, donde se llevaba la virgen hasta la Basílica.

Las tropas de Hidalgo entraron pacíficamente en Valladolid el 17 de octubre por la mañana, gracias a la amenaza de Juan Aldama, quien exigió a la ciudad que se rindiera antes de su entrada a Valladolid.

Por su parte, los insurgentes tenían prohibido hacer desmanes y someter a la población con violencia, así fue de serena su estadía.

Aldama se reunió en el ayuntamiento de Indaparapeo con el canónigo Betancourt e Isidoro Huarte, para dejar establecida la estancia en la ciudad y discutir el destino de los españoles que habitaban allí.

El logro más importante fue que, dos días después, Hidalgo decretó la abolición de los tributos para todo género de castas y la abolición de la esclavitud en Nueva España, quien no cumpliese con este mandato, se le aplicaría la pena capital y se le confiscarían sus bienes, hecho que tenía muy contento a Mariano, pero sobre todo a Elisa, quien no esperó para informar de tan grandes noticias a sus amigos por medio de cartas.

Pamawari, recibió la carta que Elisa había mandado, lloró de felicidad y de tristeza junto a Canek al recordar la muerte trágica de sus padres, pero sintió que al fin había llegado la justicia y había aportado su granito de arena para que se lograra ese gran paso.

Sentía que pronto su país también sería libre, como ahora lo era su amada y hermosa gente.

Itzel recordó la muerte a latigazos de Jacinto y de la nana Juana a manos de Mendoza, así como la muerte de sus padres en la horca.

Trató por mucho tiempo de olvidar esos momentos trágicos, pero siempre la acompañaron.

Ellos nunca habían muerto en su memoria, y con esa noticia sentía que podía liberarlos de algún modo; liberarlos de aquel sufrimiento y el yugo que a ella, desde niña, la invadía.

A Clara le asaltaba la idea de ir a buscar a sus hijos a su antigua casa, aprovechando que Juan Alfonso estaba lejos. Fue a la botica a buscar a Itzel para que la acompañase, le daba temor ir sola. Ambas llegaron y tocaron fuerte el llamador. Una criada abrió la mirilla de la puerta.

—¿Quién vive?

—Buen día a su merced. Soy la madre de Sebastián, Victoria y Carolina, abra la puerta, exijo mi derecho de verlos, abra, por favor.

La mujer cerró la mirilla, se escuchaba detrás de la puerta que hablaba con un hombre. El hombre abrió la mirilla y se asomó a ver.

—¿Qué se le ofrece, señora?

—He venido a ver a mis hijos.

—¿Con autorización de quién? Perdone.

—Con la autorización de mi derecho como madre y con esta orden del juez en contra de Juan Alfonso, exijo llevármelos de inmediato —Clara comenzó a exasperarse.

—Permítamela —el hombre leyó con ojo inquisidor la carta.

—Esto no indica nada, yo no puedo dejarla entrar, dispense —el hombre cerró de golpe la mirilla y se marchó.

Clara se quedó atónita, no podía creer lo que acababa de suceder. Al hombre no le importó la orden del juez. Itzel, que se encontraba a su lado, se sintió con mucha impotencia. Pero de repente le surgió una idea.

—Ven, acompáñame, necesitaré de tu ayuda —le dijo Clara a Itzel con voz determinante.

Rodearon la casa, la cual conocía bien, buscaron un muro que daba al patio de la lavandería.

Intentó desmoronar la tapia de adobe, más de lo que ya estaba, con una piedra filosa de obsidiana, la envolvió en un pañuelo para no lastimarse.

Le dio un cuchillo que traía consigo a Itzel para que la ayudase.

Clara se imaginó que le negarían ver a sus hijos, así que tenía un plan B.

Se quitó las enaguas que le estorbaban, para quedarse en unos pantalones de hombre que le había prestado uno de sus compañeros de la imprenta.

Era un muro no muy alto, así que se le ocurrió formar unos cuantos escalones con ayuda de piedras.

Itzel, sorprendida por el ingenio de Clara, comenzó a picar el muro y cerciorándose de que nadie las viera, la parte trasera de la casa daba hacia un baldío.

Afortunadamente, los ruidos que hacían eran disimulados por los golpeteos de unos albañiles en otra de las casas.

Lograron escalar y pasar la tapia pisando cachivaches que había amontonados en una esquina, tenía la certeza de que seguirían los mismos tiliches ahí, y así fue.

A escondidas, llegaron a una de las habitaciones donde estaban los niños.

Ellos, al ver a su madre, se emocionaron y corrieron a abrazarla.

Clara lloró y en voz baja les dijo que los amaba, estaba ahí por ellos, para llevárselos.

Sus hijos mayores le comentaron que su papá les había dicho que los había abandonado.

—Eso es mentira, mis amores, jamás haría semejante cosa, abandoné a su padre, sí, pero jamás a ustedes.

Yo lo que más quiero en el mundo es estar con ustedes siempre y haré hasta lo imposible por que así sea, recuérdenlo siempre, hijos míos —los abrazó con fuerza y los besó en sus mejillas con desespero.

—Llévanos contigo, mami —dijo la pequeña Carolina abrazando sus piernas.

De pronto, entró a la habitación la institutriz de los niños y se armó un gran alboroto.

Jalaba a Clara y a Itzel de los brazos para sacarlas de la habitación.

Ellas lograron zafarse, pero llegaron los peones, las tomaron de la cintura y las cargaron hacia el patio del medio de la casa, rumbo a la puerta de salida.

Los niños gritaban —mamá, mamita —. Clara se aferró a un cancel de la entrada y exigía ver a sus hijos, pero los niños no la escuchaban, la institutriz los había encerrado en su cuarto.

A Itzel la soltaron al ver que no ejercía tanta resistencia, pero intentaba hablar con los peones y hacerlos entrar en razón, pero al parecer sin ningún éxito.

Clara luchaba por su derecho. Destrozada, gritaba ver a sus hijos, pero las criadas y los peones se burlaban, se reían de su dolor, la creían loca, loca por exigir sus derechos, loca por querer ver a sus hijos, loca por amarlos más que a su vida.

Sintió que Dios la había abandonado, ese mismo Dios al que le rezaba e imploraba piedad y misericordia todas las noches, ese Dios al que le pedía protección para sus hijos y justicia, ese Dios que le daba la espalda ahora.

Regresaron a sus casas con el corazón hecho añicos. Itzel, durante el trayecto, la trató de consolar, pero no había ninguna palabra o frase que la reconfortara.