Orgullo Mestizo LAS CARTAS #2
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LAS CARTAS #2

LEONA LES DIO DINERO A ITZEL Y PAMAWARI.

Las ayudó a salir de la Ciudad de México para dirigirse a Nueva Galicia antes de que estallase por completo la guerra civil.

Regresaron a su casa en Guadalajara. Pamawari e Itzel mandaron llamar a sus amigos para contarles lo acontecido.

Decidieron unirse a la causa del cura Hidalgo y apoyar desde Guadalajara, con dinero y joyas, en caso de que se presentase un levantamiento en dicha ciudad.

Más tarde llegaron noticias al periódico.

Clara recibió una carta de Leona donde le explicaba acerca de una horrible masacre en Guanajuato, suceso que marcaría el corazón de la joven.

La batalla fue en la Alhóndiga de Granaditas, el 28 de septiembre, comandada por Ignacio Allende.

No dudó en buscar a Canek ese mismo día y hacerle partícipe de lo ocurrido.

Clara salió esa misma tarde colocándose el sombrero, los guantes, agarró su pequeño bolso y se fue en dirección a la casa de Pedro Canek.

Tocó el llamador de metal con desespero.

Abrió una criada y la condujo a un pequeño estudio, donde él se encontraba trabajando.

—Buena noche, Clara, siento no haberte buscado con anterioridad.

—Pierde cuidado, ¿qué buenas nuevas me tienes, Canek?

—Acabo de recibir una noticia de Juan Alfonso, tu marido, ha sido nombrado en los últimos días como dragón de la reina y ha regresado a Guadalajara para dejar a tus hijos con una nana en su casa de aquí, ya que él está comisionado para luchar contra los rebeldes en Guanajuato.

—¡Qué buena noticia me has dado, Canek! Muchas gracias, iré de inmediato por mis hijos a la casa, los sacaré de ahí cuanto antes.

—Clara, espera, no tan rápido, no te será tan fácil, no te lo permitirán. Seguro él dio alguna orden a sus criados para que no te dejen entrar. Yo te acompaño.

—Canek, antes de irnos, y cambiando de tema, debo comunicarte que me llegó una noticia terrible por medio de una carta secreta que me envió Leona, mientras yo estaba en el periódico.

Se trata de una espantosa masacre que sucedió a manos de los conspiradores liderados por Hidalgo.

Fue en Guanajuato, en la Alhóndiga de Granaditas.

¡Canek, mataron a todos! Mujeres, viejos y niños también, no les importó que hubiese gente inocente y desarmada.

Se salió de control, mira, aquí tengo la carta, juzga por ti mismo —Clara rompió en llanto.

Canek se levantó de su asiento y se dispuso a leerla.

—Pero ¿qué habrá pasado, por qué se saldría de control?

Hasta donde tengo entendido, Hidalgo defiende a la gente inocente, aunque también recordemos, Clara, que esto ya se está convirtiendo en una guerra, y como en toda guerra morirán inocentes.

Así que estemos preparados para lo peor, esto apenas comienza.

Si queremos un país libre del yugo de los españoles, no va a ser fácil que estos se den por vencidos, ellos van a pelear por lo que creen que les pertenece y no dejarán sus privilegios por nada del mundo, así tengan que matarnos.

—Canek, ¿no hay alguna otra manera más pacífica, en verdad estás convencido de que no exista otra forma distinta?

—No, no lo creo, ellos van a pelear por continuar en el poder.

—¿Y mis hijos?, ¿qué va a ser de ellos? Tenemos que recuperarlos lo más pronto posible, están solos.

Clara sacó un pañuelo del bolsillo, de nuevo volvió a llorar de impotencia. Canek se acercó a ella, la levantó de la silla, la abrazó e intentó besarla. Clara se sorprendió, pero no se resistió y le correspondió el beso.

Pamawari abrió la puerta y los descubrió. La pareja, al verla, se separó, y Clara, avergonzada, decidió tomar su bolso y salir del estudio sin despedirse.

—Pamawari, qué sorpresa, adelante. Mira, esta carta la ha escrito Leona, me la ha traído Clara, hubo una masacre en la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, ¿es una terrible tragedia, no te parece?

—Así es, Canek, como terrible tragedia fue haberte encontrado en los brazos de Clara cuando yo creí que me amabas.

—Y así es, Pamawari, mis sentimientos por ti no han cambiado, yo soy tuyo.

—¡Mentira! —gritó ella con las manos sobre su pecho.

—¿Sabes lo que has hecho? Lo has destruido todo, todo lo que podría haber entre nosotros, ¿y sabes una cosa? Estoy encinta, desde antes de la misión, pero no te dije nada para no preocuparte, para protegerte, pero ahora veo que te da lo mismo nuestro amor, nunca lo hubo, nunca existió.

—Pero ¿qué dices mujer?, ¿estás segura? —Pamawari le lanzó ojos de desprecio y rencor.

—¿Acaso crees que no sé si estoy grávida o no? Mejor contesta ya, ¿desde cuándo estás con ella? Dímelo.

—Es la primera vez que sucede esto, de verdad, ella estaba muy afligida por lo que está pasando, por sus hijos, por la guerra, simplemente se dio. Nunca lo habíamos hecho, te lo juro, mujer, por el hijo mío que llevas en el vientre, te lo juro.

Pamawari lo amaba tanto que decidió creerle. Se abrazaron y se fundieron en un beso largo.

—Quédate esta noche y para siempre. Cásate conmigo, mi negrita linda. No sabes lo feliz que me has hecho hoy y para el resto de mi vida, ella no significa nada para mí, a quien amo es a ti.

Dos semanas después, se casaron, ya no podían esperar más, y menos ahora, que Pamawari estaba embarazada y la gente era muy habladora, sumando además que el destino del país era incierto.

Fue una boda sencilla, con pocos invitados, donde los padrinos fueron Itzel, Elisa y Santiago.

Pamawari le había perdonado a Clara el incidente y también fue invitada a la pequeña comida en honor de los novios.

Giulia, junto con su hermana recién llegada de Italia, también asistieron, como acompañantes de Santiago, hecho que incomodó a Itzel en la celebración.

LA HERMANA DE GIULIA, de nombre Alice, se veía inquieta y Santiago lo notó, así que decidió hablar con ella, en un momento en el que Guilia dejó su asiento para ir al tocador.

—¿Qué sucede, Alice, todo bien? —le preguntó Santiago a la diminuta y menuda mujer.

—No, sinceramente estoy preocupada por ti y por mi hermana, ella no se encuentra bien, Santiago, necesita regresar a Florencia conmigo. He notado, durante mi estadía aquí, que ella ha ido empeorando —le explicaba intranquila en italiano.

—¿A qué te refieres con empeorando?

—A consecuencia de la muerte de nuestro padre, ella se volcó en su cuerpo, en satisfacer sus deseos carnales. Pero qué vergüenza tener que decírtelo. Quizá ya lo habías notado. Para ella no hay nada más placentero en el mundo que hacer el amor, pero lo hace con muchos hombres y hasta desconocidos.

—Eso no lo sabía, Alice —se levantó Santiago molesto de su asiento.

—Te ruego que no hagamos de esto un espectáculo —le pidió la mujer con prudencia—. Debes dejarla, ella sin intención te hará daño, ella necesita estar sola.

—¿Me estás diciendo que ella me es infiel con todo hombre que le pase por enfrente?

—Eso no lo sé, pero de lo que sí estoy segura es que se percibe inestable y cabría esa posibilidad —Alice volteaba nerviosa en dirección a donde se había marchado su hermana.

—Nuestro padre se ahogó en un río cercano a la cabaña donde vivíamos, ella fue quien lo encontró.

Estaban tan unidos que su muerte la devastó, pero ella nunca lo demostró, sin embargo, sabíamos que sufría mucho por mi padre.

La ópera y el sexo son su forma de evadir sus sentimientos.

Compréndela, por piedad, a nadie le cuenta esta desgracia y como se hace la fuerte, me supongo que tampoco te lo ha contado a ti.

Santiago tenía la mirada perdida. Él creía que la conocía, que su relación era auténtica, pero el problema de Giulia era más grande que el amor que le podría tener a ella, así que comenzó a pensar en soluciones a futuro con o sin ella.

Santiago y Giulia eran como agua y el aceite, discutían siempre, además la joven sabía, en el fondo, que él amaba a alguien más, lo presentía, la fijación que ella tenía por el sexo era insaciable, difícil de controlar, no le dejaba ser feliz por completo a lado de Santiago.

Giulia gustaba de las infinitas funciones de ópera y festejos en los que participaban sus compañeros.

Santiago solo pensaba en Itzel, así que un día decidieron separarse, sobre todo porque ella debía regresar a su país lo antes posible con su hermana, llevándose con ella ideas de liberación y república para su país, Italia.

Santiago decidió enfocarse en su trabajo y en la conjura, ya que veía que podía estar de ese modo más cercano a Itzel y a la causa.

Decidió advertirle a Elisa y a Mariano que las tropas de Hidalgo iban rumbo a su ciudad, así que mandó un informante esa misma noche, en cuanto se enteró.

Mariano recibió el comunicado de Santiago, puso en alerta a sus conocidos y amigos.

Acudió de inmediato, con el cabildo de la ciudad de Valladolid, para diseñar una estrategia en la protección de la población, dejando a un lado el sentimiento revolucionario, quería evitar otra masacre a manos del ejército de Hidalgo, un hecho que mantuvo muy indignada a Elisa, quien le recriminó en la intimidad de su casa.

Ella, molesta, mientras se peinaba el cabello sentada en el banco de su tocador, casi lista para dormir, le reclamaba a su esposo:

—Es una vergüenza pensar en el cura Hidalgo como traidor a la patria.

Aquí están temerosos como gallinas por la llegada de sus tropas, además hoy, en el púlpito de la iglesia, se leyó el edicto por mandato del obispo Abad y Queipo, que otorgaba la excomunión a Hidalgo y a aquellos que lo siguiesen en sus arengas, así que has de imaginarte, esos ratoncillos de iglesia se acobardan con esa amenaza tan vieja y obsoleta.

Es indignante, Mariano, tú no lo escuchaste porque decidiste quedarte y no asistir, pero más indignante es que fueras a echarlo de cabeza con el cabildo en estos días.