Orgullo Mestizo LAS CARTAS
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LAS CARTAS

A media luz de las antorchas, comenzó el revoloteo de las aves, plumas de colores tornasoles y gotas de sangre estallan en el ambiente del ruedo, manchando de color escarlata los finos encajes y el rostro tendencioso del juez, causando en él asco y horror, pero al mismo tiempo placer por la atrocidad que presenciaba.

Las venas de sus ojos saltaban inyectadas de una mezcla entre cólera y lujuria, mientras disfrutaba el férreo sabor a muerte y triunfo.

Justo, en ese momento de éxtasis, un mensajero de la corte real lo interrumpió, que temeroso por la reacción del mandatario, dijo:

—¡Su señoría! Una carta para usted de la corte española.

En ese momento, el oidor, que se limpió con un pañuelo la sangre del rostro, abrió con desespero la carta rompiendo el sello real sin dejar de mirar el ruedo; la plebe en las tribunas reía a carcajadas y gozaba del momento en que el gallo opositor cayó tendido en la arena sin muestra de vida, de repente, un grito a lo lejos hizo resonar los tímpanos de la clase alta:

—¡Ese es mi gallo! —gritaba la muchedumbre de la clase baja.

Álvarez del Corral salió asqueado del ruedo, no por el olor a orines y sudor que inundaba el ambiente, sino por la noticia que apenas unos minutos acababa de recibir.

Llegó su carruaje y, antes de subir, el vómito inundó su garganta, salió de golpe de su boca.

Con el rostro pálido, subió al vehículo e incorporándose ordenó que lo trasladasen a su hacienda, la cual se convirtió en un lugar enorme para él.

El mundo se venía abajo. Su esposa se encontraba en sus aposentos dormida, debido a que la hora de llegada de su esposo rebasaba las 12 de la noche.

Él decidió no perturbarla con la mala noticia que le desconcertaba y decidió aguardar hasta el día siguiente, tanto para mantenerla al tanto de lo sucedido, como para llamar a su asesor y convocar una reunión.

Pamawari, quien hábilmente había conseguido trabajo en la casa de Álvarez del Corral, escuchó que entró precipitado a la casa.

Topándosela de frente, la tomó agresivo de la muñeca y le dijo:

—Trae a Guadalupe, a la india llamada Itzel. ¡Ahora! Es una orden o te mandaré azotar, negra estúpida —gritó furioso.

—Sí, amo, ya le digo, con su merced, me retiro.

Pamawari buscó a Itzel y le comentó nerviosa que la estaba buscando el oidor, que había regresado en su carruaje de una pelea de gallos, además tenía la camisa manchada de sangre y vómito.

—No vayas, Itzel, está furioso, no vaya a descargar esa furia contigo, te lo ruego. Mejor escapémonos de aquí.

—¿Me estás pidiendo acaso que deserte? ¡No! No pondré en riesgo por lo que hemos trabajado en esta encomienda, y si se me va la vida esta noche, sea pues.

—¡Itzel, por favor, regresa!

Itzel subió a la habitación donde sabía que la esperaba. Él se encontraba con una botella en la mano y comenzó a servir licor en dos copas.

—Toma, bebe conmigo que no sé cuánto tiempo más nos quede. Sabes, nunca creí que me sentiría así con nadie. Pero bebe, niña, bebe conmigo, acompáñame en mi miedo y mi dolor.

Itzel permanecía en silencio escuchándolo. Trató de ser amable con él para ver si obtenía que se confesara.

—Deja que te cuente. Cuando llegué de Toledo, vi esta tierra como una oportunidad para comenzar una vida nueva, lejos del escándalo y la pobreza.

En España ya no había cabida para un hombre como yo, pero aquí era posible y lo fue.

Mírame ahora, mira el éxito y el oro que he podido obtener.

Y en cuestión de horas se está derrumbando —Álvarez tosió y tambaleándose caminó hacía la cama y se sentó en la orilla.

—Ven, acompáñame, siéntate a un lado mío. No te haré daño.

Itzel obedeció, mientras lo miraba con interés y desespero.

—Mira, india guapa, te contaré, ¿ves esta carta? Me la han mandado de la corte del virrey, ¿y sabes qué es lo que contiene? Nuestro fin, eso es lo que contiene.

El juez comenzó a reír y a llorar sin control, en un estado de manía. Itzel sintió como el corazón se le aceleraba y una gran dicha la invadió por completo, pero debía disimular.

—Ven, desnúdate ante mí, quiero admirar por última vez la belleza de tu cuerpo.

Pero ella solo pensaba en cómo apoderarse de la carta, tenía que saber su contenido y mandársela a sus amigos.

Itzel no tuvo más remedio que acceder y despojarse de su camisón.

El hombre comenzó a besarla sin control por todo su cuerpo.

Ella deseaba que terminara y en un descuido apoderarse de la carta.

La acostó en la cama y la hizo suya. Al concluir el acto, mientras Álvarez dormía, aprovechó para robarle la carta y guardarla entre su ropa.

Volvió a recostarse desnuda junto a él hasta que amaneció.

Se despertó porque sintió como el cuerpo de Álvarez del Corral estaba sobre de ella, entonces decidió complacerlo por última vez para escapar de allí con la carta y marcharse lejos con Pamawari.

Álvarez se sentía frustrado por su impotencia, la noticia que había recibido un día antes no podía sacarla de su mente.

Comenzó a golpearla mientras abusaba de ella. Itzel gritaba y lloraba.

—¡Guadalupe, Guadalupe! ¡Itzel! ¿Itzel qué te sucede? Pareces una vaca frígida e inservible. ¡Te ordeno que me complazcas ahora!

Al darse cuenta de que Itzel no podía más del dolor, la soltó, Itzel se levantó de golpe y le gritó desnuda:

—¡Máteme, máteme, ya no le sirvo más, qué espera, aquí estoy! —Itzel rompió un vaso y tomó una parte rota. Se lo colocó en la yugular—. ¡Si usted no lo hace, lo haré yo!

—Pero ¿qué haces, india estúpida? ¿No ves que por retarme te puedo hacer desollar viva? Si te mando matar, no morirás tan rápido, no se te ocurra amenazarme. ¡Sal, sal, te lo ordeno, que salgas te digo!

La esposa del oidor salió de su habitación antes del canto del gallo, rumbo a la capilla para la misa matinal, traía consigo su librito de horas y un rosario.

Vio a media luz salir de la habitación una figura que corría apresurada sobre el corredor que conducía a los apartados de los esclavos, de inmediato supo que era Guadalupe Itzel.

De repente, esa figura se desvaneció y la encontró tendida sobre el pavimento helado y resbaladizo; se acercó la mujer a la sirviente, la tiró del cabello y levantó su cabeza del piso de forma brusca para mirarla a los ojos diciéndole al oído:

—Sabía que eras tú, ¿acaso estás llorando?

—rio a carcajadas—. Pero ¿cómo? Si te gustó revolcarte con mi marido en su cama toda la noche, ¿no es así?

, ¿acaso no te da regalitos lujosos, acaso ya no te complacen?

¡Malagradecida! Pero ya no llores, ese es el precio que tienes que pagar por ser la preferida, no te quejes o serás azotada cien veces; o mejor aún, mandaré azotar a tu amiga, la insoportable negra.

La mujer recordó su compromiso eclesiástico, la soltó y la dejó irse. Itzel se vistió como pudo en los pasillos y corrió a su habitación para agarrar sus notas, en un morral metió sus ropas. Fue en busca de Pamawari en los apartados de gente de color.

—¡Pamawari! Ven.

—¿Qué sucede?

—Agarra tus cosas y vámonos. Tenemos que salir de aquí, corre.

Salieron apresuradas de la casa, robaron uno de los caballos para huir.

Pero Álvarez, que ya se había percatado de la desaparición de la carta, mandó a buscar a Itzel.

Cinco caballos con los peones iban en búsqueda de las dos jóvenes.

Ellas se habían adelantado por algunos kilómetros de ventaja, así que pudieron escapar.

Con los sentimientos encontrados, se dirigieron a la casa de una de sus conocidas conspiradoras, Leona Vicario, amiga de Elisa y Clara, con quien intercambiaba información por medio del periódico.

Le pidieron ayuda contándole lo ocurrido.

Le mostraron la carta que Álvarez del Corral había recibido de parte del Palacio Virreinal, donde decía que el cura don Miguel Hidalgo y Costilla, a las afueras de su iglesia en la parroquia de Nuestra Señora de Dolores, en la población de Dolores, junto con algunos dragones de la reina, ahora como traidores, habían comenzado la insurgencia con el levantamiento de armas en manos de más de 700 hombres en contra del dominio español, el 16 de septiembre por la madrugada.

Leona informó el suceso al periódico donde escribía y les brindó a las jóvenes su apoyo, hospedándolas varios días en su casa.

Siguieron de cerca los sucesos que estaban aconteciendo alrededor de las revueltas de los insurgentes.

Leona, de buena fuente, se enteró que los corregidores de Querétaro, sobre todo doña Josefa, había ayudado a Ignacio Allende y Juan Aldama, así como al cura Hidalgo para que fuera posible el levantamiento, al grado de adelantar la conspiración por causa de algunos traidores, que los delataron ante las autoridades españolas y metieron en gran predicamento al señor corregidor, quien se cuestionaba entre ayudar a la causa que tan ferviente defendía su mujer, o cumplir con sus obligaciones con el gobierno español.

La guerra estalló en Querétaro donde los rebeldes vencieron al ejército realista, lo cual inundó de esperanza y libertad a muchos conjurados.