TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #15
LA TEMPORADA DE LA ÓPERA estaba por terminar en Guadalajara.
Las fiestas a las que acudía Giulia eran constantes y para Santiago un tanto libertinas.
En una ocasión, al finalizar la puesta en escena asistió con ella a un pequeño restaurante.
Él intentaba empatizar con sus compañeros.
Ella bebía vino tinto junto con una de sus compañeras, a lo lejos Santiago la observaba con curiosidad.
Ella, al notar que su amante la veía, se acercó a su amiga y, coqueta, le acarició el cabello mientras platicaban, después le tocó el rostro y la besó mirándolo a él de reojo en completa insinuación, mientras su amiga le correspondió el beso.
Santiago, incómodo, no daba crédito a lo que veía.
Al principio creyó que el vino le había jugado una mala pasada, pero no fue así.
De momento creyó que quizá era normal entre las italianas ser tan abiertas, pero, aun así, fue un momento que no pudo dejar de inquietarle por semanas y que marcaría el rumbo de su relación.
Elisa, por su parte, buscaba apoyos entre sus conocidos para financiar la insurgencia, pero muchos de ellos, sobre todo mujeres, le dieron la espalda, no deseaban involucrarse en temas de política.
Ella los veía como traidores a la patria.
Indignada, no podía creer que fueran tan indiferentes, cuando se reunía con algunas damas de sociedad solo les importaban los temas de la moda europea, las sazones de sus cocineras y los colores cálidos de sus bordados.
Con cierta frecuencia, Elisa llegaba con Mariano a su casa con el periódico en la mano y explotaba con él, contándole las nuevas noticias que acontecían en la Nueva España y de cómo sus conocidas hacían de la vista gorda.
Charlaban por horas buscando mil y una maneras de componer la política, fumando cigarrillos y tomando del tequila que su amiga Camila les regalaba.
Elisa era una mujer muy apasionada cuando se trataba de hablar de política, se parecía mucho a su padre, don Pancho Márquez, de quien había sacado su carácter.
A Mariano eso le encantaba, era una mujer obstinada y rebelde, siempre buscaba la manera de salir adelante con su ayuda o sin ella, era imparable.
Ellos podrían pasar días hablando del mismo tema sin cansarse, se hacían el amor metafóricamente con sus conversaciones y compartían sus conocimientos tomando una buena taza del café de su cafetalero, leyendo juntos, pero también en ocasiones peleaban con mucha pasión.
—Mariano, mañana a primera hora voy a visitar a Clara a la imprenta, me gustaría escribir para el periódico.
—Elisa, sabes que siempre te apoyo, pero estás de acuerdo que no se te va a permitir por el hecho de ser mujer.
—Lo sé y no me importa. Lo haré bajo un seudónimo, para eso necesito de tu ayuda, si voy sola no me van a tomar en serio, quiero que digas que son de un viejo amigo tuyo.
—Eres incorregible, mujer —Mariano soltó una carcajada mirándola y acariciando su cuerpo le dio una pequeña nalgada de cariño.
Al día siguiente, la pareja buscó a Clara en la imprenta. La mujer se veía más acabada, se notaba que tenía días sin dormir y la tristeza no la podía esconder de sus ojos, aunque aparentaba alegría y bromeaba de vez en cuando.
—¡Elisa, Mariano, sean bienvenidos! —Clara los saludó con afecto.
—Señora Mendoza, buen día —contestó Mariano muy cordial.
Elisa inspeccionó el lugar, observaba las grandes máquinas de la imprenta, las letras sueltas y pliegos de papel desordenados sobre la mesa.
La tinta negra que tenía presencia por todas partes, más en las manos, uñas y dedos delgados de Clara, que hacían un contraste particular con su piel blanca.
El cuerpo de Clara no llenaba el vestido negro, ahora le quedaba dos tallas más grandes de lo habitual.
Los pómulos de su cara sobresalían de su rostro alargado y flaco, y la boca se le veía más grande de lo normal, así como sus ojos más saltones.
—Querida, ¿cómo estás? ¿Cómo va el asunto de tus hijos, has podido verlos, sabes algo de ellos? —preguntó Elisa preocupada.
—Nada aún, pero Canek está ayudándome, gracias.
Espero muy pronto tener noticias de ellos.
No he podido dormir y siento un dolor muy intenso en el pecho por las noches, pero estar aquí me ha servido para olvidarme de mis preocupaciones que tanto me aquejan.
Eres muy amable por preguntar sobre mi situación.
—Pues si en algo podemos ayudarte, querida, sabes que puedes confiar en nosotros. Hemos venido a ver al director de la imprenta, queremos que nos publique cierto material de un amigo escritor, ¿tú podrías presentarnos con él?
—Con gusto, acompáñenme, por favor.
—Después de ustedes —contestó Mariano.
Elisa logró que le publicaran bajo un seudónimo masculino. Comenzó a redactar artículos señalando los errores del gobierno y los de la corona española, hecho que desagradó a muchos. Algunos de sus artículos estaban escritos con claves que solo los insurgentes podían descifrar.