TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #14
Caminaba con un cesto de sábanas viejas que tenía que depositar en un contenedor de mimbre.
No había nadie alrededor. De repente, sintió un golpe muy fuerte en la cabeza que la hizo caer al suelo y perder el conocimiento.
Cuando despertó se sentó y vio que su vestido estaba arrancado del pecho, las enaguas arriba y su ropa interior hasta las rodillas ensangrentadas.
Sin dimensionar lo ocurrido, se acomodó la ropa.
Aún no se había percatado del descalabro que sufrió por el golpe.
Solo sentía que la cabeza le giraba y que un fluido caliente le caminaba por la cabeza hasta llegar al cuello, se tocó con la mano y la miró aterrada gritando de miedo y horror.
En ese momento comprendió que la habían violado mientras estaba desmayada.
Álvarez del Corral, que pasaba por el lugar, se acercó a auxiliarla.
—Pero ¿qué te ha sucedido, niña?, ¿quién ha sido capaz de cometer tan infame y bajo crimen? Anda, dejadme que te ayude —sacó de su chaqueta un pañuelo de encaje y comenzó a limpiarla con suavidad.
Itzel no decía ni una sola palabra, estaba en shock y su cuerpo temblaba. No sabía por cuánto tiempo había estado tirada en el piso.
—Venid conmigo, acomódate el vestido y te encamino a tus aposentos, no vaya a estar el rufián por los alrededores merodeando y te vuelva a atacar.
Álvarez del Corral llamó a sus guardias, mandó a revisar la casa de arriba abajo, pero nada, no había ningún rastro del atacante.
Le prometió a Itzel que buscaría y castigaría al responsable.
Itzel despidió al juez en la puerta y se metió a su habitación.
Vertió agua en una palangana y sumergió unos trapos en ella.
Se los pasó por su cuerpo intentando limpiar la sangre que se secaba y mientras lo hacía, lloraba y se frotaba más fuerte intentando borrar de su cuerpo el vestigio de agresión inexplicada.
Trataba de recordar algo de lo que le pudo haber sucedido, pero era inútil.
Así estuvo unos días, forzada a recordar, pero no lo lograba, solo se frustraba.
Pasados los días del ataque que había sufrido Itzel, Álvarez del Corral y su esposa habían invitado a otros jueces, tres en total, a una cena para hablar sobre temas políticos.
La casa debía estar arreglada y limpia, los candiles del comedor impecables y brillantes.
Los caballeros se encontraban sentados disfrutando de la cena.
—Señor Álvarez del Corral, como usted sabe, se está viviendo una tensión política sin precedentes, los mexicanos revoltosos están dando señales de sublevación en algunas ciudades de la Nueva España, ¿cuál es su opinión al respecto?
—Verá, señor De la Corcuera, esos revoltosos siempre van a existir, pero nada que el ejército realista no pueda resolver y sofocar esos ánimos.
Itzel escuchaba atenta detrás de la puerta la información que pudiera ser de alguna utilidad para el movimiento.
—Disculpe que insista en este tema tan polémico para nuestra velada, con el debido respeto que merecen aquí los presentes, ¿pero acaso no le preocupa que los criollos burgueses puedan hacer uso de su influencia y su dinero, así como de toda la inestabilidad que se vive en la península en estos momentos, para ellos tomar el poder y buscar alguna independencia de España?
—¡Pamplinas! No sea cobarde, señor De la Corcuera, y tenga más fe en el virrey y en nuestra institución —le contestó Álvarez del Coral, mientras se aclaraba la voz con un sorbo de vino y continuó con su alegato.
—Mire, le diré algo, y escuche bien, los mexicanos son como animales, desorganizados, bárbaros, simplemente mire cómo viven, cómo se conducen.
Nosotros vinimos a poner orden en esta tierra, donde se comían los unos a los otros el corazón, es su platillo, ese, ¿cómo se llama?
Poooz… poooz… pozole, sí, pozole, ¿acaso usted sabe de qué está hecho?
Álvarez del Corral pidió que le acercaran el lechón que había en medio de la mesa, tomó un cuchillo y comenzó a cortar cada oreja del animal con brutalidad, mientras se los aventaba a los platos de dos de los jueces. Continuó con la trompa, la aventó con fuerza al plato de otro oidor.
—De esto, queridos amigos, está conformado ese platillo —señalaba con el cuchillo mientras hablaba.
—Por cierto, muy delicioso, pero recordemos que cuando llegó Colón, lo preparaban con carne humana, no se les olvide, sí, con los restos de los hombres o mujeres sacrificados a su dios Quetzalcóatl.
Así que, queridos compañeros, no pierdan cuidado, ellos se comerían todavía en estos tiempos entre ellos, ya no lo hacen porque vinimos a civilizarlos, pero en sus conciencias así se conducen, están divididos.
No serían capaces nunca de organizarse, ahora menos que están tan mezclados, no tienen una identidad propia, criollos, mulatos, mestizos, bueno, ya saben, infinidad de revolturas que son.
No piensan, además no se unen ni para un baile, jajaja, así que no se preocupen, compatriotas, esto está controlado.
Álvarez del Corral continuó comiendo como si nada hubiese pasado y los jueces perdieron un poco el apetito, después de tan disruptiva intervención.
Itzel permanecía llorando en silencio detrás de la puerta, al escuchar esas palabras tan crueles de parte del español.
Se fue a su habitación. Escribió con el corazón acelerado una carta para Canek, donde le contaba lo que había escuchado en esa cena vulgar.
Se juró que iba a hacer lo que estuviese en sus manos por que la causa fuera un éxito.
Ella sabía que estando ahí podría tener más acceso a información, así que cuanto veía y oía, lo apuntaba, lo mandaba en recados con otros de los sirvientes con los que había podido convencer para la causa.
Tocaron a la puerta, escondió con lo que escribía.
Acudió a abrir. Era Álvarez del Corral alcoholizado.
Sus invitados ya se habían marchado, la casa estaba en silencio.
Él se encontraba con su ropa de cama debajo de un chal verde, que se había colocado encima.
Él la tomó del brazo y le pidió que lo acompañase.
A ella se le hizo rara esa petición a altas horas de la noche, pero tenía que obedecer, así que lo acompañó.
Se dirigieron a hurtadillas por los pasillos de la casa.
Subieron una gran escalera que los conducían a las habitaciones.
Itzel desconocía qué quería el juez. Llegaron a una habitación, la última de la casa y la más alejada.
Ella lo siguió, presintió que él querría acostarse con ella y por un momento quiso salir, gritar, negarse, resistirse, pero pensó en la causa y que si tomaba esa actitud, la correrían o la encarcelarían, se perdería cuanto habían trabajado ella y sus amigos.
Decidió quedarse y seguirle el juego lo más que pudiera, hasta buscar la forma de zafarse para no tener que llegar a esa situación.
Pero fue inevitable. Él le ofreció aguardiente, que ella aceptó de buena gana, para relajarse y que no fuera tan traumático el acto.
Al día siguiente, el oidor despertó con una resaca espantosa que apenas y podía moverse.
Itzel ya no estaba ahí, se había marchado cuando él se quedó dormido.