Orgullo Mestizo TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #13
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TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #13

Una de las cocineras que atendía las mesas fue mandada a buscar a Itzel.

Corriendo, llegó a la cocina, la joven estaba sirviendo los postres en las vajillas.

Al saber de su requerimiento, se puso nerviosa, se quitó el mandil, acomodó lo más que pudo su peinado y sacudiendo presurosa sus enaguas salió de mala gana para cumplir los deseos del virrey.

Al llegar al patio, su estómago se revolvió de ver a tanta comitiva enjoyada y bien arreglada, nunca había visto tanto lujo, ni en las fiestas que organizaban los Mendoza, ni las de los Velázquez.

En ese momento, sintió unas ganas enormes de abandonar el lugar, pero recordó su misión, se armó de valor y se acercó a los virreyes, hizo una pequeña reverencia, pero no habló.

El hombre se sorprendió de que fuera indígena pura, esperaban alguna mujer mestiza.

El virrey se asombró con su hermosura, pero quien se enamoró más de ella de inmediato fue el oidor Álvarez del Corral que, boquiabierto, no dejaba de mirarla. El virrey se aclaró la garganta y dijo:

—He quedado gustoso y sorprendido por el sabor de sus manjares aquí presentados, no cabe duda que es el sabor terroso y exquisito de la cocina de la Nueva España. Mi más profundo agradecimiento a vos y su cocina.

Itzel volvió a hacer una reverencia, sin decir ni una palabra, dio media vuelta y se marchó.

Por supuesto que no estaba agradecida por el cumplido, pensaba en los abusos que se habían cometido por parte de la corona, la muerte de sus padres, así como el salir huyendo de su amada Yucatán.

Santiago la vio de lejos desde la mesa donde estaba sentado con Giulia.

Quería salir corriendo a alcanzarla, hablarle, abrazarla, pero sabía que en ese momento era imposible. Esperó hasta que comenzara el baile.

Itzel regresó a sus labores en la cocina, una de sus ayudantes, alegre, le comentó:

—Quizá después de estos halagos le podrían dar a usted un lugar en el Corpus Christi, allá en el convento para mujeres como usted, para mujeres indias. Sería una gran oportunidad para usted, ¿no le parece?

—Le agradezco, pero no es mi deseo ser religiosa, o por lo pronto no está en mis pensamientos —sonrió y continuó emplatando los dulces, con la certeza de que aquel comentario no fue malintencionado.

El baile comenzó y Santiago vio la oportunidad de dejar sola a Giulia con un italiano que se acercó a platicar con ella, coquetamente la joven jugaba con su cabello.

Giulia no dejaba de mostrarle señales de interés a su nuevo conocido, que después de que terminara la pieza de baile, lo llevó a un lugar oscuro y apartado de los ojos de los invitados, donde comenzó a besarlo con frenesí detrás de una columna.

Los impulsos lujuriosos del acompañante lo incitaron a tocar el cuerpo de la italiana por debajo de su ropa.

Santiago caminó preguntando a quien se encontrara por su camino la ubicación de la cocina.

Esperó a que Itzel estuviera sola, para la buena suerte de Santiago, ella salió primero.

La siguió hasta un gallinero que estaba a un lado del huertito que había detrás del edificio.

Ella buscó los huevos debajo de las gallinas y los metió a su canasto, fue a cortar unas manzanas y, de repente, Santiago salió detrás de un árbol y la abrazó por detrás.

Ella de una vez supo que se trataba de él, se dio la media vuelta y lo besó, como el beso lento y largo con el que él soñaba.

—Sabía que me querías —le dijo Santiago emocionado y la abrazó de la cintura levantándola del piso.

—Prométeme que no insistirás más en que abandone la causa. Solo te pido tiempo, tiempo para que todo termine, después podremos estar juntos y pensar en un futuro, antes no.

A lo lejos se escuchó la voz de Guilia.

—Santiago, ¿dove stai? Amore, amore mio, ¿sei tu?

Santiago sintió que se le iba la sangre al piso.

Por un lado, amaba a Itzel y por fin sus esperanzas con ella tendrían algún futuro; por otro lado, acababa de iniciar una relación en la que se sentía feliz y no quería dejar a ninguna de las dos, ni desilusionarlas.

Santiago dio un paso hacia atrás e Itzel notó su nerviosismo.

—¿Qué sucede? ¿Quién es ella? ¿Acaso eres tú a quien ella busca?

—Sí, pero, Itzel, no es lo que parece, mi corazón te pertenece a ti, ella es una amiga, bueno, estoy comenzando una relación, pero deja que te explique.

—No, Santiago, creo que está muy claro todo.

—Santiago, amore, ¿cosa stai facendo, chi é lei? —Giulia los encontró y le preguntaba a Santiago lo que hacía y con quién hablaba, mirando a Itzel de arriba abajo.

—Ah, ella es la cocinera del Santo Oficio. Le preguntaba hace un momento sobre dónde se encuentra la oficina principal, vámonos. Gracias por la información, permiso.

Itzel se quedó perpleja observando las dos figuras humanas alejarse, a la mujer pelirroja tomada del brazo de su amado, riendo y platicando feliz, quien usurpaba el lugar que podría ser de ella, así que decidió no volver a pensar en él, después de llorar y sentir como el corazón se le achicaba de tal humillación.

Al día siguiente, muy de madrugada, Pamawari e Itzel se escabulleron dentro de la oficina del inquisidor con una vela en busca de las obras de arte que Santiago había dejado.

Las revisaron y encontraron dos pedazos de papel entre los bastidores y los lienzos con indicaciones precisas para ellas.

Al parecer, debían aceptar su traslado a la casa del juez Peña, para continuar con sus labores secretas.

Pero por la mañana el inquisidor recibió una visita inesperada del oidor Boris Álvarez del Corral, quien alegaba, con tacto y buena educación, el traslado de Itzel a su servicio doméstico.

El inquisidor, extrañado por aquella petición, hizo llamar a Itzel y frente a él le ordenó su traslado de inmediato.

Ella se confundió porque el plan era otro.

De pronto, le invadió un sentimiento de miedo e incertidumbre.

Se apresuró a buscar a Pamawari y contarle lo ocurrido, el coche de Álvarez del Corral la aguardaba.

Nerviosa, le imploró que se comunicara con algunos de sus amigos conjurados para que supieran de su paradero y le mandaran las instrucciones del plan.

Pamawari le prometió que buscaría la forma de que la emplearan en esa casa junto con ella.

CORRÍA EL MES DE SEPTIEMbrE DE 1810, las cartas escritas en clave fluían más frecuentes entre los conjurados.

La clase burguesa criolla era más intolerante al nepotismo, al abuso de los españoles y del virrey.

Las reuniones eran blanco de ataque y discusión pasional entre los criollos, a causa de aquel gran poder repartido entre españoles, nobleza y clero.

Las revueltas tomaban fuerza en distintos lugares del país.

Clara trabajaba en la imprenta, que había sido fundada por Mariano Valdés Telles en 1792.

Estaba muy cerca del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, así como de la Catedral Metropolitana de Nueva Galicia, en el barrio del Santuario.

Le gustaba asistir a la catedral saliendo de trabajar, para pedir por un milagro y volver a ver a sus hijos, su estadía en ese lugar le generaba sentimientos de confianza, seguridad y paz.

Era la única mujer en la imprenta, por lo tanto no era bien vista a los ojos de los hombres que trabajaban ahí.

A pesar de que los colaboradores del periódico tenían ideas liberales, no se acostumbraban a la presencia de una mujer en el lugar de trabajo, siempre buscaban la manera de molestarla con comentarios mal intencionados o desprestigiando su trabajo.

Ella se dedicaba a entintar las placas y las letras para las impresiones de los periódicos, leía cuidadosamente los contenidos, algunos de ellos con tintes políticos escondidos entre líneas en contra de la corona española y de los realistas.

Los periódicos consistían en un pliego de papel doblado de donde salían ocho páginas, las cuales, para Clara, eran difíciles de manipular al momento de dar vuelta a las hojas por sus pequeñas manos, acción que desencadenaba las risotadas de algunos de sus compañeros.

Uno de ellos, el más liberal, era el único que le tenía aprecio y algo de admiración, porque, a pesar de los malos tratos, ella los soportaba dejando las burlas a un lado y realizando su trabajo lo mejor posible.

Canek recibió una carta de Pamawari explicándole lo que había ocurrido con Itzel, suplicándole que la transfiriera donde su amiga se encontraba para continuar con la misión.

Así lo hizo, buscó por dos semanas un trabajo para ella en casa de Álvarez del Corral.

Él aún desconocía que su amada llevaba en el vientre a su hijo.

Itzel tenía varias labores en la casa de Álvarez del Corral, pero de prioridad en la cocina.

Él buscaba la manera de estar a solas con ella y no perdía oportunidad de lanzarle algún piropo, de llevarle alguna florecilla cortada del jardín o darle algún regalo, lo hacía a escondidas de su esposa.

Itzel lo ignoraba la mayoría de las veces, sabía cuáles eran sus intenciones y trataba de evitarlo a toda costa.

Un día por la tarde, mientras el sol se ponía, Itzel tuvo que ir al patio trasero de la gran casa donde se encontraban los baños y los cachivaches.

Era un patio húmedo, frío y oscuro, con alguna maleza y musgo que brotaba de las paredes de adobe carcomidas por el tiempo.