TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #12
—No, mujer, me encuentro bien, afortunadamente, no fuimos maltratados ni torturados, y además nos quitaron los cargos que nos imputaban.
—No sabes cuánto me alegro, querido. Vamos, anda a la cocina, has de tener mucha hambre, te prepararé algo para cenar.
¡Muero de hambre! Antes quiero decirte que tengamos mucho cuidado, Elisa, debemos escoger a quiénes incluimos en las conjuras para que no vuelva a pasar de nuevo esto, no podemos arriesgarnos.
—Sí, tendré más cuidado.
—Cuéntame, ¿cómo te fue con la señora María Ignacia? Dicen que es de armas tomar y muy hermosa, por cierto —le preguntaba mientras cenaba su concha de vainilla con chocolate caliente.
—Eso de armas tomar ni te lo discuto, pero acabas de mencionar que es muy hermosa, no lo digas ni en broma porque tu mujer también tiene carácter y es más hermosa que ella, te recuerdo que se pone muy celosa, como tú con Santiago cuando lo conociste —Elisa soltó una risa mientras lo miraba con picardía.
—Descuida, que mis ojos solo están puestos en una sola mujer y esa eres tú —se inclinó y abrazó su menudo cuerpo llevándolo hacía él.
—Vamos a la recámara, te demostraré lo ansioso que estaba por tenerte de nuevo, pero antes me daré un baño —la volvió a besar después de cenar y más tarde hicieron el amor por un largo rato.
Elisa descansaba semidesnuda en su cama, mientras observaba la perfección del bello cuerpo de su marido.
—Elisa, debemos hablar sobre tus paseos a Nueva Galicia. No me parece que una mujer tenga tantas partidas, además eso de la conspiración vamos dejándoselo a quienes no tengan nada que perder. Es de mal gusto que una mujer, con tu clase y honor, ande sola entre ciudad y ciudad.
—¿Acaso estás tratando de decir que no confías en mí?
—Nada de eso, al contrario, porque confío es que te cedo las responsabilidades del cafetalero, pero ya muchas personas andan hablando a nuestras espaldas, e incluso ya me lo dicen a la cara.
—¿Y qué te dicen? Quiero escucharlo.
—Que me desobedeces todo el tiempo, aun siendo pecado.
Que mi mujer maneja más mis asuntos de negocios que la casa, nunca estás para atenderme, los criados hacen lo que les viene en gana y son haraganes porque les das muchas libertades.
Elisa, me ven como un hombre débil y sin carácter por culpa tuya.
—Ah, cosas de mujeres, quieres que haga eso, cocinar todo el día, bordar, leer novelas, tocar el piano, ¿algo más?
Aprender algún otro idioma que, aclaro, no veo nada de malo en ello, muy al contrario, son virtudes, pero ¿quién te metió esas ideas en la cabeza, de que la mujer en su casa haciendo adobes se ve más bonita o más mujer?
, ¿tus hermanas, tu madre acaso, el vecino o tus amigos?
Espero que no hayan sido ellas, porque lo que hoy necesita este país es la unión de todas nosotras.
—Nada de eso, mujer, mi madre y mis hermanas… —Interrumpió Elisa.
—Permíteme, esposo, déjame continuar, te lo pido.
Me parto el alma para atender nuestra vida, ahora hago hasta de conspiradora porque ansiamos la libertad, ¿acaso no es lo que nos unía a ti y a mí, nuestros ideales, nuestra lucha por un bien común?
Dijimos que nos íbamos a apoyar y que si lo perdíamos todo, no importaría, porque viviríamos nuestro sueño juntos.
Pero ahora veo que la Güera tenía razón, la sociedad nos encasilla en las labores de la casa y la crianza, solo para eso estamos destinadas, según la sociedad no podemos ser capaces de pensar por nosotras mismas si no está nuestro marido a nuestro lado, cuando somos igual de aptas para la guerra, hasta más que ustedes, pero no se nos da la oportunidad de demostrarlo.
—Cálmate, mujer, te va hacer daño a la bilis.
—Mariano, yo sí estoy comprometida con la causa, pero dime, ¿lo estás tú? Porque soy consciente de que lo daremos y perderemos todo, quizá no podamos ver nunca la libertad por la cual luchamos, pero vale la pena intentarlo, por el futuro de la tierra que amamos, ¿ya no lo crees así? Dime.
—Entiende, mujer, ser el hombre de la casa es difícil, pesa mucho sobre mis hombros esta responsabilidad, encima de tener que escuchar esas habladurías y el pensar que te pueda pasar algo no me lo perdonaría, les juré a tus padres que te cuidaría y eso estoy intentando hacer, protegerte.
—Pues sé el hombre del que me enamoré y enfréntalos, deja de escuchar eso que lo único que hace es alejarte de nuestro objetivo, la paz y la libertad; la libertad de aquellos que tienen menos oportunidades que nosotros y están dispuestos a luchar a nuestro lado sin importar más nada.
—Sacaste el carácter de tus padres, indudablemente. Ven acá y dame un beso, chaparrita, yo te protegeré siempre.
Mariano volvió junto a Elisa, ella se acurrucó entre sus brazos hasta quedarse dormida.
EN EL PALACIO DEL SANTO OFICIO comenzaron los preparativos para la celebración de una solemne misa con un banquete que dirigiría Itzel con el encargo de la cocinera más valorada en el palacio.
Era organizado en honor del excelentísimo señor virrey Francisco Venegas.
La servidumbre tenía más trabajo de lo acostumbrado, así que las casas de los sacerdotes estaban casi desérticas.
Pamawari, junto con otras mucamas, arreglaban las habitaciones.
Ese día se sentía indispuesta debido a su embarazo, el vómito y las náuseas no se hacían esperar, la asaltaban en cualquier momento y no podía evidenciarse, podría peligrar tanto su trabajo como la misión.
Mientras sacudía y acomodaba una de las habitaciones, encontró un papel con los nombres de algunos sacerdotes que estaban siendo investigados en secreto por supuestas conspiraciones.
Buscó un lápiz e intentó escribir tan rápido como pudo algunos de los nombres, se guardó el papel en su escote y una de las cartas; con el mareo encima, escuchó el rechinido de la puerta que se cerraba.
Súbitamente, volteó Pamawari. El sacerdote dueño de la habitación estaba enfrente, sin ropa y con una copa de vino tinto en la mano, su rostro denotaba embriaguez.
Pamawari no sabía qué hacer, se sentía acorralada, sabía que si corría hacia la puerta el hombre le impediría el paso y la sujetaría, así que decidió hablar con él lo más tranquila posible.
—Padre, ¿qué se le ofrece, se olvidó de algo?
—Sí, siempre vienes tú a cuidar que tenga todo en orden, te lo agradezco.
—No tiene nada que agradecer, padre, es mi trabajo.
—¿Sabes? Soy un hombre de Dios y nosotros sufrimos por los malos consejos del demonio, esas tentaciones que no nos dejan tener el alma en paz.
Las mujeres como tú nos ayudan a limpiar nuestra alma, por eso necesitamos pecar para liberarla, acércate, hija mía, se me ofrece tu pecaminoso y firme cuerpo, tú me vas a liberar de este tormento.
—Padre soy una mujer impura, no creo que usted desee mi cuerpo, sufro de una enfermedad en mi sexo, comezones, ronchas, sangrado y mal olor que por las noches no me dejan dormir.
He acudido al boticario y me ha dicho que es incurable y contagioso, no me gustaría infectarlo, pero si usted cree que es necesario para libertarlo de su tormento, estoy dispuesta a hacer un sacrificio en el nombre de Dios —Pamawari describió sus supuestos síntomas con cara de repugnancia y vergüenza.
El sacerdote buscó sus ropas y se vistió, tragándose de golpe el sorbo de vino que tenía en su boca.
—No, hija, no es necesario, puedes irte, pero no menciones lo ocurrido con nadie, anda, vete ya, anda, anda.
Pamawari salió corriendo del lugar y buscó a Itzel. Le contó lo ocurrido y la mentira que tuvo que inventarle al sacerdote. Las dos soltaban grandes carcajadas en la cocina, que las demás ayudantes no disimularon en escucharlas y reírse junto con ellas durante un largo rato.
—De algo puedes estar segura, Pamawari, nadie, ningún hombre te molestará jamás en el Santo Oficio, tenlo por seguro —Itzel volvió a reír burlándose.
Llegó el día esperado. En el palacio, Itzel tenía el banquete preparado para el recibimiento del virrey Francisco Venegas.
Consistía en sopa de tortilla, moles de varios tipos, poblanos y oaxaqueños, tortillas de distintos colores, amarillas, azules, rosas, color que distinguía los diferentes tipos de mazorcas, pastelillos de muchas formas, tamaños y sabores, licores como aguardiente y tequila, los cuales fueron un regalo de Camila, la amiga de Elisa.
De la cocina salían los olores a especias que atravesaban el patio superior llegando hasta las habitaciones de los sacerdotes, quienes suspiraban por el delicioso olor que percibían. Itzel dirigía a las cocineras con gran maestría, así como lo hacía su madre.
El recibimiento del virrey en el palacio estuvo acompañado de una orquesta, que tocaba música flamenca, y de los excelentes músicos europeos.
Entre la comitiva se encontraba el oidor Boris Álvarez del Corral, gran amigo español y brazo derecho del virrey.
Su mirada era fría como el hielo, con un tono azulado, de cincuenta años, vestido elegante para la ocasión; iba acompañado de sus cinco hijos pequeños y su esposa criolla.
El señor inquisidor recibió al virrey con los honores posibles, haciendo reverencias y caravanas.
Se llevó a cabo una misa religiosa, donde se cantó el Ave María en latín interpretado por la mismísima Giulia, quien fue invitada como acompañante de Santiago.
Al terminar la ceremonia, los invitados pasaron al patio principal donde habían colocado las mesas adornadas para el banquete.
El virrey y los invitados quedaron encantados con los platillos, tanto así que el gobernante mandó llamar a la encargada de cocina para felicitarla, hecho que desconcertó al señor inquisidor y a muchos de los ahí presentes.