Orgullo Mestizo TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #11
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TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #11

La impresión que dejó Elisa en esa charla fue clave para tener contacto con la Güera más adelante por medio de cartas en clave, que la Güera ideó con seudónimos de escritores o nombres de personajes de libros.

Elisa regresó a Valladolid. Se encontró con la noticia de que su esposo había sido encarcelado junto con su tío Michelena, habían sido delatados por algún traidor.

Los cargos eran por una conspiración que estaban planeando para esas fechas.

Nerviosa, acudió en busca de Pedro Canek para que la ayudase a sacarlos, corrían el peligro de ser juzgados por alta traición y llegar a ser colgados.

Canek alegó ante el juez que lo único que ellos pretendían era defender el reino de la Nueva España y al rey Fernando VII de los franceses, evitar que los españoles entregaran el poder a Napoleón, por lo que los dejaron en libertad.

Mientras tanto, en Guadalajara, Clara se levantó temprano para ir a buscar a su hermana Esperanza al convento de las monjas calzadas, donde fungía la labor destacada de contadora.

A su llegada, la hicieron esperar en el locutorio, un espacio similar a una cárcel; en el lugar había dos sillas que las separaba una ventana enrejada con picos, diseñada para evitar algún contacto físico con las religiosas.

Mientras aguardaba sentada y triste, en los muros observaba las pinturas de gran formato de las monjas fundadoras y los medallones de lámina de cobre.

—Clara, qué alegría verte, pero ¿cómo es que te hicieron esperar en este cuarto frío y simplón? Ven, pasa, te llevaré a mi celda, estaremos más cómodas y me contarás tus novedades.

Clara la acompañó por los distintos pasillos que atravesaban patios con jardines y fuentes, topándose con monjas de distintos velos, unos blancos y otros negros que diferenciaban los estatus al que pertenecían.

Al grupo de monjas de velo negro las seguían sus esclavas, mujeres de tez negra que portaban en sus manos canastos con ropa para zurcir o lavar.

—Adelante, pasa a tu humilde hogar. Toma asiento, querida hermana, y cuéntame, que para eso estoy.

La habitación o celda, como así le llamaban en el convento, era un cuarto de paredes blancas con unos cuadros de pinturas religiosas colgadas sobre ellas y una ventana por donde pasaba la luz del día.

—Sigo sin saber nada de mis hijos. El dolor en el pecho no me deja respirar por las noches y se acrecienta, no puedo más, siento que mi vida no tiene sentido. En ocasiones, desearía aventarme al río con una piedra atada al cuello y terminar con mi dolor —comenzó a llorar desconsolada.

—Entiendo tu sufrimiento, pero déjalo en manos de Dios, ofrécelo, carga tu cruz que para eso vinimos a este mundo, a sufrir. Deberías rezar el santo rosario con más frecuencia, quizá no rezas y por eso Dios aún no escucha tu lamento.

—No he venido para que me des consuelo como religiosa, he venido para que me escuches, me acompañes y comprendas como hermana, sólo eso.

¿Tú qué sabes cuánto he rezado? ¿Tú qué sabes cuánto he llorado?

Dime, ¿cuánto es suficiente? Tú, desde la comodidad de este claustro, desde la comodidad de tu abundante dote y privilegio, ¿tú qué sabes de sufrimiento?

Si por lo único que sufres es por no tener una celda como aquellas grandes que las monjas tenían antes, con cocina integrada para comer pastelillos en tu cama y leer todo el día el sufrimiento ajeno y no tener que recorrer los largos pasillos del convento —molesta, parándose de su silla le reclamó a Esperanza.

La monja la veía con mirada compasiva, dejó que la furia de su hermana se diluyera.

Permaneció en silencio, la abrazó por un largo rato acariciándole el cabello mientras lloraba.

Clara desconocía el gran secreto que su hermana le ocultaba por mucho tiempo.

A pesar de que Esperanza aparentaba una vida feliz, con lujos y privilegios, sabía que su hermana, al saber más sobre ella, se avergonzaría y la negaría para siempre, así que era el momento de revelar su verdad, que Clara supiera que cada persona, por más que fingiera, estaba librando su propia batalla, luchando contra las culpas que la perseguían desde siempre.

Su lesbianismo era perseguido como un mal, a pesar de que en el convento estaba justificado y visto como una enfermedad que se sanaría con la fe puesta en Dios.

Se creía que la mujer no podía luchar contra la lujuria natural del pecado, lo traía en la sangre, como la antigua Eva o Lilith, de la biblia hebrea. Pero a último momento decidió callar.

—Disculpa, no debí hablarte de esa manera, pero, como sabes, no ha sido fácil desde mi divorcio, he tenido que trabajar y en nuestra sociedad no es bien visto. Nos han enseñado que nuestro deber es quedarnos en casa encerradas, pero si no lo hago moriré de hambre.

—Y tu dote, ¿se la gastó ese vividor?

—Casi todo. Y aun así anda hablando mal de mí con nuestros conocidos, les dice que yo soy mala madre y que prefería salir a trabajar y dejar abandonados a mis hijos con una sirvienta, mal comidos y mal vestidos.

Pero sabemos bien que no soportó que yo lo dejara.

Siempre me ha tratado peor que a un animal, dice que las mujeres tenemos el cerebro más pequeño que el del hombre, que por eso no sabemos pensar y no somos buenas más que para traer hijos al mundo.

—No me extraña, muchos hombres piensan igual, ¿y has sabido algo de él?

—Sí, me escribió una carta pidiéndome que regresara a su lado, le contesté que sí, solo por el bien de mis hijos, pero no he obtenido ninguna respuesta.

¿Cuánto es suficiente rezar por un milagro?

Mi fe se debilita, día a día, cuando siento la ausencia de mis hijos.

En ocasiones pienso que la misericordia de Cristo nunca me alcanzará. Dios me ha abandonado, hermana mía.

SANTIAGO SE IBA ENCARIÑANDO DE GIULIA y decidió que la acompañaría a la Ciudad de México para que ella se reuniese con la compañía de ópera, mientras él aprovechaba para llevar personalmente las obras de arte al palacio del Santo Oficio.

Los caminos eran muy peligrosos, estaban llenos de bandidos que con frecuencia asaltaban las diligencias, por lo que además creyó que no sería buena idea dejarla ir sola.

Afortunadamente, el viaje fue tranquilo y sin contratiempos.

Al llegar a la capital y pasar cerca del palacio de los Virreyes en la Plaza Mayor, la italiana se sorprendió al ver en la calle a tanta gente.

Los hombres, como en Guadalajara, llevaban grandes sombreros, sarapes, o algunos traían puestos pantalones curiosos que estaban abiertos por un lado de la pierna adornados con encaje.

Las mujeres portaban rebozos de colores, sus enaguas eran anchas con un borde de encaje y zapatitos de raso blanco.

Algunas transportaban canastos llenos de flores multicolores y otras con jarrones de barro en la cabeza.

A Giulia le parecía exótica su forma de vestir, de andar tranquilo y despreocupado.

A Santiago le impresionó la nueva estatua ecuestre de cobre que hicieron en honor al pasado rey español Carlos IV.

Descansaba sobre el pedestal conmemorando y mostrando la grandeza y esplendor que tenían los monarcas del imperio de la península ibérica, así como la tuvieron los emperadores del Imperio Romano.

Pero Santiago veía desde la ventana de la diligencia, las regias formas y cinceladas del caballo y sobre el jamelgo, un jinete coronado de laureles con facciones de un capitán débil, sumiso, que no supo cómo ni por dónde dirigir a su caballo, como un líder sin rumbo, perdido, que colapsó ante los franceses y ahora solo quedaba el recuerdo de su debilidad.

La primera parada que hicieron fue para refrescarse y descansar en un mesón cercano a la casa de los azulejos, donde los integrantes de la ópera se hospedaban.

Más tarde, fueron a realizar una visita a la prestigiosa Academia de San Carlos, ya que Santiago tenía una entrevista con el director de la academia, Manuel Tolsá, y para cerrar tratos con algunos profesores y alumnos artistas para difundir y comprar sus obras.

Luego se dirigieron rumbo al palacio del Santo Oficio, para llevar los encargos de unos gobelinos y pinturas al óleo españolas, donde probablemente vería a Itzel y Pamawari.

Santiago intentó persuadir a Giulia para que no lo acompañase, no deseaba que las dos mujeres de su vida se cruzaran y le hiciesen pasar un mal momento, pero ella insistió.

Él se veía nervioso y distraído durante el trayecto hasta llegar al lugar y Guilia lo sentía.

Ella trataba de distraerlo con su charla acerca del vestuario para su debut en el teatro, pero él la ignoraba sin ninguna mala intención.

Al fin llegaron. Santiago, junto con su ayudante, bajaron las obras y se adentraron en el palacio.

El joven, con la mirada, buscaba entre las mujeres de la servidumbre el rostro que con tanto desespero ansiaba.

Un mozo los encaminó a la oficina del inquisidor para firmar unos papeles y concluir la compra de las diez obras de arte, que estaba adquiriendo la Santa Sede.

Desilusionado por no ver a Itzel, se marchó esperando a que llegara el fin de semana, para regresar ahora con el pretexto del banquete que se daría en nombre del virrey.

Mariano llegó a su casa en Valladolid después del encarcelamiento.

Elisa estaba en el despacho leyendo un libro con su bata de dormir a punto de irse a acostar.

Él quiso sorprenderla así que avisó que llegaría un día después de lo esperado.

En ese momento atravesó el zaguán, se quitó el sombrero que traía puesto y la llamó:

—¿Esposa?

—¡Hombre! Pero qué susto me has dado, qué sorpresa la mía. Tu carta avisaba que llegarías mañana, qué felicidad que estés libre —Elisa lo abrazó eufórica, lo besó en la boca y después en el cuello.

—Quería sorprender a mi mujer, que veo que está muy dispuesta a ir a la cama.

—Pero ¿estás bien, no te han hecho nada malo?