TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #10
Santiago acompañó a Giulia hasta un mesón donde se hospedaba, mientras partía hacía la Ciudad de México, a reunirse con la compañía de ópera en la cual participaba como cantante.
La italiana decía incoherencias en su idioma y se reía abrazando a Santiago, sin poder controlar sus movimientos, ni el equilibrio.
El efecto de alcohol le había jugado una mala pasada junto con la pobre dieta a la que se sometía diariamente para no perder la figura escultural.
El cambio de alimentación era un tema recurrente en ella, debido a las incansables giras por distintos países, pero la Nueva España tenía tan basta y exquisita gastronomía, que era imposible no caer en tentaciones, así que decidía probar poco de cada platillo en los banquetes a los que era invitada.
—Santiago, ¿ti piacerebbe restare con me, qui nel mio letto?
—No, Giulia, no me puedo quedar contigo esta noche, no es apropiado, además no te encuentras bien.
—Dai, amico mio, anda, quédate solo hoy.
La puerta de su habitación daba hacia el patio central de la casa donde se hospedaba, se iluminaba por la luz que reflejaba la luna plateada.
La mujer comenzó a subirse el vestido para mostrarle una pierna, mientras la acariciaba con una mano y con la otra se frotaba el escote, quejándose del calor infernal que sentía.
Santiago no podía resistirse a los encantos de su amiga, pero pensaba al mismo tiempo en Itzel, que aún no la había podido olvidar y se sentía frustrado y decepcionado.
Decidió entrar con ella a su habitación y comenzó a besarla sin poderse controlar, como aquel impulso que lo hacía recordar a Itzel.
Giulia, complacida, correspondía a esa euforia que emergía de su hombre, más por triunfo que por satisfacción.
La mesita redonda, que se encontraba en el centro con un florero, no fue obstáculo al paso de los amantes, la tumbaron sin percatarse del tremendo estruendo que suscitó la caída de aquel jarrón al piso de ladrillo.
Sentada al pie de la cama, arrancó la camisa de su amante y comenzó a besar su pecho.
Después él se encaramó hacia los senos que sobresalían del corsé del vestido, besándolos y estrujándolos hasta sacarle un gemido plácido de dolor.
Santiago se hincó, bajó su cabeza entre las piernas de su amante y se introdujo hasta lo más íntimo del vestido besando su entrepierna, que la hizo temblar provocando que salieran de su boca palabras y gemidos de placer.
Las sábanas se arrugaban con la fricción de los cuerpos semidesnudos, de manera violenta se movían por la cama rompiendo con la perfección del lecho.
Besos vacíos, que simulaban un amor descontrolado, inundaron la mente de Santiago y la habitación de Giulia.
Para la italiana se trataba solo de diversión, de placer, el sentimiento de amor no cabía en ella, no lo conocía, era una mujer calculadora y fría, que fingía a la perfección su papel de amante.
Devoraba al hombre que le apeteciera, a aquel del que pudiera sacar algún provecho, y más tarde lo desechaba.
Duró el placer en la cama de la italiana lo que duró la noche.
Al día siguiente, Santiago despertó antes que Giulia, se vistió y salió sin hacer ruido para no despertarla.
Ella, después de un rato, despertó y vio que su amante se había marchado, hecho que le molestó porque no estaba acostumbrada a que los hombres le hicieran ningún desplante.
La italiana se levantó y comenzó a refrescar su cuerpo con un paño bañado en agua de rosas, mientras cantaba una canción en dialecto florentino.
Tocaron a la puerta y en seguida acudió para abrir.
Era Santiago que regresó para llevarle el desayuno y flores frescas, inmediatamente ella intuyó que se había ganado su amor.
ERA DICIEMbrE DE 1809. Elisa llegó con su carruaje a la hacienda de su amiga, donde la Güera Rodríguez estaba invitada a quedarse por unos días.
No recordaba lo inmensa que era la casa de su amiga mulata, llamada Camila, esposa de un criollo rico que se dedicaba a la destilación estilo árabe, así como al comercio de mezcal y tequila.
En la misma hacienda tenían los cultivos de ágave azul, la planta era de un hermoso color aguamarina y un ligero velo blanco que revestía cada hoja carnosa.
La monumental planta le recordaba a los colores de los cenotes de su natal y añorada Yucatán.
El ágave nacía de la tierra rojiza, que hacía contraste y una perfecta combinación armónica de colores con el intenso azul del cielo decembrino, con sus ramilletes coquetos donde se despertaban unas florecitas amarillas.
—Amiga mía, cuánto tiempo desde la última vez que nos vimos —Camila bajó presurosa la pequeña escalinata al encuentro de Elisa.
Ella era una mujer jacarandosa, de piel bronceada. Era mulata, origen que asumía sin ningún problema, era alegre y eso le bastaba. Hacía oídos sordos de habladurías y de comentarios despectivos hacia sus raíces y su persona.
—Gracias por recibirme en tu casa, Camila, eres muy generosa.
—No hay de qué. Querida, mira, te presento a la Güera.
—Buen día, María Ignacia Rodríguez de Velasco, a su merced.
—A su merced, Elisa María Márquez —hizo una pequeña reverencia.
—Güera, ella es la amiga de quien te he hablado, tiene contactos con conjurados en la Ciudad de México en varios edificios de gobierno, al igual que tú, ella también apoya la causa desde Valladolid y Nueva Galicia —Camila, emocionada, le acercó una taza de té y pastelitos a Elisa.
—Gracias, Camila. También he escuchado mucho sobre usted, señora Rodríguez. Dígame en qué la puedo ayudar, estoy a sus órdenes, sé de buena fuente que es amiga de la virreina —Elisa miraba a la Güera Rodríguez mientras bebía su taza con delicadeza.
—Así es, querida, tutéame, por favor, llámame Güera.
Estamos recabando fondos para la lucha de don Miguel Hidalgo y Costilla, un cura de Dolores, en Guanajuato, así como para el capitán Ignacio Allende, de San Miguel el Grande, y la esposa del corregidor de Querétaro, Josefa Ortiz de Domínguez entre otros —comentó la hermosa mujer mientras se reclinaba sobre la silla de junco abanicándose.
Elisa admiraba la hermosura de su rostro y daba crédito a cuanto había escuchado sobre su encanto.
—Bueno, señora Rodríguez, perdone, Güera, mi esposo está convencido con la causa, pero lo tienen un tanto preocupado los negocios, ya sabe, yo conservo la dote y una parte de herencia que me han dejado mis padres, cuente con ello.
La Güera, que era una mujer de carácter e impulsiva a la hora de hablar de la insurgencia, dio un golpe en la mesa y se levantó de su silla de repente.
—Elisa, aquí nos estamos jugando la vida los involucrados por la libertad de nuestra tierra.
Si su marido o usted no están convencidos de qué es lo que se ganaría con este movimiento, está perdiendo su tiempo y su dinero, pero hágame un favor, no me venga con romantiquerías de que apoya usted la causa, esto no es para apoyar un club de bordado.
Elisa trató de no mostrar intimidación después de las duras palabras de la Güera. Sabía que era una mujer intransigente, pero de buen corazón. Elisa tomó una nueva taza de té y comenzó a menear la cucharita para disolver el terrón de azúcar que había vertido en ella.
—Güera, entiendo su nerviosismo y preocupación, usted no me conoce y es evidente que crea que muchas mujeres, que sí las hay, no vean el asunto con el cuidado y gravedad que acontece.
No vengo a convencerla de nada, pero los hechos valen más que mil palabras y no solo más vengo a ofrecerle mi dinero, sino a mi familia y la vida misma por esta causa.
—No comprendo, explíquese si me hace el favor, la escucho.
—Verá, mis hermanas del corazón y no de sangre están trabajando en el palacio del Inquisidor, en la Ciudad de México, como servidumbre, arriesgando sus vidas a diario, mientras yo me muevo en lo más alto de las sociedades como informante, con el temor de que en cualquier momento puedan aprehender a mi marido o hasta a mí, por algún paso en falso o un mal comentario.
Me encuentro siempre con el Jesús en la boca, ya se ha de imaginar, y con el temor que confisquen nuestros bienes, los cuales servirán para la causa.
Pero si después de esto que le he participado, aún decide que no soy digna conspiradora de usted, me daré la media vuelta y regresaré por donde vine.
—Supongo que la he juzgado anticipadamente, señora.
—He escuchado de usted que es capaz de cualquier cosa, que tiene un espíritu combativo y rebelde, por lo cual tiene mi admiración, pero déjeme demostrarle que así como usted somos muchas, que usted no está sola y que las mujeres podemos unirnos en una sola causa, juntas podremos hacer más, ¿no lo cree?
—Elisa, le pido me perdone, como lo ha dicho ya, soy una mujer muy apasionada y esto en ocasiones me hace parecer como una mujer sin cabales.
—Eso es lo que se necesita, determinación, Güera, y confíe en nosotras, también la tenemos, añoramos la libertad en todo sentido y la razón nos esta llevado por buen camino.
Vea, los Estados Unidos lograron su independencia y ahora que la corona española está ocupada en sus propios asuntos, podemos aprovechar para dar un golpe de estado e independizarnos también —Elisa le volvió a dar otro sorbo a su taza.