Orgullo Mestizo TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #9
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TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #9

Habían destituido al arzobispo-virrey Francisco Javier de Lizana y Beaumont, quien gobernó durante casi un año, y contaban las malas lenguas que él estuvo implicado en la revocación del virrey Iturrigaray dos años antes.

Había gran incertidumbre en el reino, no se sabía quién sería el nuevo mandatario.

En la cocina y en los pasillos de las casas del Santo Oficio se hablaba entre los mozos y empleados de la debilidad para gobernar del arzobispo-virrey y de que circulaban hojas impresas con noticias e ideas revolucionarias, las cuales a diario corrían de mano en mano.

Pamawari e Itzel trataron de hacer amistades entre sus compañeras, para así ganarse la confianza de ellas y obtener más información, pero trataban de ser neutrales con cada comentario que decían, para que no se descubriera la razón por la que ellas se encontraban ahí.

—Guadalupe Itzel, te buscan en la puerta de entrada, es Bartolomé, dice que trae unas cajas de cebada y granos para la despensa del Santo Oficio —le avisó un mozo que limpiaba el patio principal.

—Gracias, iré en seguida para mostrarle dónde las ponga.

Bartolomé e Itzel se encontraron y se miraron de forma nerviosa.

Lo llevó hasta la despensa pasando primero por la cocina.

Lo despidió y esperó a que llegase la hora de la siesta, para de nuevo regresar a la despensa y buscar entre los mismos sacos de granos algún recado.

Y así fue, buscó y encontró. Lo escondió entre su regazo y esperó hasta que la noche cayera, para en su cuarto leer aquella nota que la tenía en tensión.

Se encontraba sobre su cama mientras leía.

Itzel no pudo contener el suspiro, era el recado que esperaba de Santiago para saber que en cualquiera de esos días mandaría a alguien a llevar una pintura.

Lo leía y lo volvía a leer, imaginando esas palabras saliendo de los labios de su amado, mientras imaginaba que él la miraba con dulzura.

ELISA HABÍA DECIDIDO IR y venir de Valladolid a Guadalajara.

Compró una casa cerca de sus amigos para poder dirigir bien la expansión de su negocio, pero más con la finalidad de continuar con la conspiración, ya que el negocio del café era algo inseguro en esos días de incertidumbre.

La joven empresaria dio en su casa una pequeña fiesta por su reciente instalación e invitó a gente influyente, así como a sus amigos Canek y Santiago, quienes llevaban como acompañantes a Clara, y a una joven soprano italiana llamada Giulia, amiga de Santiago, que recién había llegado de Florencia.

Giulia era una mujer de mundo con una privilegiada voz, desinhibida y un tanto liberal, con un gran repertorio en sus conversaciones.

Su cabello era rojizo como el fuego, ojos azul celeste que penetraban en el alma de quien los mirara, y una piel tan blanca que se asemejaba al mármol de Carrara.

A los ojos de los hombres parecía endemoniadamente bella, era una mujer difícil de olvidar.

El movimiento de sus caderas era tan cadencioso, que hasta las mujeres, sin darse cuenta de ello, la seguían con su mirada.

Elisa vio entre la multitud de conocidos a sus amigos y se acercó rápidamente para saludarlos.

—Buena tarde, queridos, al parecer trajeron compañía. Clara, querida, un gusto que te encuentres entre nosotros.

Elisa saludó efusivamente a Clara, pero al ver a la joven que acompañaba a Santiago, no tardó en presentarse:

—Disculpe, a usted no la conozco, no he tenido ese placer, Elisa Márquez, para servirle a Dios y a su merced.

—Buenaaass tardeeess. Me quiamo Giulia Rossi. Mi dispiace tanto, hablo poco spagnolo, soy italiana, de Florencia. Amico, parlagli per me, di favore, sono molto inmabrazata —la muchacha se sonrojó y pícaramente se refugió en los brazos de Santiago.

—Non ce´ problema, Giulia, ellos entienden tu situación, son amigos míos.

Ella es Giulia Rossi, viene de Florencia, Italia.

Se disculpa y está apenada porque habla muy poco español y quiere que yo le sirva de intérprete.

Le estoy ayudando a estudiar el idioma, aprende rápido, y más ahora que vivirá aquí.

—Mucho gusto, Giulia, estás en tu casa soy Elisa.

—Piacere per me, mucho gusto —saludó la italiana con doble beso en la mejilla, situación que puso un poco incómoda a Elisa, pero que divirtió a sus amigos debido a la confusión pícara del saludo.

—Tomen lo que gusten, están en su casa, ya vienen los aperitivos, entre ellos el Ante Colimote, una torta dulce deliciosa. En un rato más pasaremos a la mesa, una de mis cocineras es de Comala y preparó su muy deliciosa receta de tatemado y frijoles puercos.

—Vaya, Elisa, no cabe duda de que usted es muy buena anfitriona —comentó Clara asombrada de la sencillez y buena organización.

—Querida, me gusta que se sientan como en casa, y ahora que te has unido a nuestras tertulias, considérame una amiga.

—Por cierto, ya les llegó el recado a Itzel y Pamawari de que las obras de arte están en camino para que coloquen la información que han recabado hasta el momento —comentó Canek un tanto ansioso.

—Muy bien, ¿qué prosigue ahora? —preguntó Elisa.

—Bueno, ahora se sabe de buena fuente que el cura Hidalgo está proponiendo editar un periódico aquí en Guadalajara con el nombre “El Despertador Americano”, en una imprenta en el centro de la ciudad, y al parecer entrará Clara a trabajar allí.

Ello nos serviría mucho para plasmar novedosas ideas revolucionarias y mantener informada a la población —dijo Canek entusiasmado.

—Muy interesante, caballeros, damas. Quiero comentarles que tengo planeada una visita mañana para conversar con la Güera Rodríguez, quien se hospedará con una muy amiga mía.

Ella es muy cercana a un grupo de conspiradores en la Ciudad de México y le quiero brindar nuestro apoyo aquí en Nueva Galicia y Valladolid.

En cuanto pueda les comentaré el resultado de ese encuentro —Elisa sacó cuidadosamente de su bolsito una cigarrera de plata y ofreció cigarrillos a sus amigos.

—Seguramente será un encuentro positivo y muy interesante, Elisa, muy interesante —declaró Canek pensativo y satisfecho.

Una mujer francesa comenzó a tocar el piano forte que habían traído de Alemania, los deleitaba con una pieza de Mozart.

Los invitados se dispusieron a bailar en parejas en el patio central de la casa.

Mariano, el esposo de Elisa, arribó un poco tarde a la fiesta y se disculpó con su esposa e invitados.

La italiana, después de bastantes licores, comenzó a bailar exóticamente con Santiago.

La gente de sociedad los observaba, era inevitable, su gran escote no dejaba nada a la imaginación.

Elisa y Clara, un tanto apenadas, buscaron la forma de llevarla al tocador de damas y ofrecerle agua para bajar el alcohol en su sangre.

No pudieron hablar mucho con ella, pero con lo poco que dijeron se dieron a entender.

Le sugirieron tranquilizarse y le prestaron un chal, por aquello de los mirones.

Elisa apresuró al servicio para servir el banquete.

Giulia, al no estar acostumbrada al chile, se sintió mal del estómago.

—Creo que fue la venganza de Moctezuma —le comentó Canek risueño a Santiago cuando estos decidieron abandonar la fiesta.

—Menos mal que se van antes de que la italiana haga un espectáculo más bochornoso, ¿no lo crees, Clara? —Elisa comentó jugando con su gargantilla de oro, mientras los vio alejándose de la fiesta.

Clara se reía, olvidando el triste momento que pasaba por el rapto de sus hijos, y al recordarlo se sintió culpable, ensombreciendo su sonrisa. Elisa lo notó de inmediato.

—Querida, Canek y Santiago me lo comentaron, ¿acaso no eres digna de vivir mientras esto se soluciona? —Elisa le cuestionó en tono de preocupación.

—No lo sé en realidad, quizá no debería estar aquí, ¿crees que soy mala madre por no quedarme en mi casa a llorar amargamente sobre mi cama?

—No, no lo creo, ¿y cuánto más vas a llorar, querida? ¿Cuánto más vas a sufrir para merecer el título de madre ejemplar? Clara, deja que todo pase, tus hijos se encuentran con su padre, ellos estarán bien.

—Pero ¿y si no es así? ¿Cómo voy a saber si están bien atendidos? De cualquier modo, les falta su madre.

—Entiendo tu desesperación, querida, pero no puedes hacer nada, ya el abogado se está encargado, tienes que vivir, porque escucha bien lo que te digo, si te tumbas en tu habitación a llorar, te enfermarás hasta la muerte y esos niños entonces quedaran huérfanos.

¿Eso es lo que tu corazón desea, acaso? Me parece que no, así que ven, vamos a bailar y relajémonos.

Clara no podía creer las sabias palabras que le había regalado Elisa.

En ese momento su rostro se iluminó y sintió que se llenaba de una fuerza que nunca antes había sentido en su interior.

Desde ese momento supo que la causa revolucionaria era su motor, para continuar luchando por sus hijos y por su país.

Ese sería su motivo, el empuje que sentía desde su vientre para pelear hasta el final.

El entrar a colaborar en la imprenta le hacía mucha ilusión, porque la mantendría alejada de pensamientos tristes y negativos.

Ella sabía que se enfrentaría con hombres conservadores y que no estarían muy de acuerdo con su trabajo, esa no era labor para mujeres.

Las señoras de la época se empezaban a involucrar cada vez más en la política con la lectura de periódicos o revistas, pero, aun así, las mantenían alejadas de trabajos que no fueran hogareños.