TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #8
Itzel se imaginó, de momento, la gran cantidad de indígenas que tuvieron que emplear para levantar esa construcción.
En cierto modo, ellas se sentían tranquilas estando ahí, porque trabajarían en las casas del Santo Oficio, donde estarían rodeadas de sacerdotes y personas llenas de Dios.
Se limitarían a trabajar, escuchar y mandar uno que otro recado, eran sus consignas.
Tocaron a la puerta y les abrió un mozo de tez negra.
Los amigos tuvieron que despedirse, con su charla en clave, se dieron ciertas recomendaciones.
Canek ya les había explicado los pasos a seguir para el plan, entre ellos estaba aguardar la llegada de algunas obras de arte que mandaría Santiago para, de esa manera, comunicarse con sus amigas y mandar o recibir noticias escondidas en ellas.
En Guadalajara, Santiago y sus trabajadores iban con frecuencia a la capilla de Aránzazu, para terminar con el trabajo que se les había encomendado.
Clara sabía que podía encontrarlo ahí, así que una mañana, muy temprano, decidió hacerle una visita.
—Buena tarde, Santiago —le saludó Clara con voz firme y seca.
—Clara, ¿qué te trae por aquí? Buena tarde.
—Tú sabes bien a qué he venido. ¿Qué nuevas me tienes de tu hermano y de mis hijos? ¿Hablaste con tu conocido, el abogado?
—Hablé con Juan Alfonso hace tres días, se regresa para Campeche, pero no me dijo cuándo.
—¡Qué! ¿Estás seguro de eso? ¿Y mis hijos? ¿Qué va a ser de ellos? —le respondió desesperada, se llevó la mano al pecho y la otra al estómago. Sintió como el aire se le entrecortaba.
—¿Se los va a llevar, así nada más? No puede hacerlo sin consultarme. Por piedad, ayúdame, ayúdame a que me los regrese, me muero si se los lleva.
Clara rompió en llanto y se sentó en el suelo.
Desesperada, comenzó a golpear el piso. Santiago no sabía qué decirle, ni cómo actuar, por un lado, hablaba de su hermano, muy a pesar de lo rufián que era; pero, por otro, sabía que era injusto quitarle a una mujer a sus hijos y sobre todo por problemas maritales.
En el fondo, sabía que los niños extrañarían a su madre.
—Como te comenté, Clara, me dijo que se iba a ir, pero no me dijo cuándo. Si deseas te puedo llevar con él para ver si entre los dos lo convencemos de que deje a los niños contigo y no se los lleve.
—¿De verdad harías eso por mí? Gracias, gracias, Santiago, gracias, amigo mío.
Levantó su rostro empapado en lágrimas y desde el suelo le abrazó las piernas a su cuñado, llorando de nuevo.
—Levántate, mujer, déjame ayudarte, encaminémonos entonces, no podemos perder más tiempo.
Llegaron a la casa de Juan Alfonso, tocaron el llamador de puerta, volvieron a tocar, pero nadie acudía a abrir.
—No están, perece que está sola la casa —dijo Santiago.
—No, ven, acércate, se oye movimiento y voces detrás de la puerta —Clara escuchaba ruidos detrás, pero no obtenían respuesta al volver a tocar.
¡Juan Alfonso, abre la puerta, soy yo, Santiago! —y tocaba con más intensidad el llamador de puerta mientras gritaba.
Ya habían pasado cuarenta minutos desde su llegada. Continuaban oyendo ruidos, pero no les abrían.
—¿Qué podemos hacer? Parece que se están alistando para irse —preguntaba Clara con voz desesperada.
—No sé, ¿tú dime qué podemos hacer? Ya hemos tocado y nada.
—No nos quieren abrir, eso es evidente, Santiago. Yo no me marcho de aquí hasta que me entreguen a mis hijos, así tenga que encadenarme a esta puerta.
—Iré a buscar a Canek, él es abogado, espera aquí.
Con voz desesperada y con falta de aliento, Clara tocaba la puerta una y otra vez.
Tenía un mal presentimiento, a pesar de tener una ligera esperanza de que todo se solucionaría.
Transcurría el tiempo y comenzaba a irritarse más aún, tocaba más y más fuerte.
Se sentía traicionada por él nuevamente, no cabía en su cabeza lo que ocurría, era como una pesadilla.
—Sé que hay alguien ahí, abran la puerta, por favor, se lo pido encarecidamente, mis hijos se encuentran dentro, por favor, abran la puerta —gritaba Clara, sin obtener respuesta.
Sentía que debía derribar la puerta a como diera lugar, sus hijos se encontraban en la casa a la fuerza y sin consentimiento de ella.
Era tal su desesperación que comenzó a patearla y golpearla con los puños cerrados, no le importaba si sus manos se reventaban y sangraban, mucho menos sin prestar atención que los vecinos o la gente que pasara la tildara de loca, una madre por sus hijos haría cualquier cosa.
—¡Regrésame a mis hijos, Juan Alfonso! —gritaba y pateaba la puerta.
—¡Regrésamelos ya!, son mis hijos también, no puedes hacerme esto, abre la puerta. Sebastián, Victoria, Carolina, hijos míos, aquí estoy, abran, por favor.
Desesperada, lloraba, gritaba y volvía a gritar.
Ella que cuidaba tanto de su imagen, no le importaba que su peinado estuviera fuera de lugar y su cara hecha un desastre, solo quería recuperar a sus hijos.
Santiago regresó con Canek para ayudarla, pero al ver que ya habían transcurrido casi dos horas sin ninguna respuesta, trataron de persuadirla para que abandonara el lugar, diciéndole que le ayudarían legalmente a quitarle los niños a Juan Alfonso y que regresarían con una orden de un juez.
La llevaron a la oficina donde Canek trabajaba, para calmarla.
Le ofrecieron un té de tila, que muy de mala gana se tomó, para calmar los nervios.
Nada en este mundo le calmaría su dolor, nada, más que tener a sus hijos de vuelta y poderlos abrazar de nuevo.
LAS TERTULIAS CONTINUARON LOS FINES DE SEMANA por las noches en casa de Canek, donde se planeaban las conspiraciones y a las que acudía Santiago acompañado de Clara.
Ella, gustosa, ofrecía algún dato informativo de su exmarido que pudiera servir, y también de Agustín de Iturbide, amigo de él, que en su tiempo pertenecía al cuerpo de dragones de su majestad como capitán, quienes eran fieles a los realistas.
En la Ciudad de México, en las casas del Santo Oficio, trabajaban Itzel en la cocina y Pamawari en las recámaras de los sacerdotes como mucama.
Escuchaban las conversaciones de las otras empleadas que trabajaban con ellas.
Apuntaban en unas hojas tipo libretita los eventos más relevantes del día para, en cuanto se pudiera, mandar los recados secretos con un cómplice contratado por Elisa, Canek y Santiago llamado Bartolomé.
Por las noches, las amigas se reunían para cenar junto con las demás empleadas en el comedor de la cocina, después de un largo día de trabajo y platicarse los acontecimientos del día.
Apenas conocían a las otras compañeras, así que trataban de ser un poco reservadas para no revelar su verdadera identidad.
—¿De dónde dicen que vienen ustedes?
Preguntaba Manuela con cierta curiosidad. Era una mujer mulata regordeta, mucho mayor que ellas, quien las observaba con cierta desconfianza y algo de recelo.
—De Mérida, su merced —contestó Pamawari.
—¿Y usted? —tocó el turno a Itzel.
—De Guadalajara, de Nueva Galicia.
Sentadas en el comedor, se pasaban unas a las otras los tortilleros y los platitos que estaban puestos en la mesa, para que cada quien se sirviese los complementos con el cocido de res que habían preparado para ellas.
—Ustedes dos ya se conocían, ¿no?
—No, señora, se equivoca —contestó Itzel mientras comía y enrollaba su tortilla.
—Pues a mí me parece que ya se conocían, además se ve que ustedes son diferentes al resto de nosotras, ¿no lo creen, muchachas? —Manuela incitaba a que contestaran las demás mujeres, pero se quedaron calladas observándola desde sus lugares.
Pamawari traía sobre su cuello un camafeo de oro en forma de dije, que pendía de una cadena igualmente de oro, con el cual Manuela, que estaba sentada junto a ella, al verlo, no titubeó en agarrarlo sin permiso y observarlo detenidamente desde el cuello de su dueña.
—Pues sigo pensando que ustedes dos son muy distintas al resto de nosotras.
¿Qué es lo que buscan aquí? ¿Algún puesto importante como jefa de mucama o cocinera?
Lamento decirles, queridas mías, que mientras yo esté trabajando aquí, eso no va a ocurrir, porque yo llevo más tiempo que ustedes, así que no pierdan su tiempo.
—Pierda cuidado, señora, sabemos muy bien nuestro lugar aquí —le contestó Pamawari tranquila pero firme y segura de lo que estaba diciendo, mientras le quitaba el camafeo de entre sus dedos y se lo escondía entre sus senos.
—Eso lo veremos, escuinclas, eso lo veremos —habló Manuela con la boca llena mientras se terminaba de comer la mazorca de maíz que había sacado de su plato.
Se acercó a Pamawari y, sin quitarle la vista de encima, le aventó la mazorca a su plato y le escupió unos granos de elote poco masticados que traía en la boca, para así continuar comiendo como si nada hubiese pasado.
Todas se quedaron atónitas. Pamawari estaba a punto de contestarle con otra agresión para defenderse, pero de pronto sintió la mano de Itzel por debajo de la mesa que le insinuaba que lo dejara pasar.
Así que no tuvo más remedio que quedarse callada, sin hacer nada, y cambiar el plato por uno limpio.
Más tarde, en su cuarto, donde ellas dos dormían solas, Pamawari le reclamó su indiferencia ante lo sucedido, pero Itzel la trataba de tranquilizar recordándole lo que ocurriría si las descubriesen en algún momento.
Día a día, llevaban consigo sus respectivas libretitas para apuntar cuanto creían necesario informar.
Itzel, en la cocina, escuchaba como las otras cocineras se referían despectivas a los virreyes anteriores y de los reyes de la corona española.