Orgullo Mestizo TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #7
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TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #7

Pamawari salió de la cocina con una sonrisa pícara y se dirigió a la sala a conversar con Santiago llevándole un tejuino, agua refrescante a base de maíz típica de Guadalajara.

—Aquí tienes, querido, para el calor.

—Eres muy amable. ¿De qué es esta bebida? Tiene un color extraño, parece tamarindo.

—No la subestimes por su color, era la bebida de los dioses en esta región, se llama tejuino, le decían tecuin , palabra náhuatl. Está hecha del nixtamal, con piloncillo, se le pone limón, una pizca de sal y se sirve fría. Anda, pruébala, te va a gustar.

—Está muy buena, y sí que refresca.

—Pero cómo tarda Itzel —comentó Pamawari.

Itzel no bajó hasta que comenzaron a llegar los otros invitados.

Estaba bastante nerviosa, no quería que se notara su emoción.

Al entrar a la sala saludó a todos menos a Santiago.

Lo ignoró durante la noche. Platicaba con unos y luego con otros, evitándolo a toda costa.

Santiago la miraba de reojo cada vez que podía, de modo discreto.

Itzel llevó unas charolas vacías a la cocina, cuando Santiago aprovechó para platicar a solas con ella.

—¿Por qué me evades, Itzel?

—No entiendo tu pregunta.

—Es evidente que lo haces. Me gustaría conversar contigo, no con toda esta gente mirándonos.

—Lo siento, son nuestros amigos y no podemos hacer una tertulia solo de dos.

—Sabes a que me refiero, mujer.

—Santiago, comprende que es muy pronto todavía, además tus intenciones sé que van más allá de una simple amistad.

Santiago se acercó a ella mirándola de un modo enternecedor.

—¿Sabías que sueño con tu cabello y tus hermosos ojos cada noche desde que me fui de Mérida? Nunca quise decírtelo por miedo, pero…

Su rostro se acercaba más al de ella y se miraron fijamente, pero, en ese momento, entró en la sala Pamawari, riendo de un comentario antes mencionado por un amigo. Santiago e Itzel se apartaron y fingieron estar ocupados. Pamawari sirvió una jarra con tejuino y salió de la cocina sin decir nada.

—Por un momento nos descubre —Itzel le reclamó molesta.

—¿Y qué si lo hace? ¿No ves que estoy amándote desde que éramos niños? Nunca te olvidé, nunca dejé de pensar en ti, ni un instante.

—Hazme el favor de salir, Santiago, no quiero escucharte más.

—Si no fuera un caballero con modales, te robaría un beso ahora mismo.

Se marchó y regresó a la sala decepcionado y dolido.

Itzel se quedó en la cocina nerviosa, con el corazón palpitante por la conmoción y por las últimas palabras de Santiago.

La tertulia fue reduciéndose hasta que quedaron los amigos de siempre.

Santiago aprovechó el momento para mostrar a Canek el pedazo de papel que traía consigo.

—Canek, ¿qué piensas al respecto?

Canek, tocándose el mentón, trataba de escoger muy bien sus palabras. Pamawari le arrebató la hojita a su amigo y la leyó en voz alta:

“ Con un saludo afectuoso, yo, M., quiero dirigirme a vosotros con buenas noticias. He venido a Guadalajara como enviado desde Guanajuato, Méjico, y ahora me dirijo a Valladolid a llevar la buena nueva Dios mediante. Me complace informar a ustedes que un cura, M.H., y un militar importante, I.A., están reuniendo voluntarios entusiastas en participar en vuestra tan esperada fiesta. Ya tenemos un dirigente, aguardemos pacientes las instrucciones, que por este medio os haré llegar ”.

—¿Qué opinan? —preguntó Santiago, esperando la reacción de sus amigos.

—Se está cocinando un levantamiento. No demoremos más, comencemos con el plan —dijo Itzel conmocionada.

Al día siguiente, Pamawari e Itzel cubrieron los muebles con tela y empacaron algunas cosas. Tocaron el llamador de puerta insistentemente. Itzel abrió.

—Santiago, de nuevo tú, ¿qué se te ofrece?

—Canek me contó lo que Pamawari y tú están dispuestas a hacer, te lo ruego, no lo hagas, no de esa manera, vente conmigo, yo te protegeré.

—Está decidido, lo hemos planeado en muchas ocasiones, además, ¿quién eres tú para exigirme que no lo haga?

—El hombre que te ama, que no podría vivir otro día más sin ti.

Santiago se acercó y la besó. Ella, sin pensarlo, le correspondió el beso y se abrazaron fuerte.

El tiempo, los problemas y la gente de alrededor que pasaba, no existían, solo estaban ellos en la inmensidad del espacio.

Itzel, por un momento, sintió que él tenía razón.

Pero recordó el motivo que la empujó a tomar una decisión, “No quiero hijos esclavos que no puedan vivir en total libertad, no quiero hijos sumidos en la desgracia ni en la marginación, tampoco en la pobreza”.

Entonces se apartó de Santiago y le dijo:

—Respeta mi decisión, querido mío, te quiero y te quiero con el alma, pero ya tengo un amor y ese amor es más grande que el que podría tener jamás por ti, ese amor se llama patria.

La encomienda que acepté es peligrosa, lo sé, así que aquí me despido.

Nunca podría amarte como te mereces, no nací para ser esposa, soy muy diferente a todas las mujeres, me gusta la libertad, quizá en otro tiempo encajaría en alguna sociedad, pero por lo pronto en esta no, créeme. Perdona si te he lastimado.

—Es tu decisión y la respeto. Aquí estaré para ti, pero recuerda que siempre te amaré —Santiago se despidió como un caballero y se fue con el corazón en la mano.

Itzel entró a su casa y se encerró en su habitación a llorar desconsolada.

PAMAWARI E ITZEL ABANDONARON Nueva Galicia a bordo de una diligencia con rumbo a la Ciudad de México, ahí las aguardarían en el palacio de la Inquisición.

Canek las acompañó, a ratos, hacían alguna parada para refrescarse debido al calor intenso.

En una de las paradas, Canek les leyó a ellas una carta que les había enviado Elisa, disculpándose por no haber podido estar en la reunión de despedida, debido a que su esposo había caído gravemente enfermo.

Terminada la lectura, se alejaron de donde estaba el cochero y Pedro Canek.

—Tengo que confesarte un secreto, Itzel —habló Pamawari con los ojos vidriosos y con una mueca en el rostro un tanto extraña.

—Dime, ¿por qué tanto misterio? —le preguntó Itzel, mientras arrancaba los frutos de un árbol de nanche y se los llevaba a la boca.

—Estoy encinta.

Sorprendida, Itzel sintió como un pedazo del fruto se le atoraba en la garganta y tosió.

—¿Qué?, ¿acaso es un crimen lo que te acabo de confesar? —preguntó Pamawari un tanto molesta con su amiga.

—Por supuesto que no, amiga mía, me siento muy feliz por ti, pero en esta circunstancia, con la misión que tenemos encomendada, creo que es muy aventurado para ambos, para ti y la creatura, ¿cuánto tiempo tienes?

—El médico me dijo que como tres meses.

—¡Qué alegría, amiga! ¡Un crío! ¿No crees que debemos decirle a Canek que no podrás continuar con el plan? Es más, espera, ahora mismo le diré —Itzel se dio la vuelta y decidió caminar sobre el pasto agreste en busca de Canek, que había ido a estirar las piernas para caminar por allí cerca.

—¡Aguarda, no! No le digas nada, por favor —le ordenó con voz enérgica y entrecortada a la vez.

—Entiende que Canek debe enterarse, es muy peligroso para ti. Él comprenderá y asignará a alguien en tu lugar, cualquiera que pueda hacer el trabajo.

—No puedes decirle nada. Aún no.

—Pero ¿qué dices? Él es nuestro amigo, casi nuestro hermano de vida, él entenderá.

—No me has dejado explicarte. Itzel, déjame que te cuente y después me dices lo que piensas. El hijo que estoy esperando es de Canek.

—¡Madre santa! Pero en qué momento… yo no sabía que ustedes… aguarda, ¿qué dices? Pero él es como… —Itzel caminaba de un lado a otro con una mano en la frente.

—Sí, como nuestro hermano, pero ¿acaso solo tú puedes enamorarte de Santiago y yo no de Canek? Es lo mismo, Itzel, él no es mi hermano y nuestro amor es verdadero.

—¿Por qué lo ocultaban, por qué nunca me lo contaste? Creí que tú y yo éramos amigas.

—Acordamos él y yo que más tarde se lo contaríamos a ustedes.

Estábamos conociéndonos como pareja y no como amigos o hermanos, como tú lo mencionas.

No queríamos que eso que comenzamos a sentir, se estropease, así que decidimos esperar, además tenemos en puerta este plan y no podemos dar marcha atrás. ¿Estás de acuerdo?

—Por supuesto que no estoy de acuerdo contigo, esto tiene que saberlo, es peligroso, insisto.

—Te he dicho que no, no quiero que lo sepa, no quiero abandonar por lo que tanto ha peleado, porque sé que si lo descubre renunciará a nuestro plan.

Ahora sé que lo amo y que soy capaz de dar mi vida por lo que él tanto anhela, así que pelearé por el futuro de este niño y por su padre con uñas y dientes.

Te prometo que me cuidaré, todo estará bien, si vemos peligro, lo dejamos en santa paz.

—No me gusta nada esto, Pamawari, si Canek se entera que se lo ocultamos, no nos va a perdonar jamás, ni a ti ni a mí.

—Él entenderá que fue por amor a él y a su hijo. Será un padre muy amoroso, como el padre que hubiese querido tener, estoy segura.

—Está bien, no le diré nada, pero prométeme que muy pronto tú se lo dirás.

—Te lo prometo.

LLEGARON A LA CIUDAD DE MÉXICO después de varios días.

Ninguna de las dos había estado nunca ahí.

Pasaron por la catedral de estilo barroco y se sorprendieron por su majestuosidad, no habían visto ninguna iglesia así anteriormente.

Manuel Tolsá, un arquitecto español que tenía poco de haber llegado a la Nueva España, era el encargado para finalizar dicha edificación, la cual llevaba casi trescientos años de construcción.

El tribunal del Santo Oficio era famoso por sus calabozos de la Perpetua.

Decían las malas lenguas que no se le veía final debido a que sus celdas estaban escondidas.

Eran frías, oscuras y húmedas, con techos muy bajos, allí por las noches se sentían deambular almas en pena.