TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #6
—Pase usted, hágame el favor de acompáñeme.
—Después de usted.
—Mire, no sé si esté usted enterado, pero una cofradía mantenía antes esta capilla, al igual que las demás que se encuentran aquí, pero ya desde hace bastante tiempo la familia, o más bien la ahora señora viuda de Basauri se ha encargado de su mantenimiento, aunque con tanta deuda que tiene la pobre, me sorprende que…
—el sacerdote lo miró de arriba abajo extrañado.
—Continúe, por favor, lo escucho.
—Discúlpeme, no debí… usted sabe, a veces peca uno de indiscreto, pues es de extrañarse que lo hayan llamado. Pero no le diga a la viuda que cometí tal indiscreción.
—Pierda cuidado, su secreto está a salvo. Muéstreme la capilla, si es tan amable.
Era una capilla diferente en comparación con las que había visitado en la península ibérica o en sus viajes a Roma.
Esta tenía cierto encanto enigmático que lo maravilló.
Sabía bien que había otros retablos más elaborados, e incluso más grandes, como los que desde hacía un siglo se podían ver en la Ciudad de México o en Puebla, así como en Oaxaca, pero Aránzazu le despertaba curiosidad, quizá porque era el primer encargo que recibía de esa naturaleza o porque Aránzazu escondía un secreto.
—¡Qué maravilla! —dijo asombrado Santiago, tocando cuidadosamente el oro del retablo que había perdido su brillantez con el paso de los años.
Llegaron los trabajadores de Santiago, comenzaron a examinar y hacer anotaciones de lo que había que reparar.
Santiago inspeccionaba pieza por pieza, cuando, de pronto, vio algo enrollado, algo que parecía un óleo en tela.
Se encontraba en un hueco entre el retablo de madera y el muro.
Esa tela no estaba allí por casualidad, no tendría tanto tiempo de haberse colocado en ese sitio, porque no se veía tan empolvada o con rastro de telarañas sobre de ella.
La sacó con cuidado, antes se cercioró de que sus trabajadores estuviesen distraídos para que no lo vieran.
Sabía que eso que acababa de encontrar debía ser algo importante, y si estaba oculto era por una buena razón.
Al desenrollarla, observó que era una pintura muy parecida a la de San Ignacio herido en Pamplona, obra de Cristóbal de Villalpando, que había visto en una ocasión en la Ciudad de México.
Pero esta era más pequeña, medía 2m por 1.
50m aproximadamente y, además, tenía algo diferente, los soldados personificados en la pintura no eran españoles, estos eran mexicanos, representando la clase de mestizaje que había en la Nueva España y en lugar del castillo español asediado por la milicia, era un puente; aquel un puente que se le hacía conocido y por más que se esforzaba no lograba identificar cuál era.
La obra no tenía firma, pero sabía que estaba pintada con una muy buena razón: el deseo de una insurgencia.
De pronto, cayó un pequeño trozo de papel que estaba sujeto con una aguja a la tela.
Lo recogió y se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Era muy grande la tentación de llevarse la pintura, pero su ética y su lógica no lo dejaron.
Sabía que podrían descubrir que había sido él quien se la había llevado o alguno de sus trabajadores, así que pensó qué hacer con ella más tarde, y por el momento la dejó en el mismo sitio donde la encontró.
Mientras Santiago acomodaba la obra, un fuerte golpe se escuchó a la entrada de la capilla.
Una mujer entró corriendo por la nave central, lloraba desconsolada, estaba en busca del sacerdote.
Ella no se había percatado de que había algunos andamios improvisados y trabajadores dentro.
Se dirigió al altar para hablar con algún sacerdote, necesitaba desesperada un consejo, una dirección ante tan desafortunado problema por el que atravesaba, pero no encontraba al religioso.
Santiago, al verla, caminó hacia ella desconcertado.
—Señora, buen día, ¿puedo ayudarle en algo? ¿Busca al sacerdote? Él no se encuentra aquí, vino hace rato, pero se fue —le dijo con voz amable mientras iba acercándose.
—Me dijeron que lo buscara aquí, por esa razón entré —la mujer hablaba llorando y secándose las lágrimas con un pañuelo.
Santiago, al mirarla bien, se dio cuenta que se trataba de Clara. Se encontraba algo despeinada y su rostro se veía hinchado de tanto llorar.
—Mujer, pero ¿qué te ha sucedido?
—¡Santiago, eres tú! Vine a pedirle al sacerdote algún consejo y su ayuda, tu hermano me ha quitado a mis hijos, a mis tres pequeños.
Clara sollozaba sin poder hablar. Un nudo en la garganta le bloqueaba el habla y la respiración.
El dolor en el pecho que sentía desde que se los quitó, se hacía más intenso, como si le hubiesen clavado una aguja de tejer justo en el centro del corazón, y no había remedio ni pócima que pudiera aliviarlo.
—Clara, sé que es difícil, pero necesito que te serenes para que puedas hablar y yo escucharte, quiero ayudarte, confía en mí.
—Mira que me ha prohibido verlos, estar con ellos.
Santiago, por favor, ayúdame, necesito que intentes dialogar con él y lo hagas entrar en razón, es tu hermano.
De mí no quiere saber nada. Dime tú, acaso María, nuestra Madre y Madre de Dios, que sufrió tanto por su único hijo, no sabrá de mi sufrimiento.
Estoy cansada de orar. Hincada a solas por las noches, pido a Jesucristo y a su Madre que intercedan por mí, pero pareciera que no escuchan mi llanto, mi suplica.
Él y yo nos divorciamos en santa paz, tú lo sabes.
—Sí, estuve al tanto del divorcio.
—También sabes que los niños vivían con ambos, un tiempo con él, un tiempo conmigo, ese era el trato entre nosotros, debido a que yo, por ser divorciada y huérfana, tengo que trabajar por mis hijos.
Yo le pagaba a una nana para que me los cuidara, no tenía opción, ya que él nos daba muy poco, casi nada, y me he mantenido con la dote que tengo, pero gran parte él se la gastó apostando a los naipes y yo, muy tonta y enamorada, le mantenía su vicio.
Pero, de pronto, nada, que un día se los llevó, fue hace tres semanas, para festejar el cumpleaños de nuestra pequeña Carolina, y no me los regresó más —Clara sentía como sus piernas iban debilitándose, no resistió más y su cuerpo comenzó de desvanecerse.
Santiago la ayudó a reincorporarse y la condujo hacia una banca.
—No puedo respirar, siento que me falta el aire —sacó ella de su bolso pequeño un abanico y se aventó aire, intentando inhalar cuanto podía.
—Tómate tu tiempo, Clara. ¡Traigan agua, pronto, agua para la señora! —Santiago les gritó con tono alarmado a sus trabajadores.
—Cuéntame. querida, ¿por qué crees que decidió quitártelos? Quizá se los llevó a algún viaje y cuando vuelva los regresará.
—¡No! No lo haría sin mi consentimiento, tú dime, ¿por qué el día del cumpleaños de Carolina?
Porque me odia, esa es la razón, por venganza, no resistió el hecho de que yo lo abandonara y por ese motivo quiere hacerme el peor de los daños, no encuentro más explicación que esa.
Santiago, mírame, yo sin mis hijos me muero.
—Quizá se enojó por algún motivo, trata de recordar.
—Nada es justificación. ¿Estás de acuerdo? Quería que regresara con él y por un momento lo pensé, por el bien de mis hijos, por supuesto, pero recordé que él siempre ha sido un hombre violento conmigo y muy mujeriego, además es un jugador de naipes empedernido y debe mucho dinero.
—Sí, conozco muy bien a mi hermano, incluso hace poco me buscó para pedirme que saldara una cuenta por él, pero no pude ayudarlo.
—El quitarme a mis hijos ha sido su venganza. Nunca soportó que yo fuese quien lo dejara a él, nunca.
—Lo sé, es una persona muy rencorosa y embaucadora, se pasea por el mundo con piel de oveja. Clara, confía en mí, haré lo posible por ayudarte, tengo un amigo que es abogado, se llama Canek, bueno, más bien Pedro, le comentaré de tu caso.
—¿Seguro, Santiago, eso harías tú por mí, por mis pequeños? Te estoy infinitamente agradecida. No sé nada de ellos, no sé si me extrañan o me necesitan, si les da de comer, si los tiene bien o mal vestidos, me encuentro muy mortificada.
—Tranquila ¿vale?, todo estará bien. Te acompaño a buscar al confesor, te va a servir de mucha ayuda desahogarte con él en estos momentos.
Santiago la acompañó afuera de la iglesia, mientras sentía como la sangre le hervía en su cabeza.
No podía creer lo que su hermano había hecho, sabía que era un barbaján, pero de eso a golpearla y quitarle los niños a Clara, era algo inaudito.
Estaba seguro de que se aprovechó de Clara por el hecho de que estaba sola y enamorada.
Pero, tarde o temprano, sabía que su hermano iba a regresar con él para pedirle su ayuda y ahí era cuando Santiago lo enfrentaría.
Llegó la hora de marcharse, los trabajadores y Santiago habían hecho anotaciones para llevar el presupuesto a la viuda de Basauri.
Al subir a su carruaje, recordó el pequeño papel que cayó de la pintura y decidió abrirlo, lo leyó y pensó que no podía esperar más, debía llevárselo con urgencia a sus amigos de las tertulias, si era preciso, esa misma noche.
AL CAER LA NOCHE, se escuchó el llamador de puerta en casa de Pamawari, quien se apresuró a abrir.
—¿Quién vive?
—Santiago.
—Santiago, pasa, pasa, todavía no llega ningún invitado.
—Disculpa la premura de mi visita, pero lo que tengo que mostrarles no podía esperar más.
—Adelante, Itzel está en la cocina, ¿si gustas esperar en el zaguán? En un momento estamos contigo.
Itzel, al saber que Santiago estaba en su casa, esperándola, sintió en su corazón una agitación de emoción.
—¿Cómo me veo? —preguntó Itzel a su amiga.
—¿Que cómo te ves? Despeinada y con cara de enamorada, claro está —contestó con una gran carcajada.
—Espera, no me puede ver así, subiré a retocarme un poco —Itzel intentó acomodarse el peinado.
—¿Pero para qué?, si tu intención no es quedar bien con él, ¿o sí?
—Es solo por educación, mujer, solo por eso.