TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #5
—No puedo, Santiago, tenemos mucho trabajo por hacer, la botica y el plan de la lucha son menesteres que me quitan tiempo.
—Pero también necesitas distraerte un poco, ¿no lo crees?
—No lo considero pertinente, pero gracias.
—Como desees. Pero me gustaría conocerte más, platicar de la lucha, saber a qué te dedicas y cuáles son tus pasatiempos.
—No sé cuáles sean tus intenciones, pero desde ahora te digo que no quiero pretendientes, no pierdas tu tiempo conmigo.
—Bueno, señorita comandante, respeto tu decisión, solo seremos compañeros de lucha —Santiago se despidió sonriéndole con saludo militar. Se acercó a ella dándole un beso lento y cálido en la mejilla.
Pamawari y Elisa observaron la escena y suspiraron.
Itzel no pudo evitar sonrojarse y llevarse la mano a la mejilla cuando él se dio media vuelta.
Se despidieron todos en la puerta de la casa y se quedaron solas Pamawari e Itzel.
Comenzaron a levantar los platos con restos de comida.
Se encaminaron a la cocina para limpiar y lavar la vajilla de barro que habían adquirido en Tonalá.
—Qué caballero tan agradable y apuesto es Santiago, ¿no te parece?
—Sí, pero no podemos distraernos con cursilerías, tenemos un compromiso, que no se te olvide.
—No seas amargada, Guadalupe Itzel, hay tiempo para todo.
—En guerra, el tiempo es muy valioso. No podemos darnos el lujo de casarnos y tener hijos, aún no, por lo menos yo no.
¿Acaso quieres parir entre cañonazos y hambrunas, quieres que tus hijos sufran en un país donde a lo máximo a lo que aspirarían es a ser capataces de cualquier hacendado? Yo no quiero eso para mis hijos.
—Tranquila, querida, sabes que pienso de igual manera, pero no podemos dejar de vivir, somos humanas, también tenemos sentimientos.
—Sí, pero hasta que no vea un país con oportunidades, un país que no dependa de otros gobiernos extranjeros como el español o el francés, no voy a estar tranquila. No quiero una tierra en la que se sigan dándose abusos, ya no más.
SANTIAGO, EN LA HABITACIÓN DE SU NUEVO APARTAMENTO, no pegó ojo en toda la noche.
Para él fueron demasiadas emociones vividas en casa de sus amigas.
Anhelaba desde hace tiempo en España el día en que los volvería a ver, especialmente a Itzel.
Soñaba con sus cabellos, ojos negros, piel tostada, sonrisa dulce e inocente.
Siempre se calló el amor que sentía por ella.
En Sevilla, tuvo alguna que otra novia, pero nada especial, a decir verdad, a ella nunca la olvidó.
Se ensombreció su rostro al recordar como, apenas unas horas atrás, ella lo había despreciado firmemente. Y se preguntó:
—¿Acaso nunca fui tan importante para ella como lo fue para mí? ¿Quizá tiene alguien más? ¿O le parezco poco, nada apuesto o digno de su amor?
A la mañana siguiente decidió ir a buscarla, ansiaba verla.
Esta vez llegó antes al puestecito de flores, que estaba a la pasada de la casa de ella, por un ramo de rosas blancas frescas, tenían un poco de rocío en sus pétalos delicados.
Le latía el corazón aprisa, más que la noche anterior.
Sabía que corría el peligro de ser rechazado de nuevo, pero decidió tomar el riesgo.
Pamawari se estaba duchando en esos momentos.
Itzel cocinaba unos chilaquiles en salsa roja y frijoles para el desayuno, sabía que le alegraría a Pamawari comenzar el día con su platillo favorito, receta que le aprendió a una monja agustina recoleta.
Escuchó que tocaban a la puerta y se apresuró para abrir.
Se encontró de frente con las rosas blancas.
—Siento haberte molestado anoche. Espero recibas estas rosas como muestra de mi amistad, si no te incomoda, por supuesto, espero no ser impertinente.
Itzel no sabía qué hacer. No estaba dentro de sus planes enamorarse, tener sentimientos encontrados por alguien. Le emocionaba, por un lado, el bello gesto que tuvo Santiago con ella, pero, por el otro, estaban sus obligaciones, no quería darle falsas esperanzas y después decepcionarlo.
—Santiago, buen día. Agradezco tu gentileza, son muy hermosas —las tomó entre sus manos, regalándole una ligera sonrisa y oliéndolas delicadamente.
Santiago la encontraba hermosa esa mañana, con un vestido de muselina morado y encaje negro, su cabello recogido, pero nada más hermoso que su rostro fresco, terso y delicado. No podía disimular su admiración. Deseaba tanto abrazarla, pero sabía que al hacerlo podía perderla para siempre.
—¿Puedo pasar a charlar un momento contigo? —le dijo Santiago de manera cortés y delicada.
—Disculpa, solo puedo atenderte en el vestíbulo, porque partiremos en unos momentos. Pamawari y yo atendemos una botica, la cual tenemos que abrir dentro de poco tiempo —le contestó con seriedad y un tanto avergonzada por despedirlo tan rápido.
—Discúlpame, como acabo de instalarme en la ciudad, he olvidado que los demás tienen ocupaciones. Entonces me marcho, en un rato más tengo una cita para ver unos retablos y cuadros en un convento, los cuales tengo que analizar para restaurar. Espero que te hayan gustado las flores.
—Sí, ve con cuidado.
—Despídeme de Pamawari, por favor. Que tengas un buen día —se despidió haciendo una pequeña reverencia.
—A tu merced.
—Hasta pronto.
Entró a la casa emocionada oliendo las rosas. No quería que Pamawari notara su agitación. Las colocó en un jarrón con agua y las llevó a la mesa del comedor.
—Itzel, ¿ya estás lista para irnos?
—Desayunamos y partimos de inmediato, que se hace tarde.
¿Llevas el nuevo material para las fórmulas?
Recuerda que no debemos olvidarlo, ya es la segunda vez que nos olvidamos de ellas.
Esto de andar pensando en la insurgencia nos trae de cabeza.
También después deberíamos pasar por la casa de la caridad y misericordia, quiero llevar ropa a los huérfanos y ancianos —comentó Itzel poniendo el mantel de encaje y la vajilla sobre la mesa.
Pamawari pasó de largo por el comedor para llegar a la cocina e ignoró las flores, pero sin querer las vio de reojo y decidió devolverse.
—Pero qué flores tan bonitas. ¿Quién las ha traído, para quién son? —preguntó oliéndolas una por una.
—Las trajo Santiago hace un momento, son para ti —comentó Itzel en tono sarcástico.
Pamawari soltó una carcajada.
—¿Para mí? Seguramente solo me trajo saludos y los buenos días.
¿No es así? No te hagas de rogar, amiga mía, hacen una pareja divina.
¿Pero qué es lo que huele tan bien? ¡Chilaquiles!
Como es de costumbre, te quedaron como los preparan las monjas, para chuparse los dedos —los probó con un cucharón directo del cazo de cobre.
—¡Basta ya, te he dicho! No cambies el tema —le reclamó Itzel molesta.
—Lo conocemos desde siempre, es un buen partido, dale una oportunidad.
Olvidaba que eres muy testaruda, querida amiga.
Pero como gustes, después, cuando lo veas del brazo con alguna otra, no digas que no te lo advertí.
Es más, si tú no lo quieres, yo sí —y volvió a soltar otra carcajada meneando el cucharón dentro de la cazuela.
—Vámonos, se hace tarde y, Pamawari, no olvides el material.
Pamawari la arremedaba a sus espaldas con gesto burlón.
HACÍA CALOR ESE DÍA, como los días últimos de abril.
Santiago se percató que el panorama no era nada parecido al que recordaba en Italia o Flandes.
La vista de aquellas montañas y colinas con sus nubes grandes era dignas de capturarla y plasmarla en un lienzo.
La Nueva España no tenía los colores de Italia o la península ibérica, estos eran muy distintos, en la Nueva España, el paisaje era más bien de contrastes y abundante en su follaje exuberante.
En Nueva Galicia, mientras no lloviera, los campos le recordaban a los de Madrid, que eran un poco áridos, pero, a diferencia de la madre patria, los colores de la tierra tenían una fuerza distinta, la mezcla de terracotas, ocres y amarillos jugaban con la imagen visual a cuadro.
Cuando llovía, los olores de la tierra mojada removían e inundaban sus pensamientos, ese olor le complacía, sabía que gracias a esa fragancia se encontraba en una ciudad diferente, una ciudad especial.
Al pasar su carroza cerca del río Agua Azul, Santiago buscó en la carta la dirección que traía consigo, la cual le había llegado por correo al buzón de su apartamento.
La cita era en el convento de San Francisco, en el valle de Atemajac, cerca del río de San Juan de Dios, en el centro de la ciudad.
El convento se encontraba resguardado por unos muros altos que protegían el complejo.
El lugar estaba integrado por un templo principal.
Era un lugar muy ostentoso y bien cuidado para ser propiedad de unos monjes agustinos.
Pensaba él que dicho lugar cualquiera podía confundirlo con un palacete.
En su tiempo de esplendor, era casi igual o más importante que la catedral.
Entre los templos de Aránzazu y San Francisco se encontraba el acceso por donde entró el carruaje de Santiago.
El muchacho descendió de su coche observando con detenimiento lo que tenía ante sus ojos.
Portaba un maletín con hojas, grafito, pluma y tintero, por si era necesario hacer algunas anotaciones.
Los niños indígenas se encontraban en el patio debajo de la sombra refrescante de un frondoso árbol de huamúchil.
Comían los frutos del árbol, descansaban después de la lección del día, impartida en el atrio por un sacerdote agustino, quien portaba su característico habito negro.
—Buen día, dígame, caballero, ¿en qué puedo ayudarle? —se acercó el sacristán.
—Mi nombre es Santiago Velázquez, me dedico a investigar y dar mantenimiento a obras de arte.
Tengo la encomienda de revisar los tres retablos de la capilla de la Virgen de Aránzazu, me manda la familia Basauri para hacer una valoración de mantenimiento.
En un momento más llegará mi equipo de trabajadores.