Orgullo Mestizo TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #4
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TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #4

Santiago se asombró de que su amiga le dijera eso y fuera tan vivaz, hasta cierto punto subestimó su condición de mujer, aunque no veía la manera en la que él pudiera compaginar su trabajo con el de sus amigos.

La escuchaba con interés, era agradable verla tan activa y motivada como la recordaba y vio interesante eso de presentarle a futuros compradores.

Continuó el festejo con un bailable en un gran salón, después de la abundante cena.

Poco a poco se iban despidiendo y retirando los invitados a descansar, para al día siguiente terminar la festividad con una corrida de toros en la plaza de Paseo Nuevo, la mejor de la ciudad, en la cual se darían cita para que los invitados de la cena acudieran para seguir celebrando.

La plaza de toros a la que acudieron Elisa y Mariano estaba construida e inspirada en las nuevas plazas sevillanas al estilo de los anfiteatros romanos, dejando atrás las corridas en las explanadas de las plazas mayores.

Se sentían muy entusiasmados porque era la primera vez que acudían a ese lugar, ya que solo podían entrar personas invitadas por gente influyente y de la corte de los virreyes.

Aguardaban ya sentados en sus palcos aquella entrada triunfante del toro de lidia.

Hacía más calor conforme pasaban los minutos.

Los abanicos y sombreros no eran suficientes para refrescar los cuerpos que se iban rociando de sudor.

Comenzaron las pláticas candentes sobre política entre los grupos de caballeros.

—Escuché que un movimiento revolucionario está fraguándose entre algunos criollos inconformes del sur y del norte del país. Unos dicen que es porque están en contra de que los franceses nos gobiernen ya que ellos les son fieles a la corona española, al rey Fernando VII.

—Yo, francamente, no creo que quieran que la corona regrese nuevamente a gobernar.

Pienso que solo es un pretexto para separar a la Nueva España de la madre patria, quieren su independencia, siempre la han querido, nunca han estado de acuerdo con que nosotros tengamos nuestros negocios y muchos de ellos trabajen para nosotros.

—Así es, quieren aprovechar que no hay rey para ellos gobernar, pero eso no va a suceder, el rey Fernando VII regresará al poder y continuaremos como siempre, ayudándole a gobernar.

—Pero si ellos mismos son hijos de españoles y también se benefician de nosotros, directa o indirectamente. Por ejemplo, muere un padre español y, ¿quién hereda? Pues el hijo, haya nacido o no en España.

—Pero alegan que los cargos de gobierno y las minas, es decir, los mejores trabajos, nos los quedamos nosotros y a ellos les damos las migas que caen de la mesa.

Mariano y Elisa escuchaban con mucha atención, ella parecía no estar de acuerdo con mucho de lo que se argumentaba, pero intentaba disimular para no gesticular en contra y no ser descubierta.

—¡Olé!.

Gritaba la gente cuando el torero, con su traje brillante color rojo bordado con hilo de oro, esquivaba magistralmente al toro con su capote.

Elisa nunca fue muy afecta a la tauromaquia, siempre le pareció desagradable y triste ver cómo la gente se divertía con el dolor de un animal indefenso, maquillado de fiesta, algarabía y diversión.

Creía que algo andaba mal con eso, primero porque se decía que era un arte, el cual no entendía el porqué y segundo porque a la mayoría de las mujeres les apetecía acudir con su círculo de amistades.

Era momento de presumir vestido nuevo entre las damas de sociedad, especialmente entre la sociedad española.

Al terminar la fiesta brava, se ofreció una comida en honor al torero vencedor y como platillo principal la carne del toro gladiador sacrificado en el ruedo.

Eso lo sabía Elisa, pero aún no se podía acostumbrar a tal ritual, así que siempre evitaba comer a toda costa la carne que tan preciada y degustada era para los comensales.

EN GUADALAJARA, LAS TERTULIAS se hacían más frecuentes en casa de Itzel y Pamawari. Elisa aún no había regresado de la Ciudad de México.

—Como les prometí, ya les he conseguido trabajo de mucama y cocinera en el palacio de la Inquisición, de allí trataremos de trasladarlas al palacio del virrey por medio de Elisa, pero tomará tiempo, tengan paciencia.

Estos son los nombres a quienes deben dirigirse al llegar ahí.

Estarán custodiadas por la encargada de los mozos, deberán de ser muy cuidadosas con quién conversan y lo que se dicen entre ustedes —Canek les observa con una mirada fraternal y de admiración mientras les daba el pedazo de papel con las indicaciones —En cualquier momento pueden desertar, basta que nos envíen una carta y en seguida mandaremos por ustedes, recuerden que tenemos más contactos en Ciudad de México, así que no estarán solas.

Afinaban detalles mientras tomaban agua de guayaba, acompañada de un poco de la capirotada que había preparado Itzel para conmemorar la cuaresma. Tocaron a la puerta, y se miraron las caras.

—¿Esperan a alguien? —extrañado preguntó Canek.

—No —contestó nerviosa Pamawari.

—Yo iré, aguarden aquí —les dijo Itzel.

—¿Quién vive?

—Soy yo, Elisa, ábreme, por favor, Itzel.

Itzel se apresuró a abrir quitando el pasador de la puerta, un poco extrañada porque no era hora de visitas. Elisa sabía que iban a estar reunidos allí. Era el momento en que el sereno pasaba para gritar la hora.

—¡Son las once y sereno! —gritaba aquel hombre cansado de tanto caminar y con voz ronca.

—Disculpa la hora, Itzel, tenía que hablar con ustedes, y además he traído a un amigo.

Santiago se asomó detrás de Elisa con un gesto alegre y ansioso. Itzel trató de enfocar bien la vista, pero estaba un poco oscuro y la luz del candil de la callejuela no le bastaba, así que no pudo reconocerlo. Supo bien que no era Mariano.

—Adelante, pasen, sea usted bienvenido, caballero.

La pareja entró a la casa percatándose de que no los siguieran.

—Hola, Itzel, soy Santiago. ¿Me recuerdas?

Itzel trató de recordarlo y reconocerlo. Sintió como le palpitaba el corazón por la emoción de volverlo a ver. No podía creer que después de tanto tiempo estuviera en la puerta de su casa. Los ojos se le inundaron de lágrimas, pero intentó contener la emoción de aquel momento.

—¿Santiago? Pero cómo ha pasado el tiempo, estás, estás…

—¿Irreconocible, viejo, con la tripa más grande? —Santiago soltó una carcajada.

—No quise decir eso, más bien diferente —Itzel se sonrojó y Elisa lo notó de inmediato.

—Ella quiso decir más apuesto que nunca —su amiga no pudo contener una ligera carcajada y se limpió el sudor de su frente con un pañuelo bordado.

—¡Elisa! Pero qué imprudente e impertinente. Qué va a creer nuestro invitado, que no tenemos modales —Itzel la reprendió con un tono molesto.

—Pero si es amigo nuestro, hay confianza, ¿verdad, Santiago? No seas mojigata.

—No tengan cuidado, tú estás muy guapa, Itzel, espero no incomodarte con mi cumplido.

Itzel se molestó y los abandonó adelantándose a la sala de la reunión.

—Creo que se ha incomodado.

—Nada de eso, amigo mío, ya ves cómo es, siempre discreta y seria, no le gustan las bromas, no lo tomes a mal, ya se le pasará. Adelante, entremos.

—Itzel, ¿acaso te he molestado? Si es así, te pido me dispenses —le preguntó Elisa tomándola del hombro.

—A lo que nos acontece en esta reunión, Elisa, ya hablaremos más tarde, pero tú nunca cambias, tus bromas son de mal gusto y eso me molesta.

Canek presentó a Santiago a los ahí presentes, estaba contento de volverlo a ver y no podía ocultar su alegría.

Pamawari lo atendía como a un hermano hambriento que se había extraviado en el camino, acercándole cuanto veía en las charolas de bocadillos y dulces.

Le ofreció también de aquel delicioso tatemado con frijoles puercos que había sobrado del medio día, mientras escuchaba atenta las historias que él contaba con gran talento narrativo acerca de sus viajes por Europa.

Santiago sentía que ellos eran su familia, que nunca debió de haberse alejado, pero las circunstancias los obligaron a separarse.

—Cuéntanos, Santiago, ¿qué ha pasado con tus padres?, ¿cómo están?

—Mis padres murieron durante la huida de Mérida a España.

La embarcación encalló en una gran roca que los marineros le bautizaron como “el cráneo de la muerte”, cerca de llegar a la península, junto con los padres de Clara.

Otros como yo tuvimos la suerte de sobrevivir.

Mis tíos me recibieron en su casa y pagaron mis estudios hasta que pude valerme por mis propios medios.

—Lo sentimos mucho, amigo, sabemos que el levantamiento que se dio en Mérida perjudicó a sus familias.

—Así como a las de ustedes también. Fueron las consecuencias de un gobierno injusto con todas las castas.

Los hacendados se aprovecharon y no se comportaron bien con su propia gente.

Sé que ustedes y yo somos producto de las circunstancias, nadie elige la tierra donde nació, la familia o color de piel, pero creo que ya es tiempo de que gobernemos nosotros nuestro propio país.

El oro, la plata y el dinero deben quedarse aquí para nosotros y para la gente que se encuentra en la pobreza, no para unos cuantos extranjeros que no nos dejan ni siquiera ser parte de cargos públicos, y que, a su paso por las calles, miran a los más vulnerables con indiferencia y repulsión.

Canek, al finalizar, le aplaudió orgulloso mirándolo con admiración. Se acercó a él dándole una palmada en la espalda.

—Muy bien dicho, amigo mío. Necesitamos personas como tú, con ese tipo de filosofía e ideales, ¿te gustaría unirte a nosotros, luchar por la causa insurgente?

—Por supuesto, Canek, solo dime lo que tengo que hacer y si está dentro de mis posibilidades, les ayudaré lo más que pueda.

Itzel permaneció callada durante la noche, mientas sus amigos discutían las estrategias que emplearían. Al terminar la tertulia se despidieron y Santiago aprovechó el momento para acercarse a ella y charlar.

—Itzel, me gustaría visitarte, si tú me lo permites.