TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #3
En una de las cenas a las que acudió Elisa en casa de un político importante en la Ciudad de México, en el mes de abril, después de Semana Santa y Pascua, reconoció entre las otras damas presentes a María Teresa de la Sorta, esposa del coronel Manuel de la Sorta, ambos de Xalapa, quienes apenas tenían tres años de casados.
Visualizó también la silueta perfecta de una mujer más madura, que se encontraba entre los invitados de esa recepción.
Llevaba un vestido color azul agua, con bordados y pedrería plateada que simulaba el brillo de las estrellas en el firmamento.
El color del vestido hacía resaltar sus grandes ojos verdes, y su tiara brillaba al compás del movimiento ligero de su vestido.
Entonces, Elisa supo perfectamente de quién se trataba.
Era Clara Mendoza, pero lucía diferente, algo en ella había cambiado, irradiaba tal tranquilidad que resaltaba una belleza y madurez nunca antes vista.
En ese momento recordó la plática con Canek, quizá se debía a la vida difícil al lado de su anterior esposo, lo que la hizo cambiar.
No estaba sola, se encontraba rodeada de otras señoras de sociedad.
De pronto, una monja un poco regordeta, con hábitos religiosos, se acercó al grupo a conversar.
Era Esperanza, por poco Elisa no la reconocía hasta que su hermana mencionó su nombre, no era una monja común, era muy alegre y gustaba de declamar poesía y entonar una que otra canción buscándose siempre una oportunidad para reír.
Mientras, Mariano, el esposo de Elisa, la dejó por un momento para conversar con un grupo de políticos.
Elisa se paseaba encantada por la sala sin ser vista o reconocida, observándolas y recordando que habían sido parte de su infancia, cuando, de pronto, escuchó una voz que vino de su espalda y le susurró al oído:
—¿Dónde dejaste a tu amiga Itzel?
La mujer saltó de golpe moviéndose hacia el lado contrario, nerviosa e intrigada por saber quién conocería la relación que tenía ella con su amiga. Volteó y vio el rostro de un apuesto criollo alto, usaba barba y un traje común de moda española.
—Santiago, ¿eres tú? — intrigada le preguntó al joven.
El hombre soltó una carcajada y la abrazó eufórico casi por instinto.
—Por supuesto que soy yo, si no, ¿quién más he de ser?
Respondió Santiago con la misma sencillez que siempre lo caracterizó. La observaba con una mirada paternal y dulce.
—Te veo y no lo creo, ¿cuánto tiempo sin vernos? Pero mírate, qué grande y apuesto estás.
Santiago volvió a soltar una carcajada emocionado y enternecido por las palabras de Elisa.
—¿Nada más yo? Tú también has crecido, pero aún no me has contestado la pregunta.
—¿Pregunta?, ¿cuál pregunta?
—¿Dónde dejaste a Itzel?
—¿Itzel, por qué solo me preguntas por ella, acaso ya te olvidaste de Pamawari y Canek? —lo miró con cierta picardía.
—No, cómo me podría haber olvidado de ellos, ¿cómo se encuentran, aún tienen relación?
—Efectivamente, querido, nos vemos muy seguido en casa de Pamawari e Itzel para las tertulias, viven en Guadalajara, mi esposo y yo en Valladolid.
—Me sorprende tanta coincidencia, me acabo de establecer ahí también en Nueva Galicia.
Llegué hace poco de Sevilla, tuvimos que emigrar a España después del asedio.
Pero bueno, es una larga historia que, en otro momento, en un lugar más íntimo, te contaré.
Porque nos vamos a ver de nuevo ¿verdad? Estoy deseoso por verlos a todos.
—¿Interrumpo algo? —dijo el esposo de Elisa aclarando su voz desconfiada y estirando su frac elegante luego de llevar su mano para tocar su espeso bigote castaño.
—En absoluto, marido, adelante, mira, quiero presentarte a…
—Buenas noches, caballero, Santiago Velázquez —interrumpió amable Santiago a Elisa.
—Mariano, es un amigo de la infancia, también es amigo de Canek, Itzel y Pamawari. Sus padres eran dueños de la hacienda Velázquez, cercana a Ticúl, de la que te he platicado en varias ocasiones.
—Claro, querida Elisa, fuimos muy buenos amigos. Qué niñez tan maravillosa tuvimos…
—Sí, bueno, mucho gusto, caballero, querida, ven, que quiero presentarte al coronel de la Sorta. Con su permiso, caballero —la tomó del brazo y la condujo hacía otra estancia de la casa.
—¿Querida Elisa? Pero qué irrespetuoso de su parte hablarle así a una mujer casada. ¿Quién es ese criollo tan vulgar?
—No es criollo, es español esposo mío. Pero mírate cómo estás.
No me digas que es una escena de celos que no me la creo, Mariano.
¿Te has dado cuenta de lo que acabas de hacer?
Tengo sin verlo años desde que era yo una niña, no es posible que así, sin más, me hayas apartado groseramente de una charla tan encantadora que tantos recuerdos me ha traído.
Qué injusto y egoísta eres. Además, ese pretexto absurdo de que me querías presentar al coronel de verdad no lo entiendo, si ya lo conozco y no solo a él, también a su esposa —Elisa, molesta, se cruzó de brazos, y de impotencia se le resbaló una lágrima sobre su mejilla.
—Elisa, no hagas un drama en estos momentos, es muy importante esta cena para la conspiración, así que compórtate o harás el ridículo.
—Vale, me lo presentas de nuevo y regreso con mi amigo, además están aquí otras personas a quienes conozco también que quiero saludar y no me lo vas a prohibir, ten un poco de seguridad en el amor que te tengo. Recuerda que te casaste con una mujer independiente y nada sumisa.
—Lo sé, cosa que me enamoró de ti, pero que a veces no logro comprender quizá por mis ideas conservadoras, como sueles llamarlas.
Elisa siguió a su marido, se presentó y, después de un rato, avanzó hacia el grupo de las señoras que se encontraban en la sala contigua. Se colocó entre Clara, Esperanza y María Teresa, que también se hallaba entre ellas.
—Buena noche, espero no interrumpir algo importante —exclamó Elisa con la seguridad que la caracterizaba.
—No, nada de eso, querida. Siempre es usted bienvenida, qué bueno que está aquí. Deje presentarla, Elisa Márquez, ellas son Clara y Esperanza Velázquez, Rafaela López y Lucía de Segovia —dijo María Teresa.
—Mucho gusto, sus mercedes —contestó Elisa educadamente.
—Yo a usted la conozco —le dijo Clara a la recién llegada.
—Su padre tenía una bodega en la hacienda que fue de mi padre. ¿O me equivoco?
—En efecto, él se llamaba Francisco Márquez, mejor conocido como Pancho.
—Sí, lo recuerdo, y a su madre también, personas muy agradables —contestó Clara con una sonrisa.
Elisa se sorprendió un poco porque creyó que quizá Clara le guardaría rencor a su padre por haber sido de los iniciadores de la revuelta en Mérida, hecho que causó el abandono de la hacienda y la huida de sus padres a España, donde su barco encalló y muchos de los tripulantes murieron, cosa que Elisa desconocía.
—Disculpe, Elisa, pero yo no logro recordarla —comentó Esperanza intentando hacer un esfuerzo al mirarla.
—Sí, usted era muy pequeña cuando se fue al convento y nos tuvimos que ir nosotros de la hacienda —Elisa le explicó a Esperanza un poco apenada.
—Pero no se preocupe, Elisa, todo queda olvidado, eran problemas de adultos y políticos donde los niños éramos inocentes. ¿No lo cree? ¿Cuál es su ciudad en estos momentos? —Clara la observaba detenidamente y le sonrió amistosamente.
—Por supuesto, tiene razón, no era asunto nuestro. Vivimos en Valladolid.
—Espero, querida, que cuando vaya de visita a Guadalajara, pase usted a saludarme, ahí tiene su casa—Clara la tomó de la mano.
—Con gusto, igualmente tiene las puertas de mi casa abiertas.
Esperanza las observaba a ambas con gesto de extrañeza, cuando se le ocurrió declamar un poema de Sor Juana, para aliviar la tensión. Más tarde, Santiago se volvió a acercar a su amiga para conversar ahora en el grupo donde estaba con las demás mujeres.
—¿A qué se dedica su esposo, Elisa? —Le preguntó Clara con cierta curiosidad.
—Es empresario, nos dedicamos al café.
—Interesante, lo más importante es que lo menciona en plural, ¿acaso usted también participa en el negocio? Puesto que es usted mujer y además el mercado es complicado aquí, en la Nueva España, debido al gran afecto que tenemos al chocolate —soltó una pequeña risilla.
—Es verdad, yo también participo, mi padre fue el iniciador con el negocio del café en Valladolid, por eso es que estamos aquí abriendo mercado y dándonos a conocer con otros empresarios.
Clara se sorprendió de la inteligencia y sagacidad de Elisa, intuyó que ahora ella le preguntaría por su matrimonio, tema sobre el que prefería mantener en silencio, así que decidió adelantársele y dirigirse a Santiago.
—¿Y tú, Santiago? ¿A qué te dedicas? —preguntó rápidamente Clara que, a pesar de ser cuñados, no se veían desde que él partió a España.
—Me dedico a la compra y venta de arte, cuento con un equipo de conocidos que les apasiona la historia, me ayudan a seleccionar y saber que lo que compro es arte antiguo y genuino.
—Qué interesante, cuñado, y entonces me imagino que va y viene de Europa constantemente.
—Así es, es un trabajo muy demandante, como se han de imaginar, pero muy apasionante, noble y fructífero también.
—Además de encantador, por supuesto. Me gustaría que Canek y tú se reencontraran, él es abogado y quizá podríamos hacer algo juntos, no sé, quizá recomendarte a futuros compradores —le sugirió Elisa.