Orgullo Mestizo TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #2
58%

TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN #2

En una de sus tertulias, Elisa y Pedro Canek, entre otros invitados que se encontraban de visita en la casa de Itzel y Pamawari, se sorprendieron porque en diciembre rara vez llovía, y ese día cayó un fuerte aguacero que las calles se cubrieron de olor a tierra mojada, característico jalisciense.

Mientras cenaban el pozole preparado por las anfitrionas, comentaban el año tan convulso que habían sufrido, primero con la traición hacia la corona española, en el mes de marzo, de Fernando VII hacia su padre el rey Carlos IV, quien había caído en manos de Napoleón Bonaparte, dejando en el poder a su hermano José Bonaparte, al que le apodaban alegremente Pepe Botella, probablemente por su gusto a la bebida.

El virrey Iturrigaray había sido destituido por supuesta traición a la corona.

Se vivían tiempos difíciles y de incertidumbre desde entonces.

—Quiero contarles que, hace un mes, a una de las tertulias en la hacienda de San José de Apeo, en Valladolid, a la que fue invitado Mariano, mi esposo, así como el pariente de él, el abogado José Mariano de Michelena, también acudió el amigo del esposo de Clara, Clara Mendoza.

Bueno, pues el amigo se llama Agustín de Iturbide, el militar, pero, por palabras de mi marido, al grupo no les dio confianza para que participara en la conjura en contra del gobierno —comentó Elisa extrañada, buscando, en algún comentario de sus amigos, algo que le pudiera dar paz a ese evento que la tenía tan inquieta.

—¿Y cuál es tu temor con respecto a Agustín, querida Elisa, que él pueda hacer algo en contra de tu marido? —preguntó extrañada Itzel.

—Guadalupe Itzel, amiga mía, es sabido que Agustín es muy allegado al general Calleja, además está a sus servicios, y eso de que sea invitado ocasionalmente a las tertulias pone en peligro no solo a mi esposo, a las conspiraciones también, además es muy conocido en Valladolid por muchos militares —el tono de voz de Elisa se percibía un tanto tembloroso.

—Tienes razón, querida, tenemos que dirigirnos con más cautela de ahora en adelante y escoger muy bien a quiénes incluimos en nuestras charlas, no vaya a ser el diablo —dijo Pamawari mientras se santiguaba.

—Deberíamos saber de qué lado está Clara.

Su esposo Juan Alfonso ya es general, quizá quiera incorporarse a nosotros, pero, como dice Pamawari, debemos tener cuidado, además es el hermano de Santiago, probablemente sea igual de noble que él, pero teniendo en cuenta su amistad con Iturbide, pone en tela de juicio su postura —Elisa se acomodó inquieta en la silla.

En el ambiente se podía respirar el humo de tabaco que calmaba los nervios de los ahí presentes.

En las mesitas de la sala rebosaban los bocadillos y dulces, así como las copas de licores y aguardiente a medio terminar.

No había sirvientes, ellas gustaban de atender la casa y a sus invitados, debido a que encontraban un tanto discriminatorio tener servidumbre.

Hacía poco habían abierto una botica con la ayuda de Canek, con la cual se sentían muy entusiasmadas y orgullosas.

Platicaban de lo complicado que había sido encontrar quien les rentase un espacio para poner su negocio.

Los invitados se habían retirado y solo quedaban Elisa, Itzel, Pamawari y Canek.

—He sabido con anterioridad, amigos míos, que Clara y Juan Alfonso están en proceso de divorcio, lo supe casualmente por un compañero que es conocido de ellos en Campeche —les afirmó Canek en tono tranquilo.

—¡Divorcio, no lo puedo creer!, claro que se han dado casos, lo sabemos, y más de los que se ventilan por ahí, pero nunca lo hubiera esperado de ellos, parecía que se adoraban tanto —con cierta extrañeza declaró Itzel.

—Tengo entendido que se les ha otorgado por violencia familiar, y por supuesto también que Clara debe de tener influencias para obtenerlo, querida Itzel, así que incorporar a Juan Alfonso en la conspiración puede que sea mala idea —Canek respondió recordando a la bella Clara.

—Inaudito lo que nos comentas, Canek. Pobre Clara, es cierto que era una muchacha no de muy buenos modales y un tanto presumida, pero no se merecía un matrimonio así. ¿Qué habrá sido de la niña Esperanza y de Santiago? —asombrada, Pamawari se cruzó de brazos y suspiró.

—Solo Dios sabe, querida, desde que se regresaron a España, no se ha sabido nada, solo que Esperanza se quedó en un convento en Mérida —exclamó Itzel.

—Regresando al tema anterior, entre mis idas y venidas a Valladolid, conocí a un seminarista en el colegio de San Nicolás llamado José María Morelos, él está muy entusiasmado con la causa independentista y conoce a otro sacerdote llamado Miguel Hidalgo de Guanajuato, también muy involucrado en como los españoles se han apropiado de la mina la Valenciana y el mal trato que se les ha dado a las castas —emocionado, Canek les platicó a sus amigas olvidando que se hacía tarde.

—Ese cura, Hidalgo, ¿acaso será de la iglesia que pertenecía a la Compañía de Jesús, antes de la expulsión de los jesuitas?

Porque Mariano y yo tenemos un conocido que vive muy cerca de la catedral de Guanajuato.

Su nombre es Lucas Alamán, es un joven criollo muy culto, empresario de buena posición e influyente, que quizá esté interesado en unirse y pueda que conozca a Hidalgo.

Podría investigar su postura —Elisa, pensativa, cogió su copa y la observaba meneándola de un lado a otro, como intentando encontrar respuestas a sus cuestionamientos en las pequeñas burbujas que se amontonaban en la pared del cristal cortado.

—No lo sé, Elisa, pero podemos investigar.

Hasta donde yo sé, Lucas Alamán es más bien de ideas conservadoras.

Igual sugiero hacer una lista con nuestros conocidos, que probablemente estén interesados en la causa y comenzar nuestro plan.

Itzel, Pamawari, ¿estarían dispuestas entonces a participar como ya lo habíamos acordado?

—Canek se dirigió a sus amigas con cierto temor por lo que ellas tendrían que soportar, y se encontró con las manos mojadas del nerviosismo.

—Sí —contestaron ambas sin titubear, con un aire de seguridad y pasión por la causa.

—Recuerden que será muy peligroso y que quizá tengan que hacer cosas vergonzosas o lo que parecieran injustas en ocasiones.

Elisa les comentó a sus amigas preocupada y volteó dirigiéndose hacia Canek con rostro incrédulo, manifestándole en son de reclamo:

—¿No podría hacer ese trabajo nadie más? No estoy de acuerdo en que arriesguen sus vidas de esa manera, si les pasara algo no me lo perdonaría jamás.

—Lo sé, Elisa, ya hemos hablado en más de una ocasión de los riesgos que conlleva la conjura, los cuales podrían ser fatales para ellas e incluso para nosotros.

Canek encendió la pipa con tabaco y un poco de liquidámbar, lo fumaba aventando el humo hacia el lado contrario de ella, como si el humo le diera oxígeno y aliento para respirar el aire que le había quitado el miedo y la incertidumbre de las palabras de Elisa, y en ese momento, echó hacía adelante su cuerpo para estar en conexión con ellas.

—Elisa, si les pasase algo a ellas, que son como mis hermanas al igual que tú, nunca me lo perdonaría, pero tenemos que correr el riesgo, la providencia es únicamente de ellas y saben que en cualquier momento se pueden retirar, siempre tendrán mi apoyo.

—Gracias, Canek —contestaron alegres levantándose y le dieron un fuerte abrazo al muchacho.

—¿Acaso fumas solo, querido amigo?

Canek se apresuró medio torpe para prender unos cigarrillos a sus amigas.

—No te preocupes, querida, ya somos adultas y sabemos lo que hacemos, además, si vemos peligro, como dice Canek, nos retiramos de inmediato —le puntualizó Itzel, feliz y entusiasta, agachándose frente a su amiga, tomándola de las manos y luego mirándola a los ojos.

Elisa, no muy convencida, levantó con amor a su amiga y la besó en la frente, como lo haría cualquier madre.

Después regresó a su silla, agarró un bocadillo y, nerviosa, lo empujó hacia la boca para no contestar su inconformidad, sacudió las migajas que cayeron en su vestido y de los restos en sus dedos.

—Vale, hombre, no se diga más, si están seguras con sus providencias, adelante —Elisa, no muy satisfecha, aprobó la decisión de sus amigas.

PASARON LOS MESES Y EL PLAN iba tomando forma.

Los chismes en el mercado de lo que pasaba en España y la Nueva España corrían más rápidos que en las imprentas de los periódicos locales de cada ciudad del país.

Hasta el río San Juan de Dios, que desembocaba hasta la Barranca de Huentitán, lugar tranquilo de árboles frondosos, acudían muchas personas, entre ellas lavanderas que conversaban informando a otras de los eventos que ocurrían en la ciudad.

En el púlpito de la catedral de Guadalajara, el obispo o sacerdote encargado de oficiar la misa los domingos intentaba no tocar temas políticos, a diferencia de otras iglesias que incitaban a sus adeptos con ideas independentistas.

Elisa y Mariano iban a reuniones, comidas y cenas, tanto en Guadalajara como en otras ciudades para estar bien enterados del sentimiento y pensamiento político entre españoles y criollos.

Sus relaciones se acrecentaron y Elisa conoció a algunas criollas de sociedad que estaban muy allegadas a la virreina, entre ellas a una tal Güera Rodríguez ―su nombre era María Ignacia Rodríguez de Velasco― y a Leona Vicario, mujer divorciada y ahora comprometida con Andrés Quintana Roo, un abogado de Mérida.

Había escuchado hablar de los corregidores de Querétaro, pero aún no había tenido la oportunidad de conocerlos en persona, sin embargo, su desconfianza hacia ellos estaba presente.