Orgullo Mestizo TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN
56%

TERTULIAS DE CONSPIRACIÓN

EL ARCOÍRIS MULTICOLOR, QUE APARECÍA DE PRONTO bajo el agua fresca de la cascada, deleitaba la vista.

Los paisajes naturales albergaban en su interior el espíritu de aquellos que en algún momento dejaron a su paso por esos caminos, alguna huella en esos espacios abiertos; la diversidad y abundancia eran inimaginables para la inocencia de un niño.

La madre natura alimentaba a todo aquel que se adentrara en sus fauces, amamantando amorosa a los aventureros que osasen profanarla.

Los peligros de los animales salvajes siempre estaban latentes, pero quienes vivían armados de fe e ingenio lograban apaciguar o disipar cualquier eventualidad, así como lo hicieron las familias de Pancho e Ignacio.

Durante el gran periplo, los niños dormían todas las noches con los cuentos que les narraban de viva voz sus padres adoptivos, cuentos que les hacían olvidar el hambre.

Como lámparas, durante las noches más oscuras, tenían la luz de las hermosas estrellas del firmamento, parecía que el mismo cosmos se les fuera a caer encima, sentían que casi podían tocarlas.

También tuvieron días de lluvia y tormenta, pero, gracias al gran cuidado de los jefes de las familias y los refugios que encontraban a su paso, lograron vencer los infortunios y las contrariedades.

Después de una larga travesía desde Mérida, las familias de Pancho e Ignacio llegaron a Puebla con carretas tiradas por caballos y mulas, llevando consigo la mayoría de sus pertenencias.

Pero estando en Puebla se dieron cuenta que los poblanos apoyaban a la corona y que las ideas de Pancho e Ignacio chocaban radicalmente, por tal motivo, decidieron continuar la diáspora hasta Valladolid y establecerse ahí con la ayuda de conocidos poderosos de ambas familias.

Pancho e Ignacio comenzaron de nuevo con sus negocios.

Fueron tiempos difíciles, pero juntos pudieron sacar adelante a sus familias y gozar de una buena posición económica.

Pancho había caído gravemente enfermo, primero de gota y después de pulmonía, ya no podía moverse de la cama, había envejecido, al igual que Leonor, a ella la edad se le notaba en el pausado de su andar debido a la gangrena que sufría en sus piernas a causa de la diabetes.

En la casa se habían reunido los jóvenes para cuidarlo y ayudar a doña Leonor.

Pamawari e Itzel habían dejado el colegio momentáneamente, y Canek llegó de Nueva Galicia, al enterarse de la gravedad de su enfermedad.

Elisa preparaba los paños tibios y mojados, curaba la pierna de su padre con ungüentos y le daba medicamentos recetados por Ignacio.

Las campanas de la catedral de Valladolid se escuchaban cercanas a la casa que se encontraba en el centro de la ciudad, dando la hora puntualmente.

—Guadalupe Itzel, Pamawari, Elisa, ¿dónde están? —preguntó Pancho.

—Aquí estamos —contestaron las jóvenes tomando su mano.

—No me queda más tiempo, han sido buenas hijas.

Prométanme que continuarán con sus estudios, al igual que Pedro Canek que ya es un hombre, sin importar que sean ustedes mujeres, que eso no las limite ni las intimide nunca, que nadie las humille por ser mujeres y mucho menos por ser diferentes, esa es mi herencia para ustedes.

Luchen por su libertad, así como sus padres lo hicieron hasta el final.

Tengo unos pensamientos que les escribí, aquí en el cajón de mi mesita de noche.

Elisa, hija, alcánzalas y dáselas de favor.

—Padre, ya no hable, usted necesita reposo —Elisa le expresó con desasosiego.

—Hija, tengo que decirles, no sé cuánto me queda de tiempo. Mis ojos no pudieron ver la libertad de este país, pero espero en Dios que ustedes y sus hijos sí. Esta es su tierra, ámenla como nosotros lo hicimos incansablemente.

Los ojos color miel de Pancho se fueron extinguiendo.

Un silbido salía de su garganta cansada.

Ignacio intentaba aliviar el dolor de su amigo con medicamentos más fuertes, que preparaba él mismo.

El cuerpo de Pancho se resignaba a la agonía, dejando de sentir dolor, se abandonaba a la muerte.

Tuvo una visión, eran sus padres que venían a buscarlo.

Sin poder ya hablar, temblaban sus labios que intentaban decir algo, pero no tenía fuerzas suficientes para pronunciar nada.

Suspiró y murió en paz, rodeado del amor de su familia y amigos.

Elisa, con el dolor en su corazón, desdobló las hojas que le había dado Pancho y empapándolas de lágrimas, las leyó en voz alta, haciendo homenaje a los pensamientos de su amado y valiente padre:

No importa lo que suceda, defiende a la patria amada que está ya desalentada y con tanta desilusión, que te verá agradecida y por ti pedirá al Señor, quien te iluminará para que aciertes en esta desolación.

Marcha con paso firme y endereza el timón de nuestra patria querida donde hay tanto dolor.

Espera pues pacientemente elegido por mi Dios, para que lleves las riendas de mi querida nación.

F.M.G.

Elisa intentaba aguantar el dolor que le acusaba ver a su padre muerto.

Las señoritas, hincadas junto a la cama, rezaban el rosario, y Leonor lloraba en silencio en los brazos de Jesusita.

Llegó la noche y la habitación se iluminó bajo la luz y el olor de las velas que se consumían debajo de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, su rostro emanaba paz y calidez al que lo mirara.

Al poco tiempo, Leonor enfermó de tristeza.

La gangrena le invadió más sus piernas, al grado de que tuvieron que amputárselas, no resistió el dolor y siguió a don Pancho hasta la muerte.

Todos sabían que Pancho, sin la ayuda de ella, no hubiera podido lograr mantener bien a sus hijos ni salir adelante.

ITZEL Y PAMAWARI TERMINARON LA SECUNDARIA, aprendieron en la botica a hacer fórmulas y curaciones.

Se quedaron en la casa de Ignacio y Jesusita, donde con frecuencia se hacían tertulias literarias.

Ellas participaban gustosas, a pesar de algunos criollos ladinos que acudían a visitar al boticario y a su esposa.

No comprendían qué hacían viviendo como hijas de aquella pareja ya mayor.

Muy al principio, quien no los conocía bien las confundía con criadas de servicio, pero al ver sus ropajes de clase criolla y su educación, quedaban confundidos y cuestionaban el trato de la familia hacia ellas.

En más de una ocasión sufrieron insultos en el mercado, en alguna fonda o algún restaurante, e incluso en las escuelas a las que acudían, pero después de tanto sufrimiento y dolor que habían pasado a lo largo de su vida, ya estaban acostumbradas a esos tratos por parte de españoles y criollos, muchas veces también por alguna india envidiosa de su suerte.

Pero, a pesar del amor que el médico y su esposa les dieron, siempre se sintieron fuera de lugar, extrañaban a sus padres y la vida en Mérida, así que decidieron marcharse a vivir una nueva vida en Guadalajara, Nueva Galicia, cerca de Canek.

Con la ayuda de Ignacio, Jesusita y Elisa se instalaron en una casa chica modesta en el barrio del Santuario, en el centro de la ciudad, ellos de vez en cuando las visitaban.

Era un barrio para la clase media criolla.

Continuaron con las tertulias literarias.

Compartían algunos libros prohibidos y aquellas reuniones se llenaban de tintes políticos e ideas liberales, a las que acudía Canek puntual.

También les encantaba leer libros escritos por mujeres, que les podían conseguir por contrabando Canek y Elisa.

Les gustaba aprender de la forma de pensar tan moderna y libre, para así comentarlos en las tertulias.

En sus tiempos libres Itzel escribía, además de cocinar las recetas típicas de Guadalajara y sus ancestras.

Pamawari también leía, más que nada sobre la confección de ropa distinta a la que estaba de moda en aquella época, lo cual atraía las miradas y el desprecio en la calle tanto de damas como de caballeros no muy gustosos de su estilo.

Al año siguiente, el 20 de septiembre 1808, a sus quince años ya eran unas mujeres.

Canek, en aquellos días, había terminado la carrera en Derecho y se postulaba para ser catedrático de la universidad.

En esos días corrió una noticia en el periódico de la Nueva Galicia, Itzel la escuchó en la calle en palabras del sereno que la anunciaba; sus oídos no daban crédito a tal pronunciamiento:

“ Señores representantes del Ayuntamiento Francisco Primo de Verdad, Juan Francisco Azcátate y el fraile Melchor de Talamantes, entre otros, en la capital del país son apresados junto con sus majestades los virreyes Iturrigaray y doña María Inés de Jáuregui, por alta traición ”.

Itzel, conmocionada por lo que acababa de escuchar, compró el periódico con nerviosismo, regresó a su casa y convocó a una tertulia de urgencia para ese mismo día en la noche.

La noticia de que los señores del ayuntamiento no reconocieran a ningún monarca ni a ningún poder que no fuese el de Borbón, dejaba entrever que los criollos iban a defender a la Nueva España de cualquier invasión europea a cualquier precio, sobre todo de la napoleónica.

El hecho de mencionar la conformación de un gobierno provisional tenía preocupados a los españoles poderosos que, en realidad, no querían unir fuerzas con los criollos y buscaban la manera de desmantelar cualquier indicio de conspiración.

Tanto fue su temor, que decidieron extraditar a los virreyes del país y buscar un suplente.

Esos serían los sucesivos hechos por los que decidieron formar una conspiración secreta, creyendo firmes en que uniéndose podrían quitar del poder a los españoles.

Así pasó un año de reuniones y charlas en las casas de algunos de ellos.