LA REVUELTA #6
LOS HOMbrES LIBERADOS, junto con sus esposas y Canek, quien ahora se encontraba al cuidado de ellos, salieron en busca de Elisa, Pamawari, Itzel e Inocencio a la comunidad de la Mejorada.
Las niñas desconocían que habían matado a sus padres en la horca y Canek no había tenido oportunidad de llorar a su padre muerto.
Los niños no se encontraban en la comunidad, estaba completamente abandonada.
Pero a Canek se le ocurrió que quizá no estarían lejos, podría ser que se hubiesen refugiado en un cenote, así que entre todos comenzaron la búsqueda en los alrededores, no podían gritar sus nombres debido a que si algún enemigo los escuchaba, los podrían apresar, la revuelta se había apagado, pero los ánimos en contra de los rebeldes seguían encendidos.
Por fin, después de una larga búsqueda, lograron encontrarlos, efectivamente, en un cenote.
Leonor y Jesusita, sorprendidas por el gran trabajo que habían hecho los niños para cuidar de los otros, los abrazaron y lloraron junto con ellos.
—Doña Leonor, Jesusita, ¿dónde están nuestros padres? —les preguntaba entusiasmada Itzel al ver que ellos se encontraban bien.
Un silencio sepulcral inundó el ambiente.
Los cuerpos habían sido trasladados fríamente a una fosa común, después de haber sido arrojados desde un banco con la soga al cuello, tristemente desmembrados yacían a las afueras de Mérida.
Las cabezas fueron cercenadas de sus cuerpos y colocadas en pilotas para ser exhibidas en la plaza pública, con la intención de que los demás las vieran y así fue, inclusive niños, vieron con horror, asco y tristeza, las cabezas de aquellos que, hasta hace unos días, convivían con la gente como simples conocidos, familiares o amigos.
Cada vez que pasaban por la plaza no podían evitar el espectáculo, hasta que fueron devorados, pedazo a pedazo, por las aves de rapiña que hacían su trabajo natural.
Después, ya pasada una semana, empleados mandados por el gobierno debían retirar por completo las pilotas con lo que quedaba de lo que fueron alguna vez esas pobres personas, quienes lucharon por sus ideales.
Canek, Itzel y Pamawari, supieron por Jesusita y Leonor lo ocurrido, no les permitieron ver los cuerpos de sus padres.
Ignacio y Pancho trasladaron los restos de sus cuerpos a un lugar más cercano de su pueblo, en Ticúl, para darles santa sepultura.
Los niños lloraban y se cuestionaban el final de sus padres, porque eran personas buenas y que lo único que deseaban era más oportunidades y leyes justas para los suyos.
Pancho dedicó un pensamiento a sus amigos mientras los sepultaban:
Hemos venido a este mundo temporalmente, hubo alegrías, penas, llanto y dolor, pero todo pasará con gran velocidad después de haber cumplido con nuestra misión.
La vida es un caudaloso río, ahí lavaremos nuestros pecados para presentarnos ante nuestro padre, limpios, puros, sin mancha, con la satisfacción de haber vivido y luchado por nuestros ideales hasta el final.
F.M.G
Todos tuvieron que abandonar Ticúl y la hacienda con sus familias por órdenes de Mendoza y Velázquez, de lo contrario los apresarían y juzgarían, ese fue el acuerdo al que llegaron con la condición de recuperar a sus familias y su libertad.
Pancho e Ignacio adoptaron como suyos a Canek, Itzel y Pamawari, quienes vivieron con Elisa, el hermano de ella y los hijos ya mayores de Ignacio.
Los niños no volvieron a ver a su amigo Santiago, ni a Esperanza, que se había ido a un colegio en el convento, ni tampoco a Clara.
Inocencio volvió a la iglesia donde el cura fallecido lo protegía anteriormente.
Mendoza y Velázquez acudieron a la comunidad donde estaban sus familiares y, para su sorpresa, se encontraban en perfectas condiciones, un peso de encima los liberó.
Se dieron cuenta que quizá sus esclavos, empleados y amigos criollos no estaban tan equivocados, necesitaban las castas, más libertades y menos injusticias, así que no pudieron con parte de la culpa y se devolvieron, después de meditarlo por semanas, a España, a su madre patria.
Ambas familias españolas tenían sentimientos encontrados.
Por un lado, sentían que dejaban su vida y sus propiedades por las que lucharon tantos años a merced de unos cuantos revoltosos inconformes a los que, por el simple hecho de alzarse en armas, se les estaba concediendo todo cuanto pedían.
Pero, por otro lado, sabían muy bien que lo que habían heredado por generaciones en la Nueva España, no les pertenecía.
Tan solo el pensar en regresar a España como derrotados, sin bienes ni dinero, los impulsaba a quedarse y luchar por lo que ahora les quitaban.
Pero después de tanto deliberar entre ambas familias, eligieron irse a España, antes que morir en manos de las castas enfurecidas.
Por mandato de su padre, Clara regresó a vivir con su esposo Juan Alfonso.
Santiago se fue con sus padres rumbo a España, muy a su pesar.
Esperanza se quedó en el convento de las monjas concepcionistas hasta que tuviera más edad para decidir si continuaba con los votos como monja o salía para casarse con algún buen mozo, seguramente designado por su padre.