LA REVUELTA #5
Subieron los pequeños escalones que los conducirían al encuentro, cara a cara, con la muerte.
Mientras los acusados estaban parados con las manos atadas al frente y despojados de sus ropas, la gente se iba amontonando alrededor de la plaza como si de un espectáculo se tratase.
Comenzaban a gritar y a arrojar frutas o verduras descompuestas a los cuerpos indefensos de los acusados de distintas castas.
Los condenados temblaban incesantemente por el miedo que provocaba el destino incierto después de la muerte.
Se acercó el verdugo colocando cada una de las cuerdas, apretándolas alrededor de los cuellos de aquellos hombres que buscaron la libertad.
Hacía calor, el sol del mediodía quemaba con intensidad.
El sonido apresurado de unos caballos a todo galope y el intenso relinchar por el freno súbito por parte de sus jinetes armados, interrumpió el momento.
Los ahí presentes identificaron a los jinetes, se trataba de Mendoza y Velázquez, pero un fuerte estruendo en la horca llamó la atención de la gente que obligó a mirar hacia el lado contrario.
Ya habían sido ejecutados los padres de Itzel, Canek y Pamawari.
Mendoza los reconoció y sintió tristeza e impotencia por ellos, quizá si hubiese llegado a tiempo seguirían vivos.
El segundo grupo estaba subiendo las escaleras hacia la horca, mientras los hacendados intentaban convencer a los jueces de la inocencia de Pancho, Ignacio y de sus mujeres, con el propósito de recuperar a sus familias, ya que creían que ellos sabían su paradero.
Clara, que se mantenía lejos de la muchedumbre por órdenes de su padre, vio que un niño iba a ser ejecutado.
Angustiada, se acercó a su padre y lo interrumpió:
—Padre, en la horca, haga algo, Canek va a ser ejecutado.
—¿Qué? No puede ser.
Sin pensarlo, Mendoza subió a su caballo y de un brinco cayó en las maderas de la horca y le quitó la soga al niño. Canek se encontraba fuera de sí, afligido y consternado por ver que acababan de ejecutar a su padre y a los padres de sus amigas.
—Pero ¿qué están haciendo? Si es apenas un niño, por Dios santísimo. ¿Acaso perdieron la razón?
Mendoza cubrió al niño con ropas que estaban tiradas y furioso lo llevó con Clara, para después dirigirse al juzgado y a los religiosos diciendo:
—Miren lo que están a punto de hacer. ¿No tienen conciencia?
—Usted no tiene ningún derecho de interrumpir este juicio, ¿acaso no es usted español, pero de qué lado está? A esta perfidia también se le llama traición y obstaculización de la justicia. ¿No está enterado de eso?
—Soy español y eso no me convierte en un tirano. Ya han matado a su padre, él ya pagó por eso, dejen al niño que se marche en libertad. ¿Qué daño puede hacerles?
—Él también es un traidor, y debe ser sentenciado.
—¡Pues a usted que le den morcilla! A este niño yo lo libero y está libre de culpa, si tiene alguna objeción, ya nos veremos en los tribunales. Vámonos.
—¡Padre! He visto a Pancho e Ignacio entre los sentenciados. ¿Qué podemos hacer?
—Regresar con los jueces y abogar por ellos, esperemos que los liberen.
—Pero y Dolores, ¿qué va a pasar con ella?
—No puedo abogar por todo mundo, niña, si voy a hacerlo es porque necesitamos saber dónde tienen a tu madre y a los Velázquez, además eso les pasa por rebeldes.
—¿Pero y si ella sabe dónde están?
—No lo creo, aquí los cabecillas de la insurrección son ellos.
Diego de Mendoza, después de tantos alegatos, pudo liberar a Ignacio y Pancho junto con sus esposas, asumiendo la responsabilidad que conllevaba el hacerlo solo, con la finalidad de que los ayudasen a recuperar a sus familias.
Los niños Itzel, Elisa, Pamawari e Inocencio vivieron esos días en la selva, dentro de algunos cenotes escondidos, alimentándose de lo que la madre naturaleza les proporcionaba y que nunca los abandonaba; era el mejor escondite.
Cuidaron a otros niños indígenas que habían sido arrancados de sus madres en la comunidad de la Mejorada, jugaban con ellos todo el día para hacerles olvidar a sus madres, pero al caer la noche, los niños lloraban por ellas de nuevo.
EN LA HACIENDA DE MENDOZA el ambiente estaba gris, no era lo que en días pasados.
La ausencia de cada alma que habitaba en ese lugar era evidente.
Se añoraba el calor de la leña encendida en la cocina y los olores de los condimentos que realzaban los platillos.
No había quien preparara un chocolate caliente ni churros o un café con turrones.
En el pórtico, las hojas secas de las plantas y de los árboles se habían adueñado de la entrada a la casa grande.
—Pancho, Ignacio, si os he liberado y se encuentran hoy aquí, en mi hacienda, no es por piedad, se lo juro, ni porque yo sea ningún santo ni mucho menos partidario de sus ideas políticas, ya que creo que ustedes son unos completos apóstatas que han traicionado al rey, a la misma corona con sus conspiraciones.
Creo inaudito que a mí, que durante todo este tiempo los he apoyado en sus encomiendas, me paguen de este modo.
—Don Mendoza, nosotros le estamos agradecidos por todo, no somos unos ingratos, créame, por ello es menester aclarar que este asunto no es personal, no estamos en su contra), sino de las injusticias que se han suscitado a lo largo de tantos años por todo el país en manos de muchos españoles y por parte de la misma corona española.
—A ver, ¿cómo está eso de que no es personal? Porque hasta donde yo tengo entendido secuestraron a mi familia. Explíquemelo porque, en realidad, aún no logro comprenderlo.
—Verá, don Mendoza, los tributos que pagamos todos, pero sobre todo los criollos y otras castas, son inadmisibles, imposibles de pagar, y usted lo sabe, tomando en cuenta que se van directamente a la financiación de guerras contra enemigos de España o para alguno que otro lujo.
Sabe usted bien que son mayoritariamente más beneficiados los españoles peninsulares que los demás que no estamos a la altura de ustedes, por el simple hecho de haber nacido en la Nueva España y no en la península.
—Sí, pero…
—No me interrumpa. Mire, ustedes nunca han dejado de lado sus caprichos, llevando una doble vida en todo sentido y prohibiéndonos a nosotros todo, religiosa o políticamente.
Los criollos también somos aptos para tomar decisiones, pero todo aquel que llega al poder es principalmente español.
Por ejemplo, a los indígenas, se les ha prohibido vender sus telas y a nosotros comprárselas, ya que se venden a un costo más accesible, pero en cambio debemos comprar telas exportadas de España a precios elevados, y dígame usted quién es el beneficiado.
—No cabe duda que son unos malagradecidos, den gracias a Jesucristo que no están en las mismas condiciones que esos indígenas o que los negros esclavos.
—Al parecer, ustedes son los que nunca van a comprender.
Este alegato podría llevarme toda la vida y no pretendo convencerlo de nada, don Mendoza, simplemente que usted escuche nuestro punto de vista, que se ponga en nuestro lugar por una sola vez, lo que queremos es libertad y oportunidades para todos.
Alegaba Pancho con emoción y con los ojos vidriosos, tanto de impotencia como de humillación, humillación por no poder cumplir con lo que había prometido a tanta gente que tenía esperanza en el levantamiento y en él.
Pero, de repente, recordaba que no era sólo él, que él era un humano y un instrumento más para lograr la libertad y que quizá nada estaba perdido, quizá era el inicio de algo más grande.
—Ahora bien, al punto, el verdadero motivo por el que los ayudé a escapar de la horca. ¿Dónde está mi esposa y la familia Velázquez? O me lo dicen o los llevo ante las autoridades de nuevo.
—No se preocupe, Mendoza, créame que ellos están mucho mejor tratados en comparación con el trato al que ustedes están acostumbrados a darnos —contestó Ignacio.
—Decidme ahora mismo dónde están. O los desollaré vivos frente a sus mujeres —gritaba Velázquez con voz desgarradora.
—Tranquilo, Velázquez, con esos modos no vamos a llegar a resolver nada —proclamó Ignacio con voz apacible.
—Se encuentran en Santa Ana, una población indígena cerca de aquí —señaló don Pancho.
—Ya sé dónde está Santa Ana, no me crea estúpido —Velázquez le reclamó en tono hostil.
—¡Vamos, que alisten la carroza cuanto antes!