LA REVUELTA #4
Con mucho miedo y tristeza, observaba el caos en las calles, batallas entre hombres de distintas razas, algunos que caían al piso malheridos y otros moribundos.
Mujeres con los ojos desorbitados por el miedo corrían por las calles con sus hijos en brazos, para encontrar dónde refugiarlos y mantenerlos a salvo.
Objetos volaban por los aires a modo de armas con la misión de herir al enemigo.
El humo inundaba los pulmones de Clara que la hacía toser por los edificios incendiados, era tal su asombro ante lo que veía tras la ventanita de su coche, que no lo llegaba a razonar con claridad.
La joven se llevó las manos al rostro con espanto, quería llorar, pero el miedo y la adrenalina se lo impedían.
La lucha era como aquellas batallas que llegó a ver en alguna pintura o gobelino.
Entre la contienda, Clara reconoció la figura de su padre a lo lejos.
Le pidió súbitamente al cochero que frenara los caballos.
El coche se detuvo, bajó la joven apresurada del carruaje cuando el cochero le impidió el paso.
—¿Qué sucede, por qué no me deja pasar? Ahí está mi padre, necesito saber del paradero de mi madre.
—No, señorita, mi deber es protegerla, si le pasara algo, su esposo no me lo perdonaría. ¿No ve como están aquí las cosas?
—Vale, hombre, entonces vaya y dígale que estoy aquí, apresúrese.
Pancho e Ignacio buscaron la forma de apoderarse del palacio de gobierno junto con José, Tomás, el padre de Pamawari y con la gente que habían reunido desde criollos, hasta esclavos negros.
Incendiaron la puerta principal y con varios troncos de madera golpearon la puerta una y otra vez, hasta que por fin pudieron entrar y luchar con los soldados que resguardaban el lugar.
La gente corría de aquí para allá; otros caían del segundo piso por el barandal. Jarrones, vajillas, esculturas, se rompían sobre piso en mil pedazos. Mujeres españolas, niños y sirvientas de diferentes castas gritaban corriendo, buscaban la salida para no ser asesinados o apresados.
MILITARES ESPAÑOLES QUEMABAN LA MEJORADA.
Corrían de aquí para allá los niños y sus madres como presas inocentes e indefensas, culpables de su único pecado, nacer en tierra conquistada por los más fuertes.
Muchas mujeres fueron apresadas mientras los niños corrieron dentro de la selva para esconderse, pero Canek cayó en manos de un militar, al que el niño hirió en la pierna con el cuchillo que le había dado su padre.
El soldado cayó al piso, pero los gritos del hombre alertaron a otro que de inmediato tomó al niño del cabello y de la mano, le quitó el cuchillo apresándolo, llevándoselo amarrado junto con las madres de sus amigas en una carroza rumbo a la ciudad.
Itzel, Pamawari, Elisa e Inocencio, se encontraban solos y escondidos con otros niños en la selva.
Lloraban por lo ocurrido a sus madres y a la comunidad en general.
Después de la batalla, que duró cuatro días, los españoles, siendo más fuertes en materia militar y armamento, terminaron como vencedores capturando a los rebeldes aún vivos y heridos.
La ofensiva en la ciudad había sido larga y cruenta.
El teatro y otros edificios enigmáticos con imponente tamaño y arquitectura estaban cubiertos de tizne y perforaciones de mosquetes en sus muros, así como humo en sus espacios, por lo que tuvieron que ser abandonados.
El edificio de la Santa Inquisición, finalmente, fue recuperado por los militares españoles.
El padre Sandoval, así como varios de los rebeldes, comenzando por Pancho, Ignacio, Tomás y José, fueron apresados en una de las celdas.
Más tarde, Vicente se reuniría con ellos en los calabozos, él había sido capturado en uno de los caminos hacia Mérida, perdiendo la oportunidad de enfrentarse con el enemigo, hecho que lo tenía enojado y sumido en la tristeza con una gran impotencia.
Las madres de los niños fueron trasladadas a las mazmorras de la cárcel de la ciudad.
Sabían que el destino final sería la horca en la plaza principal o el fusilamiento, frente a la catedral, a modo de escarmiento y lección para los demás habitantes que intentasen rebelarse contra la corona española.
Formados en una línea, los hombres fueron acusados por traición, entre ellos estaba el padre Sandoval.
Les vendaron los ojos, pero en el momento del fusilamiento, el religioso se quitó la venda y levantó los brazos al cielo.
Sostenía un rosario de madera en la mano derecha ensangrentada, por el proceso de degradación eclesiástica, ambas manos y yemas de los dedos fueron raspados con un cuchillo.
Cayó al suelo hincado, rezó una oración en latín y terminó con la frase: Que viva Dios, que muera el mal gobierno .
Después de eso, el fusilamiento estalló en las cabezas de los otros hombres sentenciados, así como en el pecho del sacerdote franciscano, cuyas balas de los mosquetes lo dejaron sin vida casi de inmediato, manchando su túnica blanca.
Finalmente, una bala hirió su corazón de donde brotaba la pasión y la esperanza de libertad, abandonándose a la muerte y resignándose al ímpetu de los que en esa tierra se quedaban con esperanza aún de luchar.
El cochero de clara, que había visto a su padre a lo lejos, se acercó rápidamente a Diego de Mendoza y le comunicó que su hija se encontraba en la carroza, señalándole la ubicación.
Mendoza se alejó del campo de batalla en busca de su hija para protegerla, Velázquez y el cochero lo siguieron, subieron al coche y se alejaron del lugar lo más pronto posible hacia algún camino a las afueras de la ciudad, donde se encontrarían momentáneamente a salvo.
—Padre, ¿dónde se encuentra mi madre?
—No lo sé, hija mía, regresé de caza a la hacienda y ya no se encontraba nadie, seguramente se la llevaron esos rebeldes.
—¿Y qué vamos a hacer? Debemos recuperarla cuanto antes, su estado de salud es delicado.
—Si es que aún se encuentra con vida —exclamó Mendoza con voz entrecortada.
—No diga eso, padre, ya verá que pronto estará con nosotros —Clara intentaba dar ánimos a su padre.
Mendoza, Clara y Velázquez buscaron con desespero a sus familiares heridos en los conventos de ayuda.
Investigaron entre los detenidos en las mazmorras y cárceles de la ciudad si había algún conocido, pero no tuvieron suerte.
Pareciera que la tierra se los hubiese tragado.
Clara, en cuanto podía, se detenía para ayudar un poco a los heridos, pero su padre la reprendía, recordándole cuál era el objetivo de su búsqueda.
A lo lejos, por un callejón fuera del convento, se hallaron con unos conocidos que eran españoles, se encontraban muy malheridos y estaban sentados en la tierra.
—Don Sancho, don Carlos, pero ¿qué les ha sucedido? Acompáñenos, nosotros los llevaremos al convento, están muy malheridos —les propuso Velázquez con preocupación.
—¿Ustedes tienen noción de lo que aquí acaba de acontecer? Sus sirvientes y conocidos, Pancho e Ignacio, me pareció haberlos visto luchando junto a los revoltosos, ¿acaso son todos ustedes unos traidores?
—¡Nada de eso! Se equivoca, don Carlos, nosotros somos fieles a la corona, y si ellos estuviesen involucrados en esta revuelta, no nos puede culpar directamente, créame, nosotros somos inocentes, lo desconocíamos.
Lo único que en estos momentos nos importa es saber el paradero de nuestras familias, están desaparecidas desde que comenzó el levantamiento, estamos desesperados, aún no sabemos nada de su paradero —Mendoza trató de convencerlos de su inocencia.
—Vale, vale, vayan con cuidado, quizá puedan dar razón de sus familias, que llevarse a personas inocentes no es de Dios, ojalá paguen por el daño que esos desgraciados han ocasionado a tanta gente inocente —contestó Don Sancho.
—Y sobre todo llevarse al pobre de Santiago, mi hijo, que es apenas un niño —exclamó con amargura Velázquez.
EN LAS MAZMORRAS DE LA SANTA INQUISICIÓN aguardaban su destino Pancho, Ignacio, José, Tomás y Vicente, entre la cálida luz de las antorchas que avivaban un poco los ánimos e iluminaban los pasillos con sus movimientos flameantes.
Buscaban la forma de escapar, pero las celdas se encontraban muy bien custodiadas por los militares, era casi imposible, en ellos había una leve luz de esperanza.
Pensaban en sus familias, en el pasado, en el presente y en un futuro incierto, no encontraban solución alguna.
Hablaban, discutían, resolvían y regresaban al mismo lugar, a un callejón sin salida, a un destino con sentencia mortal.
En momentos de debilidad se arrepentían por exponer a sus familias y a sus pueblos al desastre, a la muerte, rogando a Dios piedad por sus almas, las almas que dieron su vida por la causa y por las vidas de los suyos.
En otros momentos la fuerza emergía de lo más profundo de su ser deseando salir victoriosos, libres de las ataduras a las que se encontraban sometidos desde varias generaciones, buscando una salida, principalmente al encierro que los inmovilizaba.
A la mañana siguiente, los acusados despertaron por los cálidos rayos del sol, que entraban por una pequeña ventana hacia el interior del edificio, y también por el golpeteo de los martillos que hundían con fuerza los grandes clavos sobre los tablones que reforzaban la horca en la plaza pública, junto al mercado.
Los rebeldes eran conducidos de las cárceles con grilletes en los tobillos para ser sentenciados en la plaza pública.
Avanzaban en una sola fila, primero los hombres, después las mujeres.
Eran tantos que debían agruparlos de ocho en ocho, ya que el espacio en la horca no daba abasto para tantos.
Vicente, José y Tomás iban en el primer grupo, mientras avanzaban, los jueces civiles anunciaban a viva voz su veredicto, encontrándolos culpables de los cargos por traición a la corona.