Orgullo Mestizo LA REVUELTA #3
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LA REVUELTA #3

Se enteraba cada vez más de la política por su esposo, e intentaba mantenerse informada leyendo libros o algún periódico clandestino que le hacía llegar su criada.

Cuando estaba sola y sin saber qué hacer, pensaba en Juan Alfonso y se estremecía de tan sólo especular que su esposo la estuviese engañando con cualquier otra mujer.

Sus celos no eran sólo alucinaciones suyas, comenzaron a crecer desde que encontró, por accidente, unas cartas de amor dirigidas a él, que Juan Alfonso había escondido en una pequeña caja en su despacho.

Juan Alfonso llegó a caballo a su casa de doble planta, en el centro de la ciudad donde vivía con su esposa.

Iba acompañado de algunos hombres de su regimiento, después de un largo viaje y de sofocar alguna que otra revuelta en algunas ciudades de la Nueva España.

Descendió del caballo, al entrar buscó el recibimiento cálido del abrazo alegre de su mujer, pero a cambio de eso salió a su encuentro una de sus sirvientes para ayudarle con su equipaje.

Sabía que algo no andaba bien. Subió de inmediato a su habitación.

Al entrar, la miró de espaldas y con un fuerte abrazo rodeó su pequeña cintura, sintiendo como Clara, inmediatamente, le quitaba bruscamente los brazos de encima.

—Me marcho con mi madre un mes —le informó Clara con voz temblorosa y con un toque de firmeza.

Ambos estaban en su habitación y discutían mientras ella empacaba su ropa en un baúl.

—¡No! ¿Acaso le he dado autorización para marcharse? ¿Acabo de regresar de un viaje y así es como me recibe?

El esposo la tomó del brazo y la jaló con fuerza, quitándole lo que sostenía entre sus manos.

—Dígame, ¿qué le sucede? ¿Acaso no le he dado cuanto ha querido? Lo que pasa es que es una niña mimada, nada le es suficiente, ustedes las mujeres siempre quieren más, son insaciables, joder.

Clara intentó zafarse de la fuerza de su mano y del poder que ejercían su influencia y palabras sobre ella.

Lloraba, pero él se burlaba y se reía de sus sentimientos, haciéndola sentir poca cosa mientras ella, en silencio, se preguntaba, dónde había quedado el amor, la dulzura y el coqueteo que él le regalaba con esmero.

Se sentía ridícula por llorar, pero no lo podía evitar, las lágrimas le salían solas.

Era tanto el dolor que sentía en su corazón, que intentaba no demostrar debilidad por la actitud fría de su esposo.

—Pues me voy, me voy con el mismo derecho que se ha otorgado para faltar a uno de nuestros votos matrimoniales —y sacó de su pecho tres cartas que había tomado de la cajita y se las arrojó a la cara.

—Ahora dígame que son mentira cada una de sus infidelidades. Dígame en qué le he fallado, dígamelo, si apenas fue ayer cuando me juraba amor eterno —le gritó Clara con una voz sofocada y débil.

Juan Alfonso no supo qué decir, tuvo que admitirlo, era absurdo negarlo. Recordó las palabras que en algún momento le habían aconsejado su padre y sus amigos, sobre todo Agustín, su mejor amigo: cuando te veas descubierto niégalo todo, siempre niégalo .

—Váyase entonces y cuando esté más tranquila hablaremos, pero debe saber que el divorcio no pasará nunca, es inadmisible en mi familia.

—¿Eso es lo que hace cuando se va a Valladolid a una de sus misiones? Porque una de las cartas la firma una mujer con lugar en esa ciudad. ¿Así que Agustín es el alcahuete de sus infidelidades? ¡Válgame Dios! Y saber que conmigo se comporta como un hombre recto y decente.

—Agustín nada tiene que ver en esto, así que déjelo.

—Ya decía yo que ese don Agustín de Iturbide ningún bien le iba a hacer, si su padre, un español amante de los naipes y de las apuestas, no podría conducir a su hijo por buen camino y ahora esa misma influencia se ha sembrado en usted. Pero cómo ha cambiado, esposo mío.

—¡Basta ya, le he dicho! —le gritó Juan Alfonso levantando la mano derecha por encima de su cabeza.

La diligencia salió de Campeche por los caminos a Ticúl en Mérida, elevando el polvo que dejaba a su paso, dirigiéndose hacia la hacienda Mendoza.

Clara no paraba de llorar, más por el dolor que en el alma le había dejado las infidelidades de su joven esposo, que por el golpe propinado en la mejilla y las marcas de los dedos que rodeaban su cuello.

Tenía sentimientos encontrados, por un lado, deseaba parar el coche, dar media vuelta y regresar a los brazos de su amado, llorarle y pedirle perdón, pero por otro, vengarse y hacerle pagar por cada uno de sus golpes y sus traiciones.

Incrédula y orgullosa, no daba crédito a tales humillaciones, ¿cómo era que a una Mendoza se le faltara el respeto de esa forma, hija predilecta de un importante comerciante y hacendado español que la trataba constantemente como una princesa?

Pero pesaba más el orgullo, los consejos e influencia de las señoras de sociedad quejosas de sus maridos, las que había escuchado en las reuniones de las tertulias, que el mismo sentimiento amoroso que sentía por él.

PANCHO, AL VER LA MULTITUD DE PERSONAS, hombres, mujeres y ancianos luchando por sus derechos contra sus adversarios peninsulares, recomendó a Leonor, Jesusita, Dolores, Concepción —mamá de Pamawari—, y a las otras mujeres que iban con ellos para rescatar a sus hijos de la Inquisición, que fueran a las comunidades indígenas más cercanas para refugiar a los niños y ponerlos a salvo, mientras ellos luchaban junto con las castas y se apoderaran del palacio de gobierno.

—Vicente, podría acompañarlas para que no estén solas en el trayecto y no tengan ningún contratiempo —le pidió de favor Ignacio a su amigo.

—Por su puesto, don Ignacio, no tenga ningún pendiente, yo velaré por todos, los llevaré a la Mejorada y los alcanzaré más tarde en el palacio de gobierno.

Corrían de prisa los niños con sus madres y Vicente. A cada uno se les había dado un palo, piedras afiladas y un cuchillo por si llegaban a caer en manos enemigas, que pudieran defenderse con algo. En el camino veían como algunas de las chozas y haciendas eran incendiadas.

—¡No se detengan, niños! —gritaba Concepción.

Al llegar a la Mejorada, observaron que algunos ancianos indígenas acogieron a las mujeres y a los niños. Canek, al ver que su padre lo dejaría ahí, se aferró fuertemente de su cuerpo para no dejarlo ir.

— Aal , debo irme, regresaré por usted, lo prometo, es mi deber luchar contra los gachupines y liberar nuestra tierra. Le prometo que seremos completamente libres, ahora cuide de sus amigos.

—Sí, taataá , lo haré, se lo prometo.

Vicente se fue de prisa por los caminos que conducían hasta Mérida.

Sabía que podría tener complicaciones a su regreso, pero la adrenalina en su sangre y su sed de justicia eran más poderosaa que el miedo que pudiera sentir en esos momentos.

Era el día que había añorado, por fin se enfrentaría a sus enemigos y lucharía sin importar las consecuencias, liberar a su pueblo de las injusticias, pero, sobre todo, vencer a sus viejos fantasmas lo motivaba a llegar hasta el final de lo que pudiera pasar.

Recordaba con tristeza su infancia dura, llena de maltratos y abusos.

Por otro lado, los hacendados Velázquez y Mendoza montaron a caballo con sus sirvientes hasta la hacienda de Mendoza, se percataron de la soledad que habitaba entre sus muros.

Su familia tampoco se encontraba ahí, al igual que ninguno de sus sirvientes.

Cosas regadas en el piso entre los pasillos y las habitaciones, tortillas a medio hacer estaban sobre el comal, debajo de él con algunos restos de carbón encendido.

Las señales indicaban que habían dejado la hacienda apresurados y a la fuerza.

Nerviosos, emprendieron camino hasta Mérida, cuando se dieron cuenta del golpe que la rebelión de las castas y criollos habían comenzado, entonces temieron lo peor.

—Mendoza, esto es inaudito, nuestras familias seguramente cayeron en manos de sabrá Dios quiénes. ¿Dónde los buscaremos?

—No lo sé. Busquemos entre la gente a nuestros sirvientes, quizá ellos los tienen secuestrados o sepan quién los tiene retenidos —pero no reconocieron a nadie entre la multitud.

El carruaje de Clara llegó a la hacienda Mendoza. Algo extraño había ocurrido. Sentía en su pecho y estómago una sensación extraña, un vacío indescriptible, su piel se erizaba sin entender el motivo, se trataba de un mal presentimiento.

—Señorita Clara, espere aquím se lo ruego. Déjeme que vaya a anunciar de su llegada —el cochero sentía la misma sensación que ella, no quiso alarmarla y prefirió cerciorarse de que todo se encontrara en normalidad.

Pasado un buen rato, que para Clara había sido una eternidad, llegó el cochero y le informó de la ausencia de sus padres y del personal que laboraba.

—Seño, la casa se encuentra vacía y en un completo desorden, algo pasó aquí.

—Encaminémonos hacia Mérida y llevadme a visitar a los amigos de mi padre, quizá ellos nos den razón de lo sucedido —le ordenó Clara nerviosa, con un nudo en la garganta y con una gran incertidumbre.

Tenía la impresión de que pasaba algo extraño.

Recordó las pláticas que llegó a tener en las tertulias, donde sus amigos criollos de buena posición auguraban un levantamiento tarde o temprano por parte de las castas, por el hartazgo hacia la justicia que no se cumplía correctamente y los abusos de poder.

Llegando a la ciudad, se dio cuenta desde su carruaje que sus amigos tenían razón, el levantamiento era una realidad, preocupada pensaba en sus padres.