LA REVUELTA #2
Inocencio, mientras tanto, caminaba por los pasillos del Santo Oficio con la intención de que lo vieran los guardias que protegían la oficina del prior.
Empezó a correr y a tumbar cosas intencionadamente.
Los guardias comenzaron a seguirlo sin sospechar nada, conocían muy bien al señor cura, sabían que no corría ningún riesgo y mucho menos con la presencia de un niño, que además lo ubicaban bien.
Inocencio sabía la ubicación de los calabozos, donde estaban encarcelados los demás niños, porque ya los había visitado anteriormente y gracias a un mapa que el cura Pascual le había enseñado y hecho memorizar en la parroquia mientras planeaban el golpe, así que condujo a los guardias hasta ahí, donde había otros escoltas.
—Escuincle, venga acá, le vamos a hacer encarcelar ahora mismo. Mocoso estúpido, usted solito llegó hasta los calabozos, pero qué ingenuo, ya verá cuando lo atrapemos —reían y se burlaban los hombres.
—Camaradas, enciérrenlo aquí, mientras vemos qué hacer con él. Nosotros tenemos que regresar a la puerta del prior para custodiar, ustedes vayan a avisar a su superior de este incidente para ver cómo proceder contra este imbécil niñato.
Encerraron a Inocencio en la celda de Canek, quien se encontraba demacrado por tanto esperar, hambriento y sucio. Se reconocieron y se abrazaron.
—¿Por qué te encerraron a ti también, Inocencio?
—Me mandaron el padre Sandoval y el cura Pascual por ti, pero no tenemos tiempo, traigo pólvora y explosivos, ayúdame a hacer fuego para explotar la ventana. Tú vas a poner un poco en este muro que da a la celda de las niñas y yo pondré más en el muro que da hacía la ventana de la calle.
—¿Itzel, pueden oírme? —gritó con fuerza Canek.
—Apártense del muro izquierdo que ven de frente, vamos a volarla.
—Sí, te escuchamos, te escuchamos —gritaron las tres niñas y se apartaron junto a otras reclusas con las que se encontraban.
Los niños comenzaron a prender fuego rápidamente con la ayuda de unos palos y la paja de lo que era la cama, logrando explotar casi al mismo tiempo los dos muros.
Las niñas, nerviosas y aturdidas, tosían por el polvo provocado, no sabían muy bien lo que pasaba, hasta que vieron a Canek cubierto de hollín asomado por el orificio que se había hecho, haciéndoles señas de que lo siguieran.
Con las manos, quitaron los escombros y se encontraron en la siguiente celda.
Vieron a Canek y a otro niño intentando quitar los restos de piedra que estaban entre el muro y la ventanita, corrieron en su ayuda.
Sus padres se encontraban del otro lado ayudando a los niños a escapar.
El prior se hallaba amordazado, atado de manos y pies a su silla y con un abrecartas apuntando directo a la yugular.
Se escuchó un golpe en la puerta de su oficina, eran los guardias que querían cerciorarse de que todo estuviese en orden, pero al no obtener respuesta, abrieron la puerta y vieron al prior que el señor cura había capturado.
De repente, atrás de la puerta salió el sacerdote y golpeó fuertemente a uno de los guardias en la cabeza con un candelabro de plata.
Cuando el otro guardia iba a disparar con su arma al sacerdote, gritó el cura:
—¡Alto ahí, hijo! Ni se te ocurra moverte y mucho menos disparar.
¿No ves que tengo un arma apuntando directamente a la yugular de tu prior?
Y no voy a dudar en utilizarla, y que Dios me perdone, así que no tienes más opción que obedecer, siéntate, hijo mío.
Sandoval, átalo a la silla y amordázalo también.
Al escuchar las explosiones, los clérigos se voltearon a ver y salieron corriendo de la oficina en dirección de los calabozos, para cerciorarse que los niños hubiesen podido salir sin ningún contratiempo.
El sonido alertó a los demás guardias y estos llegarían en cualquier momento al lugar del siniestro.
Los niños trataban de subir por la montañita de escombros ayudados por sus padres que se encontraban afuera.
Logró salir primero Pamawari, después Elisa, pero en ese momento llegaron los dos guardias que se habían ido anteriormente y comenzaron a gritarles.
Los niños, nerviosos, voltearon a verlos e intentaron ir más a prisa.
Itzel, que pasaba entre la reja de la ventana y los escombros, se atoró con su vestido y, desesperada, rompió el pedazo de tela sin importar si los picos la pudieran lastimar, su padre la jaló y logró salir, pero todavía faltaban Canek e Inocencio.
Los guardias comenzaron a buscar las llaves de la celda entre sus ropajes, pero un golpe los hizo caer al piso, ese golpe provenía de los candelabros que los clérigos traían consigo, pero uno de ellos no se desmayó, por lo que pudo sacar y disparar su arma contra Sandoval, hiriéndolo en el hombro.
Volvió a detonarla disparando ahora contra el cura Pascual en el rostro, este cayó al piso muerto.
Una tercera detonación le dio a Sandoval en el abdomen, logrando detenerlo y que cayera herido.
Canek, al ver que quizá todo estaba perdido, empujó a Inocencio para que saliera, pero este se resistía.
Los padres, gritando de impotencia, incitaban a los niños a apresurarse, pero los pequeños no se decidían.
El guardia había encontrado las llaves y abrió la celda.
Inocencio ya había logrado salir y sostenía de la mano a Canek desde afuera, lo jalaba con desesperación.
El guardia logró agarrarlo del pie, pero el niño lo pateaba en el rostro incesantemente hasta que dejó de sentir que lo jalaba.
El padre Sandoval tenía al guardia amenazado con el arma de su compañero en la cabeza.
—¡Suéltelo o disparo!
El guardia dejó al niño y Canek logró salir de ahí.
Del otro lado, Vicente recibía a su hijo con un abrazo apresurado y emotivo.
Padres e hijos corrieron lo más rápido que pudieron y otros se subieron a sus caballos para que la guardia del santo oficio no los alcanzara que se movilizaban para apresarlos, pero ya estaba un grupo grande de revolucionarios esperándolos, unos a caballo y otros a pie con picos, palos, piedras y armas, ansiosos aguardando el encuentro con Pancho para comenzar la rebelión.
Una gran cantidad de personas de distintas castas entraron por la fuerza a cada edificio de la ciudad de Mérida, asediando la población, enfrentándose con las autoridades e incendiando algunos edificios del gobierno.
EN LA HACIENDA DE LOS MENDOZA se sentía una soledad absoluta.
La partida de Clara y después de Esperanza dejó en completo desierto la casa y los corazones de los Mendoza.
La servidumbre no se encontraba por ningún lado.
Se sentía un ambiente pesado. La esposa de Mendoza se había quedado sola.
Velázquez y Mendoza habían salido de cacería desde hace días, en busca de venados cola blanca, aprovechando el invierno de enero del año 1800.
En el salón de juegos en sus respectivas haciendas, coleccionaban cabezas de animales exóticos disecados sobre los muros, algunos de ellos estaban de cuerpo completo.
La habitación, que los españoles y algunos criollos encontraban fascinante y de alto nivel, era donde Itzel detestaba entrar, le causaba asco, tristeza y repulsión, lugar al cual nunca pudo acostumbrarse.
Mendoza le ganaba a su amigo en su colección por un oso negro que había cazado en los territorios del norte del virreinato en Chihuahua, trofeo que Velázquez le envidiaba a su compañero.
Los dos amigos acudían a las fiestas taurinas y en ocasiones donaban alguno que otro toro de sus establos para la diversión de conocidos y amigos.
Aprovecharon esa ocasión la liberación del veto, que durante dos años había sido impuesto para este tipo de práctica en muchos estados por parte del virrey Félix Berenguer de Marquina, que había sido disuelto por el nuevo virrey, Iturrigaray.
Mendoza y Velázquez acudían con frecuencia a cazar.
Recordaban las anécdotas de su juventud cuando ambos asistían a las fiestas de san Fermín en Pamplona.
Se mostraban sus cicatrices como medallas de valentía y recordaban que, en aquellas ocasiones, sumergidos en el alcohol, corrían por tres minutos para salvar sus cuerpos esquivando alguna cornada o pisotón por parte de los toros.
Los amigos regresaron a la hacienda de Velázquez, pero no había nadie, ni su familia ni la servidumbre.
Comenzaron a preocuparse. No entendían qué pasaba, solo se escuchaba a lo lejos el canto y revoloteo de los pájaros que se resguardaban debido a la puesta de sol; ya comenzaba a anochecer.
Velázquez gritaba los nombres de sus hijos, esposa y los que estaban a su servicio, sin conseguir respuesta alguna.
—Amigo, esto no me gusta nada. Acompáñeme a mi hacienda y preguntemos a mis peones y a mi mujer, para que nos den razón de lo ocurrido aquí —le expresó Mendoza a Velázquez preocupado.
LA NUEVA VIDA DE CLARA EN CAMPECHE no era del todo divertida, las altas expectativas que tenía del matrimonio se iban desvaneciendo de a poco.
Clara se sentía sola debido a los innumerables viajes que tenía que hacer su esposo a la Ciudad de México o a Chiapas, y cuando él se encontraba en casa, se volvía cada vez más frío e indiferente.
Las tertulias que se organizaban en su casa, o en las casas de algunos de los matrimonios que había conocido en la ciudad y la lectura, eran lo único que la mantenían ocupada y divertida.
Mandaba en la casa con esmero, pero lo suyo era aprender cosas nuevas, diferentes a las que hacía cualquier mujer hogareña de la época.