LA REVUELTA
LAS HABITACIONES PARECÍAN UN CALABOZO. Las paredes, en algún momento, habían sido del color de la piedra natural, pero con el paso del tiempo y la humedad, su color se había tornado de verde musgo en sus extremos, así como también la pared que tocaba el piso de piedra.
El agua se filtraba por las goteras del techo y las puertas estaban carcomidas por las polillas, rechinaban al abrir y cerrar por el paso apresurado de algún caso que perseguir.
Los niños se encontraban cada uno en una habitación de los edificios del Santo Oficio en Mérida, edificio de la Inquisición.
Estaban siendo interrogados por dos sacerdotes franciscanos, que habían estudiado en la excelentísima real Universidad de Alcalá de Henares en España.
Uno les hacía preguntas y el otro tomaba notas de lo que decían.
El obispo y los sacerdotes hacían preguntas sin sentido, y los niños, confundidos, intentaban contestarlas sin lograr convencerlos de su inocencia.
Esas cuatro paredes habían albergado cientos de declaraciones, que, dependiendo de la percepción del juez de turno, hacían que los acusados terminaran en una de las máquinas de tortura y muerte a la que le llamaban el garrote.
La agonía que sufrían los acusados al ser torturados era mortal, en ocasiones eran expuestos en la plaza principal frente a las miradas de todos, sin embargo, no los quemaban en la hoguera como solía ocurrir en alguna plaza de España.
Los niños temían que ese fuera su destino.
Era tal la perversa imaginación de quienes las diseñaban, que nadie podía creer las atrocidades que ahí se cometían en nombre de la paz y el orden religioso.
Esos gritos llegaban hasta donde los niños eran interrogados.
Las mazmorras tenían como huéspedes a los acusados, estaban iluminadas por una ventana pequeña con barrotes, por donde rara vez entraba un poco de viento refrescante, mientras los hombres o mujeres aguardaban el juicio final.
El agua que goteaba de los muros los mantenían hidratados, el hedor de sus desechos orgánicos revolvía los estómagos de los apresados, quienes buscaban la pequeña puerta de madera o la pequeña ventana con barrotes, para aspirar un poco de aire limpio.
—¡Brujería! Eso es lo que hacían en la gruta, ¿no es verdad? ¿Quién les enseñó esa práctica diabólica? —preguntaba el obispo acariciando el cabello de Itzel.
—Nadie, señor, no hacemos brujería.
—¿Y estas estatuas de arcilla, piedra y madera, que estaban colocadas en el supuesto altar? Son magia vudú, niña, a mí no me engañas, demonio.
—No, son sólo muñecos para jugar.
—Pues a mí no me lo parece, se encontraban en el altar, adornadas como cualquier imagen y rodeadas de algunas cosas que parecían ofrendas.
Itzel, llorando de desesperación, no sabía cómo persuadir al obispo.
La adoración a otras imágenes que no fuesen católicas estaba prohibida.
El hombre caminaba alrededor de ella, frotándose el mentón con la mano derecha.
Era un hombre de avanzada edad, con el rostro maltratado y deformado quizá por sus pensamientos y doble moral.
Entre los suyos tenía fama de cruel y la piedad no existía en su mente, a pesar de que aparentaba simpatía.
—Niña mía. ¿Escucha esos gritos? Son de los hombres y mujeres que están siendo torturados, pero podemos evitarles a usted y a sus amigos tanta agonía, dígame nombres y quedará absuelta.
El hombre frotaba sus manos para secarlas del sudor. Un golpe en la puerta interrumpió el interrogatorio.
—Disculpe, señor obispo, la niña esclava ha hablado —murmuró uno de los sacerdotes encargados del testimonio de Pamawari.
El obispo salió de la habitación y le preguntó al sacerdote en voz baja:
—¿Cuál ha sido su confesión?
—Dio el nombre de Pilar, una mulata que trabaja en la hacienda Velázquez.
—¿Pues qué espera? Tráigala de inmediato, y que pague por delito de brujería y herejía.
Y en lo que se refiere al hijo de Velázquez, suéltenlo, no nos conviene que sea torturado.
Recordemos que su familia desciende de un famoso caballero de la corona española, así que buscarnos la enemistad de esa familia no es conveniente.
—¿Y los demás?
—No, a ellos aún no los suelten, hasta que la tal Pilar nos confiese su culpabilidad.
Mientras se revisaban los cargos imputados, las niñas eran separadas de Canek en las mazmorras, y puestas en una celda aparte prohibiéndoseles las visitas.
El único alimento que recibían era pan duro y agua, así estuvieron recluidas quince días.
Santiago, ya absuelto, regresó a su casa e intentó persuadir a su padre día y noche para ayudar a sus amigos, pero no tuvo éxito alguno.
Pancho y Leonor asistían todos los días, acompañados de los padres de Pamawari, Itzel y Canek, para pedir audiencia con el obispo y poder sacar a los niños de ahí, pero igualmente no obtuvieron respuesta.
Pilar, la mujer a la que acusó Pamawari, ya había muerto desde hacía años, pero se le ocurrió a la niña mencionar ese nombre porque sabía que no podían ir tras ella, en efecto, ella era quien le había enseñado junto con su madre sus antiguas tradiciones africanas.
—¿Qué vamos a hacer, Pancho? No podemos quedarnos de brazos cruzados, nuestros hijos tienen quince días presos y no sabemos nada de ellos, me preocupa que los maltraten o no les den de comer, no sabemos ni en qué condiciones los tienen —Leonor, desesperada, se quejaba con su esposo.
—No se preocupe, mujer, no van a durar ni un día más, se lo prometo, hablé con el padre Sandoval, el profesor de los niños, y con el señor cura Pascual, dicen que nos van a ayudar, ellos están de nuestra parte.
—Pues ojalá, porque no quiero que le pase nada malo a mi niña, me preocupa mucho.
Las otras madres se acercaron a Leonor, le dieron comida de la que llevan en sus canastos para reconfortarla, pero se le había quitado el apetito y no deseaba probar bocado alguno.
MIENTRAS TANTO, IGNACIO, JESUSITA y sus hijos mayores, reunían en secreto a la gente conocida para iniciar con la revuelta.
El hecho de que los niños hubiesen sido presos injustamente fue lo que detonó que los ánimos se encendieran entre los hastiados criollos, mestizos, indígenas y esclavos de Mérida.
La gente comenzó a sacar las armas escondidas del anterior asedio e iniciaron a cargar carretas y sacos con ellas dentro, todo aquello con lo que pudieran atacar a los españoles, quienes tenían mejor y más armamento.
Las mujeres se unieron a sus esposos, hermanos y padres, comenzaron a informarles de los movimientos que se efectuaban en las haciendas y en los edificios de gobierno.
La unión entre todas las castas en contra de los gachupines se fortalecía día con día.
—¡Padre Sandoval! ¿Qué noticias tiene de nuestros hijos? —se acercaba Vicente preguntando con nerviosismo.
—No se preocupen, sus hijos se encuentran bien. Hoy mismo los vamos a sacar y para eso necesitamos de su ayuda.
—Sí, padre, díganos lo que tenemos que hacer —preguntó Dolores con cierto entusiasmo.
—Traje conmigo a un monaguillo, él nos puede ayudar, se llama Inocencio.
Inocencio era un tímido niño mulato de 7 años de edad. Pero, a pesar de su timidez, era de mente ágil.
—Gracias, Inocencio, por ayudar a nuestros niños, tenga mucho cuidado, por favor. Es usted muy valiente —Don Pancho le agradeció dándole unas palmaditas en el hombro.
—No hay de qué, don.
Leonor, preocupada, le expresó a su esposo en voz baja:
—Pancho, se ve que él es muy nervioso, además es solo un niño. ¿Cree usted que él va a ayudar a nuestra niña Elisa? Porque a mí no me lo parece.
—Mujer, no se preocupe, el padre Sandoval lo conoce y sabe lo que hace, además, no tenemos otra opción que confiar, encomiéndese a nuestro Señor.
—Pues, si usted lo dice.
—Ven, chamaco, sígueme. Ustedes vayan a la parte de atrás del edificio. Abajo, en el muro, van a ver unas ventanitas del sótano con unos barrotes, aguarden en la tercera ventana.
El niño y el sacerdote entraron en el edificio intentando mantener la calma, respirando lo más natural posible. Estando ahí los aguardaba el señor cura, para entrar a hablar con el prior directamente.
—Vaya, al fin. ¿Por qué han demorado tanto? Bueno, bueno, como sea, encaminémonos con el prior que no tenemos mucho tiempo. Tú, Inocencio, ya sabes lo que tienes que hacer, acompáñanos hasta donde está la puerta de la oficina del prior y distrae a los guardias que estarán ahí custodiando.
El cura Pascual y el sacerdote Sandoval entraron y saludaron naturalmente al prior.
—Pero qué agradable sorpresa, díganme, ¿qué los trae por aquí?
—Gracias por su tiempo, señor prior. Bueno, el motivo de nuestra visita es el caso de los niños pertenecientes a las haciendas Mendoza y Velázquez. Voy a ser claro y hablar sin rodeos, queremos su liberación cuanto antes.
—Pero ¿qué sandeces son esas? ¿Acaso no saben ustedes cuáles son los cargos por los que ellos están aquí? — el prior dio un golpe violento en el escritorio.
—Sí, lo sabemos, y no es de ningún modo nuestra intención ofender a las autoridades eclesiásticas y mucho menos a usted, le ofrezco una disculpa por mi atrevimiento, señor.
—Así es, ha sido un atrevimiento el venir a pedirme a mí tal cosa sin ningún fundamento.
—Escúchenos lo que tenemos que decir, por favor. Si usted no libera en este momento a los niños, van a venir sus padres con sus comunidades a exigir por la fuerza su liberación y esto puede terminar muy mal.
—¿Y con ese discurso tan barato ustedes creen que me van a convencer? Pero ¡qué estupidez¡ ¿En qué cabeza cabe? Salgan ahora mismo, se lo ordeno.