EL COMIENZO DEL CAMBIO #7
Les explicó Itzel a sus amigos, mientras acomodaba los objetos encontrados en el templo maya para el altar, que sus padres le habían contado cómo las tierras donde se encontraba ahora la hacienda, habían sido primero de sus abuelos hasta que llegaron los españoles y se adueñaron de todo, así que no les quedó otro remedio que servirles a ellos.
Otros decidieron seguir con sus costumbres y buscar un lugar mejor donde instalarse, cerca del río, que ahora era la comunidad a donde fueron a consultar al nagual con cabeza de jaguar, algunos de sus parientes aún vivían ahí.
Pero un grito la perturbó, se escuchó proveniente de la garganta de Pamawari y los demás, instintivamente, voltearon para ver lo que sucedía.
Un sujeto la sostenía de la cintura, y así fueron apareciendo más hasta que los ocho hombres habían salido de su escondite para capturarlos.
Santiago los reconoció, eran peones de su padre.
—¡Suélteme! Pero ¿qué hace? Cuando mi padre se entere de esto, usted lo lamentará —gritaba Santiago intentando zafarse del hombre corpulento que lo detenía.
—Su padre es quien nos envió a buscarlo, así que no ponga resistencia.
—Entonces suelten a los demás, se lo ordeno.
—No podemos, tenemos órdenes estrictas de llevar a la hacienda a todo aquel que esté con usted —los peones trasladaron a los niños a la hacienda de los Velázquez.
Ahora los niños se encontraban parados en el pórtico de la entrada en la casa grande.
Los mosquitos ya habían picoteado sus piernas y brazos, gracias a la larga espera.
Era de noche y la incertidumbre no abandonaba sus pensamientos.
De pronto, vieron llegar a lo lejos el carruaje de Velázquez.
Bajó del coche y detrás del hombre poderoso, lo acompañaba el prior de la Santa Inquisición de Mérida, que justamente esa noche era invitado a cenar con la familia.
—Don, este es el bolso que encontramos junto al río, y estos son los escuincles que acompañaban a su hijo en un cenote cerca de aquí. Tenían un altar hecho por ellos en la gruta, con objetos de culto a la Guadalupana, a Jesucristo, pero también a dioses indios y africanos. Debería de ir a verlo.
—Vale, Bernabé, lleva a la niña Elisa a su casa y llévate a los indios también, da razón a don Pancho y ponlo al tanto, que mañana iré yo a buscar a Mendoza.
—Sí, don. Con su permiso.
Elisa, Itzel y Canek fueron acompañados hasta su hacienda, donde tuvieron que explicar lo sucedido a sus padres. Sabían que se encontraban en problemas, pero no entendían la gravedad del asunto.
—¿Y tú, esclava? ¿Cómo te atreves a dirigirle la palabra a mi hijo y, peor aún, hacerte su amiga? —le reclamó Velázquez a Pamawari y la abofeteó fuertemente.
—¡No! Pégueme a mí, a ella no, yo soy el culpable, yo la llevé a jugar con nosotros —gritó de impotencia Santiago, interponiéndose entre su padre y Pamawari.
La niña, agarrándose su mejilla, no paraba de llorar. Los padres de Pamawari, al enterarse, llegaron corriendo e imploraban piedad a su amo, a sabiendas de lo que le podría ocurrir a su hija.
—¡Hágase a un lado! —le gritó a su hijo enérgicamente empujándolo.
—Velázquez, amigo mío, no es la manera. Deja este asunto en mis manos.
¿No ves que son unos pobres ignorantes de Dios?
Mis acompañantes se llevarán a esta niña y a los demás para ser interrogados por el Tribunal del Santo Oficio para que se investigue si hay o no delito alguno por herejía —interrumpió el prior con voz pausada y tranquila.
La súplica del padre y el llanto de la madre de Pamawari no cesaban.
—¡No hemos cometido ningún delito! Solo jugábamos, íbamos guardando cosas que nos encontrábamos en la selva, es todo. ¡Padre escúcheme! —gritó Santiago con valentía.
Velázquez observaba a su hijo con aire indiferente.
—Si es mentira, hijo, usted saldrá ileso de este asunto, pero de lo contrario deberá pagar por sus actos.
—¡Padre, no me haga esto! —suplicaba el niño.
—Don, es apenas una niña, por favor, castígueme a mí, se lo suplico, yo soy el responsable de su actuar —decía el padre de la niña con insistencia.
—Así es, tú también pagarás por su desobediencia, hereje —le contestó el prior con un dedo acusador.
La madre, en el piso, lloraba jalando su mandil y arrancando el pasto por la desesperación, mientras otras sirvientes intentaban consolarla.
AL DÍA SIGUIENTE, EN LA HACIENDA, Mendoza fumaba un puro en su biblioteca.
Abrió las cartas de la correspondencia una a una.
Leyó con sentimientos encontrados la aceptación de su hija Esperanza, de cinco años, en el colegio.
Cada vez se sentía más solo y esa noticia lo entristeció.
Su mirada se clavó en la alfombra persa que había comprado su esposa en uno de sus viajes de negocios a Estambul.
—¡Papá! —entró en la habitación la niña buscándolo.
—¡Entre, guapa! ¿Qué le trae por aquí? ¿Acaso está aburrida?
—Sí, ¿dónde está Itzel? Quiero que me balanceé en el columpio del árbol.
—Niña mía, ella no va a venir por ahora, está en Mérida arreglando unos asuntos.
—Pero yo quiero jugar ahora con ella en el columpio.
—Busque a Rosario para que la lleve.
—¡No! Yo la quiero a ella.
—Mire, ¿sabe lo que dice esta carta? Que usted fue aceptada en el colegio de las monjas concepcionistas para cursar sus estudios.
—¡No! No quiero ir —Esperanza comenzó a llorar tumbada en el piso pataleando sin parar.
Mendoza no sabía qué hacer, generalmente su esposa era quien atendía los berrinches de su hija cuando se encontraba en sano juicio. Les gritaba a sus criadas, sin ninguna respuesta. La hacienda estaba sola.
—¡Mujer! ¿Mujer, dónde estás? —le gritaba a su esposa para que lo auxiliara con la tremenda escena que la niña había montado.
—¿Qué pasa, Rodrigo?
—La niña, no sé qué le sucede, ayúdeme a calmarla.
—Esperanza, mi niña. ¿Qué le pasa?
—Mi papá me va a llevar a otro lado, yo no quiero, yo quiero vivir aquí.
—Hija, tenemos que acatar la voluntad de su padre, si él ya lo decidió, así va a hacerse.
—Pues no, yo no quiero.
—Todas las niñas de su edad se van a los conventos a estudiar y no se discute más, está decidido, y no me haga sacar el fuete —con voz enérgica Mendoza reprendía a su hija.
La niña, al recordar el tremendo dolor del instrumento de castigo que su padre de vez en cuando solía utilizar, trató de guardar la compostura y no quiso indagar más en la discusión. Bajó la cabeza y salió de la biblioteca enjuagándose la cara con el borde de su vestidito.
—¿Es necesario que la niña vaya al colegio?, ¿no podremos esperar hasta el próximo año?
—No, ya está decidido. ¿Acaso sabe usted lo difícil que es entrar a ese prestigioso colegio al que tanto he ayudado?
Las órdenes mendicantes como esa me deben favores y me lo estoy cobrando; a pesar de su cupo limitado, le hicieron un espacio a Esperanza y no podemos desaprovechar la oportunidad.
Además, seamos realistas, no puede usted atenderla, se la pasa todo el tiempo encerrada en la habitación de Rodrigo y ni usted misma se hace cargo de sus propias aflicciones.
La esposa de Mendoza bajó la mirada y se rindió ante tal acusación. Ella sabía lo que le demandaba su esposo era verdad y que su pesar era más fuerte que su voluntad misma.
—¿Cuándo la recibirían? —preguntó la esposa afligida.
—Mañana, así que organice a la servidumbre para que le ayuden a empacar.
En la mañana del día siguiente, Esperanza ya estaba lista con su equipaje para emprender el viaje.
Aguardaba sentada en la sala del porche de la entrada, deshojando una margarita que se había encontrado en el patio de su casa.
Su mirada se hallaba perdida en los pensamientos de soledad e incertidumbre por el futuro que le aguardaba en el convento, lejos de su familia y su habitación de juegos.
Su nana se acercó a ella e intentó animarla, llevándole una muñeca que había olvidado en su equipaje, pero Esperanza solo se le acurrucó en su pecho.
—Nana, no puedo ir a jugar con Itzel ahora, cuando regrese, ¿me llevarías a jugar con los niños? —expresó la niña con tristeza.
—Sí, niña Esperanza, yo la llevaré con ellos.
La carroza, al fin, llegó, y los padres de la niña salieron a despedirla dándole abrazos, animándola con comentarios entusiastas, para que Esperanza no intentara llorar.
Pero la niña se despidió con un abrazo y subió de prisa las escaleritas del carruaje junto con su nana que la acompañaría.
Mientras avanzaba el carruaje, la niña sacó la cabeza por la ventana y con un pañuelo les gritó a sus padres:
—¡Regresaré para jugar con Itzel, aunque me regañen!
El padre y la madre de Esperanza se vieron con mirada de desaprobación.