Orgullo Mestizo EL COMIENZO DEL CAMBIO #6
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EL COMIENZO DEL CAMBIO #6

—Disculpe, don, si me lo permite, la niña blanca es hija de don Pancho, el dueño de la bodega en la hacienda de los Mendoza, y los niños indios sirven allí.

—¿Y la negra?

—Es hija de una pareja de esclavos que trabajan a su servicio, Concepción y Tomás.

—Déjame a solas con ellos.

—Con su permiso.

—¿Cómo es que lo encontraron ustedes y por qué? —les preguntó el hombre dirigiéndose a los niños indígenas y tratándolos como ignorantes.

Elisa se atrevió a hablar, sabiendo que tenía más derecho que los otros niños.

—Estábamos recolectando, mis ayudantes y yo, maíz para la hacienda, don.

—¿Maíz? Si es así, dónde lo tienen, por qué no traen nada con ustedes.

—El bolso que traíamos se quedó en el lugar donde vimos a su hijo tirado de dolor junto al río, y ella —refiriéndose a Pamawari— estaba adentro de la hacienda, nos vio cuando llegamos y nos ayudó.

Velázquez los observó incrédulo y ordenó al esclavo llamar a un peón, para que los encaminase a su hacienda y les divulgase a sus padres lo ocurrido.

Los niños sabían, muy en el fondo, que el padre de Santiago no les había creído del todo, pero aun así estaba en deuda con ellos.

Al salir los niños de la casa grande de Santiago, los esperaban sus padres.

Canek, al ver el rostro de la madre de Pamawari, recordó que ella era a quien había visto en la escena de la sacristía con el sacerdote.

No supo qué hacer, más que bajar la mirada y entristecerse por su alegre amiga.

Sabía que muchas mujeres indígenas, mestizas o esclavas, pero sobre todo esclavas, eran tomadas a la fuerza por hombres más poderosos, y en muchas ocasiones ellas y hasta sus mismos esposos lo consentían.

HABÍA LLEGADO EL DÍA DEL MATRIMONIO de Clara y Juan Alfonso.

Nuevamente, la hacienda, desde muy temprano, ultimaba los detalles para tan anhelado enlace.

En esta ocasión se esperaban pocos invitados.

El momento sería más íntimo, respetando el luto de la familia.

En la cocina tenían días preparando las recetas especiales.

Dolores y Rosario mandaban aquí y allá a las cocineras, incluida Itzel, quien ponía el corazón en cada receta aprendida por su madre.

Siendo las diez horas del día, los invitados y el novio estaban listos, cada uno en su lugar aguardaban la tan esperada entrada de la novia a la iglesia.

La luz del sol se reflejaba en los pocos vitrales de colores que había en los muros laterales del edificio.

Entraba como fuente de colores y disfrazaba el piso de tonalidades múltiples, haciendo bailar la luz al son del movimiento de la música del órgano y de los árboles que hacían sombra e impedían por momentos el paso de la irradiación por las ventanas.

Los niños asistentes, algo inquietos por la espera del comienzo de la ceremonia, se divertían viendo tal espectáculo de color en el piso, y algunos que lograban escapar de la autoridad familiar, corrían al encuentro de la luz para con sus diminutos piececitos pisar y brincar encima de ella alegremente.

Mientras los invitados se encontraban distraídos, se abrió la puerta del templo y apareció doña Mendoza como un espectro, en el umbral de la entrada.

Estaba vestida con su bata traslúcida de dormir, le quedaba más grande que de costumbre; el cabello largo, suelto y enmarañado, su rostro con ojeras por no poder dormir ya desde hacía meses, debido a que se despertaba por las noches perseguida por el recuerdo de su ausente hijito.

Su piel se veía tan blanca que las pecas de su rostro ya se habían desvanecido de tanto llorar.

Parada sin moverse, parecía que la edad le había cobrado la factura muy alta, que los años habían venido junto con la tristeza para poseer su alma.

Los invitados, incluso los niños, comenzaron a murmurar asombrados, algunos de ellos se mofaban al ver el estado de la señora, que, en tiempos mozos, era tan elegante y educada, pero ahora se presentaba en un estado poseído de sonambulismo inconsciente.

—¡Una bruja! —gritó uno de los infantes.

Atrás de ella, las sirvientes, angustiadas, entraron en el templo y con suavidad la tomaron del brazo para así, lentamente, salir del lugar.

Mendoza entendió la tardanza de su esposa al ver aquella escenificación, no sabía si enojarse o echarse llorar.

Juan Alfonso, asustado por lo que sus ojos acababan de presenciar, estaba desconcertado, pero su amada, más bella que nunca, hizo su entrada orgullosa sin saber que minutos antes su madre había hecho la primera aparición.

La muchacha caminaba con singular gracia y porte, detrás de ella, su hermanita Esperanza como paje, vestida de color rosa, le llevaba la cola del vestido.

Clara lucía su ajuar blanco de seda y encaje como una segunda piel.

Portaba mantilla española sobre su rubio cabello recogido, aretes de brillantes prestados de su madre y un listón azul en el ramo natural de rosas blancas y nube, debido a la tradición y buen augurio.

Ella veía como los invitados, todos de pie, murmuraban, mientras que una que otra señorita no aguantaba la risa pícara y se cubría con el abanico para no delatarse; sin embargo, Clara caminaba erguida directo al altar, pero ya con inseguridad y un poco nerviosa, donde la esperaba su bien vestido prometido.

El sacerdote ofició la misa y dio el sermón dirigido a los novios leyendo el pasaje bíblico de las bodas de Canaán.

En eso, reapareció la señora Mendoza, ya vestida decorosamente para el festejo, pero con la mirada perdida, acompañada de dos de sus sirvientes que la condujeron hasta donde estaba Mendoza, quien la miró con paciencia y tristeza.

Finalizó el sacerdote bendiciendo las arras, el lazo, los anillos, y declarándolos marido y mujer. Los esposos juntaron sus manos, se besaron en la mejilla pudorosamente y salieron de la iglesia acompañados de sus respectivos padres.

Entre los invitados se encontraban personas muy importantes del mundo político realista, como los parientes del famoso conde Rul, dueños de la mina la Valenciana en Guanajuato, así como el militar y político español Félix María Calleja junto con su esposa María Francisca, el joven militar Agustín de Iturbide y el arzobispo de México, Francisco Javier de Lizana y Beaumont.

El banquete, como era la costumbre de los Mendoza, basto y de buena sazón, concluyó en migajas y manchones sobre los manteles.

Cada comensal terminó los platos en su totalidad.

Esta vez la fiesta había marchado bien, sin ningún contratiempo, los novios, más enamorados que nunca, partieron a su nueva vida en Campeche donde les aguardaba su hogar.

Esperanza se sentía muy triste, la única hermana que le quedaba la dejaba y sabía que su futuro estaba próximo en el convento, lejos de sus padres por un tiempo donde, a su muy corta edad, le enseñarían a leer y escribir, y más adelante matemáticas, literatura, latín, francés y menesteres que una señorita de sangre española y de buena posición como la suya debería aprender.

La madre de Esperanza cada vez se encontraba sumergida en sus pensamientos, no atendía sus labores en la casa grande, ni a su marido, ni a la única hija que le quedaba como anteriormente lo hacía; vivía reclusa en sí misma.

Varios médicos mandados a traer de la capital del país intentaron descifrar su enfermedad, pero no lograban curarla, decían que su enfermedad provenía de la locura.

Su único pasatiempo era estar en la habitación de su hijo difunto, donde limpiaba y contabilizaba todo, controlando que cada cosa estuviera en su lugar y no permitía que nadie entrara, ni siquiera Mendoza.

LOS NIÑOS CONTINUARON VIÉNDOSE A ESCONDIDAS después de restablecido Santiago, pero su padre presentía que algo no andaba bien con su hijo, ya que salía muy frecuentemente por las tardes y regresaba al ponerse el sol sin decir dónde estaba, cenaba e inmediatamente se iba a su recámara para no tener que socializar con sus padres.

Así que Velázquez decidió mandar a ocho peones para seguirlo e inspeccionar la zona donde los niños encontraron a su hijo cuando la serpiente lo mordió.

Los peones encontraron el bolso de Elisa que, como dijo ella, efectivamente, lo había perdido, pero al abrirlo no había rastros de maíz como ella afirmaba, sino más bien objetos curiosos, como un librito de oraciones, una estatuilla de madera tallada por Pamawari, un collar de conchas, incienso, piedras de diferentes colores, pero lo más sorprendente era el libro de La Divina Comedia con el sello característico de la biblioteca de Velázquez.

Los peones decidieron inspeccionar y dieron con el cenote sagrado.

Entraron a la gruta sorprendidos y, un poco asustados, encontraron el altar que los niños habían levantado para sus dioses en los que cada uno creía, al igual que ciertas pinturas en los muros rocosos hechos por los mismos niños.

—Pero ¿qué es todo esto? —exclamó un peón admirado e inmediatamente se santiguó.

—¡Es brujería! —declaró otro asustado.

De repente, escucharon las voces de los niños y estos se escondieron para no ser descubiertos.

Los hombres identificaron a Santiago y a los demás.

Entraron en la gruta, iban contentos porque continuaban con la limpieza del templo escondido entre la selva.

Se habían encontrado una máscara de jade entre las ruinas y Pamawari la portaba atada con un mecate, mientras que Itzel y Canek les contaban como es que sus padres se habían convertido en sirvientes de la hacienda.

Elisa y Santiago habían hecho las paces recientemente después del incidente.