EL COMIENZO DEL CAMBIO #5
—¿Por qué no me explicaste lo que hacían ahí dentro antes de venir aquí? —le reclamó molesta con cierto nerviosismo que se notaba en sus manos y en su tono de voz.
—Lo siento, nunca creí que te asustarías.
—Algunas cosas de tu pueblo las puedo entender, otras no.
—Sí, discúlpame, no creí...
—Me asuste porque en nuestra iglesia no se hacen este tipo de cosas, ya sabes que el señor cura nos dice que son del diablo.
—Pero no es cierto, no es malo lo que nosotros hacemos, le rezamos a Dios.
—Tienes razón, Itzel. Regresemos a la casa grande, mi mamá me puede estar buscando.
Al llegar a la casa su madre la cuestionó por su ausencia.
—Elisa, ¿dónde andaba?, la estuve buscando por toda la hacienda —Leonor la miraba con cierto interés y preocupación.
—Madre, no se preocupe, estaba con Itzel, me mostraba en el corral algunos de los animales que tienen —la niña guiñó un ojo a su amiga en complicidad.
—Vamos, que ya se hizo tarde y su padre debe estar esperándonos junto con su hermano —se despidieron las señoras y las niñas dejando la casa en silencio.
AL DÍA SIGUIENTE, LOS NIÑOS asistieron a su lugar secreto.
Santiago llevó libros científicos y unas novelas que eran desconocidas para los demás.
Eran libros que para la Inquisición estaban prohibidos, los había sacado a hurtadillas de la biblioteca de su padre.
Elisa tenía un don para la oratoria, a medida que leía, sus amigos sentían como su espíritu se conectaba con las palabras que salían de sus labios, de modo que su cuerpo se movía fusionándose con su voz.
La admiración que se tenían entre ellos era evidente, sabían que cada uno tenía fortalezas y debilidades, aunque, en ocasiones, solían tener diferencias y distintas oportunidades.
Pamawari, que de vez en cuando se tomaba las cosas a broma, se unió a Elisa y comenzó a imitarla, una que otra carcajada salía de su boca.
Los demás agarraron cosas con que disfrazarse y simular una obra teatral siguiendo a las niñas.
—Qué bonito lees, me gustaría aprender a leer, pero a mí me lo tienen prohibido —comentó Pamawari cambiando un poco su humor.
—Si quieren les podemos enseñar. ¿Verdad, Santiago? —Elisa manifestó alentándolos.
—Sí. Puedo traerme algunos libros de la biblioteca y cada vez que nos reunamos aquí, leemos un ratito. El conocimiento da poder, siempre lo dice mi padre.
A Canek le gustó mucho la frase que mencionó su amigo, tanto, que no se la pudo sacar de la cabeza nunca. Así pasaron los días mientras en su escondite los cinco niños se ayudaban a leer antes de ir a jugar.
Era una de esas tardes en que los sonidos y olores de la selva se fundían con el canto de los pájaros, algunos changos se mecían en los árboles y un olor inconfundible a barro mojado impregnaba el lugar.
El cielo comenzó a nublarse mientras los niños jugaban agarrados de las lianas de los árboles, y se meneaban para brincar lo más lejos posible riéndose a carcajadas.
Canek se subió a una liana y, balanceándose en el aire, cayó encima de unas piedras blancas de gran tamaño con forma cuadrada, enterradas en el piso, e inmediatamente se dio cuenta que la tierra y la naturaleza le hablaban.
Levantó la vista y vio ante sus ojos una enorme montaña cubierta de árboles.
En ese preciso momento sintió una corazonada, caminó lentamente hacia el frente intentando quitar la maleza, y unos escalones nacían de la tierra, uno a uno.
—¡Vengan acá! Ayúdenme a quitar los matorrales, pronto, creo que sé qué es esto —gritó el niño emocionado.
Los demás le obedecieron. La intuición de Canek se hacía más intensa, sentía como retumbaba en sus oídos el palpitar de su corazón.
—Canek. ¿Qué es lo que estamos buscando? —preguntó Santiago desconcertado.
—Un templo.
—Pero los templos no están entre los árboles, mejor sigamos con las lianas —dijo Elisa enfadada.
—¡Escucha! Cierra los ojos —le expresó Itzel a Elisa.
—¡Vamos, ayúdenme! —Canek les decía imperiosamente mientras quitaba la maleza.
—Pues yo no escucho nada. Y creo que solo perdemos el tiempo, vamos, niñas, síganme —en un tono arrogante Elisa se dispuso a marcharse.
—¡Joder! ¿Por qué no te callas? —Santiago, molesto, levantó la voz.
—A mí no me hablas así, niño odioso y grosero. ¿Acaso no te educaron? —contestó Elisa.
—No puede ser, se la pasan discutiendo. Mejor ayuden —Pamawari les reclamaba a ambos.
Subieron nueve escalones de piedra con tierra, mientras iban quitando la maleza que estaba a su paso.
Elisa, sentada en una roca, los observaba, pero algo que parecía una pared de piedra se mostró ante los ojos de Canek.
El niño se aproximó y comenzó a limpiarla desesperadamente.
Una placa de piedra con los extremos casi unidos apareció como una puerta cerrada.
—Es una puerta, la puerta de un templo. ¡La encontraste, Canek, la encontramos!— comenzaron a brincar y gritar emocionados.
—Tenemos que avisar a los ancianos —comentó Itzel.
—¡No! —replicó Canek y se paró en seco.
Pamawari, Santiago y Elisa no comprendían lo que sucedía, el porqué era tan importante esa puerta.
Canek se dio cuenta de ello por lo que decidió explicarles que era un templo que su abuelo le había comentado cuando era más chico, y que si ese templo algún día era descubierto, el hombre blanco se encargaría de destruirlo y que saquearían la cámara del rey, robando el tesoro de jade que habitaba en él.
Ese día, una maldición mataría a quien profanara la tumba, entonces una tragedia caería sobre el pueblo.
—Jajajaja, pero qué sandeces dices, Canek, qué imaginación la tuya, esto no es nada más que piedra, eso es todo —se expresó Elisa con cierta ironía.
—Es insoportable, no la aguanto más. ¿Por qué somos sus amigos? Eres una amargada, si no te gusta lo que hacemos, ¿por qué no te vas? —Santiago, desesperado y manoteando en el aire, hizo explotar sus sentimientos.
—¡Pues que te den morcilla! Los demás sí son mis amigos, tú no —le gritó Elisa a Santiago mientras se cruzaba de brazos.
—Soy yo el que ya no quiere jugar con ustedes—les reclamó Canek.
—Canek, no te enojes con ellos —Itzel trató de calmar a su amigo.
—¿Y si seguimos buscando? Algo más podemos encontrar —Pamawari entonaba una canción alegre con ritmo pegadizo.
Canek, Itzel y Pamawari continuaron con la limpieza de la puerta, mientras que Santiago se encaminó hacia el sendero de vuelta a su hacienda, a pocos kilómetros pasando el río.
Elisa, molesta, tomó su pequeño bolso donde cargaba con algunos de los tesoros infantiles que encontraba durante las excursiones en compañía de sus amigos.
Ninguno se despidió y cada uno se fue por su lado.
Mientras Elisa caminaba hacia su casa, cerca de la hacienda de los Mendoza, se iba diciendo:
—Yo no sé por qué sigo perdiendo el tiempo con esos niños, todos son tan diferentes a mí, debería mejor seguir con la clase de bordado o cocina.
Elisa se acercó a la orilla del río y escuchó un grito de dolor, presintiendo lo peor, reconoció la voz, era Santiago. Aventó el bolso mientras corría a buscar a su amigo.
—¡Santiago, Santiago! ¿Dónde estás? —gritó desesperada intentando encontrarlo.
Pero el niño seguía gritando y llorando.
Al fin lo vio a lo lejos del otro lado de un riachuelo.
Lo atravesó brincando, de piedra en piedra, intentando no resbalar ni perder el equilibrio, hasta cruzarlo por completo.
Se aproximó a él y se hincó pálida. El niño se revolcaba en el pasto con lodo.
La niña le sostuvo la pierna derecha con fuerza, pero no dejaba de moverse, hasta que ella se subió encima para ejercer más fuerza sobre él, arrancándole una parte del pantalón como pudo.
Entonces vio la herida de la mordedura de una serpiente y sin pensar en ello intentó exprimir todo el veneno con la boca, como le enseñaron en el internado, escupiéndolo con la sangre mezclada, que brotaba de la herida sin cesar.
—¡Joder, no te muevas!
Santiago no dejaba de gritar por el dolor. Los demás niños, que ya venían de regreso, se encontraron con Elisa y Santiago, dándole los primeros auxilios y salieron corriendo para ayudar.
—Pero ¿qué le pasó? —preguntó Pamawari asustada.
—Vamos, ayúdenme a llevarlo a su casa, le ha picado una víbora —gritó preocupada Elisa.
Entre todos lo llevaron a la finca, pero al llegar a la entrada del terreno, Santiago no resistió más y se desmayó.
Las niñas se quedaron con él mientras Canek fue en busca de algún peón o esclavo que los pudiera auxiliar.
El esclavo que se encontró pidió ayuda a otros peones quienes corrieron en busca del médico de la hacienda.
Mientras llegaba, el esclavo lo cargó hasta su habitación donde lo recostó en su cama.
Sus padres, angustiados, esperaban el diagnóstico, mientras el médico hacía lo posible por extraer el veneno que había quedado en la herida.
Con compresas de agua fría, la madre del niño trataba de bajar la fiebre que ya se había apoderado de su cuerpo.
Los amigos del niño esperaban impacientes en el recibidor alguna noticia, pero solo veían a la servidumbre correr de un lado a otro llevando utensilios que el boticario había pedido.
Ya había anochecido. Pasaron dos o tres horas después del incidente.
La casa se encontraba más tranquila y, al parecer, ya había superado el peligro.
El padre del niño salió de la habitación y vio en el recibidor a los niños sucios de barro y angustiados, el esclavo que trasladó al niño estaba con ellos.
—Don, estos son los niños que trajeron a su hijo.
Velázquez los vio de arriba abajo con mirada incriminatoria. El esclavo se percató de ello y los justificó diciendo:
—Don, si no hubiese sido por ellos, su hijo ya estaría muerto a esta hora.
—Nadie te dio la autorización para hablar —comentó bruscamente Velázquez tratando a su esclavo de forma petulante.