Orgullo Mestizo EL COMIENZO DEL CAMBIO #4
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EL COMIENZO DEL CAMBIO #4

—Itzel, perdón, señor, quiero decir María Guadalupe Victoria.

—Yo la bautizo ahora como hija de Dios, en el nombre de Dios padre, Dios hijo y Dios Espíritu Santo, como María Guadalupe Victoria. Ahora toma por primera vez el cuerpo y la sangre de Cristo.

—Amén —contestó Itzel.

Seguía el turno de Canek.

—¿Cuál será su nombre ante Dios nuestro señor, y ante la Santísima Trinidad, niño? —le preguntó el obispo.

El niño, confundido, sintiéndose muy pequeño, miraba encandilado aquel enorme retablo. Contestó con voz decisiva:

—Canek, ese es mi nombre.

—¿Qué acaba de decir?

—¡Canek! ¡Serpiente negra! —gritó el niño.

El sacerdote se santiguó y le aventó agua bendita asustado.

—¡Satanás, has de ser! Retírate de mí y regresa a tus tinieblas, te lo ordeno en el nombre de Jesús.

Los padres de los niños, al escuchar el alboroto, se acercaron hasta donde estaban sus hijos y el obispo.

—¿Qué sucede? ¿Por qué le dice esas cosas a mi hijo? —le reclamó Vicente al obispo.

—Taatáa , yo soy Canek, siempre me han llamado así, no quiero bautizarme.

—¿Pero qué estupideces está diciendo, niño? Continúe el bautizo, padre, se llamará Pedro —le recriminó su papá golpeándolo con un zape en la cabeza delante de todos.

Al niño, llorando de impotencia, no le quedó más remedio que obedecer, bautizarse y comulgar.

Su amiga lo veía como un héroe. La imagen de aquel niño brusco y grosero se iba desvaneciendo conforme lo iba conociendo cada vez más, a pesar de terminar cediendo ante el reclamo de su padre.

Itzel entendió que, si él hubiese sido más grande, quizá un adulto, más fácilmente hubiese hecho su voluntad y quizá ella hubiera hecho lo mismo.

La misa había terminado y los presentes salieron apresurados para el inicio de la procesión de la Guadalupana.

El virrey había prohibido, bajo la pena de dos meses de cárcel, la venta de comida y juguetes a petición del obispo, debido que las procesiones parecían más fiestas paganas que católicas.

Los tambores retumbaban en los oídos de los espectadores, anunciando la salida de la Virgen para hacer su característico recorrido por las calles aledañas a la catedral de Mérida.

El cortejo de la Virgen eran mujeres, hombres y niños que recorrían delante de la talla en madera de casi dos metros de altura.

Las cofradías, grupos que incluían fieles, sacerdotes y monjas, algunos vestidos con su característica túnica blanca y gorro en forma de cono, portaban en sus manos cirios, velas y rosarios, que infundían un poco de misterio y sobriedad a la procesión.

Algunas mujeres, cuando descansaban los hombres de cargar sobre sus hombros la imagen de la Virgen, se acercaban para intentar tocarla y santiguarse.

Itzel, al frente, hacía fila para verla pasar, se sentía orgullosa de llevar su nombre y le recordaba un poco a ella misma.

Sentía que esa Virgen tenía un cierto parecido a ella, y miraba su color de piel.

—Na´ quiero acercarme, ¿me deja?

—Sí, hija, vaya.

La niña, temerosa, se acercó, de repente, cayó una rosa blanca del arreglo de palma y rosas que adornaban la imagen divina. La niña, emocionada, la recogió del piso y se la llevó a su madre.

—Mire, na´, la Guadalupana me la ha regalado.

—Sí, paal, es un regalo de ella, significa paz, cuídela.

La niña, emocionada, se la mostró a su amigo, pero Canek seguía molesto por lo ocurrido durante su bautismo, así que la ignoró. Dolores, al ver eso, le dijo a su hija:

—Olvídelo, paal , ya se le pasará, recuerde que es muy orgulloso.

—Sí, na´, ya se le pasará —suspiró la niña.

Un grupo de mujeres, mientras marchaban, rezaban el rosario en latín, en tanto que los grupos de hombres de cada cofradía portaban los característicos estandartes de colores con insignias de su congregación.

La música de los tambores y trompetas acompañaban a la imagen por toda su travesía hasta llegar de nuevo a la catedral donde entraría con honores atravesándola hasta el altar, ahí se oficiaría otra misa para la Virgen de Guadalupe.

Al final del día, los feligreses regresarían a sus pueblos de procedencia, con la sensación sublime y el convencimiento religioso de haber acompañado a la portentosa Virgen, quien les concedería la bendición de una vida mejor en la tierra y en el más allá.

LOS PREPARATIVOS DE LA BODA DE CLARA Y JUAN ALFONSO estaban casi listos.

Con los buenos cuidados que el muchacho recibía diariamente su recuperación había sido pronta, así que su prometida lo distraía con cada capricho que se le ocurría incluir para el festejo.

La muchacha realizaba constantes reuniones con sus amigas y familiares en la hacienda de sus padres para mostrarles algunos vestidos nuevos, a la última moda mandados desde España y París por su tía preferida.

La moda era uno de los temas principales a discutir en las pláticas de las jóvenes.

Sin embargo, había un detalle en particular, los vestidos eran realizados con telas especialmente para los climas invernales en Europa y no para el clima regular en Yucatán, así que en ocasiones Clara debía disimular los bochornos ocasionados por las telas y el corsé apretado que resaltaba sus curvas redondeadas.

El abanico lo agitaba con tanta fuerza, que impuso la moda entre las señoritas de sociedad al mover las muñecas con cierta particularidad, así que sus amigas terminaban moviendo sus abanicos al compás del ejemplo a seguir.

En ocasiones, Clara, diplomáticamente, se levantaba de la silla porque su vestido, con la posición que adoptaba, eran muy incómodo, pero al poco tiempo se volvía a sentar, y las chicas la imitaban sin saber la verdadera razón.

Las jóvenes veían el maquillaje de Clara, que poco a poco se iba descomponiendo por el sudor en el rostro y en sus ojos, hasta que terminaba en un estilo casual y simpático, incluyendo el cabello, que pasaba de ser un peinado alto en un peinado bajo, alborotado y peculiar.

Pero nadie de las presentes le decía nada.

Algunas mujeres celosas disfrutaban verla terminar las reuniones así, imperfecta, y no como Clara deseaba aparentar siempre.

A Itzel, cuando tenía oportunidad, le gustaba husmear detrás de la puerta que daba al pasillo principal.

Imitaba a las señoritas con movimientos infantiles un tanto graciosos; se agachaba, se enderezaba, se movía hacia ambos lados al mismo tiempo y simulaba tener en su mano el abanico de encaje blanco para refrescarse jacarandosamente, gesticulaba toscamente y en un momento, cuando giró su cuerpo, se encontró con dos señoras que se reían discretamente y con ternura de su actuación.

Eran doña Leonor y doña Jesusita, las esposas de Pancho e Ignacio, que estaban invitadas a esa reunión.

—¡Itzel, mírese, pero qué hermoso baila! —le dijo Leonor con cariño.

—Es usted divina, niña mía —la miraba Jesusita tiernamente.

La niña se sonrojó, no se esperaba que la descubriesen.

Sin decir nada, partió a la carrera hacia la cocina en busca de su mamá, pero solo se encontró a Rosario que ya tenía, como de costumbre, encargos para ella.

Rosario le comentó que habría una misa por la tarde en la iglesia pequeña de la comunidad indígena, que su madre se lo había contado y que se preparara para acudir.

Itzel, al salir de la cocina, se topó con Elisa, que había acompañado a su mamá a la reunión.

—Elisa, ¿viniste tú también a la reunión de la señorita Clara?

—Sí, pero me da hastío y vine a buscarte. ¿A dónde vas?

—A buscar a mi mamá, que está en la iglesia de mi comunidad.

—¿Puedo acompañarte?

—Sí, pero tendrás que estar a mi lado siempre y no mires a nadie a los ojos.

—Sí, te lo prometo.

LA PEQUEÑA IGLESIA SE ENCONTRABA A LAS AFUERAS del poblado, cerca de la hacienda.

La fachada era común en esa época, era de arquitectura española renacentista, pintada de blanco ya desgastado por el clima y el tiempo.

Alrededor no había nadie. Al abrir la puerta pesada de madera, observaron que el piso de la iglesia se encontraba lleno de hojas de palma y velas de varios tamaños y grosores, las cuales estaban colocadas en el piso y sobre las mesas, tapando algunas imágenes de santos bíblicos vestidos con los trajes típicos de los indígenas.

Las personas estaban paradas, otras sentadas en el piso, bancas, no había ni una sola.

Dos muchachos eran los encargados de cuidar que el fuego de cada vela no prendiera alguna hoja de palma, porque el desenlace podría ser fatal.

Elisa, al ver aquello, se quedó perpleja, confusa, nunca había visto algo así en las iglesias a las que había asistido.

Los rezos en una lengua extraña para ella resonaban en sus oídos en voz baja.

Una fuerza extraña invadía su sentir. En el altar había una pequeña virgen católica a la cual se adoraba.

Itzel la llevaba del brazo conduciéndola hacia donde se encontraba su madre, que estaba sentada en el piso con un grupo de mujeres.

De repente, Elisa escuchó un sonido extraño y aterrador, desconocía lo que pasaba, ni de dónde provenía; giró a la izquierda y miró a un grupo de personas que sostenían bruscamente a una gallina dorada con reflejos brillantes que graznaba y forcejeaba.

Le ataban las patas entre dos mujeres, se volteó a ver a su amiga rápidamente, pero esta la conducía caminando tranquilamente por el pasillo hacia el altar.

Al frente, otro grupo tenía a otro de los animales, pero ahora Elisa no pudo escapar de ver el desenlace de la otra gallina a la que le retorcían el pescuezo con fuerza y le abrían el pecho para verter su sangre en un tazón de barro, y de allí tomar un poco cada uno de los fieles como sacrificio.

La niña no resistió más y salió corriendo del lugar.

Itzel fue detrás de ella. Elisa se sentó en una piedra grande intentando digerir lo que había visto.

—¡Elisa!, ¿qué pasa?, ¿te asustaste?