Orgullo Mestizo EL COMIENZO DEL CAMBIO #3
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EL COMIENZO DEL CAMBIO #3

LOS HOMbrES DE MENDOZA LUCHABAN en el fuerte contra los piratas, defendiéndose con rifles, espadas, pistolas, garrotes, machetes, piedras, con cuanto podían.

Pancho e Ignacio, unas horas antes, habían convocado a su gente por medio de mensajes en clave y a voces, para armar el plan.

Citaron a los hijos de los peones de la hacienda en la botica y en la bodega, mandaron con ellos el recado de reunirse a escondidas y conspirar contra los españoles.

Mientras luchaban, recordaban el verdadero motivo de su pelea, imaginaban que combatían por su ansiada libertad, se sentían más vivos que nunca.

Les quitaban las armas a los muertos, ya fueran piratas o españoles, y las escondían momentáneamente para después llevarlas a su final destino.

La lucha contra los piratas había sido cruenta y sanguinaria.

Los piratas normalmente guerreaban desde sus barcos, se robaban las embarcaciones enemigas y zarpaban rápidamente con destino a Inglaterra, pero en esta ocasión se bajó la tripulación hasta apropiarse del botín del fuerte, porque sabían la cantidad de tesoros que le iban a llevar a la corona inglesa.

Los criollos, indígenas y esclavos negros combatían hombro con hombro con los españoles por mandato de ellos, sin que estos supieran su verdadero motivo, que era el apoderarse del máximo de armas que les fuera posible y llevarlas a las comunidades indígenas más alejadas, para resguardarlas lejos de los ojos de los gachupines, a quienes les hacían creer que estaban luchando contra los piratas.

Los piratas victoriosos lograron escapar, dejando el puerto en llamas y cientos de heridos por doquier.

Juan Alfonso era uno de ellos, había caído herido por varios impactos de bala, uno en su muslo izquierdo, otro en el hombro derecho, y el último era el más preocupante, le había perforado el riñón derecho desde la espalda; se encontraba en estado de coma.

Lo trasladaron súbitamente al sanatorio más cercano para darle la atención posible.

Aún su familia y prometida no sabían de su paradero.

Pancho había sido herido en un brazo y en la cabeza, pero sus heridas no generaban ningún riesgo.

A Ignacio le habían lastimado la pantorrilla izquierda y la espalda con una espada, pero, al igual que Pancho, sus heridas no eran tan profundas; Vicente y José lograron escapar ilesos con el armamento hacia su localidad, donde, con la ayuda de los mayas de la comunidad de Cisteil, resguardaron las armas.

Después los familiares de Rosario, la esclava negra, las llevaron al barrio de Santa Lucía.

Monjas y clérigos ayudaban a los médicos en los sanatorios a curar a los heridos, mientras que los esclavos, dirigidos por soldados, se dedicaban a restaurar el fuerte y el puerto.

El señor Velázquez, padre de Juan Alfonso, encontró a su hijo muy malherido atendido por monjas.

Vendajes sucios por doquier, camas llenas de heridos y religiosas enfermeras que corrían de un lado a otro, era la escena de los sanatorios en tiempos de asedio.

El médico trataba de salvarle la vida a Juan Alfonso operando el riñón lesionado, con una técnica que aprendió en Francia, mientras estaba de servicio.

A falta de anestesia, el aguardiente y un pañuelo en la boca para morder eran el mejor remedio para el dolor mientras el médico realizaba la intervención.

—Dígame, sor Magdalena, ¿cómo se encuentra mi hijo?

—El médico está haciendo todo lo posible por salvar la vida de su hijo, debe esperar, la operación es compleja, pero ruegue a la Santísima Trinidad que todo salga bien.

Quizá no se salve el riñón lacerado, aparentemente sufrió una lesión a causa de la herida de bala ocasionando una hemorragia interna, pero puede vivir perfectamente con uno solo.

Esperemos que salga del coma en el que se encuentra, las heridas del muslo y del hombro van bien.

—Gracias, le agradezco, cuide bien de mi hijo, se lo ruego.

Afortunadamente, la operación de Juan Alfonso había sido un éxito, la bala apenas había rozado un costado del riñón sin penetrarlo, la cual fue extraída sin complicaciones.

Después de recuperarse unas semanas en el sanatorio, fue trasladado a la hacienda de los Velázquez para continuar con el reposo recomendado.

Clara, al enterarse de lo ocurrido, no demoró en estar a su lado, al cuidado de la recuperación de su amado.

El bautismo y primera comunión de los niños se había aplazado a causa del asedio del fuerte.

Casi toda la comunidad contribuyó para curar a los enfermos y de nuevo reconstruir la ciudad afectada.

Los mayores volvieron a sus labores cotidianas y los niños a la escuela.

Acababa de pasar el 8 de diciembre de 1799, día de la Virgen de la Concepción, patrona de España y las Indias, donde la fiesta religiosa aún permanecía en la sangre de aquellos que tomaban la procesión como pretexto para, clandestinamente, practicar la gula y degustar el aguardiente, hasta perderse en sus encantos.

El 12 de diciembre, día tan esperado especialmente por el señor cura, porque además de festejar el día de la Virgen de Guadalupe, y de hacer una procesión enorme muy al estilo español, cada vez que bautizaba a un infiel sentía que se ganaba más el derecho de pisar el cielo sin paso por el purgatorio.

Era el bautismo comunal que se celebraba antes de salir a las calles en procesión, se bautizaba a mucha gente en manos del obispo de turno, en la catedral de San Idelfonso en Mérida.

Era la primera vez que Itzel iba a la ciudad, quedaba a media hora de distancia en carroza.

Canek ya había ido en algunas ocasiones cuando acompañaba a los peones a cargar productos o a llevar azúcar para el abastecimiento.

Ambos niños iban junto a sus padres, bien arreglados con sus ropas recién lavadas, requisito de la Santa Iglesia.

Itzel, desde la carroza en la que se trasladaban, admiraba la arquitectura de la ciudad blanca, miraba de un lado a otro; la madre, orgullosa de su hija, la abrazaba y le daba un beso brusco en la mejilla.

Las calles y las casas estaban muy adornadas de flores y veladoras que esperaban airosas la entrada triunfante de la morenita del Tepeyac, la Virgen de Guadalupe.

Le encantaba a la niña el sonido de los cascos de los caballos en contacto con la calle principal que era de piedra, en general las calles eran de tierra y no se percibía tal estruendo.

Llegaron a la catedral, era enorme, la fachada estilo renacentista con un color blanquecino y dos torres estilo morisco en cada lado, un escudo de armas reales españolas al parecer del rey Felipe II, que en medio del edificio se hacía notar por su tamaño y majestuosidad.

—Taataá , ¿por qué es de ese color la catedral, está hecha de piedra? —le preguntó Itzel a su papá.

—Sí, aal, se construyó de las piedras de uno de los cinco templos de Thò que significaba lugar de cinco montes, ahora le pusieron Mérida.

Así se llamaba la anterior ciudad, el templo era Bak luum Chan antes de la llegada de los gachupines, pero después la destruyeron para hacer sus iglesias de la misma piedra de nuestros templos.

Era en tiempos de los Montejo, pero vaya que sí les costó trabajo conquistar Yucatán, tardaron veinte años.

—Y vaya que sí, José, no les fue nada fácil, pero a fin de cuentas lo lograron —intervino Vicente.

Canek escuchaba atento, le encantaban las historias de su antiguo pueblo.

—Taataá , ¿por qué tenemos que hacer lo mismo que los blancos? Mi ná le reza a Jesús pero también a nuestros dioses —preguntó Itzel con un dejo de curiosidad.

—Porque es así, aal , nuestros abuelos pactaron con ellos para que nos dejaran vivir en armonía y pudiéramos practicar nuestras costumbres, pero solo bautizados y de este modo vivimos en tranquilidad.

—Vamos, que se hace tarde, José —interrumpió Vicente, el papá de Canek.

Habían adornado el interior de la catedral con múltiples veladoras y flores blancas.

El incienso que estaba por doquier no dejaba ver las hermosas columnas que sostenían la bóveda del edificio.

Los candelabros, los cirios prendidos y la cúpula ayudaban a tener mejor visibilidad para admirar el altar mayor, así como el hermoso retablo de estilo barroco con un Cristo crucificado en el medio.

En la entrada de la puerta del perdón, acomodaron a los pre bautizados en dos filas para entrar a la iglesia.

Itzel y Canek se despidieron de sus padres que los esperarían adentro.

La niña sentía como su corazón palpitaba de nervios, veía a Canek a su lado y lo notaba algo extraño, quizá era por la historia que acababan de escuchar.

Al fin, después de una larga espera bajo el sol, la fila de personas comenzó a moverse.

Iban entrando poco a poco, el calor se hacía más intenso por la muchedumbre que ahí aguardaba.

La niña, cada vez que avanzaba, se sentía más pequeña.

Un sentimiento nunca antes experimentado la invadió.

Canek se veía muy pensativo, como si caminase en un trance.

Sentaron a los niños, jóvenes y adultos que deseaban ser bautizados en la parte del frente cerca del altar.

Itzel buscaba a sus padres ansiosamente entre la muchedumbre, pero no los lograba ver.

El señor obispo, sobre el púlpito, comenzó el sermón en latín.

A los presentes les parecía interminable, sobre todo porque muchos no entendían lo que decía.

Llegada la hora, fueron pasando de tres en tres para ser bañados con un poco de agua en la cabeza tomada de la pila bautismal, y en ese mismo momento recibir la primera comunión, para pertenecer a la Santa Iglesia católica, apostólica y romana.

Llegó el turno de los dos niños, se acercaron, primero fue bautizada Itzel.

—¿Cuál será su nombre ante Dios nuestro señor y ante la Santísima Trinidad, niña? —le preguntó el obispo.