Orgullo Mestizo EL COMIENZO DEL CAMBIO #2
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EL COMIENZO DEL CAMBIO #2

—Le entiendo, Canek, como deseé, pero él seguirá pecando y perjudicando a otros, gracias a Dios, existe la justicia divina, de ella será muy difícil que escape. Si cambia de opinión aquí estaré para escucharlo y protegerlo, no está solo.

—Gracias. ¿Puedo irme?

—Sí, cuídese, mi niño, que Dios me lo bendiga.

Canek se fue a los campos de caña a trabajar, su padre veía como movía la hoz con toda su furia; casi siempre era presa de las burlas y descalificaciones por parte de él, pero en esta ocasión el padre se encontraba feliz.

—¡Dele, ándele, con más fuerza! Vaya escuincle, ahora sí que está trabajando como se debe, así me gusta. ¡Golpeé! Ese es mi hijo, es todo un hombre, es un cabrón como su padre.

—Vicente, vamos, deje al muchacho, tengo que hablarle de algo importante —le dijo José, el papá de Itzel.

—Ahora no, ¿qué no ve que por primera vez mi hijo es digno de mi orgullo?

—Sí, pero lo está molestando, déjelo. Mire, que quiero hablarle de la revuelta. Ha llegado el tiempo de alistarnos; don Ignacio y don Pancho tienen un plan, quieren vernos lo antes posible. Necesito que esté en ese momento completamente sobrio, serán tiempos difíciles.

—Usted no puede mandarme. ¿Quién se cree?

—Sí, Vicente, está bien, pero procure que no sea demasiado, así no nos sirve, necesitamos hombres sobrios.

Más tarde, en el obrador, que era una especie de laboratorio en la parte de atrás de la botica de Ignacio, se iban reuniendo algunos de los cabecillas que planeaban el levantamiento contra los españoles.

Ignacio había puesto su letrero de cerrado en la puerta de la entrada, solo les daba acceso a quienes tocaran con una clave especial.

La botica tenía varios estantes de madera tallada con decenas de botellitas.

El olor a alcohol, alcanfor, raíces y yerbas secas se amontonaba en el laboratorio inundando los pulmones y la nariz de los visitantes.

Después de una larga conversación y distintos puntos de vista sobre cómo debían proceder para dar el primer golpe, un hombre de los ahí presentes interrumpió la acalorada discusión.

—Con su permiso, pero creo que por más que nos pongamos de acuerdo en hacer el primer levantamiento, nunca va a salir como se espera.

Estoy de acuerdo en tener un plan, es fundamental, pero aun así y después del historial de levantamientos que ha habido en la ciudad y en las distintas poblaciones, estamos más vigilados por las autoridades.

—Pero tenemos que intentarlo, y este asedio por parte de los piratas al puerto nos ayudará a recolectar armas para guardarlas, así podremos dar el golpe ahora que los gachupines estén débiles por la contienda con ellos —explicaba Pancho con pasión.

—Como bien dice mi compadre y amigo, es nuestra oportunidad ahora, necesitamos de su apoyo incondicional —reforzaba la idea Ignacio.

Entre ellos se escuchaban las enérgicas palabras en apoyo a Pancho e Ignacio. Los alegatos duraron así por más de una hora.

TERMINANDO SUS LABORES, los niños se reunieron cerca del cenote para ir a jugar, en esta ocasión la niña Elisa, hija de los dueños de la bodega, los acompañó.

Mientras buscaban objetos y plantas para jugar o decorar su santuario, vieron en el cielo algo que parecía un cometa o un asteroide cruzando los cielos, Pamawari, Itzel y Canek se asustaron mucho, Santiago y Elisa no entendían el porqué de su reacción.

—¿Qué sucede? —preguntó Santiago.

—Mal augurio —contestaron los niños.

—Cada diez años, cuando aparecen estas señales en el cielo, significa que algo sucederá, un cambio, algo grave está por ocurrir.

—Son engaños —dijo Elisa—. ¿Tú también crees en eso, Pamawari?

—Sí. Deberíamos de consultar con los chamanes para ver qué nos dicen. Vamos al cuchteelob —los alentó Pamawari.

—Ellos conocen mejor la naturaleza —comentó Santiago.

—Pero qué absurdo, yo no voy, es una pérdida de tiempo —dijo Elisa cruzando los brazos.

—Pues te quedarás sola, niña, porque yo también voy, o vete a tu casa a jugar con muñecas y no estorbes, ¿o acaso tienes miedo? —exclamó molesto Santiago.

—Claro que no. ¿Miedo yo, a qué? No seas ridículo, niño, les demostraré que son tonterías —Elisa contestó segura de sí misma y se puso en marcha.

Los niños tomaron un sendero que los conduciría a una de las tribus mayas más cercana de donde se encontraban.

Era un mundo completamente diferente al que conocían Santiago y Elisa.

La tribu estaba dentro de la jungla. Los niños, al llegar a la población, vieron a unos muchachos aproximadamente de diecisiete años desnudos, solo con taparrabos, jugando con una pelota grisácea hecha de brea del árbol de hule.

La golpeaban ligeramente con sus caderas y hombros intentando meterla en un aro de piedra.

Mientras tanto, las jóvenes mayas tocaban una canción con una especie de flauta de madera, cuando de pronto vieron de forma extraña a los recién llegados.

Elisa se acercó a Itzel con curiosidad y le preguntó lo que hacían.

—Juegan al poc tapoc , el juego de pelota —contestó Itzel.

Santiago estaba contento observando cómo se divertían los muchachos.

Canek e Itzel hablaron en maya con algunas señoras que se encontraban lavando y moliendo nixtamal en el río, parecía que los conocían.

Les señalaron una de las chozas, a dos aguas de palma, que se encontraba más alejada de las demás, al parecer, ahí vivía el nagual sabio que también era el jefe de la tribu.

Entonces los niños fueron hasta donde se les había indicado.

—Entren, los estaba esperando —les dijo el nagual en lengua maya.

Los niños, al entrar, vieron a un hombre de estatura baja, moreno, de temple sereno, con perforaciones grandes en los lóbulos de las orejas, con un hueso de animal que le traspasaba la nariz, tatuajes en los brazos y rostro.

Vestía la piel de un jaguar sobre sus hombros, la cabeza y los dientes del animal le cubrían cabeza y frente por lo que imponía respeto.

Elisa vio que las figurillas que tenía se parecían mucho a las de los niños en el altar de la gruta.

El hombre los invitó a acompañarlo. En una vasija comenzó a prender fuego y a tirarle polvos de colores que lo alimentaban.

—Sé a qué vienen. Lo que observaron en el cielo se repite cada diez años, pero en esta ocasión será como lo que nuestros antepasados presenciaron hace trescientos años, una batalla está por desencadenarse.

Sangre, muerte, hambre, cadenas. Nadie escapará al destino, unos cuantos lo lograrán, otros no.

Ustedes son el mazo para romper las cadenas de sus pueblos, pero uno entre ustedes traicionará su sangre, romperá el juramento, esa sangre mezclada entre los diferentes colores de piel se pudrirá y la señora muerte lo vendrá a buscar para rendir cuentas.

Sálvense, salven a su pueblo de las bestias que siempre vivirán y nunca saciarán su sed y hambre de poder sin importar su color, solo cambiarán de rostro.

El yugo impuesto y el crimen de sus padres es grande, ustedes han pagado por él.

¿Cuánto más deben pagar? Despierten, hijos míos, escuchen la voz interior de su madre intuición que les hablará en sueños, los despertará cada equinoccio y esa voz los guiará a su verdadero destino.

Los niños salieron aturdidos de aquella choza. Itzel y Canek les explicaron a Pamawari, Santiago y Elisa lo que el nagual había dicho.

—¡Pamplinas, está loco ese viejo! No creo nada de lo que dijo, al diablo con su magia, que le den morcilla —señaló Elisa molesta con aire de incredulidad.

—¡Aguafiestas! Eso es lo que eres, niña, mejor ni hubieras venido —replicó Canek.

—¡Basta! Dejen de pelear, yo sí le creo —Pamawari los reprendió a ambos molesta y prosiguió:

—Estos chamanes siempre dicen la verdad.

Los niños regresaron a sus casas. Santiago, al llegar a su hacienda, no probó bocado a la hora de la merienda, su mirada estaba perdida, movía el cocido madrileño de un lado al otro con el pan. Se encontraba muy cansado.

—Madre, padre, estoy cansado, me retiro con su permiso.

—Hijo mío, pero si aún no has probado bocado. ¿Ha ocurrido algo? —preguntó la madre con tono de preocupación.

En un descuido, al levantarse de la mesa, Santiago tumbó la copa de vino de su madre, gran parte del líquido tinto cayó sobre el mantel, el cesto de pan y el queso, a lo que su madre pegó un grito.

—¡Madre mía! —exclamó la madre y con un grito llamó a Paca, la señora de la servidumbre.

—¡Paca, Paca!, ¡venid que al niño se le ha caído una copa sobre el mantel!

—Déjalo, Paca, que ahora lo limpio —dijo Santiago apenado por el descuido.

—Pero, hijo, si te habrás vuelto loco, que lo limpie ella, que para eso está.

—No, madre, yo lo limpio.

—¡Encima de torpe, majadero! Suba a su habitación y no salga hasta que yo lo ordene —explotó con violencia el padre a Santiago. A Santiago se le resbaló una lágrima sobre el rostro por lo que su padre lo reprendió.

—¡Faltaba más! No llore, eso es para las mujeres, sea un hombre.

Santiago subió a su habitación molesto y se tumbó en su cama a pensar, reprimiendo el dolor que le habían ocasionado las palabras de su padre.

No había notado hasta esa noche cómo era el trato hacia la servidumbre en su hacienda.

Lloró a solas sintiéndose impotente por no poder ayudar a esas personas que le servían día y noche sin chistar, sin quejarse, sin decir ni una sola palabra con la cabeza agachada; en el rostro de cada uno de ellos se le venía inmediatamente el recuerdo de sus amables y amorosos amigos, lloró de tristeza hasta que se quedó dormido.