EL COMIENZO DEL CAMBIO
PASADA LA SEMANA DEL JUICIO, Mendoza y sus peones regresaron a la hacienda con la buena nueva de su inocencia, pero con la mala noticia de que nuevamente el puerto de Santa María de Sisal había sido asediado, a medianoche, por corsarios y piratas enviados en dos barcos por la corona inglesa, para robarle a los españoles.
Llegaron de madrugada aprovechando la luz de la luna llena, cuando los habitantes del puerto estaban durmiendo.
Los piratas iban en busca de oro, plata, telas, azúcar, henequén, tabaco, especias, para llevarlos a España, también lo que había llegado desde Asia, como vajillas, jarrones de porcelana china y telas de la India.
Miles de bárbaros con larga experiencia delictiva fueron entrenados, hombres en su mayoría, bajaban del barco en pequeños botes para llegar a tierra firme.
Con el cuidado de no hacer ruido corrían hacia la ciudad, para no ser descubiertos.
Al amanecer, los militares españoles y los indios atalayeros, vigías al servicio de la protección, habían sido tomados por sorpresa en las torres atalayas.
Intentaron contener sus atrocidades, pero ya habían traspasado las barricadas y el fuerte, a golpe de cañonazos.
Entraron por la fuerza en las iglesias, casas y negocios en busca de oro, comida, esclavos, mujeres a quien raptar y violar.
Juan Alfonso, al enterarse, se dirigió rápidamente al puerto como capitán para tutelar su regimiento, pretendiendo detener a los piratas y con ayuda de los habitantes sofocar el fuego que ya se había extendido por diferentes zonas.
Cañonazos salían del fuerte, y en respuesta, otros misiles que venían de los barcos piratas.
—¡Es una tragedia! Anoche pasamos por la calzada que conecta Mérida con el puerto y nos enteramos de que los piratas lograron entrar al almacén del fuerte y saquear cuanto pudieron, mercancía traída desde China y la India, esclavos que acababan de llegar de África los cuales ya teníamos vendidos.
El fuerte de Bacalar también fue tomado.
Robaron todo el azúcar de un año que teníamos destinado mandar a Sevilla, las pérdidas son incalculables —comentó Mendoza nervioso, mientras le platicaba a su familia lo que ocurría, preocupado por el producto y dinero que perdía, sin pensar en las víctimas a manos de los piratas.
—¡Madre mía, ¿qué vamos a hacer?! —contestó su esposa ante lo ocurrido, llevándose sus afligidas manos a la boca.
—No se preocupe, mujer, ya veremos qué hacer, por lo pronto, cuando se termine la batalla, tendremos que poner a los peones a trabajar más y buscar otro almacén mientras reparan el que destruyeron.
—¡Papá! ¿Y Juan Alfonso, sabe algo de él? La última vez que lo vi fue hace dos días, vino con Santiago a tomar el té —exclamó la joven preocupada con tono nervioso.
—No, pero no se preocupe, hija mía, confíe en la providencia, él es un capitán muy capaz y está en el cumplimiento de su deber, así que él sabe muy bien qué hacer.
—¡Que la providencia lo proteja! Hija, si gusta, vamos a la capilla más tarde y rezamos por él un rosario a la Virgen del Perpetuo Socorro.
—Sí, madre, gracias.
Clara se quedó muy intranquila a pesar de las palabras de sus padres. Pancho e Ignacio, al enterarse del asedio pirata, se reunieron para comentar lo ocurrido.
—Compadre, creo que ya es hora, deberíamos de aprovechar este alboroto para organizar a los demás, meternos en la batalla y juntar armas, de este modo podríamos irnos haciendo con municiones para el gran golpe, sin que lo noten los gachupines —dijo emocionado Pancho.
—Tiene razón, compadre, como dice, juntando armas de este asedio, podremos más delante preparar el gran golpe.
Ha llegado el momento de independizar Yucatán del yugo español.
Con la ayuda de las castas, criollos, indígenas y esclavos negros lo podemos conseguir.
Los pueblos de Cisteil y Tixcacaltuyú, entre otros, nos apoyan, somos más en cantidad, lo único que nos hace falta son armas y una buena organización, sin embargo las podemos obtener, solo hay que luchar contra los piratas o simular como que lo hacemos junto con los españoles e irlas juntando de a poco y guardarlas hasta que nos organicemos para el levantamiento, pero ya que pase la batalla contra los piratas, así no se darán cuenta —reflexionó Ignacio cuando sentía la libertad más próxima.
—Hablaré con los muchachos, para que ahora, cuando les toque cobrar en la bodega, discretamente les comentemos y organizarlos.
—Sí, yo también les comentaré en la botica.
Estemos tranquilos, compadre, contamos con su apoyo, José y Vicente nos ayudarán, ya desde hace tiempo, desde nuestros abuelos que han buscado la independencia de Yucatán, tenemos claro que el único camino hacia la libertad es la independencia.
Los cabildos mayas en sus comunidades son escuchados y respetados, que se corra la voz discretamente y los venceremos.
Ya estuvo bueno que ellos exploten durante tantos años nuestras tierras siendo extranjeros, gocen de privilegios y se salgan con la suya, como por ejemplo Mendoza en el juicio.
No hay ley ni justicia, a ellos se les permite todo y a nosotros nada —expuso Ignacio acaloradamente.
—Ahora nos toca a nosotros hacernos cargo y trabajar la tierra para que haya un equilibrio económico y social, las castas son las más afectadas con esta desigualdad, se ve y se vive la pobreza por donde se camina —replicó Pancho con tono esperanzador.
EN LA ESCUELA DE LA IGLESIA estaban felices Itzel y Canek porque habían pasado el curso de catecismo para el bautizo, solo necesitaban escoger un nombre cristiano, requisito importante para poder ser hijos de Dios, fieles a la Iglesia católica y a la corona española.
—¿Cuál nombre te van a poner, Canek?
—Quizá, Pedro por mi santo, Pedro José de Jesús, pero me gusta el nombre que tengo, porque me lo escogió mi mamá, que en paz descanse —se persignó Canek— ¿Y a ti?
—Yo creo que María Guadalupe Victoria, porque Guadalupe me recuerda a la diosa Ix Chel .
—¡Chiquillos, guarden silencio! —el sacerdote intentaba callar a los niños con voz enérgica—.
El domingo, como saben, será el día de su salida del pecado, para entrar en la familia de Dios padre, como sus nuevos hijos.
Será el día en que el Espíritu Santo se posará sobre ustedes para ser bendecidos y perdonados por sus pecados y los de sus padres, alégrense, pues, siéntanse orgullosos.
Los niños gritaban y aplaudían de felicidad entusiasmados por las palabras de su evangelizador.
El padre Sandoval le pidió a Canek que fuera a la sacristía a buscar al otro profesor de catecismo, para pedirle uno de los libros de la biblioteca.
El niño salió brincando y corriendo alegremente mientras cruzaba el patio central.
Al entrar, escuchó unos gemidos. Canek se asustó, pensando que se trataba de alguna persona en peligro, así que se asomó lentamente detrás de la puerta.
Observó que se trataba de un sacerdote escondido entre el muro y una cómoda alta de madera, moviéndose de manera extraña hacia adelante y hacia atrás con los hábitos hasta las caderas.
El niño, sin querer, se agarró de la puerta para asomarse más, pero esta se abrió con un rechinido, el cual no pudo evitar escuchar el sacerdote; el clérigo se volteó súbitamente asombrado, el niño vio a una señora de rostro conocido contra la pared.
Canek, a su corta edad, sabía que el padre estaba haciendo algo malo ante los ojos de la Iglesia.
—¡Canek! —le gritó el sacerdote.
Pero el niño regresó corriendo a su clase sin el libro encargado; entró sin pedir autorización sentándose con la respiración entrecortada, nervioso y sudoroso.
—Canek, se pide permiso para entrar. ¿Y el libro que le encargué? ¿Qué le sucede? ¿Se puede saber por qué está tan pálido? —le preguntó el padre Sandoval.
El niño no podía hablar de los nervios pensando en el castigo que recibiría por haber visto al sacerdote en pleno acto lujurioso.
—Canek, ¿se siente bien? De lo contrario, salga, para que le dé aire.
Pero el niño movió la cabeza en desaprobación.
—Bueno, quédese, más tarde, al terminar la clase, hablaremos.
Canek no podía olvidar el incómodo y tan incongruente momento que había presenciado, su mirada estaba clavada en el limbo; por un lado, sentía culpa, por el otro enojo y confusión de lo que se les había inculcado.
Trataba de recordar dónde había visto ese rostro tan conocido, pero por más que se esforzaba no podía.
Sabía que era una mujer esclava negra. El niño vio en su rostro el reflejo de la repulsión y el sufrimiento por lo que el sacerdote le hacía, pero ella no puso objeción porque era su deber.
—Chiquillos, mañana, durante las clases, irán de uno en uno a la iglesia a confesarse con su profesor de catecismo, para que puedan recibir los sagrados sacramentos de la confesión y primera comunión, así que recuerden no olvidar decir ningún pecado, de lo contrario serán condenados por ocultarlo.
—¡Sí, profesor! —gritaron los alumnos al unísono.
—Entonces, doy por terminada la lección de hoy, recuerden hacer la tarea de matemáticas, vayan en paz, que Dios los bendiga.
Canek, temeroso, esperaba a que salieran sus compañeros.
—Cuénteme, ¿qué ocurrió en la sacristía? —preguntó el padre Sandoval
—Nada, profesor.
—Eso es mentira, recuerde que es un pecado mortal.
—No puedo, seré condenado de cualquier manera, por Dios o por el profesor de catecismo.
—¿Por qué lo dice, vio algo, algo que tenga que ver con el clérigo?
Canek asintió con la cabeza y apretó los puños.
—Canek, téngame confianza, yo le protegeré si me cuenta, lamentablemente hay muchos sacerdotes que cometen errores graves y tienen que ser denunciados ante la Iglesia católica, pero si no se denuncian seguirán cometiendo pecados.
—Él me vio y si hablo me azotará hasta la muerte. No, profesor, no diré nada, no vi nada.