Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA #13
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AMISTAD MESTIZA #13

Clara se arregló y maquilló con esmero. Esperaba a su prometido sentada, lucía un vestido de seda color palo de rosa y un chalecito tejido blanco, ya con la mesita puesta sobre el jardín.

Cafetera, vajilla de porcelana, bizcochos, turrones en bomboneras y tres rosas blancas colocadas en un florero, adornaban la mesa con mantel de gancho largo.

A lo lejos vio llegar a Juan Alfonso con su hermano, el niño Santiago, que iba en calidad de chaperón, para vigilar que los amantes no se dieran muestras de cariños impúdicos.

—¡Clara, pero mírate, qué guapa estás! —comentó el prometido.

—¡Ay Juan Alfonso, pero qué cosas dices! ¿Cómo estás, Santiago? —saludó al niño alegremente.

—Bien —dijo Santiago, mirando hacia otro lado enfadado y desganado.

—Este vestido es nuevo, cariño, lo mandó mi tía desde Sevilla, junto con el ajuar de novia. ¿Te gusta? Llegó al puerto de Santa María de Sisal el día de ayer.

—Claro, es precioso, aunque tú eres más preciosa, amada mía, serás la novia más hermosa de todas. Mi princesa.

Santiago comía confituras para no aburrirse.

Escuchaba esas palabras románticas que los enamorados se confesaban, pero también le parecían ridículas, melosas y un tanto exageradas.

Los enamorados platicaban. Ya pasada una hora conversando acerca de los preparativos para la boda, Santiago no pudo más con el aburrimiento.

—¡Me voy!

—¿Pero a dónde? No puedes irte, eres nuestro chaperón. ¿Qué va a decir la señora Mendoza? —le ordenó el hermano mayor.

—No me interesa, ya no quiero estar aquí, es tu novia, no mía, o mejor ya vámonos.

—¿Qué son esos modales? ¿Qué va a decir Clara, que amablemente nos ha recibido con dulces? No seas impertinente ni majadero, niñato.

—¡Déjalo! Tiene razón, estas charlas no le incumben, las encuentra fastidiosas. Lo entiendo, yo estaría muerta de aburrimiento en su lugar —justificó Clara al niño.

—¿Y a dónde irás? —le preguntó su hermano.

—Me regreso a la hacienda con uno de los peones.

—Bueno, cuídate, no dejes que nadie te vea al salir.

El sol comenzaba a ponerse, cuando Clara invitó a su amado a dar un paseo por los jardines.

La hacienda se sentía vacía, ya los peones y sirvientes se encontraban en sus casas descansando, después de la larga jornada de trabajo.

Su padre aún no regresaba de Mérida, su madre, distraída en su habitación, pensaba en su hijo muerto.

Su hermana Esperanza ya estaba alistada por su nana para cenar y dormir, era el momento perfecto, pensaba el joven, para darle muestras de cariño a su amada, lejos de la mirada de la gente.

Mientras los amantes jugaban entre los árboles del jardín, Clara se escondía ingenuamente detrás de uno y le lanzaba piedrecitas a su amado, este volteaba y ella corría riendo.

Juan Alfonso la tomó por detrás de la cintura sorpresivamente y la abrazó para que no corriera.

Ella, jugando, gritaba en bajito para que la soltara, pero él la tumbó al césped, miró su rostro iluminado por los escasos rayos de sol.

La besó primero lentamente en la frente, la punta de la nariz y finalmente rozó suavemente sus labios.

Deslizó los dedos por su cuello hasta acariciar su escote, dibujó una y otra vez las formas de sus senos que sobresalían del corsé, mientras hablaba dulcemente con ella.

—¿Sabes? Eres tan bella, que no puedo esperar más, quiero que seas mía, dame una prueba de tu amor, anda.

—No podemos, cariño, ya estamos por casarnos. ¿Por qué no esperar hasta ese día? Ya falta muy poco, además, va en contra de los sagrados mandamientos. Dios podría castigarnos —retiró lentamente la mano de su prometido de los senos y lo miró con cierta picardía.

—Cariño, tú lo has dicho, estamos por casarnos. Vamos, que nada pasará, ya estamos comprometidos. Siento en mi pecho un fuego incandescente que solo se apagará con las mieles de tu pasión.

—Me da miedo.

—No pasará nada malo, prometo que te cuidaré. Clara, cuánto te amo, cuánto me gustas, tu cuerpo es como el de una escultura griega, tan perfecta. Déjame amarte como solo yo te podría amar —le susurró al oído con voz pasional y le recitó un poema que le había escrito.

Aquí estoy, al pie de tu ventana,

esperando con ansias para amarte.

El frío y soledad de esta cercana noche

son testigos de mi amor que te vengo a confesar.

Aquí estoy enamorado,

ya me siento cansado de tanto esperar y esperar.

Entra, abre la puerta, mi amor

para oírte respirar.

La luna va pasando,

y tu bello rostro me ha de mostrar.

Aquí estoy cansado de tanto esperar.

Clara suspiró. Observó el brillo de sus ojos y no resistió más, le robó un beso largo y apasionado. Sus cuerpos se fundieron en abrazos delicados. El joven levantó el vestido hundiendo los dedos en sus muslos, se pegó demasiado a su cuerpo sintiendo como temblaba de emoción.

—¡Espera! —interrumpió Clara el momento.

—¿Qué pasa?

—Vamos a las caballerizas, ahí nadie podrá vernos —Clara se levantó rápido, se acomodó el vestido y el peinado conduciendo a su amado al lugar indicado.

Tumbados sobre una cama de paja, la pareja comenzó a despojarse de sus ropas con rapidez.

La sensación de sentir sus cuerpos semidesnudos les inyectaba placer.

Cada roce, cada movimiento era una invitación a lo prohibido.

El amante observaba con cariño la figura perfecta de su diosa, iluminada por la luz de la luna que entraba por una ventana, deseaba poseerla.

Las caricias se volvían pocas, la respiración y el aliento eran más fuertes y constantes.

El relinchar de un caballo se escuchó como música de fondo y la paja donde se encontraban, abrazaba sus cuerpos.

Él la recostó boca arriba y se postró sobre de ella, abrió sus piernas suavemente y comenzó con un vaivén el acto pasional del amor.

A Clara se le salieron unas lágrimas de felicidad y al mismo tiempo de amor doloroso.

Recordaba las infinitas lecturas que le hablaban de ese momento maravilloso, pero nada se comparaba con ese instante vivencial.

Escuchaba la respiración cada vez más agitada de su amado, el sudor que bañaba el cuerpo perfecto de su hombre.

Las gotas saladas que resbalaban del rostro y cabello de él, bañaban sus pechos emocionados que la conducirían al éxtasis; el olor dulce de su piel la envolvía y en un instante su cuerpo se estremeció pidiendo en su mente más y más con sus ojos cerrados.

Al finalizar su amante cayó rendido lentamente sobre el cuerpo de ella, después de la batalla pasional que acababa de acontecer.

Clara trataba de recobrar el aliento, no podía creer lo que acababa de experimentar, sus sentimientos se mezclaban, sentía demasiada felicidad, pero al mismo tiempo remordimiento.

Su prometido suspiró, la besó feliz y le agradeció tanto amor. Se abrazaron por largo tiempo.