AMISTAD MESTIZA #12
—Mi mamá ya me había platicado que a las niñas grandes les pasa eso para tener hijos.
—¿Hijos? Yo no quiero hijos, soy una niña, todavía juego con muñecas —Elisa se soltó a llorar desconsolada.
—Elisa, no llores, eso va a pasar hasta que un niño se enamore de ti cuando seas más grande y te dé un beso.
—¿Entonces no voy a morirme, ni a ser mamá todavía?
—Creo que no, bueno, eso me explicó mi mamá.
—¿Cómo es que a ti sí te contaron esto y a mí no? ¿Y si voy con tu mamá para que me explique?
—Si quieres le preguntamos a mi mamá. Pero ya no estés triste, mejor vamos a jugar con Canek, Pamawari y Santiago.
—¡Vamos! —dijo Elisa más animada, enjuagándose las lágrimas con un pañuelo y sacudiéndose el vestido rápidamente mientras se levantaba.
Cuando llegaron a la gruta, ya los niños las estaban esperando.
Los muros de la gruta quedaron adornados con hermosos dibujos de colores pintados.
El altar que tenían para las ofrendas de los dioses estaba iluminado con veladoras y flores de colores.
Elisa lo miró de reojo y le extrañó que los niños tuvieran eso ahí.
Tenían una virgencita, un crucifijo, un escapulario y unas figurillas que le parecían raras ya que nunca antes las había visto; unas eran de piedra y otras de madera.
En la cabeza y en el faldón tenían paja a modo de adorno, ambas talladas a mano.
—Elisa, ellos son Pamawari, Santiago y, bueno, Canek, que ya se habían visto en el camino.
Los niños, disfrazados y pintados, se le acercaron, le pusieron una corona de flores en la cabeza y le dieron un abrazo.
Elisa se sintió extraña e incómoda con tantas atenciones, ella no estaba acostumbrada a las demostraciones de cariño por parte de otros niños, siempre creyó que pertenecían a diferentes estratos sociales y eso la confundía, a pesar de que sus padres eran incluyentes con los españoles y las castas como los indígenas y los esclavos negros, pero convivir tan cercanamente era un mundo diferente para ella.
Pamawari le dijo que si quería pertenecer a su grupo debería cumplir con ciertos requerimientos, como buscar algún objeto y colocarlo a modo de ofrenda en el altar.
Le explicó que allí todos eran libres de hacer y vestirse como quisieran e incluso a veces intercambiaban sus ropajes para cambiar de vidas por un momento.
A la otra niña le pareció divertida la propuesta.
—¡Sí, acepto! —contestó Elisa.
—Ahora hagamos un juramento —expresó Santiago.
Itzel tomó un pedazo de piedra obsidiana que encontró entre la tierra y se pinchó el dedo.
— Pichémonos el dedo y mezclemos las sangres —los alentó emocionada Itzel.
—¿Quién dice el juramento? Hazlo tú, Canek —Santiago le sugirió al niño.
—Sí. Todos juramos que seremos amigos siempre y que estaremos juntos. Así sea —expresó Canek con voz fuerte y clara.
—¡Así sea! —gritaron los niños al mismo tiempo y juntaron sus pequeños dedos mezclando sus sangres.
Elisa se quitó la cadenita de oro con un dije de la Virgen de Guadalupe, que tanto le gustaba, se la había dado su madrina el día de su primera comunión y la dejó en el altar como ofrenda.
DESPUÉS DE LA GRAN ESPERA, por fin Mendoza regresó al juzgado.
Una semana sin pegar ojo por las noches, se sentía más viejo que nunca, la espalda la tenía hecha trizas por el ajeno colchón en el que dormía.
Siempre que salía de viaje recordaba lo placentero que era dormir en su lecho tibio, a un lado de su mujer haciéndole compañía.
El estrés que sentía lo distraía durante la audiencia.
—Señor fiscal, ¿ha traído las pruebas requeridas en contra del señor Mendoza?
—Sí, señor oidor. Verá, este hombre ha quebrantado la ley castellana IV, Título primero, Libro 2, de la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, publicada por orden del rey Carlos II en Madrid en el año de 1681, si usted me lo permite lo leeré textualmente.
En ella se establece “Que se guarden las leyes que los indios tenían antiguamente para su gobierno y las que se hicieren de nuevo, ordenamos y mandamos que las leyes y buenas costumbres, que antiguamente tenían los indios para su gobierno y policía, usos y costumbres, ordenando de nuevo se guarden y ejecuten”.
Es decir que a los hombres españoles se les ha de juzgar bajo la ley real española y a los hombres indígenas, a disposición de sus propias leyes del juicio por parte de sus príncipes, jefes de cada tribu y entre iguales se han de juzgar.
Así pues que aquí el caballero justamente acusado actuó haciendo justicia por su propia mano, en lugar de someter a sus criados a la ley de los suyos, es decir, bajo los lineamientos jurisdiccionales y en lugar de cuidarlos y protegerlos como inferiores que eran.
Este hombre, por como se mire, ha cometido un crimen, ha quebrantado la ley tanto española como indígena.
Terminó arrebatadamente y con orgullo su alegato el señor fiscal, sintiéndose respaldado por su sabiduría.
El abogado, al escuchar las acusaciones en contra de Mendoza, observó como el cuerpo de su cliente no dejaba de temblar, por más que trataba de controlar el movimiento involuntario, no podía, era más fuerte que él, veía que se frotaba incesantemente las manos las cuales le sudaban como nunca antes pensando que todo estaba perdido.
Por lo que el abogado trató de medir cuidadosamente sus palabras y buscar la manera de resolver el alegato.
—Defensa. ¿Qué tiene que decir a favor del acusado?
—En vista de que los hechos se dieron en la propiedad del señor Mendoza, y en calidad de dueño de los sirvientes que ahí laboraban, el acusado tenía el derecho de reprenderlos en la medida que él considerara justa y proporcional al daño causado.
En cuanto a la ley donde se menciona que el acusado,
debió de llevar frente a las autoridades indígenas a sus sirvientes para castigarlos de acuerdo a sus propias leyes, usos y costumbres, no hay que olvidar que el niño fallecido era hijo de español, por lo tanto, él tenía el derecho de reprenderlos de acuerdo a las leyes españolas.
Es todo, su señoría —la defensa terminó su alegato mirando al fiscal con pedantería y gozo.
—De pie. Usted, señor Diego Mendoza de Montes de Oca, ¿cómo se declara? —preguntó el oidor.
—Inocente, su señoría.
—Acabamos de escuchar las dos partes, acusatoria y a la defensa.
En vista de lo anterior y de acuerdo con la defensa, no es aplicable la ley del rey Carlos II del reino de España expuesto por la fiscalía.
Por lo tanto, declaro inocente al acusado por el homicidio involuntario de la señora Juana y el señor Jacinto ambos de Mendoza.
Por el poder de juzgar sabiamente que me ha conferido el rey Carlos IV de España, este caso queda resuelto e irrevocable, con la absolución de cualquier cargo que se le impute al aquí antes acusado señor Diego Mendoza de Montes de Oca, por lo tanto, queda usted en libertad. Levantada la sesión.
Los familiares de Juana y Jacinto, inconformes, gritaban justicia entre llantos e indignación. Ignacio y Pancho se quedaron en sus sillas, atónitos.
—¿Eso fue todo, homicidio involuntario? ¡Joder!
Esto no fue un juicio, compadre, fue una comedia presta, barata, de malas mañas.
¡Ese juez es un cabrón cojonudo! Tú y yo sabemos que fue comprado y quizá a un precio muy elevado, ¿dónde quedó la justicia?
—Pancho, indignado y con la sangre que le hervía la cabeza, no podía creer lo que había presenciado en ese momento.
—Tranquilízate, compadre, no vale la pena que te enfurezcas, sabemos que las leyes solo protegen a los españoles. Hablaremos al rato, cuando estemos alejados de esta gente y que no nos expongamos—dijo Ignacio con voz tranquilizadora.
Mendoza, contento y liberado, abrazó a sus conocidos que habían presenciado el juicio apoyándolo incondicionalmente.
Llegó hasta donde Pancho e Ignacio y los besó en ambas mejillas, como es costumbre española saludar a los más allegados.
Los compadres, aturdidos por el veredicto, disimularon alegría y felicitaron a Mendoza.
CLARA SE ENCONTRABA EN SU SECRETER, leyendo la carta que su amado Juan Alfonso le había mandado, en un día de noviembre ligeramente frío.
Querida Clara, amada mía.
Te escribo estas humildes palabras para que sepas que mi pecho explota de amor por ti, cada vez que pienso en tu hermoso cabello dorado jugando en mi rostro.
No sabes lo ansiado que es el día de nuestro matrimonio para mí.
Me desvelo pensando en la noche que por fin serás mía, cuando nuestros cuerpos se fundan en uno solo y retoces al lado mío, con tu cuerpo tibio, desnudo y tranquilo.
Si es de tu agrado, me encantaría verte hoy por la tarde en los jardines de tu casa grande, para tomar el café y platicar. Mi corazón ansía verte de nuevo.
Por siempre tuyo, Juan Alfonso.
A Clara le palpitaba a prisa el corazón, imaginaba esas hermosas palabras pronunciadas por los labios de su amado.
Sentía las mariposas que los enamorados experimentaban al imaginar su próximo encuentro.
Mientras leía y volvía a leer la carta en busca de alguna palabra o frase nueva, retorcía un mechón de su cabello, a modo de coquetería.
Una sonrisa pícara dibujaba su rostro. Llevaba la carta a su nariz en busca de del aroma de su amado.
—¿Qué hace, hija? ¿Y esa carta, quién la envía? —interrumpió en la habitación la mamá de Clara.
—Madre, es de Juan Alfonso, dice que vendrá a visitarme por la tarde, si usted lo consciente —contestó emocionada y un tanto sonrojada, guardándose la carta entre el pecho y el corsé para apartarla de la curiosidad de su madre.
—Solo con chaperón, si no, que mejor no venga.
—Madre, usted sabe que siempre ha sido de ese modo.