AMISTAD MESTIZA #11
Mendoza se encontraba parado delante de una silla en medio de la mitad de la sala.
Nervioso, con el corazón en la garganta, las gotas de sudor le recorrían lentamente la frente y el cuello.
Aquel día, el calor era más endemoniado.
Mendoza sentía que el infierno, del que durante toda su vida había oído hablar, estaría por desatarse frente a sus ojos en cumplimiento de la ley terrenal.
Era la primera vez que experimentaba una situación como aquella.
Él, en su plena convicción de inocente, creía que estaba en su derecho de castigar a sus sirvientes indígenas, que las leyes españolas y compadrazgos lo protegerían, pero algo podría salir mal.
En el tribunal se encontraban las sillas de madera de roble, donde estaba sentado el oidor vestido con su característica toga de color negro con peluca blanca, y sus anteojos a media nariz que le tapaban un poco la edad avanzada que tenía.
Leía el caso en sus escritos y hacía pequeñas anotaciones con pluma y tintero que, de vez en cuando, torpemente, manchaba las hojas a causa de la escasa luz que entraba por las pequeñas ventanas que se encontraban en lo alto de los muros.
El abogado de Mendoza era un viejo amigo de la familia, hombre de avanzada edad, con su rostro abotagado.
—Reconociendo el poder de nuestra majestad, y por el poder que se me ha conferido en representación suya, doy inicio a este litigio, por el cual se le ha solicitado comparecer al señor hacendado don Rodrigo Mendoza Montes de Oca, nacido en Sevilla, España, en el año de 1765, y venido a la Nueva España, a la ciudad de Mérida, Yucatán, en el año de 1780.
Hombre casado con María Angélica de la Luz Alcázar Gallegos de Mendoza, quienes cuentan ahora con dos hijas vivas.
Señor fiscal, ¿de qué se le acusa a este hombre?
Le cedo la palabra —expresó el oidor con rostro petulante y un tanto aburrido.
—Sí, su señoría. Se le acusa que el día 25 de septiembre del presente año 1799, en la hacienda Mendoza, que es actualmente propiedad del mismo, se efectuaron dos linchamientos en las caballerizas, para ser exactos, a la señora Juana de Mendoza y al señor Jacinto de Mendoza, hombres indígenas, a manos de su patrón, el señor Rodrigo Mendoza de Montes de Oca, los cuales perdieron la vida horas más tarde debido al linchamiento antes mencionado.
Pedimos justicia para los occisos, para la familia y la comunidad indígena a la que pertenecían mientras vida tenían.
Se le acusa por haber violado una de las leyes más sagradas del derecho natural y de la Santa Iglesia católica, apostólica y romana, uno de los diez principales mandamientos, el de no matarás —dijo el fiscal, seguro de que ganaría el caso sin ningún titubeo.
—¿La defensa qué tiene que decir al respecto? Se le concede la palabra.
—Gracias, su señoría. En vista de cómo sucedieron los hechos ya sabidos y expuestos en este tribunal, en defensa se puede decir que el aquí acusado estaba en su derecho de actuar como lo hizo, ya que el linchamiento se dio debido al descuido de las labores designadas por parte de ambos sirvientes, que llevaron lamentablemente al fallecimiento de su hijo de cinco años Rodrigo Mendoza de Arriaga, accidentalmente ahogado en la presa de la misma hacienda, ya mencionada, y por encontrarse estos a su permanente servicio y en sus territorios.
Recuerde que la causa de la causa es causa de lo causado.
El señor alguacil acudió con sus hombres para recabar pruebas de lo acontecido, pero no se encontró ninguna prueba en concreto que pudiera llevarlos a algún otro homicidio, todo apunta que fue involuntario, que solamente el linchamiento era a modo de reprimenda por el descuido de los sirvientes y no intencionalmente —señaló la defensa.
—¡Accidentalmente! Usted lo acaba de decir, la muerte del niño fue accidental, no tenía por qué matarlos, señor oidor, si él no los hubiese castigado con tal brutalidad, no estaríamos aquí —interrumpió el fiscal cínicamente.
—¡Ha lugar, señor fiscal, o me veré en la necesidad de amonestarlo! Prosiga su alegato, defensor —dijo el oidor golpeando el mazo fuertemente.
—Le agradezco, señor oidor. Como verá, tenemos testigos de lo ocurrido. Están convidados a comparecer todos los invitados y sirvientes de la fiesta, que tuvo celebración ese día con motivo del pedimento en matrimonio de la hija mayor del señor Diego Mendoza —indicó el defensor.
—¿Está usted hablando en serio? ¿Pretende que cada uno de todos los invitados vengan a testificar? ¿Por quién me toma usted? —preguntó el oidor en tono sarcástico.
—Una disculpa, señor oidor, no pretendía…
—Ni lo mencione. Su pedimento queda denegado. Cedo ahora la palabra al señor fiscal. ¿Qué tiene que decir en contra de este honorable señor? Y hable rápidamente que no tenemos todo el día. ¿Con qué pruebas cuenta usted? —cuestionó inquisitoriamente el señor oidor al fiscal.
—Con los mismos testigos que cuenta la defensa, todos los ahí presentes saben que el señor Mendoza mató a esas dos personas indefensas a latigazos —alegó el fiscal.
—Son conjeturas nada más, señor oidor —interrumpió la defensa.
—¡Ha lugar, he dicho! O me veré en la necesidad de suspender la audiencia. Prosiga, señor fiscal.
—Gracias, señor oidor. Como la defensa lo mencionó anteriormente, el alguacil visitó la hacienda Mendoza para recabar pruebas que pudiesen aportar a este caso y, según el alguacil y la defensa, no se encontró prueba alguna que incriminase a este señor.
Pero, tengo en mi poder el látigo con el que Juana y Jacinto Mendoza fueron torturados esa misma noche.
Aquí lo tiene —sacó el fiscal, de un saco, el arma que tanto daño les hizo a los sirvientes.
Un sonido de admiración proveniente de los que presenciaban el juicio ensordeció el ambiente férreo.
—Defensa. ¿Qué tiene que decir al respecto? —preguntó el oidor en tono de molestia.
—Verá, señor oidor, no se ha negado en ningún momento que el aquí acusado, en su calidad de patrón, haya castigado a sus esclavos. Los occisos murieron por los ineficientes cuidados de las heridas, mas no por la reprimenda.
—¡Objeción, su señoría! ¡Murieron a causa de los latigazos que Mendoza les propinó! —gritó fuertemente el fiscal.
—¡Denegada! ¡Prosiga la defensa!
—En efecto, como decía, Jacinto y Juana murieron horas después de los azotes, no en el momento, no a manos del señor Mendoza, si hubiese sido el caso, entonces estaríamos hablando realmente de un homicidio intencional, lo cual no fue así. Por lo tanto, mi cliente es inocente.
Los familiares de las víctimas, al escuchar esas palabras, se estremecían de impotencia, algunas mujeres lloraban dolorosamente en silencio.
El juicio continuó por dos horas más de alegatos.
El juez levantó la sesión y la dio por suspendida, hasta la siguiente semana, para dar el veredicto.
Mendoza tenía que esperar para saber lo que iba a suceder.
Una semana de espera le pareció una eternidad.
Mientras tanto, Mendoza y sus acompañantes, por orden del oidor, tendrían que quedarse en la ciudad para esperar la siguiente audiencia.
ITZEL Y CANEK CONTINUABAN CON sus lecciones matutinas y por la tarde con sus labores en la hacienda.
Ahora, con tanto quehacer, no les daba tiempo de ir a jugar al cenote con Santiago y Pamawari, pues debían esperar que llegara el fin de semana, donde las haciendas se encontraban más tranquilas, tiempo que les parecía una eternidad.
Por fin llegó el sábado. Los niños se dispusieron alegremente en terminar rápido sus encargos.
Santiago y Pamawari ya los esperaban en el lugar y la hora indicada como de costumbre.
Mientras Itzel y Canek tomaban el sendero que conducía al cenote sagrado, escucharon los llantos de una niña más grandecita que ellos, tenía diez años.
La vieron a lo lejos llorando a un lado de un riachuelo.
Tenía el cabello color castaño claro con un enorme moño color tinto, y ojos oscuros que se habían tornado rojizos por tanto llorar.
Su piel era de tez blanca, con las mejillas rosadas que parecían dos manzanas rojas.
Portaba un vestido que hacía combinación con el listón, estaba sentada sobre la hojarasca con las piernas abrazadas al pecho.
Se le acercaron los niños con intención de consolarla.
—¿Por qué lloras? ¿Qué tienes? —preguntó Canek triste al ver a la niña desconsolada.
—¿Necesitas algo? Nosotros vamos a ir a jugar al cenote. ¿Quieres venir? —la invitó Itzel para ver si se contentaba y se le olvidaba su pena, pero la niña no paraba de llorar.
—Canek, creo que es la hija de doña Leonor y don Pancho —le dijo Itzel a Canek alejándolo un poco para que la niña no la escuchase.
—Me adelanto entonces, te veo en el cenote.
—Soy Itzel, hija de Dolores y José, ¿tú cómo te llamas?
—¡Déjame sola! ¡Vete! Nadie puede ayudarme.
—Está bien, aquí estaré.
Itzel se alejó un poco y comenzó a buscar piedrecillas que le llamaran la atención para formar figuras en la tierra. La otra niña se acercó a Itzel, poco a poco, ya más calmada con intención de platicar.
—No me entenderías, además eres una niña más chica que yo.
—Ponme a prueba.
—Vale, pues estaba en mis lecciones ayer en la parroquia, en uno de los salones, y me puse de pie porque el profesor me lo pidió, de repente, un niño que estaba detrás de mí me sentó a la fuerza al ver que mi vestido estaba manchado de sangre.
Yo no entendía por qué lo hizo y el profesor lo regañó, entonces comenzaron mis compañeros a reír y a cantar una tonta canción, el profesor los calló, pero seguían cantando, cantándome a mí.
Una niña me susurró al oído: ¡Te estás desangrando!
, y pensé ¡Me estoy muriendo! ¿Entiendes? ¡Me estoy muriendo!
—¿Cómo te llamas?
—Elisa, soy hija de los señores de la bodega.
—Sí, los conozco.
—¿Le dijiste a tu mamá?
—¡No! No quiero mortificarla. Mi madre se muere si algo me pasara.