Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA #10
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AMISTAD MESTIZA #10

—¡No se dice qué, se dice mande usted! ¡Hostias! Y por última vez, que no me mires a los ojos, te he dicho. Anda, Socorro, después continuamos con los ajustes, llévate a esta niñata insolente de aquí, ahora mismo —Clara gritaba furiosa con tono reprensible y mirada fulminante.

Itzel llegó triste con su madre y le pidió que no le volviera a encomendar servir a las señoras de la casa, ella prefería quedarse en la cocina y ayudar en otras tareas, menos esa.

Dolores la abrazó y le pidió paciencia, le explicó que poco a poco aprendería, pero la niña se sintió apesadumbrada lo que quedaba del día.

MENDOZA, DON PANCHO Y DON IGNACIO, acompañados de algunos peones, llegaron a Mérida.

Era de noche, terminaba de caer una ligera llovizna en la cuidad.

El sonido de los carruajes sobre las callejuelas de piedra mojada retumbaba en los oídos de los transeúntes, así como los relinchos de los caballos y el murmullo de las personas, que alegremente salían de las tabernas con unas cuantas copas de más, abrazados de alguna dama de compañía nocturna.

Los faroles alumbraban ligeramente el camino, gracias al sereno que acababa de prender los candiles de las calles principales.

Por el nerviosismo y costumbre, la vista de Mendoza pasaba por alto las bellas edificaciones de la ciudad, pero Ignacio y Pancho observaban con gran asombro esos edificios altos y amontonados, así como la catedral barroca de Mérida que al doblar la calle aparecía ante sus ojos.

El cochero condujo a los señores hasta arribar a la hacienda más lujosa de la ciudad, propiedad de su amigo el marqués de Zaragoza, un español venido hacía muy poco a Nueva España.

Allí se hospedaría el caballero Mendoza, recién llegado de la hacienda.

La casa principal estaba rodeada de preciosos jardines y fuentes.

Su fachada estaba pintada de color tinto, se podían apreciar los arcos, las tapias con enredaderas y los corredores en la entrada.

Tenía una gran escalinata a la entrada donde aguardaban los sirvientes criollos.

Mendoza saludó a su amigo que lo esperaba con ansia, Pancho e Ignacio se despedían de momento, para registrarse en un mesón modesto de la ciudad.

—Vamos, Pancho, Ignacio, háganos la cortesía de acompañarnos esta noche —expresó el marqués mientras los invitaba a pasar.

—Sí, de favor. Que necesito relajarme antes de la comparecencia de mañana —clamoreó Mendoza.

—Iremos a la casa de comedias, ¿vale? Me han dicho que se está presentando “El Lazarillo de Tormes” —le sugirió el marqués a su amigo.

—Don Mendoza, sólo tenga presente que tenemos que estar frente al oidor mañana a primera hora, no se olvide —le recordó don Ignacio.

Don Pancho soltó su característica carcajada y dijo alegre:

—Sólo esperemos que el pulque y los naipes no se le atraviesen por enfrente, don Mendoza, suelen ser malas compañías lejos del hogar.

—¡Jolines, Pancho, no seas aguafiestas! Qué va a decir nuestro anfitrión, que suelo ser de malas mañas, recuerda que quizá sea la última noche que podré disfrutar mi libertad —Mendoza se expresó con una gran carcajada.

Los criollos Ignacio y Pancho se miraron de manera particular pensando en las influencias y el poder de Mendoza, así como un poco incrédulos de que se hiciera justicia a Juana y Jacinto.

Los peones se hospedaron en una posada humilde del centro de la ciudad, disfrutando de la alegría que la noche les ofrecía.

Instalados en sus mesones, se quedaron en sus respectivos cuartos para descansar y prepararse con trajes de gala para acudir al teatro.

Los trajes que portarían ellos eran como los de todos los criollos, modestos, remendados y heredados por sus padres.

Llegó la hora de que los caballeros regresaran a la mansión, en busca del marqués de Zaragoza y de su patrón. Mientras iban en camino en el carruaje con el que recogerían a Mendoza, sostuvieron una pequeña charla.

—Ignacio, no entiendo cómo es que el patrón está de ánimo para ir a ver esa obra, si va en contra de la ideología de los españoles.

—Ni yo lo comprendo, compadre. Además, ¿no se supone que la Santa Inquisición, desde hace algunos ayeres, tiene prohibida esa novela, incluyéndola como uno de los libros prohibidos?

—Pues ya ve, compadre, lo más prohibido es lo más deseado.

También tenga en consideración que los gachupines son de doble moral y, lejos de la justicia real, gozan de ciertas libertades y autonomías.

Sus bibliotecas están repletas de libros prohibidos de ciencias, novelas de amores y comedias, mientras que los libros devotos los tienen escasos y arrumados, incluyendo en las bibliotecas de monjas y curas.

—Así es, Pancho, hasta la misma Inquisición ha ido a las haciendas y quintas para apoderarse de esos libros y confiscarlos por estar en contra de sus doctrinas, y terminan en los estantes del prior.

Pero la ciencia y el conocimiento son temas que, aunque la Iglesia no las apruebe, se sabe bien que son necesarios para el hombre.

Una vez que llegaron a la mansión del marqués, los cuatro caballeros se fueron al teatro. Cuando subían a la zona de los palcos donde estaba la alta sociedad, un caballero les negó la entrada a Pancho e Ignacio.

—Disculpen, caballeros, las butacas para la clase criolla se encuentran en la parte central del teatro. Vengan, los acompañaré.

—No hace falta, distinguido caballero, dejadles que vienen con nosotros, son nuestros invitados —explicó el marqués.

—Una disculpa, señor marqués, adelante, siéntanse cómodos.

Se acomodaron en sus butacas mientras esperaban la función.

El marqués sacó unos binoculares antiguos, grabados en plata de la mejor calidad, heredados de su padre.

Mendoza substrajo una cajita color tinto de su bolsillo donde guardaba unos binoculares franceses realizados en bronce.

Pancho e Ignacio se conformaron en desempolvar sus antiguos y viejos impertinentes, unas gafas con lentes cuadradas plegables que colgaban de una cadena.

El teatro se encontraba con un lleno total, como últimamente se veía en las funciones de la zarzuela.

Pancho e Ignacio se dieron cuenta que la historia que estaban viendo tenía una relación con sus vidas, porque ese niño pobre español llamado Lázaro era huérfano de padre como ellos.

El niño vivía con su madre y su hermanito, pero a causa de la pobreza decidió acompañar, en calidad de mozo, a un anciano ciego en su travesía por los pueblos vecinos para pedir limosna y así sobrevivir.

En sus aventuras conoció, además del ciego, a diferentes personajes como un clérigo, un hidalgo y un vendedor de bulas que le enseñan a forjar su carácter valiéndose de su astucia y sagacidad.

Irónicamente, la historia española dejaba como moraleja el servicio a los demás, la piedad hacia los hambrientos y a los más desprotegidos.

El marqués de Zaragoza y Mendoza, después de dos horas en la zarzuela, salieron muy satisfechos con las actuaciones de los presentadores y platicaron unos minutos sobre la historia.

Los asistentes, jubilosos, se dispusieron a tomar unos tragos después de la comedia, y seguir la noche en algún bar o en casa de alguno de los acompañantes, por lo que el marqués les hizo la atenta invitación:

—Caballeros. ¿Les apetece que vayamos a un bar? Conozco el mejor de la ciudad —dijo el Marqués muy animado.

—¡Vale, amigo mío! Que la noche es larga —expresó con ímpetu Mendoza.

—Nosotros aquí nos despedimos, patrón, mañana pasamos por usted a primera hora, no se le olvide —dijo Ignacio.

—¡Vale! Que descansen, o que aprovechen la noche, como mejor les venga en gana, jajaja —Mendoza alegre les dio unas palmadas en la espalda despidiéndose.

Ignacio y Pancho, al alejarse por la calle empedrada, con asombro comentaron:

—Compadre, ¿cómo es posible que después de ver las enseñanzas del Lazarillo de Tormes , los hombres que presenciaron la comedia igual que nosotros no sintiesen ningún remordimiento por las miserias de nuestros pobres? —Pancho comentó con sentimiento de amargura y pesar.

—Así es, compadre, mejor se lamentan más por los españoles en desgracia de su amada España, que por los desgraciados hambrientos que pasan diariamente frente a sus ojos, a quienes miran con desdén y desprecio.

Ignacio y Pancho eran personas letradas, les seducía leer los libros novedosos que podían conseguir, ya fuera en la hacienda o que algún amigo artista o filósofo les traía del viejo mundo; de igual manera, leían a diario las novedades en los periódicos clandestinos.

Lo que los unía a ambos era su interés por la política y los problemas sociales.

EN LA MAÑANA, PANCHO E IGNACIO ESTABAN en la sala del recibidor de la casa del marqués esperando a Mendoza.

Se escuchaban los cantos de varios pájaros que se hallaban en una jaula blanca en el patio contiguo a donde se encontraban ellos.

Imprevistamente, vieron, desde una de las ventanas que daba al patio, a un niño que salió de una de las habitaciones enojado porque su madre lo había reprendido.

El niño regordete abrió la jaula, tomó uno de los pajaritos y, en cuestión de segundos, le torció el pescuezo.

Abrió de nuevo la jaula, lo dejó dentro nuevamente y se marchó.

Ignacio y Pancho se quedaron atónitos, se miraron. Pancho rompió el silencio.

—Espero que esto no sea de mal augurio.

—Esperemos que no, compadre.

La madre del niño que iba pasando por un lado de la jaula, gritó de susto al ver muerto a uno de sus pájaros predilectos.

—¡Orden en la sala! —se escuchó el golpe del mazo del señor oidor en la audiencia.

—¡De pie! La sesión se da por iniciada.