Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA #9
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AMISTAD MESTIZA #9

—Dios creó en siete días el mundo. El primer día creo los cielos y la tierra.

Había tinieblas y Dios se movía sobre la faz de las aguas; y por ello Dios dijo: “hágase la luz”, y la luz se hizo.

Dios vio que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas, y así Dios llamó día a la luz y noche a las tinieblas.

El segundo día, Dios separó las aguas de la tierra, y a la parte seca la llamó tierra y a las aguas, mares.

Y así, por un lapso de dos horas, el profesor contaba a los niños el génesis, pero Itzel y Canek entendían lo que podían, aun así, ellos, interesados y admirados, escuchaban platicar atentamente al culto sacerdote acerca de los pasajes de la biblia.

Itzel, en un momento de confianza, decidió interrumpir al religioso.

—Disculpe, profesor.

—Sí, hable. ¿Cómo es que se llama usted?

—Itzel.

—¿Pero qué nombre es ese? ¡indios al fin!

Y los niños divertidos soltaron una carcajada por el comentario del profesor. Itzel se ruborizó.

—Vamos, hable, no sea tímida.

—Quiero saber, ¿quién es el padre de Dios?

—¡Blasfemia! Eso es un misterio y es un pecado cuestionar el poder de Dios Padre. Nunca más vuelva a cuestionar a Dios. Niña imprudente. Venga acá. —La niña se levantó temerosa y caminó hacía el frente.

—Muéstreme sus manos.

Itzel se las mostró sorprendida y el profesor sacó una vara de su escritorio y le dio fuertemente un golpe.

La niña lloraba del dolor y de incredulidad.

Los demás niños, callados, observaban el castigo.

Canek no podía creer que, por hacer una pregunta, a su amiga se le castigara de ese modo y se dijo para sí mismo —vaya primer día de clase, lo que nos espera.

—Esto es una lección para todos vosotros. Jamás se deben cuestionar las Sagradas Escrituras. Está prohibido.

Al finalizar la clase salieron del salón para tomar un pequeño receso. Algunos niños se sentían desilusionados. Creían Itzel y Canek que no podía ir peor el día. Juntos intentaban jugar con otros niños y olvidar el incidente.

Ya pasada media hora, continuaban con la segunda clase. El sacerdote franciscano, al que le llamaban padre Sandoval, entró al aula y les pidió mover todas las sillas para ponerlas en un círculo, y así poder interactuar más fluido con sus alumnos.

—Buen día. ¿Por qué tienen esas caras largas? ¿Acaso no fue de su agrado la primera clase? Veamos, comenzaremos con las vocales. ¿Alguien de ustedes sabe cuáles son? —soltó una pequeña carcajada mirando la inocencia de los niños.

Las comenzó a dibujar en un pizarrón. Cada letra tenía a un lado algún objeto relacionado con la primera vocal del nombre, por ejemplo, árbol, que comenzaba con la “A”, la dibujó con un árbol a un lado.

Pero ya ningún niño quiso participar después de lo ocurrido con Itzel.

El profesor se percató de que algo había sucedido, e intentó ganarse la confianza de los niños con juegos.

Sabía muy bien las técnicas utilizadas por su colega y no le era extraño imaginar que había utilizado sus métodos crueles con los pequeños.

Los niños, poco a poco, comenzaron a relajarse y a jugar con el padre Sandoval, tratando de olvidar el suceso desagradable antes acontecido.

El profesor repartió a los niños unos libritos, que eran el catecismo, explicado con dibujos; los diez mandamientos bíblicos y los diez mandamientos eclesiásticos, hechos por monjes y traídos directamente desde España.

—Es menester que os aprendáis de memoria lo aquí explicado. Lo preguntaré de poco en poco, así que estúdienlo.

Terminando las clases, Canek e Itzel continuaban con sus labores en la hacienda. Él se dispuso a ir a los campos de caña, ella a la cocina de la casa grande.

CLARA LLEGÓ EMOCIONADA CON SU AJUAR de novia dispuesta a enseñárselo a su familia.

La boda se efectuaría dentro de poco tiempo.

Los nuevos preparativos estaban a cargo de la servidumbre de ambas haciendas, en esta ocasión, y dadas las circunstancias del luto que aún atravesaba la familia Mendoza, la fiesta sería algo íntimo y sencillo.

Esperanza y su nana jugaban en el piso del pórtico con sus muñecas, mientras su madre, quien poco a poco se restablecía de la tristeza, estaba sentada con su bata blanca de noche en la sala campestre donde observaba a la pequeña, tomando el té con unos turrones y un arreglo de flores frescas recién cortadas del jardín.

Clara subió las escaleras con la emoción en el estómago, les mostró el vestido de novia blanco de encaje y raso, la mantilla y los zapatos recién llegados de España.

—¡Madre, mire qué exquisitez! Me los ha mandado la tía Asunción desde Sevilla. Iré a probármelo, venga conmigo para que me dé el visto bueno. Venga, venga que acá la espero, no demore.

—Hija mía, no estoy de buen ánimo, pero pruébeselo, seguro le quedará pintadito.

—Madre, quiero que se anime con mi matrimonio, ayúdeme con los preparativos, sé que le hará mucho bien, necesito de su buen gusto para organizar la hacienda y el banquete.

La señora Mendoza hizo el gran esfuerzo por complacer a Clara. Entre tanto, el papá de Clara salió de su elegante oficina con cara de preocupación topándose con ella.

—Padre, por fin ha llegado mi ajuar para el matrimonio. ¿Quiere que se lo muestre?

—Hijita, en otra ocasión, tengo diligencias que resolver en la ciudad, salgo ahora mismo para Mérida.

—¿Ahora? ¿No puede resolver sus asuntos don Ignacio o don Pancho?

—No, tengo que presentarme personalmente, ellos solamente me acompañarán.

La señora Mendoza y Clara no tenían ninguna idea de lo que ocurría con él, últimamente se encontraba metido en su biblioteca recibiendo gente de todas partes o llenando y acomodando papeles de mala gana.

—Bueno, por lo menos espero que asista a mi matrimonio —contestó sarcásticamente su hija cruzándose de brazos.

Las besó a ambas en la frente con un suspiro.

Las observaba alejarse tristemente, pensando que quizá para esas fechas, él se encontraría rindiendo cuentas de los homicidios frente al oidor del juzgado.

Por detrás de ellas pasó Esperanza con su nana.

Mendoza la levantó en brazos, la besó y le hizo algunas cosquillas en su panza; Esperanza sonrió al mismo tiempo que lo besó en su mejilla dándole la muñeca sucia, que Rodrigo, su hermano difunto, había salvado para ella.

A Mendoza se le inundaron los ojos de lágrimas y la tomó como un presente de su hijo, un amuleto de la buena suerte que lo acompañaría.

En seguida se marchó con sus acompañantes.

—¡Dolores! —gritó Clara con voz de mandato.

—Mande usted, señorita —Dolores contestó sin mirarla a los ojos como era costumbre de indios y esclavos.

—Llévanos unos rompopes a mi habitación y algunas confituras para Esperanza, también háblale a doña Socorro para que venga a hacer los ajustes pertinentes al ajuar —Clara le ordenaba con voz firme y voluntariosa.

—Sí, señorita Clara, ahorita se la mando —Dolores salió apresurada de la habitación.

Dolores entró en la cocina y le ordenó a Itzel que llevara el encargo a la habitación de Clara. Era la primera vez que a Itzel se le encomendaba atender a los señores.

—Mamá, pero yo nunca les he servido.

—Pues ya es hora de que aprenda a servir, tiene edad para hacerlo, así va repasando nuevos menesteres y se hace mujercita.

Itzel, nerviosa, preparó la bandeja y la acomodó como le dijo su madre, le sacó más brillo a cada uno de los cubiertos y sirvió los dulces y bebidas.

Lentamente, la niña caminó por el pasillo que conducía a la habitación de Clara; la bandeja le temblaba un poco por lo grande y pesada que era para su tamaño, además de los nervios de servir por primera vez a sus amos. Llegó hasta la puerta y se detuvo.

—Doñita, aquí les traigo lo que le encargaron a mi madre.

—Pasa, pasa —dijo Clara, abanicándose.

La mamá de Clara y la niña Esperanza se encontraban sobre la cama con sábanas de seda.

Clara parada sobre un banquillo modelando el vestido de novia, y Socorro, haciéndole los ajustes pertinentes como bordándole puntas de encaje, perlas e hilo de plata y oro al vestido.

A Clara le hacía mucha ilusión portar un vestido de novia nuevo en lugar del heredado por su madre o su abuela, era todo un lujo para la joven, y más si se trataba de bordarlo con piedras preciosas.

Pensaba en la envidia que ocasionaría su vestido entre las jóvenes casaderas de la sociedad.

Itzel caminó dirigiéndose a una mesita de caoba que se encontraba en el medio de la habitación, se encontró distraída y deslumbrada observando el exquisito vestido blanco de Clara.

En su vida había visto algo semejante, pero el tapete persa que se encontraba debajo de la mesa estaba ligeramente levantado por la parte de en medio y su pequeño pie se introdujo entre la alfombra y el suelo, tropezándose con la bandeja entre las manos.

Afortunadamente, sólo fue un tropezón, logró dejar intacta la bandeja en la mesa.

La niña Esperanza soltó una pequeña risita traviesa, pero Clara exclamó:

—¡Madre mía! ¡Pero qué torpe! Mamá, ¿cómo es que Dolores manda a su hija en vez de servirnos ella misma? Pudo haberme echado encima la bandeja, y yo con el ajuar puesto. ¡Pero qué barbaridad! A ver si para la próxima tienes más cuidado, niñata.

—Dispénseme, me tropecé —Itzel nerviosa le contestó.

—¡Joder, niñata!, habla solo cuando se te permita y no me mires a los ojos. ¡Pero qué insolente es! Fuera de mi vista, ¡ahora!

—Itzel, pásame un dulce para Esperanza —le pidió la señora Mendoza a la niña tranquilamente, ignorando el berrinche de su hija casadera.

Pero la niña nerviosa ya no escuchaba lo que le decían, su corazón palpitaba fuertemente y sus manos le temblaban. Sintió como si se detuviera el tiempo, la habitación se hacía cada vez más pequeña y todo giraba a su alrededor.

—Itzel, el costurero —le dijo Socorro.

—¡Itzel, Itzel! Atiéndeme —le gritó Clara.

Itzel, aturdida, habló:

—¿Qué?