Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA #8
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AMISTAD MESTIZA #8

Itzel se sentía extrañada por su comportamiento. Mientras se acercaba más a ellas, se le veían algunos golpes en el rostro y piernas.

—¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo eso? —preguntaban las niñas preocupadas.

—Nada, no pasó nada, ¡déjenme! —Canek contestó amargamente.

—¡Dime quién fue para reclamarle, eso no se le hace a un niño! ¿Fue acaso tu padre? —Pamawari le cuestionaba muy enojada.

Una lagrima rodó por el rostro de Canek, pero era un llanto interno, más de impotencia que de dolor físico, era un dolor del alma, de incredulidad.

El papá de Canek tomaba aguardiente más de la cuenta últimamente, y por cualquier cosa explotaba sus frustraciones y enojos desahogándolas en Canek.

El niño era huérfano de madre, no conocía más cariño femenino que el de sus únicas amigas.

—¡No, déjalo ya, estoy bien! ¿Qué hacían que se veían tan entretenidas? —intentaba persuadirlas Canek.

—Jugando a los sacrificios. ¿Quieres jugar?

Ni Itzel ni mucho menos Pamawari se conformaron con la respuesta, pero sabían que había sido el papá de Canek y por piedad hacía su amigo dejaron de insistir.

—Sí, juguemos —Canek agarró una corona de palma que había en las ofrendas y se la puso sobre la cabeza.

Los niños salieron de la cueva para traer más ofrendas al Dios imaginario, cuando, de pronto, se encontraron en el camino con Santiago, el hermano de Juan Alfonso, el prometido de Clara.

Estaba solo y triste, sentado bajo un árbol formando figuras sobre la tierra, parecía que llevaba buen rato sumergido en sus más profundos pensamientos.

—¡Miren, es Santiago! —Pamawari lo señaló—. Pero ¿qué estará haciendo aquí? No se le permite salir de la hacienda solo.

—Háblale, tú que lo conoces más —la alentaba Canek.

—¡No sé! Bueno, está bien.

—Señorito Santiago, disculpe, ¿qué hace por aquí?

—Nada. Huir de esa casa donde todos están locos — sonrió sarcásticamente, subió su mirada y momentáneamente se le olvidó su tristeza.

—¿Y ustedes qué hacen con esos disfraces extraños? Creo que los dementes están en todos lados, jajaja.

Los niños, apenados, se sonrojaron, ya se disponían a marcharse, cuando Santiago los detuvo diciéndoles:

—Lo siento, es que me pareció extraño pero muy divertido. ¿Puedo jugar también? —se levantó Santiago y se acercó a ellos.

Los otros niños se quedaron ahí sorprendidos al escuchar su pedido, nunca habían jugado con un niño español, ellos siempre los habían visto como superiores, y sobre todo Pamawari, que era una esclava, ella estaba para servirle, así que esas palabras las tomaron a modo de una orden.

—Sí, señorito, lo que usted diga —Pamawari agachó la cabeza.

—No, Pamawari, no estamos en la hacienda, no me digas señorito, yo soy un niño como ustedes, aquí estamos solos —Santiago le puso una mano cariñosamente sobre el hombro.

Gritando y saltando, los niños felices dijeron:

—¡Sí! Sin reglas, ni regaños. ¡Sí!

Itzel, emocionada, apresuró a Santiago para buscar algún ropaje y hacer su rito de iniciación, para que así perteneciera a la madre tierra y a su clan colocando una ofrenda para el juego del sacrificio.

Santiago, que no entendía mucho de lo que le decía Itzel, obedeció, ya con todos los elementos para el ritual, y entraron a la enorme gruta del cenote.

Santiago no podía dejar de admirar ese lugar tan espacial y enigmático, era la primera vez que veía un lugar como ese, no perdió más tiempo e inmediatamente se quitó sus ropas y se lanzó al agua.

—¡Maravilloso, este lugar es maravilloso! Miren, los peces de colores, la luz que entra por ese orificio del techo —expresó Santiago fascinado por la maravilla que tenía ante sus ojos.

Santiago, impresionado, no podía creer que hubiera encontrado un mundo tan diferente al suyo, estaba extasiado, sin ánimos para volver a la hacienda, ese lugar era el paraíso del que tanto le contaba su madre y el señor cura.

A Santiago, a pesar de que vivía tan cerca, no le permitían incursionar por esos lugares.

Los niños, extrañados por lo atónito que se encontraba su nuevo amigo, reían cada vez que Santiago se maravillaba por algo.

—Vamos, Santiago, hagamos reverencia a los dioses —le dijo Canek mientras preparaba el ritual.

—¡Sí!

Se colocó su atuendo de plantas, mientras las niñas le pintaron la cara y el pecho, ya Canek acomodaba el altar.

—¡Terminado! Que inicie la ceremonia —gritó Pamawari con alegría.

Prendieron un incienso perteneciente a la mamá de Itzel y lo pasaron alrededor del cuerpo de Santiago.

Pamawari, con un huevo traído de la cocina de la hacienda de los Velázquez, se lo frotó por el cuerpo y lo rompió en un platito de barro.

Canek, con unas hierbas, frotó el cuerpo de Santiago y le puso las manos sobre la cabeza, diciéndole una oración maya.

Santiago se encontraba fascinado con ese ritual, se sentía liberado, conectado con el ser supremo, y con sus nuevos amigos que eran considerados diferentes e inferiores a él.

En ese lugar no existían razas ni clases sociales, los niños eran iguales.

Al terminar el ritual, Santiago hizo una reverencia al altar y se quitó el escapulario que traía colgado del cuello, lo colocó como ofrenda en el altar junto con los demás objetos.

Terminaron su juego-ritual y emprendieron el camino hacia sus respectivas haciendas, jugando y cantando algunas canciones que Itzel y Pamawari les enseñaban.

—¿Cuándo los volveré a ver? —preguntó Santiago.

—Siempre que tú quieras —Canek contestó feliz.

AL DÍA SIGUIENTE, MUY TEMPRANO EN LA HACIENDA de los Mendoza, se escuchaban las campanadas de la capilla dictando la hora, eran las 5:00 am.

La capilla tenía una fachada muy sencilla, en su interior resguardaba un retablo estilo barroco, de columnas salomónicas, lugar sagrado admirado por el cura y también por don Mendoza.

Ya los trabajadores se encontraban en sus labores cotidianas, cuando un mensajero del padre Pascual empezó a llamar apresuradamente a los niños y mujeres, para reunirse a las afueras de la capilla.

—El señor cura los solicita lo antes posible a la puerta de la capilla, tiene un mensaje importante para sus hijos.

Todos asistieron con gran interés e incertidumbre. El padre Pascual era un sacerdote delgado, con rostro paciente y poco cabello, tendría unos cuarenta años de edad, con túnicas color café, un cinturón beige que parecía un rosario, sandalias viejas y polvorientas.

—Buen día a todos. Como verán, los he mandado llamar para darles el anuncio de que a partir de mañana será el inicio de la escuela para sus hijos con siete años cumplidos, es muy importante que asistan, quiero decir, es obligatorio, así lo manda la Santa Iglesia católica, donde también se les impartirán las clases de catecismo para ser bautizados, y más adelante cumplirán con la primera comunión.

Itzel escuchaba atentamente el mensaje un poco confuso para ella, no lograba entender qué era eso del bautismo ni la primera comunión. Sus padres nunca le habían hablado de eso.

—Mamá, ¿de qué habla el padre Pascual? —Itzel le jalaba el huipil a su madre.

—Estese quieta, niña, deje oír.

Itzel se acercó a doña Leonor, que también llevaba a sus hijos.

—Doña, ¿qué es el bautismo?

—Es un ritual de la Iglesia, donde, gracias al agua que te ponen en la cabeza, te convertirás en hija de Dios y llevarás otro nombre, un nombre católico. —Itzel aún no comprendía, entonces le surgieron más preguntas.

—Pero si yo ya soy hija de Dios. Ya tengo un nombre, no quiero otro.

—Ya te lo explicará el señor cura, mi niña.

Itzel se acercó a Canek y le preguntó:

—¿Tú sabes qué es la primera comunión?

—No, pero me dijeron que es cuando comemos la carne y la sangre de Jesús.

—Ah, como los rituales de nuestros ancestros.

—Sí, creo que algo así, Itzel. Nos comeremos la carne de Jesús.

—¡Pues no quiero comer eso!

—Yo tampoco. ¿Sabes? Tú y yo seremos compañeros, ya quiero que sea de mañana.

—¿También nos van a enseñar a escribir? Creí que solo era para los blancos.

—Sí, eso era antes.

—Yo también quiero venir mañana, quiero leer muchos cuentos.

Esa noche, Itzel no podía dormir de la emoción, de imaginar lo que le esperaría en su primer día de escuela.

Daba vueltas en su hamaca de un lado a otro.

Miraba la luz que se colaba por la ventana observando por largo tiempo la luna y las estrellas.

Un pequeño sonido de un grillo rompía el silencio de la noche, una ligera llovizna bañaba el vidrio de la ventana y los campos alrededor de su casa; después de tantos intentos, por fin logró conciliar el sueño.

A la mañana siguiente se escuchaba el canto del gallo y las fuertes campanadas de la iglesia, anunciando la hora de ir a trabajar. Itzel se levantó despabilada, desayunó cualquier cosa rápido, se bañó, y apresuraba a sus padres para salir de su casa lo antes posible.

—Espere, mi niña, que se me olvidan las herramientas —la detuvo el papá de Itzel antes de salir.

—Ándele que ya quiero llegar, no quiero que Canek me gane el mejor lugar.

—Tome, llévese una fruta por si le da hambre —le dijo su mamá.

Todos los niños emocionados aguardaban afuera de la capilla de la hacienda, esperando indicaciones.

Los sacerdotes y el cura Pascual organizaban a los niños por salones, invitándolos a entrar en un apartado de atrás de la capilla.

Había un jardín cuadrado en medio, con una fuente y rosales; alrededor, unas columnatas que daban hacia los salones, la cocina y algunas habitaciones de los sacerdotes.

Los niños, ya sentados, escuchaban atentamente al profesor religioso quien impartía esa materia.