AMISTAD MESTIZA #7
SEMANAS DESPUÉS DE LA FIESTA del día de muertos, en la hacienda se continuaba con el luto por la muerte de Rodrigo.
La madre del niño no dejaba la habitación de su hijo, pasaba todo el día en esa recámara, comía y dormía ahí, no tenía ningún motivo para levantarse o bañarse, y mucho menos para lidiar con los problemas habituales de la vida diaria.
Desde que iniciaba su día sus criadas todo le hacían, la bañaban, la vestían, le daban de comer en la boca a la fuerza, porque, si fuese por su gusto, no volvería a comer jamás.
Su cuerpo, pero sobre todo su alma, se iba consumiendo poco a poco.
Su esposo, amoroso y armado de paciencia, la dejaba que hiciera lo que quisiera, sabía que su dolor era muy grande y nada en el mundo haría que su amada recuperara la alegría.
Él mismo le llevaba a veces la comida e intentaba hacerla comer, platicaba con ella de todo, pero nada daba resultado.
Clara, su hija, sumergida en sus lecturas diarias, se mantenía ocupada con la preparación del matrimonio y sus clases religiosas para esposas católicas, al grado de que se olvidaba del dolor intencionalmente.
Esperanza, la niña de tres años, con su nueva nana, no comprendía por qué su hermano ya no estaba ahí para jugar con ella, o por qué sus padres se mantenían tan ocupados en su dolor, que se olvidaban de que ella existía.
Pero, casualmente, todo tiene repercusiones tarde o temprano.
¿Cómo es que un suceso puede cambiar la vida de muchas personas a la vez?
Cuando Don Mendoza creía que todo estaba terminado y que nada podría ir peor, llegó un hombre de la ciudad muy temprano en la mañana, para hacerle una visita.
Venía acompañado de diez hombres en carrozas de parte del cabildo.
El alguacil quería hacer ciertas averiguaciones con respecto a la muerte de los dos indígenas, Jacinto y Juana.
—Don, lo busca el alguacil de Mérida, que necesita hablarle —le dijo uno de sus criados.
— Anda, dile que aguarde, lo veo en el despacho.
Nervioso, Mendoza buscó a José y a Vicente para que, armados, hicieran guardia en la entrada de la hacienda con los otros peones.
Vicente, el padre de Canek, con la resaca de la noche anterior, se dispuso como pudo a obedecer la orden del hacendado, y José, que estaba en los campos de caña supervisando a los esclavos negros, dejó lo que hacía para cumplir con su cometido.
Después, Mendoza buscó a los criollos, entre ellos don Pancho y don Ignacio, para que lo respaldasen en caso de que se lo quisiesen llevar a la fuerza.
Sacó de su bolsillo un pañuelo y se enjuagó el sudor de la cara y el cuello, antes de llegar al despacho, donde dos hombres en la puerta custodiaban al alguacil.
El hombre lo esperaba tranquilo y sentado en una de las sillas junto al escritorio elegante de caoba, admirando la colección de libros, estatuillas y relojes del hacendado, mientras se fumaba un habano, que había sacado sin pudor alguno de una de las cajitas cubanas de Mendoza.
—¡Buen día, alguacil! ¿Qué lo trae por aquí? ¿En qué puedo ayudarle? ¿Le ofrezco algo de beber? ¡Rosario! Tráigale agua de horchata al alguacil.
—¡Buen día, don Mendoza! Sí, gracias, le agradezco. Vengo de parte del cabildo, por el asunto de los dos indígenas que murieron la noche misma del fallecimiento de su hijo, mi más sentido pésame para usted y su honorable familia, don.
—¿Y qué quiere saber?
—Pues cómo fueron los hechos, don.
—Los hechos ya los sabe usted. No hay nada nuevo que contar. Y, como usted dice, estamos de luto y no es menester que se nos moleste en momentos como este.
—Lo entiendo, pero es mi trabajo, comprenda usted. Y para no ir más por las ramas, seré claro.
—¡Sí, tenga la amabilidad!
—Usted será investigado por las dos muertes de Jacinto y Juana, será llevado ante la audiencia real en Mérida para comparecer sobre el caso. Por ello necesitamos que nos muestre el lugar donde fueron ejecutados los occisos, para recabar información y pruebas para el juicio.
—¿Juicio? De qué juicio está usted hablando.
¡Por mis cojones que no habrá ningún juicio!
Yo soy inocente de cualquier cargo que se me impute, porque yo soy el dueño de esta hacienda, dueño de los indígenas y esclavos negros que hay aquí, yo los compré y no se me puede juzgar por nada, es mi derecho hacer con ellos lo que se me venga en gana, ¿me escuchó?
Lo que se me venga en gana. ¡Faltaba más!
Así que salgan por donde entraron usted y todos sus compinches, no vuelvan más.
Mendoza agarró una escopeta que tenía ya preparada a un lado de su librero, con la que le apuntó al alguacil sin miramientos. El alguacil, sin ningún aspaviento, continuó tranquilamente sentado fumando el puro con las piernas cruzadas.
—Don, nos conocemos desde hace años, usted sabe que no tengo nada en contra de usted, lo sabe, baje el arma y hablemos.
Usted es una persona de entendimiento, comprenda que es mi labor, yo cumplo solo con lo que se me ha encomendado.
Mire, déjeme hacer mi trabajo, yo le aseguro que esto es un malentendido y se tiene que solucionar lo antes posible.
Tengo a diez hombres esperando afuera, dejemos que hagan su encomienda, pero al final yo soy el encargado de la investigación, yo podría alterar las pruebas a su favor, ¿le parece?
Claro, siempre y cuando se llegue a un acuerdo donde ambas partes salgamos beneficiados, como siempre.
Mendoza bajó su escopeta y comenzó a tranquilizarse, ya su respiración se iba normalizando.
—¿Qué quiere?
—Ah, pues, digamos, ¿cuánto vale para usted su libertad? Todo depende de ello, ¿está usted de acuerdo? Usted ponga el precio —el alguacil con una mano sosteniendo el puro y con la otra se encontraba mirando detenidamente sus uñas mugrosas.
El ambiente se había tornado humoso por el puro prendido.
En el despacho se respiraba un aire de tensión y pesadez.
La habitación se iluminaba de la luz proveniente del pasillo.
Una polilla que salió volando de entre la colección de los libros viejos, se posó en el escritorio frente al alguacil y este de un fuerte manotazo no vaciló en aplastar al insecto.
—Mire, don Mendoza, usted sabe que las acusaciones vienen de más arriba, yo solo cumplo con las órdenes que se me asignan.
—¡Hijo de mil putas! ¿Quién es el que se ha atrevido acusarme? ¿Qué? ¿Acaso no he sido siempre yo él que he ayudado a todos esos mal paridos a tener sus cargos políticos, hinchándose de oro y plata? ¡Ah, gilipollas!
—Cálmese, don, vamos, lo quiero ayudar, dígame. ¿Cómo nos arreglamos?
—¡Dígame nombres!
—Usted sabe que no puedo hacer eso, también yo correría peligro, usted déjemelo a mí que yo me encargo.
Con unas cuantas mañas, unos pagos aquí y allá, asunto resuelto.
Pero también cuídese de los suyos, quizá tenga algún informante aquí mismo en su finca y aún usted no lo sabe, recuerde que no se puede confiar de esos indios ladinos.
Las últimas palabras del alguacil taladraron en lo más profundo de sus pensamientos.
—Le mando el pago a su oficina lo antes posible con don Pancho y don Ignacio, pero que nadie sepa para qué está destinado. Tenga por seguro que seré muy generoso, usted sabe que este tipo de encargos los pago muy bien.
—Perfecto, confío en su palabra, don Mendoza. Ahora, si no hay inconveniente, pasaremos a revisar la hacienda. Con su permiso.
—¡Adelante! Pero trate de que sea lo más discreto posible, no quiero que importunen a mi mujer.
—Así lo haremos, con su permiso.
Los hombres del alguacil, ya cansados, terminaron cuando el sol comenzó a ponerse, revisaron cada rincón del terreno en busca de cualquier objeto que pudiera recrear los hechos.
Interrogaron a cada una de las personas que estuvieron en aquel momento, también a niños y jóvenes.
Por fin se marcharon. Poco a poco se había comenzado a disipar el dolor antes de aquella visita, pero en un solo día se dejó un ambiente que removía el recuerdo y el horror.
Los días en la hacienda cada vez eran más pesados, la desconfianza de Mendoza iba en aumento.
El encierro y la tristeza de su esposa se incrementaban.
Los criollos, indios y esclavos trabajaban lo mejor posible para no contrariar a sus amos, pero día a día crecían resentimientos.
Los niños, en algún momento, aprovechaban para irse a escondidillas a jugar a los cenotes y dejar la amargura de lado.
PAMAWARI E ITZEL LLEGARON ANTES que Canek al cenote.
Nadaban y se divertían entre las lianas que colgaban de los extremos del techo perforado por el tiempo y la naturaleza, donde se asomaba el sol y el follaje de los árboles.
Peces de colores azul eléctrico, amarillo canario, naranja y negro rosaban la piel de las niñas como jugueteo, éstas reían a carcajadas.
Ambas niñas jugaban a que eran sirenas de mar, los piratas las cazarían y las llevarían presas.
Después el juego cambiaba a que eran sacerdotisas del cenote, había que hacer ofrendas y sacrificios a los dioses que estaban enojados.
Simulaban que prendían una fogata, bailaban y reían alrededor del fuego imaginario, invocando palabras de origen africano y maya.
Con los rostros pintados de rojo y negro, gracias al tizne y las chinchillas aplastadas encontradas entre la tierra, maquillaban con los dedos sus mejillas y frente.
Se hacían disfraces con collares de conchas y faldas con hojas grandes tomadas por los árboles a modo de taparrabos.
Cuando les daba hambre, robaban la comida de la ofrenda y tomaban el agua de los cocos que habían encontrado antes de llegar al cenote.
De repente, apareció Canek, de pie las veía sin decir palabra.
—¡Canek! Llegaste, ¿desde hace cuánto estas allí? ¡No te vimos! —le preguntó Pamawari.
—Pero ¿qué te sucede? Estás muy raro.