Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA #6
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AMISTAD MESTIZA #6

Llegó el dos de noviembre, día de muertos, para los mayas la celebración del hanal pixán .

Los niños Itzel, Pamawari y Canek se sentían entusiasmados por la fiesta donde los muertos, según sus tradiciones, regresarían para convivir con los vivos.

Los dueños de la hacienda no estaban de ánimos para esas ceremonias, así que dejaron salir a sus sirvientes al pueblo de Ticul para celebrar, también para que se olvidaran del resentimiento por las muertes de Juanita y Jacinto.

Canek e Itzel se metieron a la hacienda de los Velázquez para ir por Pamawari; era una aventura para ellos.

Los Velázquez y papás de la niña habían dado su consentimiento para que fuera con sus amigos a la fiesta.

Dados los eventos pasados, nadie tenía fuerzas ni ganas de discutir.

Ya reunidos los niños con los adultos indígenas, se encaminaron al panteón que se encontraba a las afueras de Ticul.

Flores de cempoalxóchitl , claveles, flor de nube y otras flores de colores como blanco, morado y rojo, con su olor inundaban el ambiente junto con el incienso, los platillos típicos predilectos de los difuntos como el pib , chocolate caliente, atoles, pan de muerto y dulces de fruta, colocados en platos de barro también engalanaban las tumbas de los parientes.

Música prehispánica con tambores y el olor a cera de las velas prendidas por doquier, recibían a vivos y muertos; el ambiente era el ideal para el reencuentro familiar.

Antes del festejo se celebraría una pequeña misa en honor a los difuntos.

La iglesia se encontraba adornada con las mismas flores con las que se había engalanado todo el panteón, así como con veladoras, cirios y mantos negros.

El señor cura, en su sermón, hizo mención a la importancia de la confesión, la rectitud, el pago de indulgencias y el no practicar ritos paganos ni heréticos, así como el castigo de Dios hacía los hombres en caso de no obedecer los mandamientos.

Los pequeños niños españoles, criollos e indígenas enfadados, unos llorando y otros esperando que se diera la hora de marcharse a jugar, interrumpían la atención de los asistentes, pero aún más la de los padres, que discretamente los callaban para no ser golpeados con una mirada incriminatoria por parte de los monaguillos, o peor aún, la mirada del sacerdote.

Mientras tanto, Itzel y sus amigos estaban distraídos intentando descifrar los mensajes de la basta cantidad de pinturas y esculturas que decoraban la iglesia, las cuales narraban variados pasajes de la biblia a modo de cuento.

Al terminar la misa, salieron a empujones hombro con hombro los asistentes sudorosos por el intenso calor.

Afuera del templo, donde se hacía escuchar el sonido de las campanadas indicando la hora, se encontraban los hombres indígenas bailando con sus trajes típicos conformados por penachos de plumas en la cabeza, semidesnudos con taparrabos, caracoles, tambores y ocarinas.

El baile anunciaba el arribo de las ánimas.

En la plaza también se distinguían los ropajes de las mujeres danzantes, llamados huipiles, eran de color blanco con flores.

Los niños observaban detenidamente el ajuar de las participantes, peinadas con su cabello recogido y trenzas, así como con flores sostenidas por la oreja derecha.

Los hombres, con sombrero y vestidos de blanco, se acercaban y se alejaban hacia ellas bailando al son de la música.

Después de los bailables, los ahí presentes se encaminaban al panteón portando velas blancas, que mostraban el camino a las ánimas en pena.

Pamawari e Itzel jugaban a colocarse flores en el cabello como las mujeres danzantes.

Ya en el panteón, las historias y leyendas no se hacían esperar.

Sentados alrededor de las tumbas de amigos y familiares contaban cuentos para asustar a los oyentes.

—¿Han escuchado alguna vez la leyenda de Huay Pek, el “brujo perro”? —exclamó Canek emocionado.

—¡No! Nunca. ¡Vamos cuenta, cuenta! —respondieron las niñas sentadas en la tierra deshojando flores.

—No les cuente chiquillo, se van a asustar —dijo Dolores en tono sarcástico.

— Na´, deje que nos cuente, somos valientes y no le tememos a nada —rogaba Itzel a su madre.

—Bueno, pues ahí les va.

Canek les contaba ávidamente la leyenda a sus amigas, y mientras ellas no dejaban de poner los ojos sobre él, sin querer perder ningún detalle de aquella narración ancestral.

El niño les platicó que hace muchos años, vivió el brujo Juan Moo en la ciudad de Ticul.

Era el mejor brujo de magia en Yucatán. Cuando alguien quería un trabajo, él se convertía en un perro muy grande y negro, en Huay Pek , caminaba con dos patas y aullaba.

Cuando los gachupines se enteraron del brujo perro, no les creyeron, así que una noche oscura, cuando en el camino de tierra lo único que se veía era la luz de la luna llena, que alumbraba algunas casas de adobe, siguieron a Juan Moo, El perro-brujo, cuatro hombres comandados por un coronel, se escondieron para verlo desde una choza que daba hacia la calle empolvada del cementerio.

La casa estaba abandonada, llena de telarañas por doquier.

Insectos corrían por el piso, las ratas se paseaban sobre los escasos muebles roídos por el tiempo y el descuido, buscando cualquier resto de comida.

Canek vio como las niñas comenzaron a ponerse nerviosas.

Pamawari ya había deshojado varias flores.

Entonces, el niño intentó poner más dramatismo en sus palabras y continuó con su relato.

Les contó que la primera noche, los muchachos miedosos temblaban y sudaban sin poder controlar sus nervios.

Estaban sentados en el suelo, a un lado de las ventanas rotas y grises esperando cualquier señal del perro brujo.

Su imaginación no los dejaba dormir. Cualquier sonido los alertaba.

Se movían de un lado a otro por el piso junto a los animales que les hacían compañía.

De repente, escucharon varios sonidos en la casa que iban aumentando de poco en poco, después sonidos fuertes.

Algo agitó fuertemente el techo que se sentía caer de golpe, lanzándose sobre los soldados, que arrojaron gritos de horror.

Canek lanzó un grito que aterró a las niñas, en respuesta gritaron y se abrazaron entre ellas.

—¡Pero qué susto! —comentó Itzel espantada.

El niño continuó diciendo que los hombres habían luchado contra esa fuerza oscura que los envolvía.

Sentían agujas en sus cuerpos que les picaban y golpeaban, les arrancaba trozos de piel, era difícil escapar del ataque, su respiración se agitaba cada vez más, hasta que no podían respirar.

Las armas que traían servían de escudos, hasta que uno de los hombres se dio cuenta que no se trataba del perro brujo, sino de tres lechuzas enormes que buscaban comida en el piso y estas se les echaban encima escudriñando qué comer.

El hombre se rio de ellos y los demás, apenados, comenzaron a golpear con sus armas a las aves demostrando superioridad, hasta que las aves heridas volaron a sus nidos en el techo.

—¡Ah, entonces no era el perro-brujo, eran lechuzas!

—Espera, Itzel, que todavía no terminó la historia.

El niño se paró de su lugar y continuó su relato diciendo que la tercera noche, el coronel, ya fastidiado, intentó ver a lo lejos por una ventana, pero sin ningún resultado; nada, no había nada, así que les ordenó salir a revisar a los alrededores, pero aún sin señales del animal.

Entraron a la casa, tomaron sus cosas y decidieron regresar a sus casas creyendo que los habían engañado, que ese cuento era solo inventos de la gente.

Bromeando a carcajadas con sus cosas al hombro, salieron de la casa.

De repente, Canek, brincó y dio un rugido nuevamente, asustando a las niñas que gritaron despavoridas.

—¡Aaaaaahhhhhhh! —gritaron las niñas.

—Pero qué malo eres, termina ya la historia —le dijo la mamá de Itzel al niño, mientras sonreía.

Canek reía y se emocionaba al ver la reacción de sus amigas.

Describió a un perro muy grande que había saltado de la azotea de la casa y que los cinco hombres dieron media vuelta hacia atrás, intentando sacar su escopeta, pero el perro aullaba y de un solo brinco, estaba en el aire con sus grandes ojos rojos, mostrando los colmillos y dientes afilados.

El coronel, asustado, tiró la escopeta al piso, él y sus ayudantes creyeron que se trataba del mismo demonio, pero de repente desapareció en el aire el perro-brujo.

Se santiguaron y comenzaron a rezar hincados muertos de miedo, con los pantalones mojados por la impresión.

Señaló que tanto fue el pavor de ellos, que a todo el que iba pasando le platicaban, y también cuando regresaron a España seguían contando lo que les sucedió.

Él creía que aún se podía ver el perro brujo pasear por los panteones a medianoche, así que les recomendó que tuvieran cuidado al regreso, no fuera que se encontrasen a la bestia, y fue entonces cuando señaló al espacio vacío con los ojos expresivos y emocionado mientras les advertía a sus amigas.

—¡Pero qué susto! —comentó Itzel espantada.

—¡Sí, qué susto! ¡Me gustó tu historia, Canek! Mis abuelos también contaban leyendas de hechiceros, que se convertían en animales —comentó Pamawari con la conmoción de dicha remembranza.