AMISTAD MESTIZA #5
En una de las habitaciones de la casa, doña Jesusita y doña Leonor, con la ayuda de otras sirvientes de la hacienda, limpiaban el cuerpo y vestían al niño de gala, con ropas blancas finas.
El rostro de Rodrigo se había tornado de un blanco pálido angelical, con el perfil perfecto que lo caracterizaba y sus cabellos negros ligeramente largos en bucles.
Le rezaban y le hablaban durante la preparación a modo de ritual religioso, creían que los difuntos todavía escuchaban y su alma seguía vagando por los rincones de su vida pasada.
El padre Pascual se preparaba para llevar el rosario, que se rezaba a los difuntos, y de ese modo dar consuelo a la familia y amigos.
En la capilla de la hacienda se encontraban algunos peones acomodando flores, velas y paños negros.
Los padres de Canek e Itzel caminaron por el muelle encontrándose con sus hijos que estaban sentados en las maderas, acompañados de una niña negrita, Pamawari.
—¿Qué hacen aquí, niños? —preguntó el papá de Canek.
Los niños, sin poder articular ni una sola palabra, solo levantaron los hombros; con sus miradas lo decían todo.
—Vayan a sus casas y prepárense para el velorio —dijo José, el papá de Itzel, con voz triste.
—Pues ya era hora que alguna tragedia les sucediera a estos gachupines —expresó el papá de Canek con aires de indiferencia y frialdad.
—Pero ¿qué dice, Vicente? Lo van a escuchar los niños. Esta tragedia no se le desea a nadie, ni al peor de los enemigos, además, los patrones nos han tratado mejor que en otras haciendas, ellos son más justos —intentaba razonar el papá de Itzel con el hombre.
—¡Pues yo creo que sí se lo merecían! ¿Cuántos no han caído bajo su espada desde la conquista? Una cucharada de su propio chocolate. Todos son iguales. ¿Ya se le olvidó todo lo que nos robaron, las violaciones, las injusticias, asesinatos?
—Sí, pero recuerde que nuestros pueblos también se traicionaron unos con otros, si hubieran unido fuerzas esta conquista quizá nunca hubiese ocurrido.
El pasado debe quedarse en el pasado y no podemos juzgar lo sucedido, solo Dios sabe el actuar de nuestros abuelos.
Además, hagamos nosotros lo que nos corresponde hacer; usted, Vicente, es incorregible, nunca cambiará, solo espero que algún día no le escuchen hablar de ese modo, porque lo pueden desollar vivo.
—¿Vea? Es a lo que me refiero, el poder que ha ganado esta gente ambiciosa no tendrá fin, no tienen respeto por la tierra, por nada, hasta que no nos levantemos en armas.
El papá de Canek, Vicente, era un hombre maya con problemas de temperamento, cuando podía le gustaba tomar en exceso aguardiente de caña.
Para él era una forma de olvidar aquellas cosas de su triste vida, entre ellas, el pasado de su pueblo guerrero que sucumbió a la fuerza española en varias ocasiones, así como la muerte de su esposa en manos de la viruela negra, después del nacimiento de Canek.
Ya preparado el cuerpo, avisaron a los padres y a familiares que podía comenzar el velorio. De repente, la señora Mendoza, mamá del niño, sintió un dolor insoportable en el vientre, una punzada que no la dejaba respirar, al grado de sentirse desfallecer; tenía siete meses de embarazo.
—Preparen rápido la habitación más cercana, vamos a examinarla. No se preocupe, doña, todo saldrá bien, tenga fe —indicó don Ignacio.
Al examinarla, se dio cuenta que el niño tenía sufrimiento fetal de horas, estaba enredado con el cordón umbilical y quizá había afectado al bebé el mismo sufrimiento de la madre por lo acontecido.
—¡Preparen baldes con agua y mantas! Jesusita, tráigame por favor todo mi instrumental, voy a intervenir de inmediato a la señora, no podemos perder tiempo.
—Don Ignacio, dígame, ¿se van a salvar mi esposa y mi hijo? Haga todo lo que pueda para salvarlos, pero especialmente a mi esposa.
—No se preocupe, haré todo lo que esté a mi alcance, patrón.
—Esposo, no se lleve a Rodrigo a la capilla, quiero que lo velen en el cuarto contiguo, para estar cerca de él.
—Como usted diga, señora mía, no la voy a dejar, aquí estaré con usted.
Claveles blancos por doquier llevados por familiares y amigos adornaban la casa grande y la capilla de gente.
El aroma mezclado de flor y velas inundaba la hacienda.
Lágrimas y muerte palidecían el ánimo de los ahí presentes.
Mientras la madre daba forzosamente a luz a su bebé, su hijo angelical era velado en la habitación contigua.
Itzel, Pamawari y Canek presenciaron de lejos el velorio.
Estaban detrás de los familiares y amigos, junto con todos los peones y esclavos de ambas haciendas.
Llorando, rezaban el rosario en latín con varias intenciones, pidiendo a Dios por el pronto descanso del niño y por la vida de su madre y su hermanito, que estaba en juego.
De pronto, don Ignacio y Jesusita salieron del cuarto contiguo con el rostro sin expresión por lo sucedido adentro de la habitación.
—¡Ignacio! Dígame, ¿cómo está mi mujer?
—Patrón, su mujer está bien, logró salir adelante, esperemos que dentro de unas horas se restablezca.
—¿Y mi hijo?, ¿cómo se encuentra?
—Lo siento mucho, patrón, hicimos todo por salvarlo, pero ya había sufrido mucho en el vientre de la madre.
Mendoza dio la media vuelta y con la sangre hirviendo buscaba a alguien. Miró a José, el papá de Itzel, y se le acercó preguntando en voz baja:
—José, ¿quién es el encargado de guardar la canoa?
José sintió un escalofrío que le helaba el cuerpo, sin saber qué responder.
—Yo, patrón.
—¿Tienes la osadía de mentirme? ¡Estúpido indio! Es la última vez que te haré la pregunta, ¿quién es el encargado? —gritó y lo abofeteó.
—Jacinto, patrón.
—Dile a Vicente y a Valentín que te ayuden a llevarlo a las caballerizas.
Buscó Mendoza a otros dos peones entre la servidumbre, les ordenó que se llevaran a Juana a las caballerizas.
Juana traía en brazos a la niña Esperanza y los peones se la arrebataron con violencia para dársela a Dolores, la madre de Itzel.
La niña Esperanza gritó y pataleó, porque no se quería separar de Juanita.
La nana forcejeó y trató de zafarse de la fuerza que ejercían sobre ella los dos hombres.
—¡Por favor, no, yo no hice nada! ¡Déjeme! —gritó Juana desesperadamente.
En eso Itzel preguntó a su madre:
—¿Qué está pasando, Na´ ? ¿Qué tiene el patrón? ¿Por qué se lleva a Juanita y a Jacinto? ¿Y mi taatáa por qué va con ellos?
—Será mejor que no preguntes, paal .
Pero Itzel no se quedó contenta con la respuesta, en un descuido de su madre salió corriendo para ver a dónde se los habían llevado y qué era lo que les iba a ocurrir. Llegaron a las caballerizas el señor Mendoza acompañado de sus peones y con los indígenas Jacinto y la nana Juanita.
La niña Itzel, guiada por los gritos aterradores de dolor, llegó, sin ser vista, hasta las caballerizas.
Horrorizada por lo que sus ojos presenciaban, se los tapaba y se los volvía a descubrir.
No daba crédito de lo que pasaba. Una sensación extraña se apoderaba de su cuerpo.
Sentía un miedo indescriptible. Era monstruoso y cruel que el castigo llegara a tanto.
Observaba a su pobre padre que no podía actuar para defenderlos dada su condición de peón indígena.
José, tenía el rostro lleno de indignación y tristeza.
Itzel se paralizó. A su corta edad no comprendía lo que sucedía.
—Tengo qué hacer algo —pensaba con la mente que le giraba en imágenes fragmentarias, una tras otra.
Salió corriendo y llorando para avisarle a su mamá lo que ocurría; pensaba que quizá ella podría evitar tan terrible evento.
—¡ Na´ están azotando a Juanita y a Jacinto, ayúdelos, por favor!, ¡venga conmigo!
—Aal , ¿qué puedo hacer yo?, es la voluntad del patrón.
—¿Pues a ver si la señorita Clara puede hacer algo?
— Aal , pero ¿qué dices? Si hablas, te azotarán a ti también, no digas nada. —Itzel corrió y se acercó a Clara, sabía cuánto quería a Juanita.
—¡Señorita, el patrón está azotando a Juanita y a Jacinto en las caballerizas!
Clara volteó hacia la puerta y corrió soltando el rosario que cayó al piso. Atravesó la hacienda a oscuras.
—¡Papá, deténgase, por favor! Entiendo su dolor, yo también estoy sufriendo.
¿Acaso pretende ocasionarnos más dolor del que ya tenemos?
Juanita es como nuestra madre y Jacinto un buen peón.
¡Basta, le digo! Que no entiende que fue un accidente.
Nada nos va a regresar a mi hermano, nada, ahora no me la quite a ella, por favor, que es como mi madre —gritaba con voz desgarradora al ver que su padre no se detenía.
Mendoza soltó el fuete. Sus piernas se tambalearon y cayó hincado al piso.
Se cubrió la cara con las manos manchadas de sangre y comenzó a llorar desconsoladamente.
Su hija lo abrazó, lloraron juntos. Mendoza ya había hecho justicia por su propia mano desollando a los pobres criados, que yacían agonizantes en el piso cubierto de paja.
—¡Ustedes! No se queden mirando y ayúdenme a llevarlos para curarlos. Itzel, ve por lo necesario para curar las heridas —les ordenó Clara a los otros peones.
Clara, llorando, amorosamente ayudó en la curación de Juanita.
Sintió como su segunda madre comenzó a despedirse.
Percibiendo el dolor de su nana y su cuerpo que temblaba, de repente se escuchó un silbido extraño, era el suspiro de la agonía.
Juanita habló en maya. La joven entendió que sus familiares muertos habían llegado para llevársela.
Miró sus ojos y notó que el brillo en ellos había desaparecido.
YA HABÍA PASADO UN MES DE LO SUCEDIDO, aún en la hacienda se sentía el luto. El 31 de octubre de 1799, día dedicado a los niños difuntos, debía haberse decorado un altar con flores y velas para Rodrigo, pero siendo sus padres españoles y por la pena tan grande que les albergaba, se negaron.