Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA #4
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AMISTAD MESTIZA #4

Los invitados, dejando los manteles manchados por el mole y el agua fresca que algunos derramaron, se levantaron en busca de un licor como digestivo, para hacer espacio al estómago y continuar con el dulce sabor de los exquisitos postres.

Las nanas de los niños, enfadadas de rogarles para que continuasen comiendo, los dejaron en libertad.

Al observar que las madres estaban relajadas de tanto degustar y tomar licores, aprovecharon el descuido para no desperdiciar las sobras que los pequeños dejaron en los platos elegantes.

La señora Mendoza llamó a la nana de sus niños para pedirle que fuera a la casa por el collar de perlas, que su esposo le había regalado recientemente y por las prisas había olvidado ponérselo.

—¡Juana!, olvidé el collar de perlas en el tocador de mi habitación, ve y traérmelo.

—Sí, doña, ¿pero y los niños?

—¡Te digo que vayas ahora mismo!

LOS CAMPOS COLORIDOS INVITABAN A LOS PEQUEÑINES a inventar toda clase de juegos.

Los niños se entretenían entre el clásico juego de las escondidas, el jugueteo con los animales que se encontraban a su paso, la amenaza de los piratas imaginarios que hacían presencia en sus mentes y el combate con espadas de madera para rescatar a las pequeñas doncellas en peligro.

De repente, se escuchó el grito de un niño a lo lejos:

—¡Encontré el dorado!

Los niños corrieron en su búsqueda para admirar el lugar imaginario tan anhelado por sus padres: la ciudad de oro, que hasta entonces jamás había sido encontrada.

Corriendo y gritando llegaron hasta el lago, construido como presa para abastecer de agua a los plantíos de toda la hacienda.

Se encaminaron hasta un pequeño muelle donde había una casa de madera, que terminó siendo una casita de muñecas, para tomar el té y los turrones preparados imaginariamente por las niñas, que mecían entre sus brazos aquellos bebés de madera y trapo.

Los niños, ya un poco cansados de tanto imaginar, comenzaron a lanzar piedras a modo de competencia.

Hasta que un niño de carácter malicioso y egoísta le quitó la muñeca a Esperanza, de tres años, hermana de Clara, y la lanzó al lago con fuerza.

La niña comenzó a llorar sin saber qué hacer.

Santiago, hermano de Juan Alfonso, de nueve años, molesto con el niño impertinente, fue a buscar alguna rama larga y fuerte para alcanzar la muñeca; entre tanto, Rodrigo, de siete años, hermano de Esperanza, enojado, le gritaba y reclamaba al niño empujándolo.

Fue en busca de la canoa que no había sido guardada, para ir a rescatar la muñeca de su hermanita que no paraba de llorar.

La canoa estaba semiatada a un pilote de madera, así que fue fácil para Rodrigo desatarla y subirse a ella para ir en busca de la muñeca en peligro.

Se acercó remando como pudo y logró con mucho esfuerzo sacarla del agua con la ayuda de un remo.

Itzel y sus amigos, que estaban jugando muy cerca, escucharon a lo lejos el alboroto y corrieron a husmear.

De repente, observaron a un niño arriba de la canoa que estaba parado y brincando con la muñeca en la mano, gritando de emoción por el logro de la atrevida hazaña por haberla encontrado; en eso, la canoa comenzó a moverse agitadamente de un lado a otro, debido al balanceo alegre del niño, perdió el equilibrio y cayó al agua. La canoa lo cubrió de pies a cabeza.

Pamawari gritó del susto sin saber qué hacer, quedándose inmóvil.

Canek, con un vuelco en el estómago, corrió hacia la fiesta en busca de ayuda.

Santiago, que se encontraba cerca de ahí, escuchó despavorido los gritos y se dirigió hacia el muelle, brincando hacia el agua con todo y ropa para ayudar a Rodrigo.

Itzel también corrió y se aventó de un clavado.

Tomando aire, Santiago e Itzel se zambulleron bajo el agua y nadaron hasta alcanzar al niño.

Lo jalaron con fuerza para alejarlo de la canoa y sacarlo a flote.

Los demás niños, temerosos y llorando, solo observaban.

Santiago e Itzel, los únicos que sabían nadar, lograron sacar su cabeza del agua, pero sin fuerzas suficientes para llevarlo a la orilla o subirlo al muelle.

Lo único que hicieron fue nadar hacia los pilotes del muelle y esperar a que alguien con más fuerza llegara para subir a Rodrigo, que estaba desmayado.

Itzel y Santiago, desesperados, le hablaban al pequeño, lo trataban de animar golpeando ligeramente sus mejillas, pero no respondía; y a pesar de que el agua estaba tibia, los niños no dejaban de temblar.

Canek llegó al lugar donde se estaba celebrando la fiesta y comenzó a gritar:

—¡El señorito, el señorito! —intentaba gritar con fuerza, pero su garganta se cerraba cada vez más por los nervios.

Nadie lograba escucharlo, la música, la charla, las risas y el baile, impedían que el niño fuera audible e incluso visible.

De repente, vio a lo lejos al boticario de la hacienda, don Ignacio, para pedirle ayuda.

Estaba con su esposa doña Jesusita. Ambos estaban con sus compadres don Pancho y doña Leonor, platicando parados junto a la pista de baile, y en eso Canek como pudo acercándose a ellos les dijo:

—¡Don, el señorito, por favor!

—Pero ¿qué sucede, Canek? Estás muy pálido.

—En el lago, en el lago, Rodrigo está en el agua.

Sin pensar ni perder más tiempo, corrieron los señores hacia el lago, en tanto que las esposas fueron a buscar a los padres del niño para avisar lo ocurrido. La señora Mendoza, al enterarse, soltó un grito desgarrador:

—¡Noooooooooooo!

Corrió junto a su marido hacia el lugar.

Don Ignacio, que era el boticario y médico de la hacienda, en compañía de don Pancho, el encargado de la bodega, llegaron al lugar.

Se lanzaron al agua arrebatándoles a los niños el cuerpo débil de Rodrigo.

Con la ayuda del padre del niño lo subieron al muelle.

Peones e invitados buscaron colaborar en todo momento sin saber cómo ayudar.

Don Ignacio lo trató de revivir, una y otra vez a los ojos de todos, pero los labios del niño se tornaban cada vez más de azul violáceo, se quebraban los nervios de la inconsolable madre, a quien los invitados trataban a toda costa de detener para que no se abalanzara sobre el cuerpo del niño, con un llanto desgarrador.

Las hermanas Clara y Esperanza no entendían bien lo que estaba sucediendo.

Conforme pasaba el tiempo, el sentimiento de alarma entre los invitados iba en aumento, ellas se encontraban paradas y estupefactas en un solo lugar observando lo sucedido.

El cuerpo del niño cambiaba de color conforme pasaban los minutos.

Los cabellos húmedos y negros resaltaban sobre su rostro color alabastro.

Los esfuerzos del boticario eran cada vez más inútiles.

El padre, de un empujón, apartó a don Ignacio del niño y comenzó a tratar de revivirlo por su cuenta con un llanto incontenible, pero sin ningún resultado.

—¡Rodrigo, Rodrigo, por favor, no te vayas, quédate conmigo!

—¡Rodrigo, mi bebé! ¿Por qué, Señor? ¡No! —gritó la madre.

LOS JARDINES SE ENCONTRABAN DESOLADOS, el cielo se había tornado de un color plateado y el viento soplaba con la fuerza suficiente para mover los manteles de las mesas desacomodando todo.

Después del fatal suceso, los invitados estaban conmocionados y titubeantes por dejar a sus amigos con la desdicha.

A sabiendas del inmenso dolor por el que pasaba la familia, comenzaron a marcharse en sus carruajes elegantes.

Un día después retornaron a la hacienda, pero ahora con vestimentas negras que reflejaban el luto y la tristeza.

Los mozos y sirvientes, con el alma destrozada, intentaban cumplir con sus encomiendas, preparándolo todo para el velorio.

Itzel, Canek y Pamawari continuaban en el muelle, nunca abandonaron el lugar, a pesar de que el cuerpo de Rodrigo ya había sido trasladado a la casa grande para prepararlo.

Transcurrieron varias horas desde lo sucedido, pero seguían sin moverse, sin decir ni una sola palabra, como si la muerte del niño también se hubiese llevado la voz y el alma de los tres niños.

La familia Velázquez nunca se retiró, continuaban en la hacienda de los Mendoza dando apoyo moral, sintiendo su dolor como propio.

Mandaron a pedir sus ropajes luctuosos. Las dos familias se encontraban en la sala, llorando junto a los candiles de vidrio cortado con velas en su interior que alumbraban la habitación, menos el alma de los ahí presentes.

El padre del niño no podía soportar tanto dolor, pero intentaba ser fuerte para su amada esposa a quien no dejaba sola ni un solo instante.

La madre de Rodrigo, que estaba embarazada, no dejaba de llorar.

Dolores y Rosario, las cocineras, intentaban calmarla con olores de hierbas e infusiones prescritas por el boticario don Ignacio, pero parecía no surtir efecto.

Clara, sollozando abrazada de su amado, no daba crédito de lo sucedido, y mucho menos en ese día tan esperado por ella.

Santiago se encontraba sentado en el suelo en un rincón de la sala con las ropas algo húmedas aún y con las rodillas abrazadas a su cuerpo, culpándose por la muerte de su amigo.

Su madre trataba de reanimarlo y levantarlo con palabras de aliento, pero era imposible.

Santiago se aferraba a sus piernas, en ese momento era lo único que le reconfortaba, sentía pena por él mismo, buscando la lejanía de las miradas de los demás.

La niña Esperanza, sin soltar ni un segundo la muñeca sucia y húmeda que su hermanito había rescatado con gran amor y valor para ella, se acurrucaba en el pecho de su nana Juanita, que para ella y sus hermanos había sido como su segunda madre y nodriza.