AMISTAD MESTIZA #3
—Sí, mi niña, se pasa horas y horas escribiendo, contando las historias de sus abuelos o de cuando pertenecía a la escuela militar.
—Me gustaría que me los leyera—se expresó Itzel con admiración hacia ese señor que lo veía como el abuelo que nunca conoció.
—Aquí está todo lo que me encargó, mi niña —dijo don Pancho interrumpiendo a la niña—. Pero a ver, busque entre el epazote y las naranjas, hay algo más para ti.
—¡Don Pancho! Pero si son pepitas de calabaza y también frijol.
—Las pepitas son para que se prepare un mazapán para usted y su familia, pero no diga nada, yo se lo regalo —don Pancho soltó la carcajada nuevamente.
—Vamos, tómelo, mi niña, que es un regalo —expresó doña Leonor.
—Muchas gracias, sus mercedes, mi mamá se va a poner muy feliz.
A Itzel se le inundaron los ojos de lágrimas por el gesto de don Pancho.
Se marchó cantando y brincando por el camino de vuelta.
Llegó con todo lo encargado, lo dejó en la cocina apresuradamente y fue hacia su casa para guardar tan preciado regalo.
Sin perder tiempo, volvió a la casa grande, debía continuar ayudando.
LLEGÓ LA HORA ESPERADA. Comenzaron a entrar los invitados al jardín frontal, bajo el azul intenso del cielo.
La decoración elaborada con floreros sobre las mesas era la atracción principal para los invitados.
La música suave de la orquesta engalanaba el ambiente con el sonido de las flautas, los violines y el chelo, amenizando el lento caminar de los invitados con los regalos entre las manos.
Itzel miraba asombrada la escena desde lejos y detrás de un arbusto.
Las damas elegantes lucían joyas de las minas de Guanajuato y Zacatecas, iban vestidas con telas europeas y faldones largos.
Llevaban sus cabellos recogidos con bucles, alguno que otro suelto.
La niña, torpemente, intentaba recoger sus largos cabellos lacios para imitar los peinados de las damas de sociedad.
Algunas de las jóvenes portaban en sus cabezas sombreros anchos con plumas y un bolso.
Itzel se imaginaba que en su bolso pequeño llevaban un botecito de cristal con perfume.
De repente, una mujer aparecía moviendo un abanico para espantar el calor o algún mosquito impertinente, que no dejaba continuar con la charla plácidamente.
Itzel observaba a los hombres que portaban orgullosos sus uniformes de cadetes con botas y sombrero militar, pero como elemento principal y objeto de su fascinación, las muchas o pocas medallas relucientes en sus pechos engreídos, que hacían juego con los botones de sus chaquetas y espada.
A diferencia de estos, los invitados funcionarios vestían con frac, sombrero de copa, jabots y botines a la moda europea.
La inocencia de la niña suponía que el clásico reloj en el bolsillo que muchos llevaban era para controlar la hora de marcharse, si es que el festejo se tornaba, a su parecer, aburrido.
Los niños y niñas vestidos a imitación de los adultos, corrían gritando y disfrutando de la libertad que el festejo les ofrecía, para alejarse del obsesivo control de sus madres y nanas, y poderse llenar la boca a escondidillas de los muchos dulces puestos en las mesas, aunque alguna mamá, de vez en cuando echaba un ojo amenazador, ya fuera a los niños inquietos o a las nanas despreocupadas.
Era una escena simpática para Itzel, pero que al mismo tiempo la colmaba de celos y tristeza, porque ella deseaba estar ahí, comiendo y corriendo con aquellos niños a los cuales no podía acercarse.
Los hijitos de los Mendoza sacaban sus juguetes olvidando que el festejo era para su hermana Clara, quien estaba por comprometerse.
Pasadas dos horas de haber empezado la fiesta, apareció la joven.
Los ojos de los invitados voltearon a ver a los futuros esposos, esperaban la entrega del anillo, como muestra de amor que el atractivo muchacho le ofrecería a Clara.
Las señoras y jóvenes de sociedad, además de las amigas envidiosas de la novia, estaban preparadas para ver el tamaño de la piedra, que había sido heredada de generación en generación, por parte de los Velázquez, para calcular la dote que muy probablemente sería de una suma cuantiosa.
Clara era una joven seria y con clase, bien educada, se parecía mucho a su madre físicamente, pero a diferencia de su madre, tenía unas ligeras pecas en la cara, que detestaba y trataba ocultar con maquillaje.
Juan Alfonso tenía veinte años, le llevaba a su prometida cinco.
Era de carácter fuerte y con decisión, característica de los españoles, su seguridad y porte atraía la mirada de muchas jóvenes casaderas.
Era apuesto y galán, con ojos grandes color marrón y sus cabellos castaños, bien afeitado, con apariencia de conquistador.
Llevaba traje militar, haciendo galanura a sus triunfos.
Su familia era conocida por sus empresas políticas en la Nueva España.
Al estar todos sentados, la música se detuvo al terminar la pieza, solo se escuchaba el murmurar de la charla avivada por los cigarros y las pipas tan populares.
De repente, el silencio se hizo presente, por la brusca interrupción del golpeteo de una cuchara sobre el cristal de una copa fina de licor empezada. Don Velázquez, un hombre alto y fornido, con bigote, se levantó de su silla aclarando su voz grave para pronunciar unas palabras a los asistentes:
—Su atención, por favor, estamos aquí reunidos para pedir la mano en matrimonio de doña Clara, primogénita de nuestros amigos los respetables Mendoza.
Como todos saben, mi hijo Juan Alfonso ha sido comisionado para una de las fortalezas más importantes de nuestro país, el Reducto de San Miguel, en Campeche, nombrado como capitán de artillería, por lo cual, a sabiendas de la gran labor que nuestras fuerzas armadas españolas hacen por proteger el país de los asaltos piratas, mi hijo ha sido honrado con este nuevo título.
Don Mendoza, mi hijo es un gran caballero español y, como todo un Velázquez, velará para siempre por la integridad y la seguridad de su hija, así como de su futura familia, yo respondo por que así sea.
¡Salud a todos! —levantó su copa y gustoso brindó con el resto de los invitados.
El padre de la novia se levantó de su lugar y tomó la palabra:
—Le agradezco infinitamente sus palabras, y por la amistad que desde tantos años une a nuestras familias, le cedo la mano de nuestra hija Clara que, siendo una mujer virtuosa, respetable y de buenas costumbres, atenderá sus labores como Dios manda y lo dicta la Santa Iglesia católica.
Se dio la vuelta y le regaló unas pocas palabras a su amada hija:
—Hija mía, de ahora en adelante, solo te debes a tu marido y a tu familia futura, te corresponde obedecerlo a él en todo lo que mande y guste —Mendoza levantó su copa y le aventó un beso a su hija desde su lugar.
La joven bajó la mirada y asintió con un poco de nerviosismo por el peso que contenían esas palabras que retumbaban en sus oídos, después miró de reojo a su madre y a su futura suegra, quienes, sin perder la compostura, intentaban respirar con esos apretados corsés y abanicándose cada vez con más velocidad, secaban alguna lágrima que salía de sus ojos.
La madre de Juan Alfonso, una mujer regordeta con un lunar grande arriba del labio superior, intentó quitarse con un pañuelo el sudor de su cara y escote, pero, de repente, perdió un poco el equilibrio desde su asiento y trató de reincorporarse al momento con la ayuda del brazo de su esposo, respirando hondamente.
Los contrayentes, con miradas avergonzadas y tiernas, se acercaron uno al otro después de la intervención de sus padres.
Los novios se levantaron de sus asientos, el novio se hincó en el pasto, abrió una cajita que sacó de su bolsillo derecho de la chaqueta, para colocarle el anillo en el dedo anular izquierdo a su prometida.
—Amada mía, recibe mi corazón en forma de anillo, como prueba del gran amor que siento hacia ti, prometiéndote que nunca faltará nada en nuestro hogar.
La novia se sonrojó e inclinándose le robó un beso en la boca, acto que provocó un impulso en el muchacho para levantarse de golpe, abrazarla y cargarla volviéndose a besar. Los invitados vitoreaban de emoción y la fiesta retomó su curso con la música.
Las cocineras comenzaron a repartir los platillos en la cocina, para que los sirvientes súbitamente los pusieran sobre las mesas a buena temperatura.
Los comensales disfrutaban del banquete saboreando la sazón típica de la región.
Algunos niños aburridos comenzaron a jugar con la comida, deseando que los platos desapareciesen de pronto, para irse a jugar de nuevo, lejos de la mirada de los adultos regañones.
Itzel terminó su labor en la cocina y salió para revisar que todo se encontrase bien en las mesas, observó de lejos que los niños hacían berrinches para no comer.
Sintió una presencia a su alrededor, volteó y se encontró con Canek y Pamawari.
—Te dije que vendría —le dijo a Pamawari emocionada.
—Me la encontré ayudando en el jardín con las flores —comentó Canek con la cabeza baja, moviendo de un lado a otro su pie derecho tímidamente.
—¡Qué bueno, Pamawari!, ven, vamos a jugar, antes de que me llame de nuevo mi mamá. ¿Quieren venir?
—¡Sí! —contestaron entusiasmados los otros niños.