Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA #2
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AMISTAD MESTIZA #2

ITZEL SE DESPIDIÓ DE SUS AMIGOS. Llegó a una choza de palma, con piso de tierra.

En ella había pocos muebles y dormía en hamacas o petates.

La comida consistía en las sobras que podían llevar desde la hacienda o con lo que podían canjear en la bodega.

Pamawari, a diferencia de Itzel, vivía en una choza junto a sus padres, familiares y uno que otro esclavo, todos amontonados.

Igual dormía en petates, donde en ocasiones alguna iguana o rata caminaba por las noches cerca de su cuerpo.

El piso de tierra como el que les correspondía a la servidumbre que habitaban en la hacienda de los Mendoza.

Tenían muy pocos muebles. Dormían en hamacas o petates.

La comida consistía en las sobras que podían llevar desde la hacienda o con lo que podían canjear en la bodega.

Pamawari, a diferencia de Itzel, vivía en una choza junto a sus padres, familiares y uno que otro esclavo, todos amontonados.

Igual dormía en petates, donde en ocasiones alguna iguana o rata caminaba por las noches cerca de su cuerpo.

—Buenas noches, na´ —así le decía Itzel a su mamá.

—Buenas noches, aal ¿Dónde estaba? Recuerde que mañana es la fiesta de compromiso de la niña Clara y hay que hacer el janal.

—Estaba en el cenote sagrado jugando, perdone, na´ .

—Recuerde que es un lugar sagrado, no debería estar jugando ahí. Venga, preparé papadzules , ¿tiene hambre?

—¡Sí! —Itzel se sentó a la mesa y comenzó a comer como si no hubiera un mañana, el juego vespertino le abrió el apetito.

A la niña le gustaba cocinar con su mamá, ella sentía que al ayudarla podía conocer los secretos mágicos de las recetas ancestrales de su tierra. Su mamá se encargaba de la cocina y dirigía a la servidumbre, trabajo que Itzel admiraba.

—¿Dónde está mi taataá ?

—Está en los establos, una de las chúpultsíimin está cargada y le mandaron llamar para que ayudara, quizá se quede toda la noche.

— Na ´, conocí una niña negra en el cenote, se llama Pamawari, es una paal muy… —De pronto, su madre la interrumpió.

—Es una esclava y ellos no piensan como nosotros, hacen brujerías con pedazos de madera tallados y cabellos de personas, los usan como dioses y utilizan todo lo que es basura para hacer sus hechizos. Ten mucho cuidado, no te vaya a embrujar, no la veas más.

—Na , ella no es una bruja, es mi amiga y quiero jugar con ella.

—Tu taatáa los ha visto bailando como poseídos venerando a sus dioses, y el cura Pascual dice que va en contra de la Iglesia y de la Santa Inquisición aquello que hacen.

Si ven a las personas practicando esos ritos de Satanás, los quemarán vivos, ya ves que a nosotros tampoco nos permiten hacer ofrendas a los dioses de nuestros padres y a veces tenemos que hacerlo a escondidas.

—¿Y si no hago sus ritos y solo juego con ella?

—Jajajaja, paal, mejor acábese los papadzules y no moleste más.

—La invité a la fiesta de hanal Pixán , ¿está bien?

—Jajajaja, está bien, pero no le diga a su taatáa, yo hablaré con él, termínese ya todo el janal para que se recueste y duerma, que mañana nos espera un largo día.

La niña se fue a dormir. Su padre, José, ya entrada la noche, llegó a su casa después de atender a la yegua.

Era un hombre callado, cariñoso y de sentimientos nobles, con rostro sereno.

El sol y el calor intenso de todos los días reflejaba en su mirada y en sus manos el arduo trabajo diario en los campos de caña de la hacienda.

Sus manos ásperas y agrietadas que en ocasiones sangraban, estaban llenas de callosidades por el mango de la hoz.

De complexión robusta y tez color canela, reflejaba un cierto parecido a Dolores, la madre de Itzel; juntos vivían en armonía a pesar de la vida dura que tenían que soportar.

Dolores perdió varios hijos antes de concebir a la niña, así que ella fue un regalo de la divinidad.

AMANECIERON CON EL CANTAR DE LOS GALLOS.

Itzel y sus padres se levantaron para bañarse a jicarazos, así despabilarse e irse a trabajar.

El papá se dirigía a los campos de caña y la niña, con su mamá, se encaminaba a la casa grande, donde ocasionalmente la mandaban para ayudar en las labores domésticas.

Comenzó el día ajetreado en la hacienda, que se encontraba a una hora de Mérida, tenía muchas hectáreas de campos de caña y a su alrededor trojes como almacén, así como jardines perfectamente decorados.

El lugar parecía un paraíso terrenal donde se podía encontrar diversos animales.

La hacienda contaba con caballerizas, las casas de los trabajadores, un huerto, corrales para ganado, una pequeña iglesia con capilla estilo barroco donde el padre Pascual oficiaba sus misas, escuela para los hijos de los empleados, la fábrica azucarera y la bodega atendida por los Márquez, una familia de criollos.

Arreglaban el jardín de la casa grande con mesas y sillas, era el evento más esperado, la fiesta de la hija mayor del hacendado Mendoza uno de los hijos de la hacienda contigua, estaba a punto de pedir en matrimonio a Clara.

La hacienda Velázquez había sido del abuelo de la familia, que el anciano había adquirido en sus tiempos de juventud mediante una subasta y después la heredó a su hijo.

Arreglos de flores blancas, vajillas de plata fina y porcelana, copas de cristal cortado, manteles blancos de encajes españoles, esclavos y sirvientes corriendo por doquier.

La cocina como protagonista con olor a recado, pepitas de calabaza, chile dulce y achiote, ponían de cabeza a la mismísima Dolores e Itzel, quienes molían en un molcajete algunos ingredientes y hablaban con las otras cocineras como Rosario, que era una esclava negra, fuerte y grande, a la que gustaba amenizar la cocina con bromas y cantos.

Organizar un banquete para doscientos invitados no era tarea fácil.

El menú consistía en algunos platillos como sopa de lima, tzic de venado, cochinita pibil y algunos postres como mazapán de almendras, dulces de anís, bizcoletas, roscas nevadas; para beber, había aguas frescas de horchata y tamarindo, licores como ron de caña, anís y mistela de naranja.

Era un banquete bien organizado y no podían fallar en nada, debido a que se trataba del compromiso más importante de Yucatán, arreglado por ambas familias.

Dolores, la madre de Itzel, encomendó a la niña ir a la bodega que se encontraba a unos metros de la casa grande.

—Itzel, vaya con don Pancho y doña Leonor por esta lista de encargos que hicieron falta para terminar los platillos, ándele, ándele, vaya corriendo.

—¡Sí, na´ !

—Y dígale que lo apunte a la cuenta del banquete, pero primero vaya con la señora Mendoza para que le firme la lista.

—¡Sí, na´ !

La señora Mendoza estaba encinta de nuevo, con siete meses de embarazo, tras haber dado a luz a sus tres hijos.

Clara, la más grande, con quince años, Rodrigo, de cinco, y Esperanza, de tres.

La mujer delgada se encontraba en su habitación mientras alisaba su vestido al mismo tiempo que se empolvaba al espejo su piel color aduraznada y la nariz pequeña; sus ojos verdes brillaban como esmeraldas en su reflejo.

Una de sus sirvientas le recogía sus cabellos dorados.

Vestía de manera elegante, pero al mismo tiempo discreta a la moda española, y siempre portaba su abanico pintado a mano.

—¡Doña! ¿Me firma usted la lista?, para llevarla con don Pancho y que me la surta.

—Muy bien, anda, anda, que el tiempo apremia, niña, no hagas demorar a tu madre.

Itzel, apresurada, atravesó el patio y corrió sobre el pasillo de columnas, bajó unas escaleras, salió de la casa grande, cruzó los corrales y las caballerizas llenas de animales para llegar hasta la bodega.

Era un lugar amplio, tipo almacén, donde al frente había de todo tipo de cosas para surtir tanto a la casa grande como a las chozas de los sirvientes.

Los productos estaban puestos sobre unos anaqueles de madera.

Había unas escaleras parecidas a las de la biblioteca de la casa grande.

Se encontraba todo resguardado por unos barrotes con unas ventanas para entregar la mercancía.

—¡Don Pancho!, buenos días, ¿me surte esta lista?, es para la cocina de la casa.

—Niña, buen día. ¿Va a cocinar usted también? Yo espero que no, porque se le quemará el agua para hervir los faisanes —don Pancho soltó su característica carcajada.

Don Pancho, que portaba sus anteojos a media nariz aguileña, se encontraba haciendo cuentas, apuntando en su bitácora toda la mercancía que entraba y salía de la bodega.

Él era un hombre criollo alto y gordo. Era un hombre carismático y bromista, sus ojos color miel destilaban cariño y bondad a toda la gente.

Su esposa, doña Leonor, sentada en un banco, le ayudaba a hacer las cuentas, era una mujer española delgada y bajita, muy blanca y rubia.

Juntos atendían y organizaban la bodega con la ayuda de su hija Elisa, de diez años.

—Pero ¿qué dice, don Pancho? A quienes se les quema todo es a doña Rosario o a mi mamá —Itzel se rio y le siguió el juego.

—Un pajarito me dijo lo contrario, mi niña.

Itzel volvió a reír tímida ante la broma de don Pancho.

—Don, me tengo que ir, ya ve que, si me tardo, me darán con el fuete más largo.

—Me imagino, mi niña. A ver, veamos —comentó don Pancho sacando su lente del bolsillo para leer mejor la lista.

—Muy bien. ¡Leonor! ¡Leonor! Venga para que le apunte las cosas a la niña mientras busco todo en el anaquel y lo traigo.

—Buen día, mi niña. ¿Cómo va todo para el festejo? —saludó doña Leonor mientras dejaba el libro de cuentas en un extremo del mueble.

—Buen día, doña, pues vamos a tiempo, pero es mucha comida la que hay que cocinar.

—Mmm…, para que al final terminen desperdiciándolo todo, como es su costumbre —indicó doña Leonor con voz de queja y hastío.

—Doña, ¿estos son los poemas de don Pancho, estos de aquí?

Observaba con gusto y detenimiento los manuscritos sobre la mesa.