Orgullo Mestizo AMISTAD MESTIZA
2%
Orgullo Mestizo

Orgullo Mestizo

Por Jessica Jannete Baez Marquez

© inepub.com

AMISTAD MESTIZA

LLEGARON A LAS CABALLERIZAS EL SEÑOR MENDOZA acompañado de sus peones y con los indígenas Jacinto y la nana Juanita.

—¡Átenlos, hínquenlos y descubran sus torsos! ¡Pásenme el fuete! —ordenó Mendoza.

—¡Señor, por favor, no me castigue! Dispénseme por no estar al pendiente de los niños. Fue un accidente —expresó Juanita llorando.

Jacinto no decía ni una sola palabra, sabía cuál iba a ser el fatal destino de ambos.

La furia avivada del padre de Rodrigo se desató como la furia del fuego abrazador, que tarda en consumirse poco a poco en el interior del cuerpo de una chimenea incandescente.

Mendoza comenzó a azotarlos a ambos, una y otra vez, como si en cada azote aliviara el dolor de su alma y su sufrimiento, pero no conseguía consuelo alguno.

La piel de los sirvientes se levantaba en cada azote, volaban gotas de sangre y pedazos de carne por la caballeriza.

Los gritos desgarradores de la mujer y el hombre resonaban en los tímpanos de los peones, que alguna vez fueron sus amigos.

Hilos de sangre colgaban de los cuerpos y ropajes.

Los peones observaban la escena con las mandíbulas y puños apretados, conteniendo su resentimiento.

Se les salían lágrimas de indignación, sintiendo tanta impotencia, pero no podían hacer absolutamente nada.

La niña Itzel, guiada por los gritos, llegó, sin ser vista, hasta las caballerizas. Horrorizada por lo que sus ojos presenciaban, se los tapó, salió corriendo y llorando para avisarle a su mamá lo que ocurría; pensaba que podría evitar tan terrible evento.

—¡ Na´ están azotando a Juanita y a Jacinto, ayúdelos, por favor!, ¡venga conmigo!

—Aal , ¿qué puedo hacer yo?, es la voluntad del patrón.

—¿Pues a ver si la señorita Clara puede hacer algo?

— Aal , pero ¿qué dices? Si hablas, te azotarán a ti también, no digas nada. —Itzel corrió y se acercó a Clara, sabía cuánto quería a Juanita.

—¡Señorita, el patrón está azotando a Juanita y a Jacinto en las caballerizas!

Clara volteó hacia la puerta y corrió soltando el rosario que cayó al piso. Atravesó la hacienda a oscuras.

—¡Papá, deténgase, por favor! Entiendo su dolor, yo también estoy sufriendo. ¿Acaso pretende ocasionarnos más dolor del que ya tenemos? Juanita es como nuestra madre y Jacinto un buen peón. ¡Basta, le digo! Que no entiende que fue un accidente.

LA SELVA ESTABA RODEADA DEL SILENCIO que se rompía a lo lejos por el canto de algún pájaro; la basta variedad de colores verdes en el follaje de su espesa naturaleza, el movimiento incesante de alguna cascada o riachuelo, que complementaba el paisaje selvático y a su vez paradisíaco, se mezclaba con el viento cálido, sofocante y húmedo difícil de respirar.

Corría el año de 1799 en la región de Ticul, en Mérida, Yucatán.

Perdidos en aquella naturaleza y apartados de la mirada del mundo, existían unos cenotes donde a los niños les gustaba ir a jugar cuando podían escaparse del yugo de los caciques, de sus cuidadores o de sus padres, quienes los ponían a trabajar largas jornadas durante el día en los campos de caña o en las trojes donde almacenaban el azúcar.

Mientras Itzel nadaba en el cenote sagrado escuchó un canto en una lengua ajena a la suya, quedó hechizada por esa voz infantil y potente.

Se acercó para escuchar mejor, solo oía el sonido del agua que corría.

La oscuridad de la gruta le impedía la visibilidad y agudizó su oído, intentaba percibir alguna señal que la llevara a donde estaba aquella voz.

Caminó asomándose entre las piedras, cuando de golpe sintió el rugir de un animal, inmediatamente lo reconoció: era una pantera.

Itzel dio la vuelta, comenzó a correr despavorida y tropezó con una piedra cayendo al suelo, de repente, escuchó una carcajada a lo lejos.

Era una niña con piel de color oscuro dorado, cabellos alborotados negros, una sonrisa coqueta, pura, era delgada y alta en comparación de Itzel.

—¡Qué tonta!, ¿creíste que se trataba de un puma?, ¿por qué me espiabas?, ¿cómo te llamas? —dijo Pamawari riéndose con voz segura y firme.

—Me llamo Itzel y no me asustaste, ya te había visto.

—Entonces, ¿por qué corriste?, vete, yo vi primero este lugar —protestó Pamawari.

—No me molestes.

—Me llamo Pamawari, tengo siete años, ¿y tú?

—También tengo siete.

—Mis padres me enseñaron a imitar a los animales para defenderme de la gente. ¿A ti también te asustan?

—Sí, también —contestó Itzel con voz seca y cortante.

Inquietas por haberse conocido, querían saber sobre su origen y este era un momento que les parecía perfecto.

Pamawari le explicó a Itzel que su madre le contó alguna vez sobre el origen de su familia.

Le narró que la gente blanca les colocaban grilletes a los afrodescendientes, a sus abuelos los subieron en barcos para atravesar el mar hasta llegar a América.

Su familia vivía en el barrio de Santa Lucía y que su mamá le puso ese nombre porque decía que, como una pantera, luchó por su vida al nacer.

—Me gusta que me digan pantera. ¿Y a ti cómo te gusta que te llamen? —le preguntó la niña con curiosidad

— It-Chel, como la diosa.

La niña le explicó que su madre le había puesto ese nombre por la diosa que es la diosa de la luna y la tierra, la diosa del amor.

—Jajajaja, ¿del amor? El amor no existe, no digas tonterías.

—Yo me quiero casar y vivir en una quinta así de grande, ¡mira! —alzó los brazos en el cielo para mostrar el tamaño de la casa que deseaba.

—¡Por todos los dioses!, pero qué niña tan rara— Pamawari la juzgaba pensando que nunca tendrían una vida como la de los blancos.

Pamawari tomó sus cosas riéndose y se encaminó a la salida de la gruta, seguida por Itzel y su curiosidad.

—¿Vives cerca de aquí? —preguntó Itzel.

—Sí, en la finca de los Velázquez. ¿Y tú?

—En la hacienda de los Mendoza. ¿Entonces vas a ir a la casa grande? Mañana es la fiesta de la señorita Clara con el señorito Juan Alfonso.

—Sí, tengo que ayudar a mi mamá para la fiesta.

Mientras las niñas caminaban a sus hogares, con la puesta del sol, sacudían los huipiles y sandalias para que la arena no las delatase al llegar a casa.

En el camino se encontraron a un amigo de Itzel, se llamaba Canek.

Era un niño muy despierto de nueve años, tez de color arena, cabello corto, lacio, ojos negros profundos, casi siempre andaba descalzo.

—¿Quién es ese niño? —preguntó Pamawari.

—Canek, también vive en la hacienda de los Mendoza.

—¡Canek! —gritó Pamawari.

—No, espera, no le hables, no…

—¿Qué hacen, niñas? —las saludó Canek amistosamente.

—Me llamo Pamawari, soy amiga de Itzel, nos conocimos hoy en el cenote sagrado, ¿verdad?

—Sí, ¿y tú qué haces aquí? Se está haciendo de noche, Canek —le reclamó Itzel desconfiada.

—Lo mismo que ustedes, jugar. Ando buscando algún chichicuilote para cenar, pero ustedes calladitas porque me mandarían azotar. ¿Y tú, niña, dónde vives?

—Vivo en la hacienda de los Velázquez —contestó Pamawari.

—Las acompaño de regreso, ya está anocheciendo y podría aparecérseles la llorona, jajaja —sonrió Canek en tono bromista.

—¿La llorona?, ¿quién es esa señora, o es una niña? —cuestionó Pamawari extrañada. Y de pronto rieron a carcajadas los niños.

—¿Nunca has escuchado la leyenda de la llorona? —le preguntó Itzel burlescamente.

—No, nunca.

Canek les comentó que sus ancestros le narraban desde pequeño la historia de que cuando llegaron los españoles, se escuchaba por las noches la voz de una mujer llorando y gritando ¡ay de mis hijos, pobres de mis hijos!, ¿a dónde los llevaré? Canek imitaba recreando a la llorona.

—Pero ¿qué les pasó a sus hijos, por qué gritaba? —conmocionada por la historia, Pamawari le preguntaba a Canek con curiosidad.

El niño les platicó que esos hijos por quien gritaba la llorona eran los indígenas, esos que mataron los españoles cuando llegaron y que ellos les habían robaron todo, tierras, oro, plata y mujeres, repetía Canek apasionadamente la historia que su padre le contó.

—¡No hables así! Si te escuchan nos van a quemar vivos —le llamó la atención Itzel.

—No es bueno hablar de los muertos.

—Es muy peligroso, pueden caer castigos sobre nosotros.

—Jajajaja, no tiene nada de malo hablar de los muertos, es más, pronto será la fiesta de todos los santos hanal pixán y los muertos vendrán a visitarnos, y si se portan bien no les comerán los dedos de los pies cuando duerman — Canek se divertía con sus ocurrencias y por la inocencia de las niñas.

—¿Conoces la fiesta, has ido? Es el dos de noviembre —le preguntó Itzel a Pamawari.

—No, mis padres me tienen prohibido ir, dicen que eso que ustedes hacen es molestar a los muertos.

—No los molestamos, los recordamos. Pero, te gustaría venir, ¿no? —la invitó Canek.

—¡Sí, vamos! Les prepararemos su comida preferida, pondremos flores de cempoalxóchitl , altares y velas en sus tumbas, no es malo, también las iglesias adornan con paños negros, calaveras, y dejamos limosna para rogar por los muertitos. ¡Vamos! —le volvió a decir Itzel.

—Bueno, pero tendré que escaparme y ustedes me van a ayudar.

— ¡Te va a gustar! Todo es de colores ese día, es una gran fiesta, y nos vemos mañana en la casa grande para celebrar.

Mientras caminaban de regreso a sus chozas dentro de los territorios de la hacienda, jugaban con lo que se encontraban a su paso. Era un camino muy frondoso que, a pesar de la media luz del anochecer, invitaba a quedarse entre la selva por más tiempo.