Organización de bodas y otras técnicas de combate 28 Valentina
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28 Valentina

El aire frío y seco de Madrid me recibió nada más cruzar las puertas de cristal de la terminal de Barajas. La vida real me esperaba al otro lado, exactamente igual a como la había dejado, pero yo ya no era la misma persona que había despegado dos semanas atrás con seis agendas bajo el brazo.

Puse los datos y le escribí el mensaje prometido.

Ya he aterrizado en Madrid. De camino a casa en taxi… Te echo de menos, Logan. Mucho.

Guardé el teléfono apretándolo contra mi muslo, pero apenas pasaron diez segundos cuando el móvil vibró en mi mano con una respuesta inmediata:

Me alegro de que hayas llegado bien, Valentina. Te echo de menos. Avisa en cuanto entres por la puerta.

Sonreí para mis adentros, soltando un suspiro largo y lleno de morriña. Sentí una punzada hermosa y dolorosa en el estómago. La distancia ya me pesaba.

Acto seguido, busqué el contacto de mi madre y la llamé. Lo cogió al primer tono.

—¡Hola, mamá! Ya he aterrizado en Barajas y voy metida en un taxi camino de casa.

—¡Ay, hija mía, qué alegría escucharte! —exclamó mi madre al otro lado de la línea, con tono maternal—. ¿Cómo estás? Tienes que haber tenido un viaje agotador. Tu padre y yo hemos estado pendientes del vuelo todo el rato desde Málaga.

—Estoy bien, de verdad. Un poco cansada, pero entera —sonreí, apretando el teléfono—. Mañana os hago una videollamada a la hora de comer y os lo cuento todo con calma, ¿vale? Os va a costar creerlo.

—Vale, cariño, descansa hoy. Por cierto... ya me contarás lo de Rubén. Qué es lo que ha pasado, hija…

Tragué saliva. Mis padres aún pensaban que había ido a Colombia a organizar la boda del siglo y que mi mayor problema era la ruptura con mi ex.

No tenían ni la menor idea de las granadas fumígenas, las persecuciones en todoterreno ni de cierto exmarine de casi dos metros que me había robado el corazón.

—Sí... mañana os cuento con detalle. Un beso enorme a los dos, os quiero.

Mi piso estaba en un silencio sepulcral. Vi sobre la mesa del salón una camiseta plegada de Rubén, fue raro…, pero, extrañamente no me dolía nada. Mi mente estaba a miles de kilómetros de allí.

Nada más soltar la maleta en mitad del salón, llamé a Lara. Tardó exactamente dos tonos en cogerlo.

—¡Dime que estás viva y que estás de vuelta en Madrid! —chilló por el altavoz.

Me dejé caer en el sofá, abrazando un cojín, y solté un suspiro que me salió desde lo más profundo del alma.

—Estoy en casa, Lara. Pero me siento... fatal. Lo echo muchísimo de menos. No te haces una idea.

—Ayyy, mi chica... —el tono de Lara cambió al instante, volviéndose dulce—.

Es normal, Valen. Has pasado de estar metida en una película de acción con el hombre más increíble del planeta a tu salón silencioso en Madrid.

El bajón de adrenalina y el post-romance te están pasando factura.

Pero piensa en esto, estáis a salvo, habéis sobrevivido y ese hombre está loco por ti. Date un par de días para aterrizar.

Hablamos durante casi una hora. Hablar con ella me serenó lo suficiente como para meterme en la ducha, ponerme el pijama y meter histericamente la chapa de Logan debajo de la almohada antes de quedarme dormida por el cansancio del jet lag .

Dos días después

El ritmo frenético de la oficina de Aura Events nos absorbió por completo desde el primer minuto.

Mientras revisaba las carpetas y el estado de los proyectos, me di cuenta del trabajo impecable que había hecho Lara durante mi ausencia.

No solo había mantenido a flote los eventos más exigentes, sino que había toreado a un par de novias al borde del ataque de nervios y resuelto imprevistos con los proveedores con una soltura envidiable.

La felicité con una sinceridad enorme, profundamente orgullosa de ver lo increíblemente bien que había sabido llevarlo todo...

también le prometí un par de copas bien merecidas por no haber quemado el chiringuito mientras yo no estaba.

Las llamadas, las muestras de mantelería y los presupuestos volvieron a ocupar mi tiempo, pero mi forma de afrontarlo todo había cambiado radicalmente.

Antes me habría hiperventilado si un proveedor me fallaba con cualquier tontería, y ahora, tras haber tenido a un matón del cártel apuntándome a la cabeza, un retraso con las orquídeas me parecía un chiste sin importancia.

—Aún no me creo lo de la boda de Colombia —comentó Lara, apoyándose en mi escritorio.

Le sonreí, dando un sorbo. Le había enviado un correo kilométrico y sincero a Claudia, la novia, explicándole la verdad de lo que había ocurrido en su hacienda.

—Esta mañana me ha contestado Claudia —le conté a Lara, riendo por bajo—.

¿Te puedes creer que no está ni un poco enfadada?

Está absolutamente fascinada con toda la historia.

Dijo que volvería a contratarme sin dudarlo, aunque estuvimos de acuerdo en que era mejor que me mantuviera alejada de Colombia durante una buena temporada.

Estaba encantada con mi huída de película junto con un exmarine.

Lo único que le dio pena fue que Adam Levine no terminara cantando en la boda.

Nos reímos las dos con la ocurrencia que le solté.

—Bueno ¿Y tu exmarine qué tal? —preguntó Lara arqueando una ceja con malicia—. Porque esa pantalla del móvil no para de iluminarse.

No pude evitar que se me dibujara una sonrisa tonta en la cara. Logan y yo nos habíamos estado enviando mensajes a todas horas. Fotos de mi café matutino contra fotos de sus paseos por la playa de Miami, notas de voz de diez minutos y bromas continuas.

—Mira —dije, abriendo la galería del teléfono y enseñándole una foto que me había mandado Logan el día anterior, salía en la terraza del hotel, con una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros y su media sonrisa canalla.

Lara se quedó petrificada. Abrió los ojos como platos, acercó el teléfono a pocos centímetros de su cara y después se llevó una mano al pecho para soltar un taco sonoro.

—¡Valentina Martínez! —exclamó susurrando—. ¡Me dijiste que era guapo, no que era un modelo de Calvin Klein cruzado con un Capitán América! ¿Cómo has sido capaz de subirte a un avión y dejar eso en América? ¡Es un delito contra la humanidad!

—¡Shhh, calla! —me reí, sonrojándome como una adolescente y guardando el teléfono.

Esa misma tarde, llegué a mi piso más relajada de lo que lo había estado desde que había vuelto. Me puse un pantalón cómodo, mis calcetines de ir por casa, me recogí el pelo y me puse a preparar la cena, una tortilla y una ensalada.

Eran las nueve de la noche en Madrid y las tres de la tarde en Miami.

Justo cuando estaba cortando el aguacate, el teléfono sobre la encimera empezó a sonar con el tono característico de FaceTime. El corazón me dio un salto en el pecho. Me limpié las manos a toda prisa y cogí la llamada.

La pantalla se llenó con su rostro. Estaba sentado en la terraza, con el sol de Florida iluminándole el pelo y unas gafas de sol colgadas del cuello de la camiseta.

—Hola, Martínez —su voz grave retumbó por el altavoz, provocándome un escalofrío instantáneo.

—Hola, Walker —sonreí de oreja a oreja, apoyando el móvil contra un bote de especias para que me viera bien—. Veo que el sol te sienta bien. Aquí son las nueve de la noche y estoy preparando la cena. ¿Tú qué haces?

—Comiendo algo tarde después de haber estado corriendo por la playa con mi hermano —enseñó un plato con un sándwich gigantesco—. Mi madre me ha preguntado ya varias veces cuándo vas a volver a visitarnos. Creo que te quiere liar con algún evento.

—Dile a Eleanor que le mando un beso, y que de momento las bodas las organizo desde Madrid —bromeé, sirviéndome una copa de vino—. Bueno… también puedes decirle que echo de menos a su hijo…

La mirada de Logan se suavizó. Toda la guasa desapareció de sus ojos verdes.

—Se me hace raro no tenerte por aquí, Valentina. Ayer fui a coger el coche y estuve a punto de mirar en el asiento del copiloto para asegurarme de que llevabas el cinturón.

Tragué saliva. Verlo en la pantalla me llenaba el alma, pero pensaba que estaba a miles de kilómetros y la realidad me volvía a golpear.

—¿Cómo van las cosas por allí? —preguntó.

—Bien. He vuelto a la rutina, pero todo lo siento... diferente. Como si Madrid fuera un poco más pequeño ahora.

Me serví un poco de ensalada y me senté en la pequeña mesa de la cocina, mirando fijamente la pantalla.

Él le dio un mordisco a su sándwich y continuamos hablando durante más de una hora.

Me contó que su contacto le había contado que la marina ya estaba encima de la investigación del cártel.

Y que su hermano Thomas era un pesado pero que se alegraba de haber vuelto a conectar con él.

Yo le conté la reacción de Lara al ver sus fotos.

—Por cierto, le ha parecido que estás demasiado bien para ser verdad —dije, dándole un sorbo al vino.

—Dile a tu amiga que respondo en persona a las críticas —se rió él.

Llegó el momento de despedirnos. La diferencia horaria comenzaba a apretar y yo tenía que madrugar al día siguiente.

—Tengo que dejarte, Logan... —murmuré con pena, apoyando la barbilla en la mano.

—Lo sé. Descansa, Valentina.

Nos quedamos mirándonos a través de la pantalla durante unos segundos de silencio cargado de electricidad. Rocé con mis dedos la Chapa que llevaba escondida.

—Oye, Walker... —solté, intentando que sonara casual, aunque el corazón me latía a mil por hora.

—Dime.

—Dijiste que te organizarías para venirte unos días a Madrid... y estaba pensando. Mi piso es bastante grande. Y bueno... hay un armario entero vacío. Y un lado de la cama que se siente demasiado grande.

Logan se quedó quieto en la pantalla. Su expresión cambió, y una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

—¿Me estás proponiendo algo, Martínez? —preguntó con la voz aún más grave de lo habitual.

—Solo te digo que cuando vengas… —le guiñé un ojo, sintiendo un calor delicioso en las mejillas—. Aquí tienes hueco. Y creo que a Madrid le vendría bien un poco de protección táctica. Y… si vienes… podrías quedarte el tiempo que quieras.

Logan se reclinó en la silla, sin quitarme los ojos de encima, y dejó ir un suspiro cargado de intención.

—Vas a hacer que adelante el billete de avión, Valentina.

—No me enfadaría si lo hicieras —susurré.

Acabamos la conversación con comentarios cómodos, lanzándonos insinuaciones acerca de nuestro posible reencuentro.

—Que descanses, preciosa. Hablamos mañana.

—Buenas noches, mi marine.

Corté la llamada y me quedé mirando la pantalla en negro con una sonrisa enorme dibujada en la cara. Sabía que unas semanas iban a ser demasiada espera... para los dos.