Organización de bodas y otras técnicas de combate 29 Valentina
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29 Valentina

Había pasado poco más de una semana desde mi regreso a Madrid.

Diez días exactos. Hablábamos a diario por mensaje y videollamada, pero había un tema que flotaba en el aire, el viaje de Logan a España.

Apenas lo habíamos concretado desde aquella noche en la que le insinué lo del armario vacío.

Yo no quería sonar como una desesperada ni presionarlo, al fin y al cabo, acababa de reencontrarse con su familia, pero la duda me estaba devorando por dentro. ¿Y si se lo había pensado mejor?

—Valentina, te juro por la memoria de mis agendas que si sigues mirando la pantalla del móvil cada tres segundos, te lo voy a meter en la trituradora de papel —sentenció Lara, entrando en mi despacho con paso triunfal y dos tazas de café.

—No estoy mirando el móvil —mentí al instante, bloqueando la pantalla con la rapidez de un agente secreto.

—Ya, y yo soy la reina de Inglaterra. Cambia esa cara de angustia, mujer.

Ese hombre está colado por ti, solo estará ocupado con sus cosas de exmarine.

Por cierto... —Lara se apoyó en el borde de mi mesa, cruzándose de brazos con una sonrisa de suficiencia que le ocupaba toda la cara—.

Tienes ante ti a la mujer más valiente de la Comunidad de Madrid.

Alcé una ceja, intrigada.

—¿Qué has hecho?

—Le he pedido una cita a Luis.

Casi me atraganto con el sorbo de café.

—¡LARA!¡POR FIN! AYY… ¡qué alegría! —exclamé levantándome y dándole un abrazo cálido a mi amiga—. Ya era hora de que te decidieras, después de meses mirando por la espalda a ese bombón alto y guapo cada vez que monta los focos.

—Ese mismo —dijo ella, guiñándome un ojo—.

Me dije a mí misma: «A ver, Lara, si Valentina ha sido capaz de cruzar la selva colombiana huyendo del cártel con un tipo de dos metros que tira granadas de humo, ¿tú no vas a ser capaz de invitar a un té con hielo al chico de las luces?

». Me armé de valor, le tiré una indirecta fina como un martillazo y... ¡ha dicho que sí! Cenamos mañana.

—¡Lara! ¡Eso es maravilloso! —me reí, contagiada por su entusiasmo—. Me alegro muchísimo. Ves como al final el peligro inspira.

Me alegraba de corazón por ella. Lara era una profesional fabulosa y una mujer increíble, pero su propia inseguridad siempre terminaba pasándole factura, hasta el punto de llevar casi un año amando en silencio a ese chico sin atreverse a dar el paso. Se merecía esa felicidad más que nadie.

—Habrá que organizar una cena para celebrarlo —añadí con un guiño, intentando sonar de lo más casual—. Una quedada a cuatro cuando Logan venga a Madrid... si es que viene, claro.

Tragué saliva. Aunque intentaba disimularlo, una pequeña punzada de duda me escocía por dentro cada vez que pensaba en nosotros. Pero no podía permitirme colapsar. Si sobrevivir a mafiosos y secuestros me había enseñado algo, era a relativizar los problemas.

El trabajo, al menos, iba sobre ruedas. Mi nueva perspectiva de la vida me hacía tomarme las crisis nupciales con una calma casi budista.

Ese fin de semana habíamos coordinado una boda de doscientos invitados en una finca a las afueras de Madrid.

Flores perfectas, música a tiempo y ni un solo tiro. Todo un éxito profesional.

Llegué a mi piso el domingo por la tarde, completamente agotada pero satisfecha.

Dejé las llaves en la consola del recibidor, me descalcé los tacones con un gemido de alivio y me fui directa al dormitorio.

Me puse mis calcetines de ir por casa, de esos que llevan anti deslizante en la base y son de colorines, y justo cuando me iba a cambiar de ropa, el teléfono empezó a sonar. Logan .

El corazón me dio el vuelco habitual. Contesté a la velocidad de la luz, pegué el móvil a la oreja y me eché sobre las sábanas de mi cama.

—Dime que estás descansando —su voz grave y profunda retumbó en la línea, provocándome un cosquilleo inmediato por toda la columna.

—En la cama, literalmente hecha un trapo —sonreí, cerrando los ojos y abrazando una almohada—. La boda de hoy ha sido un éxito, pero mis pies han pedido la baja laboral. ¿Tú qué tal? ¿Qué haces?

—Nada especial. Dando un paseo —respondió él con calma—. Por cierto... ¿te vas a apuntar al gimnasio nuevo de tu barrio?

Me quedé con la ceja fruncida contra la almohada.

—No... no me da la vida ahora mismo para gimnasios. Eso me faltaba —murmuré, distraída. Y entonces mi cerebro procesó la frase—. Espera... ¿perdona? ¿Qué has dicho?

—Que si te vas a apuntar al gimnasio nuevo, ese tan grande que han abierto en tu barrio —repitió él con un tono pausado, casi divertido.

Me incorporé de golpe en la cama, apoyando los pies en el suelo. El corazón me empezó a latir a un ritmo frenético.

—¿Cómo sabes tú que hay un gimnasio nuevo en mi barrio? Juraría que no te he hablado de nada de eso. De hecho, lo abrieron hace nada, a dos calles de mi casa. ¿Logan?

Un silencio cargado de electricidad al otro lado de la línea.

—Pues deberías probarlo —dijo él, y pude sentir perfectamente la sonrisa al otro lado—. Tendrías que ver al instructor de boxeo y artes marciales que han contratado. Un americano, un tipo excelente.

—Logan Walker... —me puse de pie de un salto, sintiendo que la sangre me hervía en las venas—. ¿Qué estás diciendo?

—Estuve buscando centros de entrenamiento de Madrid hace una semana.

Qué casualidad que uno de los más grandes queda bastante cerca de tu casa.

Hablé con ellos, mandé mi currículum, les hice una videollamada y, no sé por qué, en cuanto vieron mi expediente militar me ofrecieron el puesto casi al instante. Empiezo a trabajar en un par de lunes.

—¡¿Qué?! —grité, llevándome una mano a la boca y sintiendo cómo el pulso retumbaba en mis oídos—. ¡¿Estás de broma?! ¡Dime que no te estás burlando de mí!

—Nunca me burlaría de ti con algo así, Valentina —su voz bajó un tono, volviéndose más cálida—.

Una sorpresa era esa. Y la otra sorpresa...

es que he intentado seguir las indicaciones del mapa para llegar a tu portal, pero me he liado con los nombres de las calles.

Creo que estoy abajo. En la esquina de la panadería.

Y no tengo ni idea de cuál es tu portal, ni tu timbre.

No dije nada más. Salí disparada del piso, con el teléfono en la oreja mientras soltaba cosas sin sentido y mi respiración agitada no dejaba que se escuchara bien. No me moleste ni en ponerme zapatos ni nada.

Bajé los escalones casi de tres en tres, ignorando el ascensor, abrí el portal de un empujón y salí a la calle en calcetines de ir por casa de colorines y traje de chaqueta. Y allí, a escasos veinte metros, junto a la esquina de la panadería, estaba él.

Llevaba una cazadora de cuero, unos vaqueros oscuros y una bolsa de viaje colgada al hombro. Parecía demasiado grande, demasiado guapo y demasiado perfecto para esa calle de Madrid.

—¡Logan! —grité sonriéndole como una niña pequeña.

Él se giró al oír mi voz. En cuanto me vio corriendo hacia él sin zapatos, se le iluminó la cara con su sonrisa abierta que me quitaba el sentido. Soltó la bolsa de viaje en la acera y abrió los brazos.

Me lancé contra él con todas mis fuerzas. Logan me atrapó en el aire, rodeándome la cintura con sus brazos potentes y levantándome del suelo mientras me pegaba a su pecho. Me hundí en su cuello, respirando hondo.

—Estás loco... estás completamente loco —susurré, llenándole la cara de besos desenfrenados mientras él se reía.

—Te dije que un mes era demasiado tiempo, Martínez —murmuró contra mis labios, bajándome despacio hasta que mis pies tocaron el suelo, aunque sin soltarme de la cintura ni un milímetro.

Nos besamos allí mismo, en mitad de la acera, y sin importarme nada si alguien nos miraba.

Fue un beso precioso de reencuentro, se me erizó la piel al sentir de nuevo su sabor, que tanto había echado de menos.

Fue un beso largo, que contenía todas las ganas que teníamos acumuladas y con mi ciudad de fondo.

Se separó un centímetro, mirándome sus ojos verdosos.

—Por cierto —sonrió, rozándome la nariz con la suya—, ha sido una sorpresa, pero espero en serio que de verdad tengas ese armario vacío.

Le sonreí de vuelta, sintiendo una felicidad enorme que me llenaba el pecho. Le agarré de la mano, apretando mis dedos con los suyos.

—El armario es todo tuyo, Walker. Bienvenido a casa.

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