Organización de bodas y otras técnicas de combate 27 Logan
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27 Logan

El trayecto por el viaducto hacia el Aeropuerto Internacional de Miami fue largo y silencioso.

Conducía el todoterreno con una mano al volante y la otra sujetando la de Valentina sobre el cambio de marchas.

La despedida ya flotaba entre los dos, y apenas nos dijimos nada, el roce de nuestros dedos hablaba por nosotros.

El sol mañanero atravesaba el parabrisas, iluminando su perfil perfecto, el pelo recogido en un moño apresurado y su mirada triste que intentaba disimular mirando por la ventanilla.

Aparqué en la zona de salidas de la Terminal D y saqué su equipaje, llevaba solo un par de bolsas, lejos habían quedado ya todas las pertenencias con las que llegó.

La acompañé al interior de la terminal, arrastrando las maletas a su lado entre el bullicio de viajeros, maletas con ruedas y pantallas de vuelos, postergando cada segundo antes del inevitable punto de no retorno, el control de seguridad.

Nos detuvimos justo a un par de metros de la cinta de embarque.

El flujo de gente nos rodeaba, pero para mí el aeropuerto entero se había quedado en silencio.

Valentina se giró hacia mí, ajustándose la chaqueta, con los brazos cruzados para protegerse del aire acondicionado y unos ojos castaños que brillaban con un cerco de lágrimas que se negaba a dejar caer.

—Bueno... —murmuró, forzando una sonrisa diminuta—. Parece que este es el momento en el que el héroe de acción se queda en la playa y la organizadora vuelve a sus agendas.

—No me gusta nada cómo suena eso, Valentina —dije, reduciendo la distancia a cero, rodeándole la cintura con los brazos para atraerla hacia mí—. Y definitivamente me gusta muy poco dejarte cruzar ese control sola.

—A mí tampoco me gusta, Logan —confesó, apoyando la frente contra mi pecho un segundo antes de volver a mirarme—. Pero tengo una empresa que dirigir en Madrid. Aunque reconozco que te voy a echar de menos. ¿Quién va a tirarme granadas de humo ahora cuando los invitados de una boda se me desmadren?

Dejé ir una carcajada suave, negando con la cabeza.

—No me des ideas, que soy capaz de colarme en la bodega del avión con el equipo táctico.

—Ni se te ocurra —sonrió ella, pasándome una mano por la mejilla y rozando mi barba—. Prométeme que no vas a volver a meterte en un tiroteo. Y yo te prometo que en cuanto aterrice en Barajas te mando un mensaje para que sepas que he llegado bien.

—Hecho. Y tú prométeme que si alguien se pone neurótico contigo, no le harás una llave de combate al estilo de Viuda Negra. Recuerda que la experta en cumplir el protocolo eres tú.

Valentina soltó una risita corta, temblorosa, y esa fue mi perdición.

La atraje hacia mí y le di un beso lento y profundo. Entonces la megafonía del aeropuerto anunció el último llamado para el vuelo a Madrid.

Nos separamos despacio, con la respiración agitada.

Entonces me llevé la mano al cuello. Desabroché la cadena de bolitas de plata y saqué una de mis dos chapas de identificación del Cuerpo de Marines.

La soplé ligeramente, sujeté la chapa metálica grabado con mi nombre y mi tipo de sangre, y se la pasé por la cabeza, dejándola caer suavemente sobre su pecho.

Valentina bajó la mirada, sorprendida, y rozó el metal frío con la yema de los dedos.

—Para que tengas un amuleto —le dije, sujetándole la barbilla para obligarla a mirarme a los ojos—.

Y para que te acuerdes de que me tienes que devolver mi chapa en persona.

En un mes, en cuanto solucione un par de asuntos con mi hermano y organice mis cosas, voy a coger un avión a Madrid. Me quedaré unos días contigo.

A Valentina se le iluminó la cara al instante. Una sonrisa radiante le rompió la tristeza de los ojos.

—¿Lo dices en serio? ¿Un exmarine americano suelto por la Gran Vía?

—Completamente en serio. Búscame un hotel cerca de tu casa... o prepárame un hueco en tu sofá. No pienso dejar que te olvides de mí.

—Ni en mil años podría olvidarme de ti, Logan —susurró, apretando la chapa de metal contra su pecho.

Me dio un último beso rápido en los labios, mostró su pasaporte al guardia del control y avanzó por el pasillo de seguridad.

Se detuvo justo antes de doblar la esquina, se giró, me mostró la chapa entre los dedos y me regaló una última sonrisa brillante antes de desaparecer entre los arcos de detección.

Me quedé allí plantado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, notando el hueco vacío que acababa de dejar.

Caminé de vuelta al todoterreno con una sensación extraña. En cuanto me senté al volante y puse el motor en marcha, saqué el teléfono móvil del bolsillo, entré en el navegador y busqué Vuelos Madrid .

Definitivamente, un mes iba a ser demasiado tiempo.